Lunes

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CAPÍTULO 1

Lunes

Aimar era un buen profesor. Iba por la vida como un pez que da vueltas en su pecera, esperando que quizá la siguiente vuelta le lleve a un lugar diferente y su existencia de un vuelco, sin ser consciente de que durante su penosa vida solamente comente los mismos errores una y otra vez. Pero al menos sabía que era un buen profesor. Bueno, o lo creía al menos.

Tardó 8 años en licenciarse en la universidad. No es que fuera mal estudiante, sencillamente trataba de exprimir al máximo lo que, para muchos, son los mejores años en la vida de una persona, antes de enfrentarse a la terrible e injusta vida laboral. Tampoco es que no tuviera ganas de acabar sus estudios; más bien se debía a que no estaba preparado para ello. Su madurez de pre púber  le impulsaba a pensar que no estaba preparado para el día de mañana. Ni él ni nadie. Uno sale del instituto, y se guía por lo que el resto le dice que está bien, lo que “hay que hacer”. Aimar tenía muy claro que las cosas no eran así. Con 26 años se seguía viendo igual que cuando tenía 18; quizá con menos pelo, más viejo, pero igual de estúpido y poco preparado para la vida de adulto. Sin embargo, esa inmensa corriente que es la vida le había llevado a buscar un trabajo para poder pagar sus gastos, y pese a tener un historial académico nefasto, la política de contratación de su antiguo instituto en que se daba preferencia por encima de todas las cosas al hecho de haber sido un alumno del centro le vino como anillo al dedo. Le gustaba su trabajo; hubiese preferido no tener que trabajar y que alguien le diera el secreto de las plantas de cuyas ramas florece dinero, pero como al parecer nadie estaba por la labor de compartir ese secreto con él, su trabajo le ayudaría a pagar la hipoteca de la que su mujer se había hecho cargo durante los dos últimos años que él pasó en la universidad.

Así que, como no hay mejor profesional que aquel que disfruta de su trabajo, Aimar consideraba que tenía que ser un profesor de pelotas. Al menos hasta el día en que lo jodió todo y dejó de serlo.

 

 

Nueve de la mañana, suena la sirena que marca el inicio de las clases. Como si de una sirena que avisara de un ataque aéreo durante la guerra se tratase, todos los alumnos corren a esconderse en esos refugios anti-sirena que son las aulas. Corren, gritan y hacen ruido, como si no fuesen las nueve de la mañana y hubiese gente que pese a llevar una hora despiertos estuvieran todavía en su séptimo sueño. Y en mitad de ese bullicio estaba Aimar, mirando con ojos legañosos a todo ese amasijo de hormonas adolescentes corretear por los pasillos, con un café amargo en una mano y su mochila en la espalda. Sabía que tenía que entrar en clase pero… ¡qué demonios! Era lunes, tenía derecho a llegar 5 minutos tarde, y tenía que pasarse por la sala de profesores a saciar la insana curiosidad que le picaba desde hacía semanas. El centro había recortado gastos y corría el rumor de que había asignaturas “no necesarias” que iban a desaparecer. Él, por supuesto, se sentía muy cómodo desde su trono de profesor de matemáticas de segundo de bachiller. Tenía patente de corso, podía sentarse en su butaca y reírse de el resto de profesores. “Ja, chúpate esa, profesor de dibujo, ¿De qué te sirve ahora tu aire bohemio? No eres más que un parado de mierda”. Le gustaba aquella situación; su asignatura era una Asignatura. Con A mayúscula.

Así que entró en la sala de profesores, sobrecargada con el humo de los cigarros de después del café de todos sus compañeros, dejó la mochila en su mesa, lanzó por la ventana su café con la silenciosa esperanza de escaldar al bedel y se acercó al tablón de noticias. Había un dibujo hecho con pinturas de cera que algún niño con un evidente retraso mental había dibujado titulado “Mi mamá en el trabajo”. Y junto a él, el documento que le había ayudado a despertar de mejor humor esa mañana, pero que ahora que lo tenía delante ya no le ayudaba a seguir de buen humor. Tenía la esperanza de que desapareciese la asignatura de dibujo artístico, impartida por un porrero desgreñado y sin clase al que Aimar había crucificado el primer día que lo había visto. Vale que él, como ser humano, tampoco fuese digno de alabanza; pero al menos no tenía que bañarse en colonia para no apestar a marihuana. Al menos no desde hacía un par de años en que su mujer le había obligado a dejar de fumar porque no rendía en la cama y, según sus propias palabras, se iba quedando tonto día a día. Sin embargo, aquel estúpido papel no contenía más que cifras de no sabía qué coño de ayuda que había llegado en el último momento. Nada de despidos. Nada de asignaturas desaparecidas. Nada de “Oh, qué pena, cuando lo siento. Míralo por el lado bueno, podrás fumar todos los porros que quieras mientras bebes vino en cualquier esquina mientras mendigas un par de monedas”. Aquello no podían ser buenas noticias en ningún plano de la realidad.

Apoyó la cabeza contra el tablón, tratando de no dejar asomar las lágrimas que desde sus ojos amenazaban con manar.

-          ¡Joder! Si al menos me hubieran dado la alegría de hacer desaparecer la clase de mitología…

-          No tengo constancia de que exista semejante asignatura… - una voz femenina a su espalda- así que asumiré que te refieres a la clase de religión.

-          Hola Susana.

-          Que es precisamente mi asignatura – terminó de decir la voz de su espalda.

-          No. Bueno. A ver, ya sabes que yo estas cosas no las digo en serio – Mierda.

-          No, Aimar. No lo sé.

Susana y Aimar se odiaban. O mejor dicho, ella le odiaba a él. Aimar no sabía exactamente por qué. Ella le gustaba, como las mujeres bien formadas y con genes afortunados gustan a los hombres como Aimar. Bonita sonrisa, bonita figura, bonitos pechos, bonito trasero, bonitos tendones. Pero un carácter del demonio. Había intentado hacerse el simpático con ella contándole chistes que iban en contra de toda creencia religiosa, cosa que había resultado ser un completo despropósito teniendo en cuenta que se los contaba a una mujer que, contra todo pronóstico, se tomaba muy en serio la religión. También la había llamado “monja cachonda”. Vaya, quizá sí sabía por qué ella le odiaba…

-          Estaba mirando a ver si había pasado algo con la clase de dibujo – repuso todo lo convincentemente que pudo, sin hacer caso de la mirada de ira homicida que tenía frente a él.- Ya sabes que era la que más papeletas tenía para desaparecer. A mí personalmente me parecería algo terrible. Ya sabes. Hay gente a la que le gusta dibujar y sin embargo necesita ese empujoncito extra para empezar a hacerlo bien. Mira este dibujo, por ejemplo, este pobre niño necesitará clases de dibujo en bachiller.

-          Aimar, es normal que ese dibujo sea tan básico…

-          Claro, claro. Me refería… No sé, me imagino que en los colegios de educación especial les enseñarán también a dibujar.

-          Lo hizo mi hija.

-          Es muy bonito. Llego tarde a clase. Hasta luego – Mierda.

Salió atropelladamente de la sala de profesores, dejando tras de sí un aura de destrucción absoluta que le erizó los pelos de la nuca. La mañana estaba saliendo redonda. A pedir de boca. Subió las escaleras del primer piso y se metió en lo que durante la siguiente hora sería su dominio absoluto. La clase de matemáticas avanzadas de 2ºB.

Recordaba los años en que él mismo había sido alumno; cuando todavía confiaba en la infalibilidad de los profesores, y los tenía por seres superiores que tenían de su parte la Verdad, única e irrefutable. Ahora él era profesor, y se daba cuenta de lo imbécil que había sido al pensar que un pobre idiota recién salido de la facultad y tan solo unos pocos años mayor poseía mayor sabiduría de la que él sería capaz de alcanzar en dos vidas. Por supuesto, cuando él mismo se convirtió en profesor decidió que no sería él quien les quitase la venda de los ojos a sus alumnos. No, eso lo descubrirían ellos demasiado tarde para hacer nada, mientras él seguía mangoneando las frágiles mentes de los que vinieran después, por siempre. Sin embargo, descubrió que las nuevas generaciones eran más avispadas, más maleducadas, y menos respetuosas con los profesores. A veces pensaba con tristeza que le hubiera gustado ser parte de aquel triunvirato formado por el doctor, el cura y el maestro del pueblo. Ahora no era más que el lacayo de alguien demasiado preocupado por sonreír mucho delante de los padres de los alumnos en busca de alguna ayuda financiera de la que pudiese sacar tajada para comprarse un coche nuevo y, si acaso, algo de papel higiénico para los baños. Y los alumnos eran el mal encarnado en chavales demasiado tontos como para ser nadie de provecho, pero demasiado listos como para dejarse convertir en alguien de provecho por gente como Aimar.

Las nuevas generaciones habían cambiado mucho. Durante sus primeros meses en el instituto aprovechaba sus ratos libres para salir a pasear por los patios en los que había recreo y mirar a los niños que serían sus alumnos en unos años jugar a fútbol, o a tirarse piedras, o a lo que fuera que jugasen. En una ocasión, un grandullón se metió en el campo dónde un grupo de niños más pequeños que él jugaban al fútbol, les quitó el balón y lo chutó fuera del campo mostrando su sonrisa triunfante de macho alfa que tiene su manada bien dominada. Aimar recordaba bien aquellos niños; los había sufrido. En sus tiempos, agachabas la cabeza, le dabas las gracias por joderte, y aunque interiormente pensabas que era un hijo de puta y no se te ocurría otra cosa que hacer que arrancarle el bazo y comértelo mientras todavía está consciente, corrías a por el balón y seguías con tu juego con la esperanza de que no se repitiese. Ahora, las cosas eran diferentes. En lugar de agachar la cabeza, se lanzaron a por el abusón a gritos de “¡hijo de puta!” y le dieron un buen escarmiento. Dos cuidadoras tuvieron que separar a la maraña de niños enloquecidos que querían su corazón palpitante, y aun así el chaval salió bastante mal parado. A partir de aquel día Aimar había decidido no salir al patio, sino mirar desde la seguridad de las ventanas de su despacho, por miedo a aquellos goblins sedientos de sangre. Ahora se disponía a educar a niños de aquella nueva generación, cruel y salvaje; así que abrió la puerta del aula, y se metió en territorio hostil.

 

Su clase iba bien. Durante años había tenido tiempo de pensar cómo se comportaría siendo profesor, así que ahora no tenía más que meterse en su papel de ser omnipotente y controlar las frágiles mentes de los adolescentes que tenía ante él con su infalible método. Y sin embargo allí estaba él: su archienemigo, su alter ego oscuro, el macho que amenazaba con destruir su control sobre el rebaño. Se trataba de un chaval de 17 años, Carlos, pelo perfecto que seguramente tardaba en peinarse media hora, alto, fuerte, notas brillantes, “líder” del grupo de matones del colegio. Le odiaba. Le odiaba porque representaba todo lo que odiaba en el mundo; le odiaba porque ponía pegas a su forma de enseñanza, pero todavía le odiaba más porque no podía joderle como podría joder a otros alumnos con las notas. Un profesor siempre tiene la sartén por el mango. Si un alumno se pasa de tonto, le puede suspender buscando excusas estúpidas. Pero a Carlos no. Era inmune a sus tretas, no solo porque fuera un alumno sobresaliente, sino porque además su madre era la principal benefactora del instituto, así que cualquier intento por boicotear sus notas significaría que estaría de patitas en la calle.

Escribió unos cuantos ejercicios en la pizarra y se sentó en su silla de tirano con puño de hierro a observarlos trabajar en silencio mientras él pensaba en lo que se prepararía para comer. Era algo que siempre le había gustado: podías sentarte en clase y mandar cientos de ejercicios que luego corregirías copiándolos de un cuaderno de respuestas, ¡y te pagaban por ello! Ser profesor era genial. Y de pronto Carlos cometió el error de su vida. Empezó a tirar pequeñas bolitas de papel a la chica que tenía delante, Vanesa, o Jennifer, o cualquier nombre moderno de prostituta de lujo que se le hubiera ocurrido a su padre. Por supuesto, Aimar esperó un poco antes de llamarle la atención: quería hacerle pensar que saldría impune de aquello, que sus sentidos preternaturales no estaban captando su estúpido intento de llamar la atención sexual de Puta de Lujo. ¡Cómo le gustaba aquello!

-          ¡Ay Carlos, para ya! – gritó de pronto Puta de Lujo, sobresaltando a toda la clase.

-          ¿Qué sucede, Carlos? ¿No puedes concentrarte? – dijo Aimar desde su altillo, tratando de dibujar lo que en su mente era una sonrisa aterradora.

-          Eh… No, es que…

-          Tranquilo, tranquilo – siguió Aimar sin dejarle terminar. Le tenía pillado por los huevos – Entiendo que estos ejercicios te resulten muy difíciles. Si quieres te pongo unos más fáciles…

-          Es que ya los he terminado.

Aimar rezó para que desde la última fila donde se sentaba Carlos no pudiese notar que estaba rechinando los dientes. Pequeño hijo de puta, pensó.

-          Entonces no te importará salir a la pizarra a hacer un ejercicio que tengo pensado para el primero que terminase, ¿verdad?

-          No, claro – y ahí estaba ese pequeño monstruo destructor de sueños, con su sonrisa perfecta levantándose de su pupitre y acercándose a la pizarra para demostrar lo genial que era. Seguro que después de aquello conseguía mojar con Puta de Lujo. Aimar tenía que pensar algo, y rápido. Algo con lo que humillarle delante de todos, algo que provocase las carcajadas de todos y le dejase a la altura del barro.

-          Bueno Carlos, borra los ejercicios de la pizarra y copia lo que voy a decirte – ya lo tenía, lo tenía tan cerca que no podía evitar sonreír pensando en lo bien que dormiría esa noche.- Vale, empieza a escribir. O-si-to. Pe-lo-ta. – Ahí estaba, su victoria espartana, el detonante de las burlas de los siguientes meses, el hundimiento del Titanic.

Pero nadie rió. Ni una sola persona. Todos y cada uno de sus alumnos lo miraron como quien mira un plato de callos delante de su cara y pone expresión de “Esto se lo va a comer tu padre”. De hecho, ni siquiera le había hecho gracia a él. Pero qué coño, a los chavales de 17 años les gustan estas cosas, son impresionables, ¿no? ¿no?

Carlos dejó la tiza en la mesa y miró a su profesor con una radiante sonrisa de quien sabe que ha recibido un ataque directo pero también sabe que no tiene que inmutarse porque quienes le atacan son las hormigas más inofensivas del mundo y él es un jodido coloso de titanio. Una sonrisa llena de provocación y de… en fin, de dientes perfectos. Le odiaba.

-          Muy maduro. ¿Puedo sentarme ya? – preguntó, todavía sonriendo.

-          ¿Qué qué? ¿Qué has dicho? – ya estaba. Quería provocarle, y lo había conseguido.

-          ¿Qué parte? ¿En la que pregunto si puedo sentarme, o en la que me sorprendo de que pudieras escapar de la selección natural, infrahumano? – su sonrisa había desaparecido, y había dejado paso a una mueca de hostilidad absoluta hacia su persona, bañada con franca determinación. Determinación para destruir a su enemigo, a todas luces más endeble y poco apto que él. Aimar no podía creer lo que estaba pasando. Él era el líder, el Profesor de la Asignatura de Matemáticas. ¿Cómo podía pasar aquello? Aquel chaval no solo le había devuelto la pelota con más fuerza y mayor velocidad de la que él la había lanzado, sino que estaba contraatacando con toda su artillería verbal de niño pijo hijo de puta con morteros y toda la pesca armamentística de la nueva generación.

Así que sin pensárselo dos veces, y de hecho sin siquiera pensarlo, Aimar se levantó de su asiento, miró a Carlos, lo tumbó de un puñetazo, y mientras estaba en el suelo le propinó dos patadas para, acto seguido, salir del aula como si nada hubiera pasado y dirigirse a su coche.

 

La mañana iba sobre ruedas. Aunque quizá ya no fuese tan buen profesor.

 

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