¿Cómo contar una historia? Descripción vs narración

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Breve disquisición sobre el modo de desarrollar una historia a través de la descripción o de la narración.

En apariencia, el modo natural de contar una historia es narrarla de principio a final. En los casos en los que se quiere dotar de una mayor complejidad al relato, se suele jugar con el orden temporal de los acontecimientos, entrelazándolos con otros e incluso invirtiéndolos, como en la película Memento, en la que avanzamos a pequeños pasos para retroceder a saltos. Al estar tan extendido este sistema para exponer una historia, pensaba que era el natural, el lógico.

 

Sin embargo, hace un tiempo vi una obra de teatro que conmocionó esta convicción hasta demolerla. La obra contaba la historia de un pueblo italiano destruido en el algún momento del siglo XX tras la erupción de un volcán. Como el propio director y guionista explicaba al comienzo del espectáculo, lo importante en aquella historia no era que un volcán había entrado en erupción y había reducido a cenizas un pueblo, con la tragedia que esto conlleva. No, lo realmente importante era el pueblo y sus gentes.

 

De este modo, y con total naturalidad, la historia se difuminaba en el tiempo, desapareciendo el antes y después, aun a pesar de estar separados por semejante acontecimiento, hasta anular todo desarrollo. De repente me di cuenta de que, a la vez, la narración había desaparecido. No nos estaban narrando nada; nos lo estaban describiendo. La historia no era el qué sucedía sino el marco en el que iba a suceder o, tal vez, en el que ya había sucedido. Los personajes habían salido del ciclo del tiempo: eran espectros, recuerdos o tal vez personas. En cualquier caso, carecía de importancia.

 

Como amante de la escritura, mi reacción inmediata después de ver aquella obra, y de darme cuenta de dicha particularidad, fue la de extrapolarla a la literatura. Obviamente, puse mis miras en todos los escritores a los que había leído, intentando ver reflejado en alguno de sus escritos este fenómeno.

 

La búsqueda no se centraba en el estilo de escritura propiamente, ya que no se trataba de ver si la historia era eminentemente descriptiva, como pudiera ser una de Tolkien o de Julio Verne, o principalmente narrativa, como una de Alessandro Baricco o de Roald Dahl. Aquello que quería encontrar era alguna novela o relato que no fuera narrativo en sí, que no tuviera un desarrollo temporal o que al menos éste no fuera relevante. La respuesta me llegó rápidamente a través de Miguel Delibes, tal vez porque siempre me ha servido de referencia literaria.

 

Dos de sus libros, El camino (1950) y Cinco horas con Mario (1966), se desarrollan en torno a un acontecimiento puntual que va a cambiar, o ya ha cambiado, la vida del protagonista. Enfrentados a dicho momento, el tiempo se congela y las memorias les asaltan. El acontecimiento no es el punto clave de dichas novelas, sino el entorno. No lo que ocurre, sino a quién.

 

En la primera un niño se enfrenta a su futuro fuera de su pueblo natal. Es un acontecimiento trivial que deviene interesante al sumergirnos en los recuerdos del protagonista. El tiempo no transcurre; sólo queda la noche de la víspera y el por qué de la dureza de ésta.

 

En el segundo acompañamos a una viuda mientras sus fantasmas le acosan en el velatorio de su marido. En dicha historia el tiempo todavía queda más difuso, pues hasta que llega el alba todos los recuerdos se entremezclan hasta crear la historia. No ocurre nada porque todo ya ha ocurrido. No hay narración: es la descripción de la mujer y de su vida y, a través de la misma, de todo el escenario, lo que entreteje finalmente la historia. Mediante sus ojos y su memoria vemos quién es ella, y así cobra sentido el estar mirándola, pues ella misma es el drama.

 

Este estilo de presentar la historia parece, por lo tanto, adecuado para relatos evocadores, para situaciones en las que es más importante el entorno que la propia acción, porque las acciones no se pueden entender sin el ambiente. “Yo soy yo y mi circunstancia”, decía Ortega y Gasset.

 

Obviamente, ambos modos de contar la historia conviven en mayor o menor medida en muchos textos, aunque creo que resulta interesante reflexionar un momento sobre esta dualidad, pues permite adecuar el enfoque a lo que queremos contar. Un libro que me sorprendió por la simbiosis perfecta entre ambos estilos fue Pedro Páramo (1955), de Juan Rulfo. En él el protagonista llega hasta un pueblo recóndito en el que ya no queda nadie vivo. La narración del viaje deja paso a la descripción del lugar y sus gentes cuando la muerte vuelve absurdo el concepto del tiempo.

 

Creo que, a la hora de construir nuestros propios relatos, debemos poner cierta atención también en el cómo contarlos, y no sólo en lo que queremos contar. Si no centramos desde la propia raíz qué es lo importante en nuestra historia y adecuamos la escritura a ello, nos encontremos con que algo falla. No creo que sea casual que Camilo José Cela nos narre la vida de La familia Pascual Duarte (1942) y simplemente nos describa La colmena (1951) sin revelarnos por qué viene la policía; creo, más bien, que es porque no es relevante saber por qué, sino, simplemente, que venía.

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Arian Juarez
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 A mi me sucedio algo similar , solo que yo escribia la historia mientras que me di cuenta que mi historia era totalmente tosca, confusa o incoherente y  por que ya pareciera que yo estubiera narrando y ahora ya no se que hacer , me da miedo escribir y me atormenta que no entiendo por que... tanto que al leer tu texto , de inmediato me reguistre en esta paguina web. Espero que me puedas ayudar con mi problema ,  mi correo es a_r-1an@hotmail.com.

Soy cineasta.  

 

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