Oso

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Mi nombre es Edgard, aunque todo el mundo me llama Oso.

 

No es un apelativo muy original. Soy grande, peludo, y muy corpulento. Pertenezco a la Guardia Dos Espadas, y llevo combatiendo en la Ciudad de las Nubes desde hace tanto tiempo que apenas puedo recordar hacer otra cosa que resistir el asedio de la Horda.

Los odio. Con su aspecto de pequeños simios, sus rostros crueles y deformes, su atroz salvajismo. Siempre atacando, sin importarles morir, arrojándose uno tras otro sobre ti. Puedes acabar con cientos de ellos, que al poco surgirán miles de la nada para seguir hostigándote. Tras cada escaramuza acabamos cubiertos de sus vísceras y tripas, empapados en su sangre, y, sin embargo, continúan llegando más y más, como si brotasen de la tierra cada mañana. No les importa perecer, a sus mentes irracionales solo les mueve el ansia de matar, de destruirlo todo, y ya han arrasado casi toda la Ciudad.

Nosotros somos bravos guerreros, y nuestra técnica es especialmente efectiva en el combate a corta distancia. Por eso nuestro Señor ordena a nuestro Capitán que nos sitúe en las zonas más peligrosas, donde la lucha es más cruda y más falta hace nuestro coraje.

Pero por cada pequeña batalla que ganamos, por cada vez que conseguimos rechazarles y cubrir el suelo con sus cadáveres descuartizados, una torre más cae, un paso más es tomado, una fortaleza cede a su demencial acoso.

Ya vamos quedando muchos menos, y lo que en otro tiempo fue gloria y esplendor ahora es escombro y ceniza. Aún recuerdo cómo quede embobado la primera vez que entré por sus descomunales puertas. Y ahora la veo arder desde mi puesto en mil fuegos indignos. Pero prefiero no pensar en ello.

El Capitán me ha ordenado que descanse y reponga fuerzas antes de enviarme a otro lugar. Mis enormes espadas serán bienvenidas donde quiera que me toque esta vez. Mientras, he subido al torreón más alto para poder tener las mejores vistas y comer algo de pan de ambrosía. Su azucarado sabor me hace olvidar tanta penuria. Me transporta a otros lugares y a otros tiempos más felices, cuando el mundo aún tenía sentido. Es mi dulce favorito. Ya me quedan pocos bollos, y cuando se acaben los echaré de menos. Aun así he repartido alguno a los compañeros. Están abatidos y desmoralizados después de tantos días sin parar de pelear, y he tratado de animarles regalándoselos. Todavía queda mucho combate por delante.

Desde mi privilegiada atalaya distingo un panorama desolador. Aquí y allá se recrudecen los combates, y la Horda ha penetrado hasta lo más hondo de la Fortaleza de fortalezas. Por todos lados veo sus caóticas huestes, como una marea que nos invade incontenible. Al sur, en las Cuatro Cruces. Al este, en el Picado de las Águilas. También en el oeste, sobre el primero, el segundo y hasta el tercer puente de la Torre de Ralzumar... ¿El tercer puente?... No hay duda, hay tropas tratando infructuosamente de contenerles en esa zona... pero... en ese caso... eso quiere decir que...

Cuando comprendo lo que significa siento hervir la sangre en mi interior y, por primera vez en mi vida, experimento algo parecido al miedo. Salto del muro y recorro a toda velocidad los metros que me separan del Refugio. Sólo hay un trémulo soldado hostita en su entrada. El resto de la guardia que lo defendía ha acudido a tratar de cerrar la brecha abierta. Dado su escaso número no tardaran en caer pese a todo su arrojo, y entonces...

El soldado me ve llegar. Es muy joven y está asustado. A pesar de ello seguro que ha peleado bravamente en anteriores ocasiones, aunque esto le supera. Conoce bien lo que está en juego. Le ordeno que vaya al mirador del norte y haga sonar el cuerno de Galaghor antes de que sea demasiado tarde. Hay que poner en alerta a los combatientes y que acudan a reforzarnos lo antes posible si queremos evitar la mayor de las calamidades. Yo permaneceré en su puesto y trataré de contener el avance de la Horda todo lo que pueda. Me mira compungido e indeciso, así que lo agarro y lo arrojo varios metros por el aire para convencerle de que no hay alternativa posible. Tras caer al suelo se gira y descubro que la determinación ha regresado a su rostro. Hoy necesitaremos mucho de ese coraje para sobrevivir.

Examino los alrededores y comprendo que en terreno despejado soy demasiado vulnerable. Mi única posibilidad es obligarles a luchar en un espacio cerrado, donde mi fuerza pueda compensar su ingente número. La antesala del Refugio. Allí aún puedo tener una oportunidad. Llamo a la puerta y me identifico. Tras un segundo de duda escucho sus goznes chirriar y se abre ante mí. Decenas de rostros me observan desde el interior. Pero no tengo tiempo de explicaciones. Penetro en la sala y atranco de nuevo el portón. Las madres me miran compungidas y asustadas, y yo les sonrío y bromeo con ellas contándoles que he traído la picadora para hacer adobo de mono. Saco mis enormes espadas y las volteo al modo tradicional. Confío que su tamaño y la velocidad con que lo hago las impresione lo suficiente para insuflarles algo de esperanza. Luego las ordeno que pasen a las naves interiores y esperen. Los guerreros no tardaran en llegar y ponerlas a salvo, y, mientras tanto, el viejo Oso se encargará de que nadie atraviese ese recinto. Una mano se apoya en mí y me desea suerte. Yo gruño apuntando que no la necesito y las observo mientras cumplen mis indicaciones y se encierran tras de mí. Solo hay una puerta que dé entrada al refugio, y la tengo a mi espalda. Juro que nada conseguirá traspasarla mientras quede un soplo de aliento en mi cuerpo. Nada.

Delante de mí percibo la infame algarabía de chillidos primitivos y alaridos guturales propia de los miembros de la Horda. Ya han llegado y están tratando de tirar la puerta de entrada, que no resistirá mucho más. También escucho tras de mí los rezos de las mujeres, que piden a los dioses que me den fuerzas. Con ellas, todos los niños de nuestra raza esperan que mis brazos sean suficientes para salvarles. Todo nuestro futuro está en esas cuevas. Son el último resguardo de los nuestros. Lo único y más valioso que nos queda, nuestra esperanza.

Aún no he oído retumbar el cuerno de Galaghor, pero ya la madera de la puerta cede con un crujido seco y los primeros asaltantes penetran ávidos de sangre inocente. El filo de mis espadas les recibe.

Hoy no llegaré sólo al infierno.

 

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Estoy ciego... sordo. Han conseguido mutilarme con sus argucias y su perturbada indiferencia por la muerte. Decenas de saetas y lanzas se clavan en mi carne, y mi sangre mana a borbotones de heridas abiertas por todo mi cuerpo. Un zumbido agudo me atraviesa el cerebro, impidiéndome pensar con claridad. Llevo mucho tiempo luchando. Mucho, no sé cuanto. Tal vez siglos. Apenas soy capaz de sostenerme en pie. He debido destripar a decenas de ellos. Cientos. El suelo está cubierto de sus cuerpos despedazados, y, sin embargo, sé que siguen ahí, agazapados, esperando que doble mi rodilla para rematarme. Pero no conseguirán que falte a mi juramento, aunque me esté ahogando con mi propios vómitos y ya casi no pueda levantar los brazos.

Siento que alguien se acerca. ¡Imbéciles, creen que ya estoy acabado, que han conseguido aniquilarme! Hago acopio de todas mis fuerzas y lanzo mis espadas buscando sus entrañas. Fallo, pero al menos saben que todavía la lucha no ha terminado. El dolor es casi insoportable, pero mi rabia es aún mayor. Sólo tengo que aguantar un poco más. Mientras siga en pie, no podrán atravesar la puerta del refugio. No llegarán a las madres. No alcanzarán a los niños.

Vuelven a intentarlo, y yo vuelvo a fallar en mi respuesta. Estoy lento. Apenas consigo respirar, tengo los pulmones llenos de un líquido espeso que arde en mi interior. Podría desplomarme en cualquier momento. Pero no deben conocer mi debilidad. No deben adivinar que puede que ya sea un cadáver y ni ellos ni yo lo sepamos aún. Tengo que ganar tiempo. Sólo un poco más, es todo lo que necesito.

Pero tiempo es lo que no tengo. Es lo que brota de mis heridas, huyendo de mí, derramándose por mis piernas y salpicando mi pies. Tiempo es ese aire que ya no alcanza mis pulmones. Tiempo es ese dolor infinito que me atraviesa y rompe el pecho.

¡En guardia, estúpido Oso! Todavía no ha acabado. Algo parece aproximarse despacio, sibilinamente. Tal vez otra trampa. Atento, maldito bastardo, sucio animal. Tienes un deber que cumplir aún.

Detecto algo diferente en el ambiente. Un leve aroma... Por encima de la putrefacción y la hediondez de tanta carne reventada, huelo algo que mi mente no consigue aún identificar pero que me resulta tremendamente familiar... suave.... dulce... es... pan...

Pan de ambrosía.

Comprendo, y me derrumbo en brazos amigos.

Por fin puedo morir.

 

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Patapalo
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Poblador desde: 25/01/2009
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Qué recuerdos... Horda es una magnífica novela corta, compañero, y este homenaje es muy bonito. Recuerdo este momento de la historia y me emociono. Es curioso como un texto tan aparentemente sencillo puede perdurar tanto en la memoria.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Samurai Benji
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Poblador desde: 27/01/2009
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Me ha gustado Ó-Ó impactante y triste...sobretodo el final...Habrá que leerse esa novela, a ver qué tal está.

Saludos.

- Los libros antiguos son los libros de la juventud del mundo, y los nuevos son el fruto de su tiempo. -

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Mauro Alexis
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Poblador desde: 14/02/2009
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   No pude evitar emocionarme con una segunda lectura. Es un relato profundamente triste. El monólogo interno te ha ayudado mucho a poder transmitir todo el psiquismo de tu pj: su determinación, su carácter, su nobleza de espíritu, en fin. Y has podido escaparte del riesgo que la primera persona como narrador representa, sobre todo teniendo en cuenta el tiempo que has elegido.

   Todo íntimamente vivido. Hasta el carácter poético se presentó en su momento oportuno.

   Noté en laísmo por ahí, pero tal vez haya sido una errata.

   No me siento competente como para poder extraer algún punto importante con que pudiera estar desconforme, quizá no lo haya.

   También me gusta tu versatilidad. Saludos.

 

"Habla de tu aldea y serás universal."

 

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Nachob
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Poblador desde: 26/01/2009
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Muchas gracias por vuestros comentarios. Son muy amables.

Estoy feliz porque creo haber conseguido algo que es lo que más me gusta de escribir, y es haber logrado comunicaros una emoción, un sentimiento.

Qué más se puede pedir.

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PedroEscudero
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Poblador desde: 26/01/2009
Puntos: 2661

Que recuerdos de Horda que me trae este relato . Lo cierto es que en si mismo es una aventura épica fantástica, muy bien llevada. HAs reflejado a la perfección ese encanto de los héreos derrotados que han conseguido su propósito. Estupendo relato, compañero.

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Imaka
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Poblador desde: 29/06/2009
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Espectacular como consigues hacer vibrar con una historia simple. El final, sobrecogedor.

 

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Asha
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Poblador desde: 15/10/2009
Puntos: 238

A pesar de no conocer el relato original de Horda, me ha gustado mucho el relato (¡y eso que no es mi estilo!). Me ha encantado las descripciones y la sensación de ansiedad que creas con el personaje principal. El relato me transmite fuerza, un gran espíritu de lucha, y las ganas de no echar la toalla a pesar de tener claro de que no tiene gran cosa que hacer.

¡Gran trabajo!

Todo cabe en lo breve... A.Dumas

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