La República Española y los primeros meses de la Guerra Civil: la clave de una derrota

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Tercera entrega del artículo

 

Aspectos políticos

La agitación de los meses de primavera minó notablemente la autoridad del Gobierno republicano, y el pronunciamiento que tuvo lugar entre el 17 y el 20 de julio acabó, al menos temporalmente, con la autoridad que le quedaba al Estado: la policía desapareció por momentos en las grandes ciudades; además, los elementos más activos del ejército y de la Guardia Civil apoyaban a los rebeldes. A todo eso, no hay que olvidar que el Gobierno se mostraba dubitativo y vacilante en confiar en las muchas ciudades y oficiales aparentemente leales.1 Este vacío de autoridad, no sólo para mantener el orden público, sino para algo mucho más grave como era la organización del esfuerzo bélico, fue una consecuencia directa de la tensa relación entre el Estado republicano y el poder efectivo, que había pasado a manos del pueblo.

Como indica Preston, la contradicción dentro de la CNT entre una ideología apolítica y anti-estatista y las actividades sindicales cotidianas dio como consecuencia que los anarcosindicalistas no estuvieran preparados para improvisar las instituciones necesarias para llevar adelante la organización simultánea de la revolución y una guerra.2 De hecho, y con el paso de los meses, no tardaron en dividirse entre los que estaban a favor de moderar la postura del movimiento revolucionario con tal de ganar la guerra frente a otro grupo, más radical, decidido a no hacer ningún tipo de concesión. Payne opina que desde el principio la CNT no había tenido una política clara respecto al modo de tomar el poder. Consecuentemente, su política de guerra consistía en construir una especie de confederacionismo revolucionario con otros grupos obreros para llevar a cabo la revolución y hacer la guerra al mismo tiempo. Algo que resultaba, “una fórmula amorfa que carecía de concreción y de sentido práctico”.3 Quizá exagerada la expresión, pero acertada en esencia.

Siguiendo a Beevor, consideramos que tras la euforia inicial por haber derrotado al golpe fascista y haberle dado una respuesta revolucionaria tenía que haberse reconvertido la mentalidad para hacer frente a una guerra larga. Algo que sí entendieron los nacionales que, si bien ya estaban unificadas militarmente, en la primavera de 1937 también lo estarían políticamente, bajo el mando de Franco. Y es que había algo que era evidente: la militarización de las milicias no había servido para ganar ni una sola batalla, la contradicción o, digámoslo de otro modo, el sacrificio de los principios anti-estatales de los anarquistas para entrar en el gobierno no sólo no acabó de impulsar la revolución, sino que, y lo que es más grave, no logró ni alimentar ni abastecer a una población en guerra: “la lucha entre establecer una dirección compartida pero centralizada o dejar amplia autonomía de actuación a los grupos políticos, tanto en el terreno económico como en el militar, había acabado con todos los esfuerzos por vertebrar una República que se enfrentaba a su posible desaparición”.4 Pero este programa de recuperación del poder estatal ya había estado vigente desde la formación del gobierno de Largo Caballero y se había intentado llevar a cabo especialmente en Cataluña, donde la CNT se incorporaba a la Generalitat. Centralismo que se iba aderezando de un favoritismo a los principales puntos del programa comunista, pues se había convertido en lo más apropiado para recibir la ayuda soviética. Largo Caballero llevó a cabo esta política de dirección y política de la guerra personalmente: retuvo el Ministerio de Guerra y creó un Consejo Superior de Guerra, donde la práctica totalidad de las decisiones corrían de su cuenta. Además, creo la Junta de Compras, de Producción y de Armamento, tendiendo a lo que él mismo llamaba “unificar la dirección de la Guerra”.5 Ciertamente, y pese a que no existía un jefe militar supremo, la decisión última correspondía al jefe de Gobierno.

No vemos necesario relatar aquí los sucesos de mayo, ni el largo y complejo proceso de rivalidad entre partidos, reforzamiento de la autoridad estatal y primacía progresiva comunista, pues no es nuestro cometido y, francamente, daría lugar a muchas más páginas de las necesarias. Solamente queremos reflejar el hecho de que los enfrentamientos que tuvieron lugar en mayo fueron la consecuencia de un largo proceso, iniciado en septiembre, con la ascensión del propio Largo Caballero y que culminó en las Jornadas de mayo, al menos en parte, con el fortalecimiento de la unidad para el esfuerzo de guerra, el restablecimiento de la disciplina militar y social, el control de la producción y el comercio por parte del Estado, la pérdida de la hegemonía anarcosindicalista. Tras mayo del 37 y pese a que la victoria del gobierno no fue total, lo mismo que la derrota anarquista,6 se podía comenzar a capitalizar el acontecer de la guerra, incrementando el esfuerzo bélico y centrando todo el interés en la derrota nacional.

Sin embargo, y recordando que esto no es más que un posicionamiento personal, es significativa esta opinión de Pagès:

Existe una interpretación que pone énfasis en que después de mayo de 1937 se puso fin al desorden anarquista […] y gracias a ello el gobierno pudo afrontar, definitivamente, la marcha de la guerra, incrementando el esfuerzo bélico y centrando todo su interés en la derrota de los militares insurgentes […]. Pero el balance militar que pudo presentar la República, después de mayo de 1937, no es más positivo –todo lo contrario- que el de los meses precedentes. Y la pretensión de presentarse ante Europa únicamente como la defensora de los valores democráticos agredidos por el fascismo internacional, sin peligro de aventuras revolucionarias, no sirvieron tampoco para modificar la política de neutralismo de los gobiernos británico y francés […].

Las transformaciones que tuvieron lugar después de mayo de 1937 en la evolución de la República no sólo no sirvieron para ganar la guerra, sino que contribuyeron, en buena medida, a que la guerra se perdiera.7

Independientemente de la interpretación de Pagès, sí que es cierto que ni al principio de la contienda, ni después de los enfrentamientos de mayo, ni, en verdad, en ningún momento, las potencias, especialmente Gran Bretaña, acudieron en auxilio de la República, como veremos más adelante.

Es probable que la CNT no estuviese preparada para enfrentarse al reto de un poder que no deseaba. No podían tomar el poder, pero tampoco querían entregárselo a sus aliados circunstanciales del Frente Popular, cuando las masas se lo acababan de conceder. Por ello, en el triunfo del bando sublevado en las primeras semanas de la guerra incidió en el entusiasmo revolucionario. Pero era este entusiasmo revolucionario el que motivaba a los obreros. Carentes de organización y experiencia militares, de armas y de mandos, los obreros y milicianos sólo podían compensar el desequilibrio mediante la exaltación de la revolución, no por la idea de defender una república que había perseguido al movimiento obrero y que había permitido que estallara la guerra civil. Solo la derrota del proyecto revolucionario, después de nueve meses de poder permitió al Estado republicano rehacerse. Por su parte, el ejército sublevado ya había logrado unificarse política y militarmente y se encontraba en mejores condiciones sociales y militares para alcanzar el triunfo. “La idealización de la CNT de la espontaneidad de las masas iba a hacerles pagar un precio muy alto”.8

 

Aspectos militares

Como hemos visto, para poder ganar una guerra hace falta material bélico, logístico, vehículos militares, artillería, aviación, etc. pero sin duda una de las partes fundamentales de cualquier ejército son los soldados, pues es sobre ellos en los que recae la tarea de combatir en el frente, tomar ciudades, anexionar territorio enemigo, y un sin número de tareas obvias inherentes a su cualidad humana. En fin, son la columna vertebral de cualesquiera Fuerzas Armadas de un Estado que se precie. Una vez tuvo lugar la sublevación militar todo el entramado del ejército y buena parte del de las Fuerzas de Seguridad del Estado se vino abajo: el gobierno de la República contó con un heteróclito conjunto armado, formado por milicianos, soldados y guardias, que no respondían a ningún esquema organizativo y carecían de toda cohesión:

Los distintos mandos designados por el gobierno para hacer frente a los sublevados se encontraron con la imposible tarea de convertir aquel desbarajuste en una organización capaz de hacer la guerra. Entre sus hombres abundaba el espíritu revolucionario y el entusiasmo político pero la disciplina, el orden y la eficacia combativa brillaban por su ausencia.9

En aquellos momentos debieron considerar que “La guerra suponía rudo valor. No ciencia”.10

Al igual que en las tropas nacionales existió un cierto sentimiento de “cruzada”, es probable que el recuerdo de 1808 estuviese presente en algunos sectores de la República. No obstante la situación era muy diferente de la de aquellos entonces. Pese a que no tardaron en formarse milicias entusiastas con ganas de combatir al “invasor”, era un invasor militarizado, profesional y, sobre todo, disciplinado. Los milicianos, heterogéneos, sin ninguna experiencia militar, improvisaban la defensa. Al llegar al combate se echaban al suelo, se dispersaban y no tardaban en ser arrollados por el bloque nacional. Esta indisciplina se revela en anécdotas casi grotescas: ante los ataques aéreos, en vez de de cubrirse, algunos milicianos disparaban al aire, intentando acertar a los aeroplanos, muriendo algunos de ellos en absurdas circunstancias; ante un ataque por el flanco, no tardaba en cundir el pánico y se perdían posiciones. El abuelo de quien escribe estas líneas, combatiente en la guerra, relataba que en el Alto de los Leones, los milicianos nunca presentaron una verdadera resistencia, pues en cuanto avistaban un avance nacional significativo, montaban en caballos y se retiraban un par de kilómetros, descabalgando, resistiendo unos minutos, y volviendo montar de nuevo, repitiendo el mismo proceso una y otra vez.11 Por si fuera poco, la República contaba con una alarmante falta de cuadros medios y subalternos, imprescindible para encuadrar a un bisoño e indisciplinado ejército como este. Llovía sobre mojado, por lo que esta desorganización no tardó en mostrarse. La toma de la práctica totalidad de Andalucía fue fruto de todo ello. Y aunque no tardó la izquierda comunista en comprender que si las cosas no cambiaban la causa de la guerra pronto estaría perdida (aprovechando la experiencia ganada en la Revolución bolchevique y la posterior guerra civil, capitalizando el control de la instrucción mediante el “Quinto Regimiento”, centro de instrucción donde los milicianos recibían cierto entrenamiento y eran organizados para el combate por probados oficiales de, al menos, fidedigna lealtad revolucionaria), la situación permaneció así largo tiempo. El ministerio de la Guerra todavía no tenía un verdadero Estado Mayor central, y el movimiento de las fuerzas milicianas de un sitio a otro entrañaba dilaciones interminables. Las fuerzas catalanas y anarquistas seguían sin tener ninguna relación con el gobierno de Madrid y, si ya de por sí no había muchas oportunidades para hacer prácticas de tiro, ni siquiera había suficientes fusiles para hacer tales prácticas pues muchos trabajadores seguían llevando las armas como símbolo de libertad, además de que los partidos y asociaciones políticas retenían todas las armas que podían por si tenían que hacer frente a luchas internas, como así ocurriría más adelante. Thomas incluso estima en 5.000 los fusiles que la CNT tenía en su cuartel de Madrid.12 Pero después del desbarajuste de los primeros meses de la guerra, los republicanos no tenían otra posibilidad de organización.

No debe entonces sorprendernos tanto la poca efectividad de combate republicana en los primeros meses de guerra, como el hecho de que se fueran retirando progresivamente, aunque de vez en cuando, gestos heroicos, aislados, de resistencia, entorpecían el avance insurgente por acá o por allá. Pero esto no impedía que se consumase el avance nacional. Y es curioso, porque en algunos de aquellos momentos la República contaba con una relativa superioridad –momentánea-, no tanto bélica como sí aérea. Pero la supremacía tanto de los aparatos, como de los pilotos alemanes e italianos, les daban a estos la hegemonía en los cielos. Ciertamente, los Breguets, lentos, sin armamento en el morro y con quince años de antigüedad debieron ser presas fáciles para los aparatos italianos. Imaginemos la situación de unos milicianos de dudosa lealtad, al descubierto, bajo fuego de aviación, algo completamente aterrador, más si cabe si no contaban con ningún tipo de batería antiaérea que inspire cierta seguridad… El resultado es imaginable. Incluso entre la legendaria columna de Durruti solía caer la desmoralización y los deseos de abandonar el fusil:

[…] En mi columna han surgido todos los trucos de la Gran Guerra. La madre moribunda, la compañera de parto, el hijito enfermo, los ojos malos, etc. Pero tengo un equipo sanitario que examina cada caso. Quien miente, sabe que tiene jornada doble de pico y azadón. Las cartas desalentadoras van al cesto. Al que quiere marchar a su casa alegando que se va voluntario, como voluntario vino, después de hacerle unas consideraciones, le mando a casa a pie. Casi nunca se llega a ese extremo.13

Y esto era a 20 de noviembre de 1936.

También habría que sumar la profunda desconfianza entre comunistas y anarquistas y el desmoralizador hecho de que los gobiernos británico y francés defendieran la no intervención, no tanto por la escasez de armas como por la sensación de aislamiento que producía. Esta situación no se modificó, por lo menos, hasta el 30 de septiembre de 1936 en que se dictó la orden de crear un Ejército Popular. Y aunque este decreto no debió suponer un cambio significativo, ya que esta situación no podía mejorarse con leyes, sí es cierto que se logró una cierta organización, una jerarquización militar y una unidad de mando. El paso siguiente fue la militarización de las milicias, algo también indispensable. Pero aunque se fue logrando el centralismo y unidad militar, este proceso fue demasiado largo. En Cataluña y Aragón, por lo menos, hasta principios de 1937 no se transformaron las milicias en el Ejército Popular regular y algunas de ellas, como la columna de Hierro, no lo hizo hasta abril de 1937, una fecha, cuando menos, tardía para comenzar a presentar frentes más consistentes y estables.14 Basta mirar los resultados. Irún o San Sebastián sólo serían un par de ejemplos concretos de esta situación, la iniciativa y avance nacional desde Sevilla hasta Madrid, el enlace entre el ejército de África con el del Norte y el definitivo establecimiento en la Península del ejército nacional representa este proceso.

No sería hasta julio de 1937, ya bajo gobierno de Negrín, un año después del levantamiento, cuando la situación cambiase.15 Las milicias no huyeron de la capital como lo habían hecho en las carreteras de Toledo y Talavera, sino que mantuvieron sus posiciones frente a las tropas franquistas, mejor preparadas e infinitamente mejor equipadas. Incluso más adelante, en Guadalajara, derrotaron al ejército expedicionario italiano, formado y equipado con unidades profesionales. Y no sería hasta la batalla del Ebro cuando el Gobierno contó con un aparato poderoso. Pero para entonces la guerra ya estaba perdida.

 

  1. G. Jackson, La República española…, pág. 249.

  2. P. Preston, La guerra…, pág. 243 – 244.

  3. S. G. Payne, Unión Soviética comunismo y revolución en España (1931 – 1939).

  4. A. Beevor, La guerra… pág. 397.

  5. J. Aróstegui, “Los componentes sociales y políticos”, en AA. VV., La guerra civil…, pág. 71.

  6. A. Viñas, El escudo de la república: el oro de España, la apuesta soviética y los hechos de mayo.

  7. P. Pagès, “Reflexiones históricas sobre mayo de 1937”, en AA. VV., Los sucesos de mayo de 1937. Una revolución en la República, págs. 73-74.

  8. E. Mompó: “¿Hubo o no una revolución española?, Debate”, en Razón y Revolución, nº 3, invierno de 1997, reedición electrónica, pág. 10.

  9. G. Cardona, “El Ejército Popular y las Brigadas internacionales. ¿Cuál fue la importancia de las Brigadas?”, en M. Requena Gallego y R. Mª Sepúlveda Losa (Coord.), Las Brigadas Internacionales: el contexto internacional, los medios de propaganda, literatura y memorias, pág. 38.

  10. G. Jackson, La República española…, pág. 282.

  11. Algunos autores pro-franquistas han escrito mordazmente sobre estos aspectos. El propio Salas Larrazabal los califica como “excursionistas de ida y vuelta”, Los datos exactos…, pág. 104.

  12. H. Thomas, La guerra civil… pág. 434.

  13. P. Corral, Desertores: la guerra civil que nadie quiere contar, págs. 99-100.

  14. Las milicias anarcosindicalistas del frente de Aragón se convirtieron en las divisiones 25, 26 y 28; la División Lenin, del POUM, pasó a ser la División 29 y la del PSUC la 27 División; la columna Macià-Companys se transformó en la 30 División. Para abreviar el proceso de encuadramiento de las milicias en el nuevo Ejército Popular, el Gobierno recurrió a una fórmula muy eficaz: a finales de diciembre aprobó un decreto por el cual la soldada de los combatientes se distribuiría exclusivamente a través de pagadores oficiales adscritos a los nuevos batallones militares. La unidad que no estuviera integrada en la nueva organización militar del Ejército Popular, no iba a cobrar una peseta del gobierno. P. Pagès, Cataluña en guerra y en revolución. 1936-1939, pág. 180; P. Corral, Desertores…, págs. 98 – 99.

  15. G. Jackson, Juan Negrín: médico, socialista y jefe del Gobierno de la II República española, pág. 183.

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Patapalo
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Muy interesante. No he leído mucho al respecto y aquí está resumido de un modo muy ameno. Dan ganas de profundizar.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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solharis
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Es un gran trabajo esta miniserie sobre la Guerra Civil. Creo que el buen escribir es tan importante en ensayo como en ficción

Respecto a mi opinión sobre el tema, no puedo discrepar contigo. La verdad es que cuanto más datos tengo más pienso que la pregunta no es por qué el Frente Popular perdió la guerra sino por qué los sublevados tardaron tanto en ganarla. Algo falló en el bando rebelde.

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Karl Fractal
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Desde luego. Franco no era un genio militar. Era general y había avanzado considerablemente rápido en escalafón militar. Pero a diferencia de otros militares o incluso de personajes del calibre de Napoleón, Aníbal, etc. o el propio Vicente Rojo,nNo estaba dispuesto a arriesgarse a maniobras envolventes, ataques por el flanco, etc. que, eventualmente, pudieran poner en peligro su ofensiva. Era más bienj conservador en ese sentido. Digo más, podría afirmar que era poco imaginativo y ciertamente incompetente a nivel teórico-militar.

Por otro lado, no hay que olvidar que Franco quería erradicar todo resto de republicanismo, comunismo, masonería, etc. en España. A cada pueblo que se tomaba se depuraba sin miramiento cualquier sospechoso, no sólo de haber tomado partido o participado directa o indirectamente de la República, sino también a sus familiares y a cualquiera que hubiese mantenido contacto directo con él en mayor o menor medida. Bueno, esas anécdotas son bien conocidas. Franco, una vez se dio cuenta de que el golpe de estado había fracasado, de que la revolución había triunfado en las principales ciudades, de que no había logrado controlar la totalidad de la Península (tan solo algo menos de la mitad), debió admitir que solo una guerra propiamente dicha le permitiría deponer al Gobierno y acabar con el mal de España, el rápido golpe militar ya no tenía sentido una vez se reflejó el gran apoyo popular que tenía el gobierno. Era este mal el que había que extirpar laboriosa y lentamente.

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