El último mohicano

Imagen de Jack Culebra

Breve artículo sobre la adaptación cinematográfica de la novela de Cooper protagonizada por Daniel Day-Lewis

 

Esta es una cita ineludible para los amantes del cine de aventuras históricas. La elegancia de la fotografía, la fuerza de la banda sonora y la intensidad de la trama crean un filme destinado a convertirse en un gran clásico del género. Es una de las películas que más me han emocionado, y no es de extrañar: en ella se narra nada menos que la desaparición definitiva de una nación india, los mohicanos.

Paradójicamente, no son estos el motor de la trama, sino el deseo de venganza de un hombre convertido en jefe de guerra de los hurones. Movido por su sed de sangre y aprovechando la guerra entre ingleses y franceses que se desarrollaba en el continente, Magua busca la perdición del hombre a quien más detesta, el coronel Munroe, a quien hace responsable último de la pérdida de su familia y de su caída en la esclavitud. Las hijas del coronel se convierten en uno de sus objetivos y los mohicanos, cazadores que se encuentran en la zona, se verán envueltos en la confrontación.

La historia está extraída de la novela homónima de James Fenrimore Cooper, un clásico de la literatura americana del siglo XIX. Es curioso constatar que la trama en sí no cambia gran cosa, pero sí el reparto. Por motivos obvios, al viejo trampero que acompaña a los dos mohicanos en la novela se le ha convertido en el joven hijo adoptivo de uno de estos y, por lo tanto, en el hermano del otro.

Esta licencia cinematográfica, que resultaría cuestionable ya que roba protagonismo al mohicano del título para hacerlo recaer sobre el joven blanco, funciona muy bien ya que permite conectar rápidamente con el público general (la historia del chico adoptado que crece en el respeto a la naturaleza propio de los cazadores indios en contraposición a la civilización enloquecida de los imperios coloniales es muy seductora) y, al mismo tiempo, establecer un doble juego de enamoramientos con las hijas del coronel Munroe. Daniel Day-Lewis, además, realiza un magnífico papel, tónica común de todos los actores de la película (Wes Studi, en el papel de Magua, está antológico).

La película, además, mantiene un ritmo formidable. Las escenas de acción se concatenan con gran habilidad y dejan impactado al espectador con la belleza de los paisajes naturales de Nueva Inglaterra o anonadado con los ominosos escenarios de guerra, y, al mismo tiempo, dejan espacio a los personajes para desarrollarse e interactuar: a pesar del ritmo trepidante, podemos percibir el calado de la historia, tanto en su componente humana como en la histórica. Y corta el aliento.

En concreto, el cierre de esta película, imagen especular deformada de la escena de caza que encontramos a la apertura, es un broche memorable. Es imposible no sentirse conmovido y desgarrado al contemplar el funesto final anunciado en el propio título. Es una de las pocas ocasiones en las que una escena de acción, sin diálogos, para más inri, se muestra capaz de emocionar tanto al espectador. Merece la pena descubrirla.

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KonradCurze
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Puntos: 1784

 Raro que una pel·lícula de finales del siglo XX destile tanto romanticismo por todos sus poros. No sólo la(s) historia(s) de amor, sino romanticismo en todos sus aspectos: los agrestes paisajes de la naturaleza salvaje de un continente aún virgen, el ansia de libertad individual, los personajes movidos por pasiones viscerales más que por la razón...

Las magníficas actuaciones: Daniel Day-Lewis, Madeleine Stowe... y el grandérrimo Wes Studi componiendo un magnífico villano. Aunque para actuaciones, las miradas de Jodhi May: qué manera de decirlo todo sin decir nada.

Y ese magnífico final. El sacrificio del oficial inglés por la felicidad de Cora, ésa lucha épica en el barranco, con esos bellos paisajes y esa banda sonora...

Una peli que pone siempre los pelos de punta, no importa lo mucho que la mires. Me encanta.

La lucha es como un círculo, se puede empezar en cualquier punto, pero nunca termina.

 

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