Lo fantástico y lo siniestro en la narrativa de Silvina Ocampo: los niños

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Un artículo de Elena Montagud López

 

 

Bien podemos empezar señalando, como ya han señalado anteriormente varios críticos, que la narrativa de Silvina Ocampo destaca por su crueldad y por lo fantástico. Debido a esto, han situado su narrativa en un punto intermedio entre la tradición y la vanguardia. Su narrativa no nos supone un alejamiento o extrañamiento de la realidad, sino que nos acerca a ella. No hay una anulación completa de esta, sino intenta relativizarla, y de ahí que encontremos esos finales abiertos que nos dejan desconcertados. Al ir leyendo e introduciéndonos en los cuentos de Silvina, vamos dándonos cuenta de que lo que se nos está narrando o describiendo puede parecernos tan extraño como reconocible. En realidad, esto ya no parece algo tan increíble, se está entrando en el s. XX y los acontecimientos sobrenaturales no provocan ningún escalofrío pues el mundo que los contiene es igual de extraño. Las circunstancias de la vida literaria argentina daban por entonces a lo fantástico un renovado interés, y a este respecto ofrece una excepcional significación el contexto en que surgió la Antología de la literatura fantástica.

Silvina Ocampo parecía haber elegido una orientación literaria de signo anti intelectualista e irracionalista, basada fundamentalmente en un mundo de sentimientos, intuiciones, sensaciones, miedos, sueños, obsesiones y traumas. En los relatos iniciales de Silvina Ocampo lo fantástico alcanza escasas posibilidades de desarrollo porque la fantasía es parte integrante de la realidad de los personajes y así es asumida por los narradores: lo oscuro e incierto se ha instalado en lo familiar y conocido. Algunos de los relatos que mejor representan la «crueldad» mencionada pueden estar, como aseguraba la autora, «sacados de la realidad».1

En este sentido, la invención, el orden de lo imaginario como vía de búsqueda constante de nuevas formas para la narración, será la razón imperante en la narrativa de Silvina Ocampo, desarrollando un ejercicio de escritura que parte de una concepción firme de la “literatura como juego, como ejercicio de imaginación”. (Cozarinsky 2003, pág. 14). Silvina Ocampo no explicó claramente las razones que le llevaban a preferir temas como los señalados: más bien parecía preocupada por los juicios que suscitaban sus relatos cuando se refería a su condición humorística, que significaba «salvar un poco esos cuentos que eran considerados tan crueles, porque la crueldad, si se la toma bajo el punto de vista humorístico, ya deja de ser una crueldad». (Ulla 1982: 104)

Retomando la cuestión de la presencia de lo siniestro en la obra de Silvina, tenemos que decir que éste está presente continuamente en sus cuentos. Según Sigmund Freud “la voz alemana «unheimlich» es, sin duda, el antónimo de «heimlich» y de «heimisch» (íntimo, secreto, y familiar, hogareño, doméstico), imponiéndose en consecuencia la deducción de que lo siniestro causa espanto precisamente porque no es conocido, familiar”2. No obstante, no queda convencido, y acaba concluyendo que “unheimlich sería todo lo que debía haber quedado oculto, secreto, pero que se ha manifestado”. Para él, un ser que está animado pero carente de vida sería algo siniestro (como un autómata), también lo serían los dobles, o las repeticiones (sólo las involuntarias, tales como un “tic”).

¿Por qué los relatos de Silvina podrían incluirse en lo considerado como siniestro? En primer lugar, opino que los niños suelen ser representados como figuras angelicales, inocentes, incapaces de provocar ningún daño. Es precisamente en los territorios habitualmente asignados a la inocencia donde parece irrumpir con más fuerza lo extraño o lo siniestro. Ellos son los agentes del mal en algunos cuentos, en otros son víctimas de un mal que igualmente proviene de niños. Silvina Ocampo también mostró su fascinación por otros poderes nada convencionales: en sus relatos se reiteran los personajes con capacidad para predecir el futuro. Recordemos a Aurora y sus palabras en La sibila: “Este rey de espadas, con la cara muy seria, es un enemigo suyo. Lo está esperando afuera; van a matarlo3.”

Enrique Pezzoni afirma que “Los niños reaparecen en las historias de Silvina Ocampo como demiurgos de la ausencia, demonios que ofician de pontífices entre lo anhelado y su presencia imposible. Si alguna vez parecen olvidar ese oficio, si pactan con el orden adulto y normal, traspasan sus poderes a los ya nunca niños: los ancianos.4

En segundo lugar, el niño ha sido considerado a través de la historia un ente intrascendente, exento tanto de la capacidad creadora como destructora del adulto, desconocedor y, en consecuencia, incapaz, pero rodeado por un aura de felicidad, compañía y calidez que ha convertido a la niñez, para nuestra cultura, en aquel recuerdo que siempre que nos viene a la mente lo recordamos con nostalgia.

Parece ser que los niños de Silvina desprecian la realidad. Experimentan una sensación de extrañeza en sus vidas en el momento en el que chocan con el mundo que se les impone. Podemos aventurarnos a decir que estos niños se encuentran alienados porque en cierto modo se enfrentan al mundo como niños y como adultos. Por su parte, la desmitificación que hace Silvina Ocampo de la niñez clásica está profundamente ligada a la personalidad de sus personajes ya que estos niños son personajes carentes de una personalidad convencional y clásica; suele haber algo en ellos, ya sea su aspecto o su forma de actuar, que evoca enfermedad y anormalidad. En El vástago observamos lo inquietante que puede llegar a ser Ángel Arturo, hasta el punto de llegar a convertirse en una especie de reencarnación del mismo Labuelo: “Como carecía de barbas y anteojos, no advertíamos que era el retrato de Labuelo”. “Cuando Ángel Arturo atacó a Labuelo con el revólver verdadero, de un modo magistral […]”.5 En algunos cuentos lo fantástico y extraño llega a tomar incluso forma, es el caso de los niños que nos describe en El cuaderno: “Ermelina vio que el menor de los hijos de la vecina se parecía extrañamente a la sota de espadas; era una suerte de hombrecito pequeño aplastado contra el suelo. El otro parecía un rey muy cabezón con una copa en la mano”.6

Los niños carecen de la inocencia que sería normal en su edad y se ven corrompidos por pensamientos o características adultas hasta llegar a ser perversos. Esta perversión provoca a veces que se alejen de la sociedad, que es lo que le ocurre a Winifred en La furia. La protagonista, la misma Winifred, intenta corregir a su amiga de la infancia, pero lo hace de una forma cruel, a pesar de ella piense que lo que hace es correcto. Esto la conduciría al alejamiento del mundo real (como ya hablamos antes) tratando de purificar sus remordimientos de formas poco correctas de nuevo. “Ahora comprendo que Winifred sólo quería redimirse para Lavinia, cometiendo mayores crueldades con las demás personas. Redimirse a través de la maldad.”7 Se trata de un “yo opuesto”. El doble del que hablaba Freud, Lavinia como doble opuesto de Winifred. Según Freud, los opuestos o dobles representan deseos reprimidos de una persona. Tal vez Winifred deseaba en su inconsciente ser como Lavinia, que parecía ser una niña modélica.

Algo parecido nos encontramos en Los amigos, en el que observamos una variación del doble opuesto: dos niños que se oponen pero que al final se cambian los papeles. En cierto modo hay un toque de cainismo.

Silvia Molloy señala que “ni lo fantástico, ni lo infantil, ni la psicología exagerada dan cuenta cabal de la obra de Silvina Ocampo”8.

Así pues, la crueldad del mundo según Ocampo tal vez explique el filo de sus aristas, su preferencia por la soledad, el desconsuelo que respiran sus historias.

Opino que en los niños podemos encontrar algo que en los adultos no y que Silvina supo apreciar y plasmarlo en sus cuentos: ser al mismo tiempo crueles e inocentes, de una forma pura y sincera.

 

Notas

1. «Los actos más crueles que hay en mis cuentos, están sacados de la realidad. Lo de ‘La boda’ me lo habían contado. También ‘La casa de los relojes’, el jorobado que le planchan la joroba». También «La fotografías» tuvo ese origen (Ulla 1982: 31).

2. Freud, Sigmund. (1919). Lo siniestro.

3. Ocampo, S. (1982). La furia y otros cuentos. Madrid. Alianza 3 (pág. 84).

4. Ocampo, S. (1982). La furia y otros cuentos. Madrid. Alianza 3 (Prólogo).

5. Ocampo, S. (1982). La furia y otros cuentos. Madrid. Alianza 3 (págs. 47- 48).

6. Ocampo, S. (1982). La furia y otros cuentos. Madrid. Alianza 3 (pág. 74).

7. Ocampo, S. (1982). La furia y otros cuentos. Madrid. Alianza 3 (pág. 119).

8. Molloy, S. Silvina Ocampo, la exageración como lenguaje. Revista Sur, núm. 320, octubre de 1969

 

Bibliografía

Giménez Pastor, Arturo. Historia de la literatura argentina. Barcelona, Labor, 1945.

Freud, Lo siniestro. Barcelona, Olañeta, 1966.

Fernández, Teodosio (2003): “Del lado del misterio. Los relatos de Silvina Ocampo” en Anales de literatura española, nº16, serie monográfica nº6: Ed. Carmen Alemany.

Ulla, Noemí. Encuentros con Silvina Ocampo. Buenos Aires, Belgrano, 1982.

Bermúdez, María (2003): “La narrativa de Silvina Ocampo: Entre la tradición y la Vanguardia” Anales de literatura española, nº16, Universidad de Alicante; serie monográfica nº6: Ed. Carmen Alemany.

Ocampo, Silvina. La furia y otros cuentos. Madrid, Alianza editorial, 1982.

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LCS
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Reconozco que de Silvina Ocampo, sólo sabía que se había casado con Bioy Casares. Pero eso que cuentas de los niños, me interesa. Le echaré un ojo a ese libro: La furia y otros cuentos.

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Daniel Leuzzi
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Muy buen articulo, y la verdad es que Silvina Ocampo es una "materia adeudada"... tendré que buscar sus libros.

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