El clavo ardiendo del falso historicismo

Imagen de Jack Culebra

Vaqueros contra marcianos, vaya

 

Cuando hablamos de cine, en ocasiones algún miembro de la vieja guardia de aficionados al pulp no puede evitar decir de películas que son ya grandes clásicos —como La guerra de las galaxias— que son una patochada. Ni más ni menos. Es algo que nos duele en el alma a los pulperos de mi generación seguramente porque nosotros hemos incorporado su pulp, a veces con una mirada condescendiente por su ingenuidad, a nuestro propio imaginario. También es algo que nos hace ponernos directamente a la defensiva y dar mil explicaciones sobre por qué no sería una patochada tal o cual filme, evitando, de paso, la vía más simple: aceptar que sí lo son, tanto, o más, como cientos de otros clásicos que solo se diferencian de estos en la fecha de producción.

Basta con observar algunas expresiones que abundan en el medio para darse cuenta de esta curiosa relación generacional. En realidad Star Wars es un wéstern, Tarantino lo que hace es contarnos una historia de indios y vaqueros, es como una de piratas pero con naves espaciales, etcétera, etcétera. Podría dar la impresión de que el cine de aventuras de piratas y cowboys era mucho más serio per se que las marcianadas de los años ochenta o las dragonadas de los últimos tiempos, cuando, en realidad, no asistimos más que a un espejismo.

La clave está en el componente realista y, sobre todo, en cómo se digiere este. Baste con ver que Flash Gordon no chirría tanto a la vieja guardia como Luke Skywalker, aunque tengan un sustento del mismo calado. Y ya no hablemos del Inspector Dan... Ningún análisis honesto daría más veracidad a Los siete magníficos que a Piratas del Caribe.

Sí, lo digo en serio.

En serio, de verdad.

Ok. Partimos de la base de que los vaqueros, como los samuráis —por si nos queremos ir a las fuentes originales— existieron. Lo que parece olvidar el espectador de la vieja guardia es que, aunque existieran, no existieron así, tal y como se nos presentan en las películas del género. De hecho, este es el motivo por el que Curro Jiménez no ha llegado nunca al grado de glamour de, por ejemplo, el Coyote. Suspensión de la incredulidad.

Cuando pensamos en el Lejano Oeste —o en la Antigua Roma, o en los Siete Mares—, estamos dispuestos a aceptar una serie de premisas totalmente absurdas, de hechos inflados hasta convertirse en leyendas porque el pueblo americano, ese que maneja Hollywood, entre otras cosas, ha estado cimentando durante décadas un imaginario propio y diferencial con el que recuperar el tiempo “perdido” desde la Odisea. Eso no es historia más allá del cartón piedra de los decorados, más allá del detalle bien hilado o del trabajo de los asesores, si es que los había. En el fondo, las persecuciones a una diligencia con una tribu entera haciendo el canelo son tan irreales como las carreras del Halcón Milenario.

No son realismo. Son, como las otras, una patochada. O narrativa de género, si queremos un término menos belicoso.

El hecho diferencial entre una generación y otra es que la nuestra se ha abandonado a la aceptación de estas digresiones fuera de la infancia y sin ampararse en mitologías canónicas. En nuestro lenguaje narrativo no hay solución de continuidad entre lo historicista —en la fachada— y lo fantástico. Todo es ficción y el samurái sigue siéndolo en un trasfondo de superhéroes, en una película dicha histórica o empuñando un sable láser. Godzilla es tan válido como la Medusa.

Así que va siendo hora de coger ese clavo ardiendo del falso historicismo y utilizarlo para encender nuevos fuegos con los que seguir iluminando, sin vergüenza, nuestro disfrute pueril de la narrativa. De momento, pulp ya no nos suena peyorativo. Quizás patochada termine llevando el mismo camino.

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Daniel Leuzzi
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Muy buen articulo, y la verdad es que todo es una formula, malos, buenos, la busqueda de algo, una venganza, pero como siempre digo: si está bien hecho y es disfrutable, bienvenido sea.

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