Demasiado apego al suelo

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Un relato de LCS para la vivisección de Aparecidos

Marching in the streets
Dragging iron feet

JUDAS PRIEST

 

No creías en los fantasmas. Era normal. Por aquel entonces nadie creía en los fantasmas. ¿Quién podía aún creer en ellos si ya nadie leía a nadie Montague Rhodes James a la luz de una vela o se reunía para contar cuentos de aparecidos alrededor de una hoguera? La iluminación eléctrica de las calles tampoco ayudaba. Ninguna caprichosa ráfaga de aire, ninguna tormenta inesperada podían apagar las farolas que antaño fueron de gas o de queroseno y que, cada atardecer, encendían pacientemente los faroleros.

Y sin embargo, tú llevabas años soñando con ellos. Si te hubieras fijado bien los habrías descubierto durante el día. Tú no te dabas cuenta, pero los espectros estaban siempre a tu lado. Rodeándote. Vigilándote. Cuidando de ti. Todo el día. Mañana, tarde y noche. Deberían quemar por herejes a quienes mantenían que los fantasmas sólo se aparecían por las noches. Quizá, quién sabe. Aún podrías tener apego al suelo.

Los fantasmas brillan más por las noches, eso sí. Por eso nos llaman más la atención. Pero siempre han estado entre nosotros. Ahora ya, bien lo sabemos. Sentimos un escalofrío, un cosquilleo, oímos cómo alguien estornuda y, sin embargo, estamos solos o eso es lo que pensamos. Son ellos. Intentan comunicarse con nosotros.

Tú sólo te comunicabas con ellos a través de los sueños. ¿Cuándo fue la primera vez que soñaste con ellos? No lo sé. Quizá cuando ocurrió lo de la pelota. Tendrías cuatro o cinco años. Estabas jugando con el balón de reglamento que te habían traído los Reyes Magos. Alguien –seguramente tú− despejó la pelota de una patada tan alta que acabó saltando por encima de la valla.

−La ley de la botella, el que la tira va a por ella–dijeron a coro tus amigos.

Y tuviste que salir corriendo detrás de la pelota, que bajaba dando botes calle abajo directo a la carretera. Tus padres no te dejaban cruzarla si no ibas de la mano de un adulto. Tenías que alcanzar la pelota antes de que llegara, pero tus piernas eran demasiado cortas, demasiado pesadas, (¿recuerdas cuando parecían de metal y aún sentías apego por el suelo?), demasiado lentas como para conseguirlo.

Detrás de una pelota siempre viene un niño. Lo saben todos los conductores. Seguramente también lo sabría el conductor que te hubiera atropellado si uno de los espectros que te cuidaban no hubiera intervenido. Pero el conductor no vio la pelota. Iba demasiado rápido. Tendría prisa por volver a casa o no estaba atento, inmerso en sus divagaciones, hasta que le llamó la atención una explosión, la que todos ahora todos sabemos que origina un fantasma cuando se materializa a escasos centímetros de un parabrisas. El conductor acabó empotrándose contra un muro de piedra, pero tú ni siquiera oíste el ruido.

Te limitaste a recoger la pelota, a esconderla bajo la camiseta, como si estuvieras embarazado de ella, y a subir corriendo cuesta arriba a reunirte con tus amigos.

Hasta por la noche, no te diste cuenta de lo que había ocurrido. Aunque, quizá no fue esa misma noche, sino otra noche, la primera en la que te volviste a mear en la cama a pesar de que llevaras años sin hacerlo. Y no fue la única vez.

−Tengo pesadillas –les dijiste a tus padres a modo de disculpa.

Pero tus padres prefirieron llevarte al médico.

−Enuresis. Eso es lo que padece el niño –dijo −Es algo normal. Sólo intenta llamar la atención. ¿Tiene hermanos?

−Sí –contestó tu madre –Acaba de tener un hermanito.

−Lo ven. Lo que yo les decía. Está intentando llamar su atención. Es algo normal. El síndrome del Príncipe Destronado. En cuanto madure un poco más, ya verán como se le pasa.

Y pasaron los años y maduraste y dejaste de mearte en la cama, hasta que llegó el sueño de la niña, la que estaba destinaba a ser tu primera novia seria, con la que perderías la virginidad si no hubiera saltado por el balcón. En tus sueños veías como una luz que flotaba en mitad de la calle llamaba su atención. La niña abrió la ventana, salió al balcón e intentó tocar a ese espectro que flotaba en el aire. Le faltaban apenas unos centímetros para tocarla. Se subió a la barandilla. Casi podía tocarla. Tal vez, antes de caer, pudo conseguirlo y sentir en sus dedos el tacto de aquella luz húmeda, fría, viscosa.

No fueron los únicos sueños. Niños que pertenecían a la pandilla del barrio que había al otro lado de la vía y que te habrían abierto la cabeza al darte con la piedra que estaba escondida dentro de un terrón de tierra, morían en tus sueños atropellados por un tren de mercancías, paralizados al descubrir a su lado a un espectro a plena luz del día.

Según tu psicoanalista, se trataban de traumas propios de la infancia.

−¿Has visto desnuda a tu madre? –te preguntaba o más bien te afirmaba en privado, cuando ya no era necesario que estuvieras tus padres.

Decidiste tatuarte, llenar tus brazos con los dibujos de todos esos fantasmas que se aparecían en tus sueños.

Los sueños de las muertes cesaron durante un tiempo cuando comenzaste a soñar con la muchacha. Todos sus sueños acababan igual: masturbándose delante de ti. Se levantaba la minifalda de cuadros escoceses y comenzaba a tocarse, mientras entreabría sus labios pintados de rojo que de forma calculada parecían dejar escapar un suspiro. Antes de que llegara al clímax, te despertabas. Te buscabas la entrepierna y la notabas húmeda.

−Has tenido una polución nocturna–te aseguró tu psicoanalista cuando se lo contaste –. Sufres el síndrome de Edipo. Estás enamorado de tu madre. La única solución que veo es que encuentres pronto a alguien con quién perder la virginidad.

Supusiste que tendría razón, pero no sabías por dónde empezar. Quizá, por los clubes de alterne. Entonces, los sueños eróticos de la muchacha, comenzaron a mezclarse con las muertes de prostitutas que después relacionabas con las noticias de la prensa. Unas murieron de sobredosis. Otras se suicidaron. Aunque la mayoría murieron a golpes. Tú sabías muy bien que siempre en presencia de los fantasmas, aunque los periódicos nunca dijeran nada.

Descubriste entonces que ya no necesitabas tatuarte nada más. Después de cada muerte aparecía un tatuaje nuevo en tus brazos. A menudo, la cara alargada y desencajada del fantasma, contagiada del sufrimiento de alguien que había sido eliminado para protegerte.

La única solución era el suicidio, pero esta simple idea provocó que esa misma noche soñaras con alguien en los barrios bajos que se mató de un disparó tan sólo porque si hubiera tenido una oportunidad quizá te habría vendido una pistola.

No. No era eso lo que debías hacer. Tenías ya demasiados tatuajes en el cuerpo. Tenías que encontrar a la muchacha. Intestaste localizarla a través de tus sueños. Interpretándolos, recabando pistas de los escenarios en los que se te aparecía. Hasta que lo conseguiste.

Nada más verla, la reconociste. Aparte de la minifalda de cuadros escoceses, llevaba una camiseta del British Steel de Judas Priest y guantes largos de malla en las manos.

No necesitasteis deciros nada para salir juntos a la calle. Aún se oía la voz de Rob Halford cantando desde el bar en el que la habías encontrado, cuando ella te desabrochó con un rápido movimiento los pantalones.

En el mismo momento en que la muchacha supo que en un instante la ibas a dejar embarazada, te degolló con la cuchilla que llevaba escondida debajo de los guantes. Sentiste entonces un doble clímax, que se te escapaba a borbotones, igual que los fantasmas que tenías tatuados y que desaparecieron ululando de tus brazos hasta dejarlos vacíos como si nunca hubiera existido. En cuanto se marchó la muchacha, te levantaste, sin perder de vista en ningún momento tu cuerpo, que permanecía tumbado junto a un charco de sangre. Tenía demasiado apego al suelo.

 

Xuan Folguera

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Pues, como pedías, he sacado el hacha... y no se muy bien que hacer con ella.

Estilisticamente me gusta, dominas las palabras y la prosa brota elegante y bien medida (notese cierto tufillo de envidia).

En cuanto a la historia, tambien me gusta y me ha perturbado un tanto, que es de lo que se trata. Pero el ritmo es demasiado tranquilo para mi gusto, no hay "picos" de emoción y lo echo de menos especialmente en el párrafo final. Esperaba algo intenso pero el relato fluye en el final tan sosegado como al principio. Eso si, la última frase soberbia.

Es el único pero que se me ocurre y no se si es siquiera un pero. Y agradezco enormemente la referencia a British Steel, uno de mis discos favoritos, con la mejor cancion heavy de todos los eones Breaking the Law.

En fin, los 13 ganadores han debido ser muy buenos si este se ha quedado fuera. 

Ya que tengo el hacha fuera, voy a leerme los micros de la antología "Microterrores" a ver que puedo cercenar wink

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Muchas gracias por leer mi relato y por comentarlo. Me alegra saber que te ha gustado.El mío se ha quedado fuera porque los que han entrado seguro que son impresionantes.

Para leerlo en condiciones hay que escuchar el British Steel, pero sobre todo, Metal Gods.

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¡Ah, ese sonido de cubertería marcando el ritmo!

Me viene al pelo, tu relato tiene ese ritmo, yo buscaba más un "Steeler" o un "Breaking the law" , tan llenos de giros. Pero es tu relato y es tu estilo y es un relato de los buenos y un estilo despurado. De nuevo, felicidades. Este lo puedes rescatar cuando quieras y no defraudará.

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Gracias, de nuevo. Habrá que hablar con Patapalo para que te nombren jurado. Jejeje.

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