Cuatro copas de aguardiente

Imagen de Manuel Fernando Estévez Goytre

Un relato de la Guerra Civil de Manuel Fernando Estévez Goytre

 

La Alpujarra, noviembre de 1937

Aquel día la voz ejecutiva del sargento fue directa y más recia de lo habitual. El viejo chusquero no nos permitió un respiro para asimilar lo que nos traíamos entre manos en contra de nuestra voluntad. Antes de formar percibí en él una necesidad imperiosa de acabar su trabajo y abandonarse a su realidad etílica en la cantina junto a un grupo de suboficiales que se agarraban a la botella como única alternativa para acallar las voces que asaltaban sus conciencias.

Al escuchar el grito de fuego el estruendo de los disparos hizo diana en mi alma, me caló tan hondo que noté cómo impactaba en mi cuerpo como un conjunto de venablos envenenados. Apretar el gatillo fue como formar parte de una operación en la que se ponían en jaque mi conciencia y mi humanidad por un lado y el precio de mi hombría, mi honor y el amor a la patria por otro. No era fácil. Era una especie de balanza en la que yo, como el resto de mis compañeros, no tenía ni voz ni voto. Pero no había otra salida que acatar las órdenes de la superioridad y disparar: aquel amanecer me había tocado formar parte del pelotón de fusilamiento y negarme podría haber supuesto mi envío a un penal militar o, atendiendo a lo peor, a un agujero de dos metros de largo por uno de ancho después de un juicio sumarísimo en pleno campo de batalla. Cosas más crueles había visto en los meses transcurridos desde el inicio de la guerra.

Me temblaron las piernas al observar que aquellos cuerpos inertes caían al suelo uno tras otro, como si se hubieran puesto de acuerdo para hacerlo, y sentí que la vida se me escapaba por cada uno de los agujeros que las balas les habían hecho. Me dolieron, sí, me dolieron a mí los disparos más que a ellos mismos, que ya no vivirían para contarlo.

Uno de mis compañeros, no recuerdo cuál, se acercó a los fusilados, los volteó uno a uno con el pie y los hizo rodar barranco abajo como si fuesen sacos de tierra. Los ojos de los cadáveres miraban al vacío, a ninguna parte. Dejé de vivir por un minuto cuando me di cuenta de que no percibía el ritmo de la respiración que me habría gustado encontrar en ellos. ¡Estaban muertos! Tan muertos como Napoleón Bonaparte, Alejandro Magno o Francisco de Pizarro. Yo no habría podido ser quien los empujara, carecía de la sangre fría que otros, aun no comprendía cómo, tenían.

Después vendría el tiro de gracia, la cal gruesa y la arena sobre los cuerpos. Un amanecer. Otro. Otro más. ¿Estaba de acuerdo con lo que hacía? ¡No! Ni yo ni nadie. Era como decir sálvese quien pueda, y la forma de salvarse no era ni más ni menos que hacer méritos para sobrevivir de una forma muy sencilla: siguiendo al pie de la letra las pautas marcadas por los mandos.

Pero yo era distinto a los demás, al menos quería pensar eso, y lo que menos llamaba mi atención eran las menciones honoríficas, las condecoraciones y los ascensos en un círculo cerrado que aún no me interesaba. No era la primera vez que me hacían disparar a alguien que, en el fondo, no había hecho otra cosa que combatir en el bando que le había tocado, pero atendiendo a que aquellos chicos no pasaban de los diecisiete años mi estómago se deshizo en arcadas, se violentó y acabó vaciándose entre ortigas y helechos en las afueras del campamento.

El sargento no tuvo arrestos suficientes para mirarnos a la cara. Era lógico, por otra parte; a fin de cuentas era un ser humano y tampoco comulgaba con la violencia impuesta por un grupo de generales que trataba de pasar a la historia a base de bombas y asesinatos a sangre fría. Se limitó a romper filas, hundir su mirada en el cieno y marcharse con el silencio como única compañía.

Antes de subir al camión para marcharnos me percaté de la presencia de un grupo de chicas que pedía a voz en grito las pertenencias de los ajusticiados. Estaban muy afectadas y exhalaban el aliento del pánico y el horror. Al examinar sus rostros encontré en ellos un oscuro perfil generado por la catástrofe que asolaba el país de norte a sur y de este a oeste, un mapa detallado de los avances y retrocesos de ambos ejércitos. ¿Un bando? ¿Otro? ¿Cuál de los dos tenía la razón, cuando caían cientos de seres humanos todos los días? ¡Ninguno! Aquel día me convencí de que no podría encontrar argumento en ninguno de ellos por mucho tiempo y esfuerzo que dedicara a buscarlo. Segundos después comprendí que las chicas eran, con toda seguridad, compañeras sentimentales o familiares cercanos de los fusilados.

Llegamos al campamento y el sargento dio el día libre a los integrantes del pelotón. Nadie lo pensó. Ni cortos ni perezosos, todos salieron al pueblo a celebrar el asueto. Había putas baratas y una buena oferta de tabernas en las que cada cual trataba de ahogar recuerdos y desprenderse de su culpabilidad con una graduación alcohólica diferente. Mi conciencia, empero, estaba en carne viva, no dejaba de reprocharme la falta de valor sobrevenida al apuntar a mi objetivo. «Pero esos muchachos formaban parte de las filas enemigas –trataba de justificarme-, no podía hacer otra cosa». Sin embargo sabía que la persona que no se rebela ante la injusticia es o un cobarde, o cómplice de quien la practica. Y yo posiblemente lo era.

Aún se notaba el fresco del amanecer. La mañana se desperezaba entre suaves sacudidas de viento y un sol tímido que en aquel momento pensé que no conseguiría llegar a lo más alto de su recorrido. Unas nubes plomizas y concentradas se cerraban sobre el campamento y dibujaban un lienzo de luces y sombras que, lejos de seducirme, se proponía aumentar mi tristeza en progresión geométrica. Me metí en la tienda de campaña más grande, la cantina de tropa, y pedí un aguardiente. El primero del día. Le di un sorbo y dejé el vaso tiritando entre mis manos sudorosas. Con el dulzor del azúcar cayendo en picado garganta abajo, me senté en un tocón de chopo que hacía las veces de asiento, saqué lápiz y papel y comencé a escribir. Lo necesitaba como el comer.

En cuestión de minutos mis compañeros comenzaron a ocupar los sitios libres y aunque me vi rodeado de jóvenes que no dejaban de soltar bravuconadas y contar anécdotas a cual más picante y provocativa me sentí tan solo como la misma soledad. Se mofaban de mí, hincaban sus comentarios sarcásticos en lo más profundo de mi sensibilidad. No entendían, o no querían entender, cómo podía detenerme a escribir en mitad de un conflicto de tal calibre, en el que nadie, había deducido tras meses de profunda reflexión, era realmente como aparentaba ser.

—¿A dónde quieres llegar? —decía uno.

—A Federico le dieron el paseo en los primeros días de la guerra —apostillaba otro—, y era poeta, como tú.

Pero lo cierto es que la escritura era lo único que conseguía mantenerme vivo, me permitía expandir mis alas fuera de aquel infierno y viajar por nebulosas a miles de años luz de esta tierra tan cercana y tan lejana al mismo tiempo. Así y todo, la concentración nunca acababa de cuajar en mi interior, no conseguía evadirme del día a día como deseaba y mi cabeza volvía a navegar entre barrancos y cubos de cal, fusiles, gatillos y fuego a discreción. Me levanté del asiento y pedí otro aguardiente. El segundo de la mañana. Cuando volví con intención de sentarme reparé en que el sargento había entrado buscando voluntarios que dieran la cara por la patria el siguiente amanecer.

—Tú, tú y tú —señaló con el dedo.

Algunos rostros se descompusieron. Otros, en cambio, se vieron ribeteados de una mueca de arrojo. Eran los de siempre, los que estaban convencidos de lo esencial de su colaboración en el ejército. Y sonreían. Y sacaban pecho. Y gritaban orgullosos, o eso querían aparentar, «viva la primera brigada mixta».

Pedí una jarra de aguardiente y un vaso, salí de la cantina y, como el cielo amenazaba lluvia inminente, me refugié en la tienda que compartía con otros nueve compañeros y me tumbé sobre la manta que calentaba mis noches de insomnio y remordimiento. Llené el vaso y me lo bebí al trago. Era el tercero.

Entre lona y lona di a mi imaginación vuelo suficiente para deslizarse por mundos y submundos que solo me pertenecían a mí. Me entregué a la calidez de la escritura y rompí los moldes de la creatividad, o eso pensé en aquellos instantes de capa caída, con permiso de los señores Flaubert, Hugo y Poe. Bajo la furia de la tormenta tracé las líneas generales de lo que habría de ser un relato en el que pretendía expresar con todas las de la ley mis sentimientos de repulsa hacia los pelotones de fusilamiento y hacia quienes los mandaban. Inicié la historia cuando, el día anterior, el sargento entró en la cantina y me eligió al azar como voluntario forzoso.

—Tú —me había dicho—, limpia y engrasa el arma y acuéstate pronto: tendrás que levantarte antes del amanecer.

Mi cuerpo se incendió por dentro. De rabia. De impotencia. De odio hacia mi propio bando, hacia el sargento y hacia mí mismo. Cada día temía la llegada de aquel momento, cada día me daba un vuelco el corazón cuando lo veía aparecer con esos andares cansinos y esa cara de resignación, y cada día daba un suspiro de alivio al verlo marcharse sin haberme elegido para el siguiente amanecer. Describí la ansiedad del día anterior y la noche en blanco, el temblor de manos sobrevenido al apuntar con el fusil a mi objetivo y el disparo que no llegué a efectuar. «¡Que no llegué a efectuar!», me alivió comprobar que fui yo mismo quien susurró esas palabras. Quizá fui el único que no lo hizo. Quizá. Pero quizá también habría podido liberar a los reos durante la noche; a fin de cuentas tenía acceso al pequeño cuarto de aperos del cortijo donde nos encontrábamos, donde encerraban a los prisioneros. «Pero me habría sido imposible —me dije—. Habría sido yo el ejecutado si me hubieran cogido in fraganti». Continué el relato pidiéndole a Dios que perdonara mi acto de cobardía y desenlacé la historia eximiéndome de culpa.

Llené otro vaso y lo vacié en mi boca. El cuarto. Metí las cuartillas en el bolsillo de mi guerrera y salí de la tienda. Llovía a mares. Iba dando traspiés por la torpeza provocada por el aguardiente sin tener claro hacia dónde me dirigía, aunque saberlo tampoco me interesaba demasiado. Solo quería respirar y, por raro que pudiese parecer, empaparme de agua, purificar mi alma y mi cuerpo bajo aquel sirimiri de noviembre y evadirme un rato de los problemas que me acuciaban.

Por el camino tropecé con una de las chicas que habían reclamado los objetos de los fusilados. No lo pensé. Me volví y me dirigí a ella. Que no la había visto, traté de excusarme con una mentira piadosa, cuando la realidad era que, por varios motivos, mis piernas no cumplían su función como se habría esperado de ellas. Clavé mi mirada en sus ojos azules como el mar y navegué por su interior durante una fracción de segundo que se me antojó eterna. No encontré reproche en ellos, pero sí dolor, mucho dolor.

Caminé bajo la lluvia hasta llegar al pueblo, una pequeña pedanía de no más de mil habitantes. Varias ideas invadieron repentinamente mi cabeza: putas, juego, tabernas, pero el cansancio y el cargo de conciencia se aliaron para derribarme en el pajar de un establo, entre rebuznos, cacareos y maullidos que se me antojaron muy lejanos.

Cuando desperté miré mi reloj de pulsera y me di cuenta de que había pasado durmiendo más de tres horas. El aguardiente, pensé. Me dolía la cabeza y tenía unas náuseas terribles. Me llevé la mano al bolsillo para corregir el texto que había escrito antes de mi huida, pero no lo encontré. Entonces me di cuenta: la chica.

Salí del pajar a toda prisa. Había dejado de llover y el sol se desangraba sobre el campo alpujarreño. Regresé al campamento y pregunté por la muchacha de ojos azules a todo aquel que se cruzó en mi camino, pero nadie acertó a darme una respuesta correcta. Estaba claro, había perdido dos cosas: el relato y una chica que hizo que mi corazón se pusiera en movimiento.

Entré en la cantina. Quedaba media hora para el almuerzo y estaba atestada de soldados que bebían y bebían vino de Albondón. Me acerqué a la barra y pedí un vaso de agua. El camarero me dedicó una mirada extraña, chasqueó la lengua y después de una mueca de desaprobación se decidió a servirme como si me estuviera haciendo un favor. Mientras me refrescaba el gaznate, entró el sargento diciendo que uno de los fusilados aquella mañana había sobrevivido a la ejecución, que el centinela había dado la noticia después de ver una mano moviéndose entre los cadáveres semienterrados. Por suerte para él no le habían llegado los cubos de cal gruesa vertidos sobre los demás cuerpos. Pero… ¿y el tiro de gracia? Tal vez al encargado de efectuarlos se le pasó ese cuerpo. Tal vez lo conocía y no quiso ejecutarlo. Tal vez. Pero como jugar con las posibilidades de respuesta habría sido un tanto absurdo me quedé con que la buena fortuna, la Providencia, la naturaleza, el universo, o todo lo anterior al mismo tiempo, quiso, por algún motivo que nunca he sabido, que aquel chico conservara la vida.

Y me alegré por él.

Y sentí un alivio repentino en mi conciencia.

Y como no se debe ejecutar dos veces a la misma persona, el soldado quedaría libre después de un periodo de convalecencia.

Aquel mismo día, después del almuerzo, llegó la orden del coronel. Abandonábamos el campamento. Yo, por suerte o por desgracia, fui enviado a la capital: Granada. Toledano de nacimiento, la guerra me había cogido por sorpresa en un viaje de placer a la Alpujarra y allí me quedé, reclutado por las tropas que dominaban la zona. Mis padres habían muerto años antes. No tenía hermanos. No tenía novia. Apenas había hecho amigos, y los pocos que tenía habían sido enviados a otros frentes. Me consolaba, en los momentos de soledad, en los ojos profundos de la chica del campamento. «¿Quién será? —me pregunté una y mil veces—. ¿La volveré a ver algún día? ¡Ojalá!» Me sentía en parte responsable de la tristeza y el dolor que había percibido en ella. Su imagen aparecía y desaparecía de mi cabeza como las lagunas de Ruidera. Hablé con el sargento, con el capitán y con el comandante para que me destinaran de nuevo a la Alpujarra, pero en la región había suficientes efectivos militares y los mandos tenían órdenes estrictas de no enviar más.

Málaga sería mi siguiente destino. Sin embargo, después de hacer escala en más de una docena de lugares, todos ellos hostiles para mí, al acabar la guerra decidí hacer del ejército mi vida y di con mis huesos en Madrid. Más tarde haría un par de cursos y conseguiría el grado de teniente, hasta llegar a comandante honorífico, cargo con el que pasaría a la reserva mucho tiempo después.

Agosto de 1939. Aproveché el primer permiso que me dieron tras la contienda para regresar a la Alpujarra. Como imaginaba, la miseria asolaba la región. La locura de aquel enfrentamiento había acabado con familias enteras y arrebatado la dignidad a otras muchas. Tropecé con cientos de miradas vacías, carentes de cualquier tipo de emoción. La canícula quemaba. Cogí un autobús hasta el pueblo donde había estado destinado y entré en la primera bodega que encontré. Que si conocían a una chica de ojos profundos y azules como el mar, pregunté.

Pero la carcajada fue conjunta.

—¿Una chica de ojos azules, rubia y de piel blanca? —respondió un hombre entrado en años que vestía camisa blanca sin cuello, calzaba botas embarradas del campo y se protegía del sol con un generoso sombrero de paja—. ¿Aquí, en la Alpujarra? Se equivoca usted, jovencito, debería buscar a esa moza por los países del norte.

Otra carcajada más fuerte aún que la anterior se extendió por el interior del pequeño establecimiento, apoyando el argumento del paisano. Salí de allí y entré en otra taberna, pero la respuesta fue parecida. Pregunté a los huéspedes de la pensión en la que me alojé. Ni rastro de aquella chica. El panorama vecinal había cambiado mucho respecto al que había conocido antes de la guerra.

Regresé a Madrid con el rabo entre las piernas, más solo que la una, y tomé una habitación en un hostal de mala muerte. Me dediqué a estudiar y a trabajar. Cuando acabé mi formación me destinaron al centro de instrucción de reclutas de Cerro Muriano, en la provincia de Córdoba, donde conocí a Natalia, hija de un comerciante catalán venido a menos que había abierto, en un intento por quemar su último cartucho, una pequeña tienda de ultramarinos que diera de comer a su familia, algo harto difícil en aquellos años de hambre, miseria y tifus exantemático.

Subí al altar un domingo de abril de 1945. Después de dar el sí quiero bajo la mirada inquisitiva del cura nos permitimos una merienda en la casa que alquilamos, donde nos reunimos los padres de Natalia, sus hermanos, dos o tres amigos íntimos y yo, como único representante de mi familia.

1946 fue el año del nacimiento de mi primer hijo. A razón de uno cada dos años mi mujer consiguió traer al mundo a siete más. Familia numerosa. Durante los últimos años cuarenta y la década de los cincuenta recuerdo a mi esposa siempre embarazada, romper aguas se había convertido en el pan nuestro de cada día.

En 1968 mi hijo mayor, Orestes, nombre heredado de su padre y su abuelo, tenía veintidós años. Aquel verano dejó crecer su barba, su cabello y su espíritu libre. Un día se levantó y, sin más preámbulos, se dirigió a mí.

—Me voy de casa —lanzó a bocajarro.

—¿A dónde vas? —preguntó su madre.

—A vivir la vida —respondió, a recorrer mundo.

Y se fue. Cogió una mochila, un saco de dormir y, acompañado de su mejor amigo, se marchó, ¡qué casualidad!, a tierras alpujarreñas, una región sobre la que le venía hablando desde pequeño y, sin pensarlo dos veces, acabó eligiendo como residencia temporal.

Sin embargo, como la comida caliente y dormir en buena cama son platos de buen gusto hasta para el más bohemio de los mortales, no tardó en regresar. Cuando el frío y el hambre empezaron a arreciar en la sierra se presentó en casa con una chica de largas trenzas y ropa suelta. Que se casaba, argumentó, ante la mirada atónita de su madre.

—¿Qué te casas? —pregunté.

No hizo falta respuesta por su parte. Al día siguiente fuimos a hablar con el cura para que fijara una fecha para la boda. Las partidas bautismales y las amonestaciones no se hicieron esperar y el casorio se celebraría en el horizonte de un mes. Mi hijo no me había dicho cómo había conocido a aquella muchacha, ni quiénes eran sus padres, solo sabría decir que su familia al completo se presentó en casa el mismo día de la ceremonia y el padre de la novia, como no podía ser de otra forma, adoptaría el papel de padrino.

—Amadísimos hermanos… —comenzó el cura, y me levanté del asiento, como todos los asistentes a la boda.

—… Estamos aquí reunidos para celebrar la unión entre un hombre y una mujer… —noté una corriente de aire levantarme el flequillo.

—… Reconozcamos nuestros pecados… —y una señora algo más joven que yo se sentó a mi lado.

… Por Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre omnipotente… —me miró. La miré. Aquellos ojos profundos y azules como el mar se clavaron en los míos. No había duda. Era ella. Tenía algunas arrugas que la hacían más bella aún que antaño y un vestido con el que no la habría reconocido, pero por Cristo crucificado: ¡era ella!

—… Por los siglos de los siglos, amén… —metió su mano temblorosa en el bolso y extrajo un sobre de su interior. Me dedicó una sonrisa dulce y perlada y me lo tendió.

—Lo he llevado siempre en el bolso —me dijo, y me dio las gracias.

—Gracias, ¿por qué? —pregunté.

—Es mi hija —contestó, y señaló a la novia—, y aquel hombre… —y dejó la frase inconclusa, flotando en el aire.

Abrí el sobre y saqué unas cuartillas escritas a lápiz, amarillentas por el paso del tiempo. Comencé a leer. La primera lágrima rodó por mi mejilla hasta ahogarse en mi mostacho. Las demás las sequé con un pañuelo que ella me dejó. En aquellas líneas reconocí mi letra y mi forma de escribir. Me contemplé a mí mismo años atrás. Me estremecí al verme casado con otra mujer y saber que ella lo estaba con otro hombre, un hombre al que había salvado la vida un amanecer de 1937, pero me alegró saber que seríamos abuelos, al menos, de los mismos nietos.

—Gracias —ofreció de nuevo, mientras me besaba la mejilla.

 

Granada, mayo de 2015

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Patapalo
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Un relato muy emotivo y muy bien construido. Me encanta el tempo que tiene y la intensidad de cada momento. Más que narrar cosas, las comparte, y creo que ahí reside la fuerza que tiene. Muy buen trabajo. La reflexión final me ha parecido preciosa y muy original.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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