Capítulo VIII: El poder de Malvordus

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Octava entrega de Elvián y La espada mágica

Malvordus observó al príncipe desde su siniestro trono, y se llevó la mano derecha a la boca antes de echar un bostezo de indiferencia. Realmente, no encontraba ninguna amenaza en el joven que tenía ante él. Sonrió levemente. No era una sonrisa agradable, sino una horrible mueca que expresaba desprecio. Ni siquiera se dignó a abrir la boca para hablar. Elvián no era para él más que una mosca molesta, y se limitaría a aplastarla sin más. Por su parte, Elvián devolvía las miradas al malvado brujo intentando parecer sereno, pero no podía evitar temblar un poco por el miedo que sentía. Durante un momento, el terror le paralizó, pero finalmente se obligó a sí mismo a reaccionar y desenvainó la espada. Malvordus arqueó un poco las cejas al reconocer el acero mágico que partía de la empuñadura del arma. Realmente era una espada mágica, pero el príncipe no tendría ni una sola oportunidad de acercarse a él. Soltó una pequeña carcajada que sonó como un gorgoteo y miró al techo.

 

Elvián siguió la mirada del brujo, y vio que una enorme lámpara que pendía sobre su cabeza se había desprendido del enganche que la sujetaba al techo e iniciaba la caída. Afortunadamente, el príncipe fue lo suficientemente rápido como para tirarse hacia delante antes de que le alcanzase. La lámpara impactó contra el suelo, provocando un tremendo estruendo. Malvordus sonrió y esperó a que el príncipe se incorporase. A sus espaldas, trozos del metal se retorcían en el suelo. Alzó de nuevo la espada y miró intensamente al brujo, que reía todavía.

 

De pronto, el rictus de Malvordus se tornó serio y cerró los ojos. El suelo delante de Elvián empezó a crujir y pronto aparecieron grietas. De las baldosas desquebrajadas surgió una herrumbrosa rueda dentada que salió disparada hacia el príncipe, girando a gran velocidad. El joven saltó hacia arriba y la rueda pasó bajo él, a escasos centímetros. Pero cuando sus pies acabaron otra vez en el suelo, trastabilló y cayó. La rueda dentada dio un giro, produciendo un ruido chirriante mientras cortaba las baldosas, y rodó de nuevo hacia el príncipe. Éste se vio obligado a detener la afilada dentadura con el filo de su espada y, para su sorpresa, el disco dejó de girar. Malvordus apretó los dientes con furia y cerró con más fuerza los ojos. La rueda empezó a girar de nuevo, haciendo que la hoja de la tizona se fuera acercando a la garganta del príncipe. Elvián hizo fuerza hacia delante y logró detener el avance del disco. Unos instantes después, la rueda empezó a hacer un sonido extraño y se rompió en pedazos.

 

Elvián se levantó jadeante y se volvió hacia el brujo, que en ese momento ya se encontraba de pie, mirando con furia al joven. Éste, más confiado, saltó sobre su adversario haciendo girar la espada, pero Malvordus agarró la túnica, con ambas manos por la derecha y la izquierda, e invocó un viento mágico que salió de su pecho y echó al príncipe hacia atrás, haciéndole chocar contra una pared. Por primera vez desde que había empezado la lucha, el brujo abrió la boca y habló.

 

—Eres más ágil de lo que pensaba dijo. Y es evidente que esa espada que tienes es mágica. Ningún arma normal sería capaz de romper mi disco dentado. Pero de todas formas estás muerto. Muy poca gente me ha obligado a usar este poder.

 

Malvordus estiró el brazo derecho, y un rayo de luz de un intenso color rojo salió del guantelete plateado y se estrelló contra el suelo, muy cerca de los pies del príncipe, dejando un diminuto agujero humeante. Elvián miró alarmado al brujo, que volvía a mostrar su horrible sonrisa despectiva. Éste volvió a señalar al príncipe con su grotesca garra metálica y disparó otro haz de luz, pero esta vez Elvián estaba preparado y lo esquivó ágilmente. Malvordus no se detuvo y siguió lanzando rayos, que el príncipe se encargaba de esquivar con rapidez. Sin embargo, el cansancio empezaba a hacer mella en él y pronto cayó de rodillas, agotado. El brujo soltó una atronadora carcajada y disparó un último rayo hacia su enemigo. Elvián tenía claro que iba a morir, y únicamente por instinto alzó la espada y la interpuso entre él y el haz de luz.

 

Lo siguiente que ocurrió fue una sorpresa para todos. Cuando el rayo impactó contra el acero, éste empezó a brillar con una intensa luz verdosa y acabó por absorberlo. Elvián se quedó con la boca abierta, asombrado, mientras que Malvordus contemplaba incrédulo la garra de su guantelete de plata. Se convenció a sí mismo de que algo había fallado en su hechizo y disparó otro rayo, pero sucedió lo mismo que con el anterior. Poco a poco, Elvián se acercaba al brujo mientras absorbía con la Espada Mágica los ataques del brujo. Desde el interior de la jaula, la princesa Eranisha observaba el desarrollo de la lucha con el corazón en un puño. Aunque parecía que Elvián estaba ganando terreno, no se fiaba en absoluto de las reacciones de Malvordus.

 

Cuando el príncipe parecía que iba a alcanzar al brujo, éste volvió a invocar el viento mágico, volviendo a echar hacia atrás a su enemigo. Luego aprovechó la caída del joven para echar a correr hacia la puerta de la estancia y escapar, pero justo cuando iba a atravesar el umbral, chocó contra alguien y cayó hacia atrás. Delante de él había un individuo menudo, de orejas puntiagudas y rostro alegre; Elvián lo reconoció de inmediato.

 

—¡Piri, estás vivo! exclamó. Creía que..., la explosión..., yo pensé que...

 

—Por supuesto que estoy vivo replicó el nigglob. Un simple dragón menor no puede acabar conmigo.

 

—Pero el fuego insistió Elvián. Hubo una explosión, vi cómo el fuego salía del hueco del pasillo.

 

—Tengo mi magia dijo Piri, me he protegido del fuego con ella. Ahora ocupémonos de este maldito brujo.

 

Malvordus se incorporó y miró con desprecio primero a Elvián y luego a Piri. Al ver al duende de los desiertos el desprecio se tornó en asco. Siempre había aborrecido a los nigglobs, le repugnaban hasta la náusea. Intentó agarrar por el cuello con sus largas y afiladas uñas al duende, pero éste se zafó con facilidad, con una rapidez asombrosa se puso detrás del brujo y le dio una patada en el trasero, haciéndole echar la espalda hacia delante, lo que aprovechó para agarrar su túnica por abajo y se subírsela hasta la cabeza, tal como había hecho con el espejismo de Zelius en el Pantano de los Espejismos, con la diferencia de que Malvordus no usaba calzoncillos de perritos. Con un rugido de furia, el hechicero se colocó bien la túnica y miró con odio a sus contrincantes. Se veía acorralado. Elvián se acercaba blandiendo la espada, y Piri le cerraba el paso. Por primera vez en su vida se veía atrapado como un ratón por un gato, y tuvo miedo. Sólo le quedaba un recurso, y lo utilizó.

 

El ojo de cristal de Malvordus se iluminó con una intensísima luz roja que cegó momentáneamente a Elvián, Piri y Eranisha. Cuando recuperaron la vista, Malvordus ya no estaba allí. Podían oírle correr por el pasillo. Inmediatamente, el nigglob reaccionó y se dirigió al príncipe.

 

—Elvián dijo, saca a la princesa de la jaula y ponla sobre el trono. Sospecho que en cuanto matemos a Malvordus, recuperará su tamaño normal, y no creo que sea conveniente que crezca encerrada en la jaula. Podría hacerse daño, ¿sabes?

 

El joven obedeció al instante y, tras liberar a Eranisha de su prisión la depositó con delicadeza sobre la superficie del trono. Ella le dijo algo, pero su tamaño era tan menudo que Elvián fue incapaz de oír una palabra. Elvián le dijo con extrema delicadeza y amabilidad que esperara allí y que pronto volverían a buscarla. Un instante después, abandonó la estancia seguido de Piri.

 

Cuando salieron de la sala, se llevaron una sorpresa mayúscula. El pasillo había desaparecido, y había sido sustituido por un enrevesado laberinto. Las calles y encrucijadas se entremezclaban en unos largos corredores. En alguna parte, podían oír los pasos del brujo y aquella risa que parecía una gárgara. Echaron a correr en su persecución, pero pronto se sintieron desorientados entre las paredes y pasillos del laberinto. Era tan enmarañado, que muy pronto se perdieron y ya no sabían en qué dirección iban. No estaban seguros de si caminaban al norte o al sur, al este o al oeste. Muchas veces se veían obligados a retroceder y muchísimas más pasaban por algún pasillo que ya habían recorrido con anterioridad. Pero eso no era lo peor. Había puntos del laberinto donde habían sido instaladas ingeniosas trampas.

 

El primero en descubrirlo fue Piri, y salvó la vida por los pelos. Él y su joven compañero corrían a lo largo de un pasillo cuando de repente, después de girar en un recodo, se encontraron de frente con una ballesta que no cesaba de disparar flechas. Como Piri iba delante, fue el primero en divisar el letal artefacto y recibir la primera oleada de saetas. Logró esquivar las primeras, pero no pudo evitar que una de ellas le rozase la mejilla derecha y le provocase un feo corte. Echó la mano hacia atrás para indicarle a Elvián que no se acercara y logró abandonar ese pasillo. A partir de entonces, se vieron obligados a caminar con más cuidado y a no echar a correr a menos que se encontraran en un pasillo largo.

 

Realmente, era un laberinto complicado. Unas veces, los pasos y la risa de Malvordus les sonaban más cercanos, para que en el siguiente momento sonasen mucho más lejos. Eso sin contar con los callejones sin salida, que les obligaban a retroceder y buscar un nuevo camino, ni con las incontables trampas. Pero poco a poco le empezaron a coger el truco al lugar y al final terminaron por recordar los pasillos que ya habían recorrido, y la ruta que debían seguir. Cada vez oían los pasos del brujo más cerca, paulatinamente su presencia se hacía más y más patente. Malvordus parecía haberse dado cuenta de ello, porque había dejado de reír y caminaba más deprisa. Si todo marchaba bien, pronto lo alcanzarían y podrían acabar con él.

 

Pero otra cosa preocupaba a Piri. Le daba la impresión de que la Torre Negra dependía del poder de Malvordus, y eso le provocaba una cierta inquietud. Sospechaba que en cuanto el brujo pereciera, tendrían que darse prisa para salir de la torre o ésta se convertiría en su tumba. Decidió no contar nada a su compañero, no tenía sentido preocuparle con sus divagaciones. Eso no haría más que complicar las cosas, pero también era cierto que era algo que le dejaba intranquilo. ¿La torre se esfumaría sin más o se iría derrumbando lentamente? En el primer caso, caerían desde una altura considerable, y en el segundo, si no conseguían salir a tiempo, la atalaya se convertiría en su lugar de reposo eterno.

 

Sus divagaciones se vieron interrumpidas bruscamente cuando Elvián le tocó en un hombro. El nigglob miró donde le indicaba el príncipe y comprendió qué le quería decir. El pasillo que recorrían acababa en un cruce con dos ramificaciones, una hacia la derecha y otra hacia la izquierda. Podían oír cerca a Malvordus, al otro lado de la pared que tenían frente a ellos. Los dos pasillos que corrían a ambos lados parecían iguales. Los dos se perdían en las sombras, y no se podía distinguir cuál de los dos era el correcto. Piri se puso en cuclillas y trató de adivinar el camino a seguir, pero sólo fue capaz de encontrar una solución, era lo único que se le ocurría en aquel momento. Se levantó y se volvió hacia el príncipe.

 

—Me temo que tendremos que separarnos dijo, apesadumbrado. No tengo ni idea del camino que tenemos que seguir. Las dos opciones que tenemos parecen prácticamente idénticas.

 

—¿Es necesario? preguntó Elvián. No es una idea que me agrade demasiado. Quiero decir que no sería de mi agrado encontrarme a solas con ese condenado hechicero.

 

—Lo siento, pero no tenemos opción contestó Piri. Si vamos los dos por el mismo pasillo, corremos el riego de recorrer el incorrecto, y eso daría tiempo de sobra para que Malvordus escapase.

 

—Tu razonamiento parece correcto dijo Elvián, pensativamente. En fin, entonces supongo que no podremos hacer más que resignarnos. ¿Qué travesía deberíamos atravesar cada uno de nosotros?

 

—Bueno, yo iré por el de la izquierda, así que tú por el de la derecha. Si por mi camino encuentro a Malvordus, haré todo lo posible para enviártelo. Recuerda que sólo tu espada puede acabar con él.

 

—De acuerdo, nos veremos luego, entonces.

 

Después de estas palabras, Piri echó a correr por el pasillo de la izquierda. Elvián le miró un rato mientras se alejaba en las sombras y se internó en el de la derecha. Era un largo corredor. Llevaba un buen rato caminando a buen ritmo y no parecía haber cambios en el panorama. De algún lugar le venía una curiosas luminosidad rojiza, pero era insuficiente para distinguir nada. Siguió corriendo por la galería, a un ritmo más rápido, pero el resultado era el mismo. La misma luminosidad de siempre, y siempre a la misma distancia. Se detuvo un momento para ver si distinguía algo en la distancia, pero a parte de la misteriosa irradiación, no fue capaz de ver nada más. Con un suspiro desesperado, continuó corriendo. Pasadas unas horas, o lo que le pareció que eran horas, sintió un cambio. Al principio no estaba seguro de lo que era, pero después se dio cuenta de que la luz rojiza estaba más cerca. Esto dio más ánimos al príncipe, por lo que empezó a correr aún más rápido. El acercamiento de la luminosidad se hacía cada vez más evidente, y empezó a pensar que estaba en el buen camino. Eso significaba que Malvordus estaría rondando por los alrededores, por lo que apoyó la mano en la empuñadura de la espada para ganar confianza.

 

Unos minutos después, llegó a un recodo. Tras doblar la esquina, se encontró con la fuente de aquella misteriosa luz. Llegó a una gran sala en cuyo centro veíase un altar sobre el que levitaba una gran orbe de luz roja. Miró impresionado la esfera, hipnotizado por la gran fosforescencia que provenía de su interior. Sin embargo, parecía no haber ni rastro de de Malvordus. Seguramente, el brujo había tomado el otro camino. Apretó los dientes con la frustración y se dispuso a volver sobre sus pasos. En ese momento, oyó que se acercaba alguien por el pasillo que acababa de recorrer. No podía ser Piri. Aunque el nigglob era muy rápido, no podía haberle dado tiempo a recorrer el otro pasillo y reunirse con él en el otro. Pero, para su sorpresa, quien llegó sí era el duende de los desiertos.

 

—¡Piri! exclamó. ¿Cómo has sido capaz de llegar aquí tan prestamente?

 

—El pasillo del otro lado no era tan largo como parecía contestó el nigglob. Pero eso no es lo más importante. Escucha, he encontrado a Malvordus. Démonos prisa y todavía podremos cazarle.

 

—De acuerdo contestó Elvián, condúceme al lugar donde mora ese pusilánime embaucador de perversa magia.

 

—¿Cómo dices? inquirió Piri.

 

—Que me lleves junto al brujo.

 

El duende miró al príncipe con un gesto de comprensión y echó a andar por el pasillo, seguido de Elvián. Juntos empezaron a correr de regreso al cruce, pero en ese momento el príncipe empezó a sospechar algo. Piri no hablaba en un tono tan alegre como el que solía emplear, y estaba seguro de que había algo que no cuadraba en todo en aquel asunto. Fue entonces cuando se fijó en que la cicatriz de su cara estaba en la mejilla izquierda y cuando recordó lo que le habían dicho de Malvordus: era un maestro del engaño. El príncipe empezó a disminuir su paso hasta que se detuvo por completo, y desenvainó la espada. Piri se volvió hacia él sin comprender, y un instante después, el acero de la Espada Mágica había atravesado su pecho. El nigglob abrió desmesuradamente sus ojos rojizos, que empezaron a cambiar rápidamente. Uno se volvió de cristal y el otro de un matiz amarillento. La estatura del duende aumentó rápidamente y mudó sus ropas de alegres colores por una negra túnica larga, y una perilla y un bigotillo aparecieron en su rostro lampiño. Finalmente, quien tenía delante era el propio Malvordus, que cayó de rodillas, herido de muerte. Se quedó mirando con fiereza al príncipe, mientras borbotones de sangre se escapaban de su boca.

 

—Maldito seas gruñó con su voz ronca, interrumpida de vez en cuando por violentas toses. Maldito seas, maldito seas, mil veces maldito seas. Es una humillación para mí haber sido derrotado por un simple humano. Pero mi venganza llegará pronto. Esta torre será vuestra perdición y vuestra tumba.

 

Entonces, antes de morir y de que sus ropas cayesen vacías al suelo, el malvado brujo soltó una atronadora carcajada. Inmediatamente después de morir, el laberinto desapareció y fue reemplazado nuevamente por el pasillo que Elvián había recorrido después de salir de la cueva de Gunrug. El verdadero Piri estaba un poco más lejos, y se reunió con él con rapidez. Pero un ruido proveniente d las entrañas de la torre les indicó que la estabilidad de la construcción pendía de un hilo.

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Patapalo
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Una entrega muy entretenida. Llevas bien la serie, y va mejorando con el tiempo. Incluso sin ser un devoto de los toques humorísticos, reconozco que le estoy tomando cariño a Elvián, y me ha dibujado alguna sonrisa.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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