Hombres de piedra

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El estreno de Enemigos Públicos es la mejor ocasión para hablar de uno de los grandes directores de nuestro tiempo: Michael Mann

 

Hay directores que son un género en sí mismos. Su estilo es tan marcado como las constantes argumentales en las que basan sus propuestas. A Hitchcock le pirraban los planos secuencias y los falsos culpables. John Ford nos hablaba por boca de John Wayne de lo que ha de ser un hombre. Martin Scorsese es la calle, y Robert De Niro su profeta. John Carpenter es el hombre que hace westerns con monstruos y psycho-killers. En el otro extremo de la calidad cinematográfica tendríamos a Michael Bay, el fiel servidor del travelling circular y el pomposo patrioterismo de videoclip, o a Roland Emmerich, el director que trascendió el género de catástrofes y creó su propio género, que podríamos denominar, quedándonos cortos, “El ocaso de los dioses”. Y luego está Michael Mann.

 

El género que empieza y acaba con Mann es difícil de definir. La mayor parte de sus grandes películas están llenas de silencios y miradas, de estudios de personajes. Pero también de acción desenfrenada y seca. Es, pues, una especie de cine de acción contemplativo-existencialista. Dejemos a un lado películas tan estimables como El último mohicano o El dilema y centrémonos en aquellas que son más representativas de su modo de hacer cine. Heat. Collateral. Miami Vice. Enemigos públicos. Si las despojamos de su apariencia externa, pronto podrá observarse que están hechas del mismo armazón.

 

A diferencia de la mayor parte de las películas que se realizan a lo largo del año, con las obras de Mann tenemos la impresión de que la historia ya ha empezado antes de que comience la película. Los personajes ya tenían vida antes de que la cámara los enfocara; delinquían y trabajaban desde años atrás en esas ciudades que tan primorosamente filma. Son hombres de una sola pieza, fieles a sus principios, a pesar de que ello les pueda llevar a un destino fatal. De Niro y Pacino, Cruise y Foxx, Farrell y de nuevo Foxx, Depp y Bale, todos ellos están condenados de antemano a vivir o morir bajo esas luces de neón. Hablan y se persiguen, se ríen y odian, se aman como a iguales y se envidian a muerte. Todo al mismo tiempo. Sus conversaciones y sus miradas se alargan, acrecentando una tensión que se hace irrespirable hasta que todo salta por los aires. Las catarsis de Mann son secas, de una dureza y espectacularidad que ningún otro director ha logrado alcanzar jamás. Y, al final, tras un dramático encuentro final, la cámara se aleja de los supervivientes de forma discreta, sin decirles adiós siquiera, para que puedan seguir con sus pensamientos. Para que puedan vivir, al menos, un día más.

 

Enemigos públicos es, quizás, la obra más arriesgada de Mann. El arquetipo monolítico del que siempre habla está personalizado esta vez en alguien real. John Dillinger fue un trueno en la América de la Gran Depresión. Violento, bello y breve, recorrió a sangre y fuego los bancos estadounidenses y, paradójicamente, fue vitoreado por la masa, que olvidaba su condición de frío asesino y le veía como un moderno Robin Hood, ya que sólo robaba el dinero de los bancos, no el de los clientes. Aún hoy se le recuerda con la mirada desafiante con la que retaba al fotógrafo de la cárcel, de aquél a quien no le importa nada salvo vivir sin preocuparse de las consecuencias que sus actos puedan tener en los demás. Su mítica realidad, valga la contradicción, y la de sus secuaces les emparenta con forajidos de leyenda (o no) como la fantasmagórica y despreciable expedición Glanton que retrató con singular fiereza Cormac McCarthy en Meridiano de Sangre o el inolvidable Grupo Salvaje de Peckinpah. Hombres surgidos de las cenizas, tan amorales que, atravesando todo el espectro ético, acaban rigiendo sus breves destinos por un estricto y chocante código de conducta. Sus coetáneos, tan seducidos por la violencia como los de cualquier otra época, temieron y adoraron, todo a una, a estos asesinos, tan atractivos como abyectos.

Mann no se deja seducir por la figura criminal de Dillinger. Le retrata como el seductor canalla que tuvo que ser, pero no muestra devoción por él. En cambio, sí que refleja la devoción que sintió la sociedad por él, así como el proceso por el que él mismo va tomando conciencia de su proceso de trascendencia –en la maravillosa escena en la que Depp pasea por la comisaría desierta-. Donde sí muestra empatía hacia él –y también hacia el Melvin Purvis que interpreta Christian Bale- es en la rectitud con la que conduce su vida, que, en definitiva, es el motor de esta película y de las otras grandes obras de Mann. Los principios de Dillinger y Purvis son tan inamovibles como los de los protagonistas de Heat, Collateral o Miami Vice. De ahí que Dillinger, al borde del llanto, no quiera soltar la mano de su amigo moribundo, o que sienta asco ante los métodos de Baby Face Nelson, pero también que a Purvis se le revuelvan las tripas ante las torturas que sus compañeros practican a los conocidos del atracador.

 

El realizador deja que los personajes vayan a lo suyo, que evolucionen y reaccionen entre ellos (en ocasiones con una violencia seca, inesperada, digital, muy alejada de los tiroteos románticos de los films noire de los años cuarenta1) y no les juzga. Eso es tarea del espectador, poco acostumbrado, por otra parte, a tener que realizar esfuerzo intelectual alguno en una película de acción.

 

Al contrario de lo que ocurría con Camino a la perdición, todo lo que rodea al guión de Enemigos públicos -las brillantes interpretaciones de un reparto de lujo2, la soberbia ambientación, la vibrante fotografía, la solemne banda sonora…- está a su servicio y al de las ideas que Mann suelta aquí y allá. El resultado es, pues, el de un clásico instantáneo que exige al espectador pero le recompensa con creces, una película mayor dentro del género, que lo recapitula, lo analiza y lo actualiza. Una gozada, vamos.

 

 

Notas:

 

1.- Tal y como deja patente en la metalingüística escena en la que Dillinger va al cine a ver a su yo de celuloide interpretado por Clark Gable.

2.- No se ha escatimado en este aspecto: cuenta incluso con un cameo de Diana Krall o interpretaciones de escasos segundos de actores como Stephen Dorff.

 

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Patapalo
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Poblador desde: 25/01/2009
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Magnífico artículo. Hace poco vi Collateral y me gustó mucho, especialmente la escena del Coyote. Estoy deseando ver el resto.

Muy interesante, señor Kaplan.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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linton
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Poblador desde: 26/01/2009
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Sí señor, muy bien escrito y descrito, mucha categoría. Aunque a mí Michael Mann no me apasiona tanto y la verdad es que sólo me llegó en Collateral, una peli frenética. Con Enemigos públicos tuve esa sensación de saber que acababa de ver una buena película pero que la iba a olvidar enseguida, y así ha sido.

La imaginación contra el poder

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virgensuicida
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Puntos: 2374

 ¡Qué gran artículo! Me ha encantado, aunque olvidaste mencionar el cameo de Leelee Sobieski.

La película me gustó, aunque sus virtudes son para mí sus defectos, ya que no aguanto bien la violencia en el cine.

En cuanto a Collateral, me pareció un divertimento mucho más light, el cierre argumental con la chica del principio siendo rescatada al final... me pareció un poco forzado. 

 

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