P.D.A. Mauro Alexis. (FILOMENAL)

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Mauro Alexis
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   Bueno, esto es una verdadera mierda que estoy escribiendo con una prima. Saludos.

 

 

 

                                                I        

 

— ¡Hija de puta!— gritó Benito, ofuscado— ¡mirá cómo dejaste el piso; todo inundado de sangre! ¡Después te ofendés cuando te cago a palo!

Filomena, a quien le caían a chorros los coágulos de sangre, desde la vagina hasta el suelo, se quedó pensando un rato. Luego respondió, con su arco en una mano  y sus senos enardecidos alimentando a un cachorro, a quien habían puesto el nombre de Andrómeda.

— Perdón, te pido que me perdones… pero Andrómeda me tiene ensangrentada y preocupada… Y vos, ¿cuándo pensás cogerme? ¿Acaso te doy asco? ¿O es mi concha peluda?

—Perdón— se presionó el entrecejo, su marido— ¿Perdón? ¡Perdón! ¡Me pedís perdón! ¡Ah, sí, me pedís perdón! ¿Eso parece, no? Sí, sí, eso parece— y respiraba agitado— ¿Sabés qué? ¿Sabés qué voy a hacer ahora? Sí, me voy a masturbar sobre tu charco de menstruación. Sí, ¿por qué? Y… porque sos una puta, ¡¿por qué va a ser si no?! [...]

 

 

Filomena estaba encantada de que sus hijos estuvieran complacidos con aquella salsa mixta. Lloró de emoción.

 

Aunque ella amaba eternamente a su amado esposo, no podía dejar de sentir náuseas al verlo tan sudado, oloroso, obeso, casi sin dentadura y con problemas sexuales, ya que él quería ser homosexual. Pensó que de alguna manera debía terminar con la vida de aquel ruin. Entonces vio fijamente a su esposo.

— ¿Qué mirás, Filomena? ¿Qué querés? ¿Que te mate, tal como maté a las otras Filomenas? ¿O preferís…?

Se detuvo, alguien había llamado a la puerta.

— ¡Quién llama!— preguntó el obeso Benito— ¡¿Quién mierda es?!— insistió.

—Disculpe, señor— una criatura ingenua ingresó sin permiso al comedor de la familia Gutiérrez— Quería saber si estaba Diego, para jugar con él.

—Están comiendo pibe, andate— respondió seco, el puto de Benito.

—Ah, porque…— intentó insistir el niño.

— ¡¿Porque qué?! ¡Hijo de puta! ¿No entendés?— y lo tomó de los pelos para arrojarlo contra la pared. El cráneo del niño estalló en mil pedazos.

— ¡¿Pero qué hace, don?!— replicó el pequeño— ¡Yo sólo quería jugar con su hijo, señor!

—Si no te mataba yo, te mataba él— y pateaba su cadáver.

— ¡Ay, ay, ay!— gimió el pequeño, mientras moría. Y una vez muerto, dijo llorando: « ¡Váyase a cagar!».

Ante esta situación, Filomena estaba comiendo una manzana y tenía todavía su cetro. Miraba impávida e indolente al obeso y confite Benito. No dudó en pegarle un tiro a su marido con el revólver que tenía. Al terminar su sándwich de banana, prendió la tele y fue a sacarle el corazón al niño, que por cierto aún vivía y jugaba tranquilamente con Benito. Este último, impactado y dolido, se arrodilló y suplicó piedad a esa mujer indecente y violenta.

— ¡Por favor, Filomena, resucitame! ¡Vos tenés el poder Shaolin para hacerlo! ¡Mirá al pendejo que vino a jugar con Diego: me está metiendo un palo en el orto!

—Ya te dije Benito, que algún día te iba a comer. Ahora, yo no sé vos, pero yo no hablo con cadáveres.

Filomena tomó sus granadas y metralletas y pidió a sus hijos, Diego, Juliana, Joaquín y Belinda, que salieran al patio una vez más.

La gente del barrio se había reunido en la vereda de su casa, alarmada por tanto alboroto.

 — ¡Filomena!— decían— ¡Dejá de matar tanto, conchuda! ¡Un día de estos te vamos a denunciar!

— ¡No me importa!— respondió insensible— ¿Ven esta chusma?— les preguntó a sus hijos, mientras sus vecinos maleducados ingresaban por el portón.

— Sí— respondieron al unísono los pequeñuelos.

— Bueno, son todos putos— y los mató uno por uno con su metralleta.

Luego, los hijos de Filomena, se pasaron la tarde entera, jugando al fútbol con las cabezas degolladas de sus vecinos. Y aprendieron que los sueños más simples a veces se cumplen.

 

 

 

 

                                                 II

 

Ahora Filomena tendría carne para rato, esa misma noche ella y sus hijos comerían un rico asado. Pero no estaba complacida, quería más, más sangre, y también más armas. Así que decidió matar a sus nietos.

La noche acababa y Filomena todavía seguía allí, acostada en el piso, masturbándose… El arma pidiéndole a gritos ser usada. Y Benito, quien agonizando se había excitado al ver a su esposa cagarse encima, falleció al fin.

 

 

Al otro día, Filomena fue despertada por la gotera más impertinente, y como tenía sed, se dispuso a beber de las gotas que intermitentemente caían del techo. Diego, Martín, Ana y Rosa (sus cuatro hijos) habían pasado la noche durmiendo en el techo, como todos los días. Diego orinaba sobre el techo y su meada atravesaba la chapa e ingresaba a chorros al hogar.

Benito ya se había despertado y ahora cazaba cucarachas para desayunar y luego dar su vómito como desayuno a sus cinco hijos.

Filomena, luego de beber de la gotera y de comer el alimento que le caía del techo, se cargó su rifle al hombro y se dispuso a cazar mariposas, como todas las mañanas, mientras escupía a los vecinos. Después, mataba a los vecinos y escupía a las mariposas. Cada vez que lo hacía, estas siempre le decían ofendidas: « ¡Filomena, hija de puta!»

 De repente, la mujer sintió algo extraño, sabía que no era un día normal. Observó detenidamente el cielo y entonces lo vio: habían llegado sus amigos, los extraterrestres. Querían llevarla a Hollywood, para filmar una película con ella, una película en donde todo sería coherente, tal como en su vida.

— ¿Y ustedes? ¿Quiénes sois?— preguntó rascándose la entrepierna.

— Traemos droga interestelar— respondió uno de los marcianos, llamado Michael Jackson— Para que pruebes como nunca.

— ¡Yo soy una mujer de mi casa!— les dijo Filomena, ofendidísima por tal invitación— Yo no me drogo, vayansén, orgolludos* de mierda, o me voy a ver obligada a tomar medidas drásticas.

Ante esto, el hombre lobo se marchó sin más.

Filomena, ahora más tranquila, ingresó a su casa y le pidió a Benito un gran favor.

— Benito, dejá de desayunar y ayudame con este corsé que no me cierra.

Pero Benito no respondía… Porque había muerto de un paro cardiorrespiratorio hacía ya cuatro años.

Finalmente, el viejo Benito respondió: « ¡Dejate de hinchar las pelotas, puta! ¿No ves que estás gorda?»

Filomena se sintió tan injuriada que sacó la guadaña de su espalda y le cortó la cabeza.

— ¡Ay, pará, hija de puta; dejá de matarme un poco!— imploró Benito.

—Ja, ja, ja, ja, ja, ¡soy mala! Ja, ja, ja, ja, ja.

Uno de sus hijos, que se había metido en el baño y servido un vaso de soda, al mirarlos a los dos, decidió salir corriendo afuera, antes de que alguno le cortara la única mano que le quedaba.

— ¡Ismael, hijo, ven aquí!— le llamó Filomena nerviosa— ¡No hay de qué temer!

Pero Ismael no hizo caso, desplegó sus pequeñas alas y salió volando hasta la escuela. El problema fue que había olvidado sus útiles y su maestra, de castigo, le hizo comer gusanos.

— ¿Por qué me hace comer gusanos, señorita?— cuestionó Ismael la autoridad docente.

—Porque es re divertido.

—Les voy  a contar a mis padres.

—Ah, eso quiere decir que sos un hijo de puta; no me digas que no te gusta comer gusanos, ¡travesti!

En eso llegó Filomena, quien había escuchado la conversación desde su casa. Entró al salón de clases e increpó a la maestra por su acto repudiable.

— Maestra, ¿usted qué diría si yo le metiera un tubo por el orto y después pusiera arañas en el tubo para que le piquen el interior del recto?

— Claro que me gustaría, Filomena— dijo la maestra y escupió unas veinte hormigas que fueron a parar a la cara de su interlocutora, es decir, nuestra heroína, es decir, Filomena.

— ¡Ay, hija de puta! ¡Me quemaste!— por lo cual decidió matarla con un puñetazo en el rostro. Así le cortó la cabeza.

Una vez despegado el cráneo del cuerpo de la docente, Filomena se tomó la sangre; pero he aquí que la maestra de Ismael padecía hipertiroidismo y por esta razón Filomena murió instantáneamente. Mientras tanto, su hijo Ismael volvía a su casa y tiraba piedras a los negros, cantando dulcemente:

 

«Todos somos demonios,

Todos somos demonios,

¿Quién no fue un demonio alguna vez?

Sha, la, la,

Sha, la, la,»

 

Al terminar tan hermosa canción, Iván fue con sus ocho hermanos y su abuelo Benito a la casa de Filomena, quien esperaba ansiosa a su padre y a sus hijos, con pasteles de caca, jugo de saliva y otras exquisiteces. Pero Filomena padecía de transformaciones diabólicas, que le hacían perder totalmente la memoria. Después de convertirse en un ser angelical, torturó sin piedad a sus diez hijos, y entregó a Benito en manos de su amigo Drácula, con quien luego de ese acto, tendrían sexo desenfrenado.

Y luego de acabar con el conde y de clavarle una estaca en un pulmón, cayó Filomena en la cuenta de que nunca es gracioso ser malo, pero tampoco es malo ser gracioso.

 

 

 

                                                     III

 

  Filomena se sirvió un vaso de soda de la heladera, meditando profundamente acerca de toda esa suerte de barbaridades que las ovíparas de sus vecinas anduvieron murmurando sobre ella. Llegó a pensar incluso que le hubiese gustado estar en el cuerpo de otra persona, de su madre quizás, o tal vez de su mismísima hija, para entonces conocerse desde otra mirada y tener así una visión holística de su personalidad; tanto por dentro, como por fuera. «Y… muy probablemente seguiría pensando de mí lo mismo que pienso siendo yo: que soy una verdadera hija de mil puta» concluyó, y la embargó una obsesión suicida, que ni vengándose del hombre que le robó su clítoris se hubiese podido sacar de encima. ¿Pero qué sería de la vida de sus hijos, Laura y Gustavo, si ella decidía quitarse la vida? Poco le importaba, aunque se quedaran huérfanos de madre… Esto último sería a menos que los matara a ellos primero. Pero, ¿quién la lloraría? ¿Y quién se haría cargo de sus cadáveres una vez muertos? ¿Y del sepelio? ¿Permitiría que heredara todas sus riquezas algún sobrino putigordo que nunca la conoció? No. «Jamás», se dijo, « ¡Jamás un sobrino putigordo!»

Así fue que decidió no acabar con su vida… Pero lamentablemente era muy tarde, ya que mientras había estado meditando respecto de su suicidio se había pegado un tiro en la cabeza, no sin antes haberse bebido el vaso de soda con cianuro por completo. Por ello fue que en unos segundos, luego de haberse dado cuenta de lo que hizo, cayó Filomena al suelo y se arrepintió por haberse matado.

— ¡Qué pastel! ¡Qué pastel!— gritaba ya muerta, la muy puta— ¡Dejé la torta sin comer!

— Tranquila, Filomena— dijo una voz ahuecada y ronca.

— ¿Qué? ¿Quién habla?— preguntó sorprendida— ¿No se supone que al estar muerta ya no sigo preservando el mismo nombre que antes de morirme— cuestionó pelotudamente— ¿Quién eres? ¿Por qué no te manifiestas?

— No me puedes ver, Filomena. Estás muerta, recordadlo.

— ¿Quién sois?

—Tampoco te puedes mover, ni pensar, ni hablar.

— ¡Bueno! ¡¿Quién sos, puto!?

— Tranquila, Filomena, ¿no lo recuerdas?

— ¿Recordar qué?, ¿de qué hablás forro?

—Filomena, hija. Tú eres un ser que se está muriendo constantemente. Y es en esa misma muerte intermitente en la que encuentras la vida— explicó con total incoherencia «La Voz».

No hay que explicar por qué la mujer se cansó rápidamente de ese mundo misterioso que es la muerte, limbo, o como mierda se llame, y decidió resucitarse instantáneamente. Luego se puso de pie, se limpió la sangre que le bañaba la cara, se apretó una teta (la derecha, para ser preciso) a fin de beber un poco y así saciar su sed y se fue a comprar para hacer la comida de esa misma noche, en que, casualmente Benito, su adorable marido, llevaría a cenar a casa a una amiga travesti a quien entre ambos le habían puesto el nombre de Calisto Show. (Calisto lo eligió Benito y Show lo eligió Filomena.)

 

 

 

 

 

"Habla de tu aldea y serás universal."

 

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