Premoniciones y premeditaciones

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Reflexión peregrina sobre el qué hacer con las obras que vamos escribiendo

Se ve que esto de escribir está lleno de fases. Cada cual es muy libre de saltarse las que quiera, pero, a medida que se leen por los foros, uno termina dándose cuenta de que hay un trecho de camino recorrido en común.

 

Así, al principio pasamos por aquello de no enseñar los textos o no saber a quién enseñárselos. Después comenzamos a torturar familiares y amigos hasta que, para más INRI, empezamos a desconfiar de su criterio y sinceridad. Entonces buscamos por otro lado, a gente “neutral” y más “cualificada”, y empezamos intercambios más sólidos con los que sufrimos evoluciones más palpables y, en principio, más fructíferas. Es el momento, al menos en mi caso, en el que empiezas a ensoberbecerte y a soñar futuros mejores para tus obras.

 

No es que al principio no tuvieras fe en ellas. Nunca olvidaré cómo soñaba en el autobús con el premio Planeta que se iba a llevar mi primera novela, a pesar de ser de fantasía y, precisamente, revalorizando el género. Supongo que, de no tener un ego un tanto particular, nadie se pondría a escribir. O, al menos, no novelas y relatos.

 

Pero a lo que íbamos era al cambio de perspectiva respecto a los propios escritos. Es innegable que hay un punto en la carrera de todo escritor aficionado en el que mira su obra y, finalmente, y aunque no esté totalmente satisfecho con ella, establece un paralelismo ventajoso con otras. La mira y piensa: “no es mi mejor relato, pero da mil vueltas a muchos otros que he leído”. En otras ocasiones repasa sus textos y los comentarios que le han hecho sobre ellos y se dice, “bueno, en realidad esto ya sé cómo mejorarlo y, en realidad, quería experimentar sobre ello.”

 

Y el caso es que, en todo esto, creo que existe mucha verdad. Sí, es innegable que en ciertos momentos se llega a una habilidad técnica, sobre todo a nivel de ortografía, gramática, ritmo y fluidez, que, ciertamente, da la impresión de que poco se puede aprender en esos campos. (Salvando las distancias, claro; en el fondo hay mucho que aprender y nunca se termina de hacerlo).

 

Sin embargo, del mismo modo que se toma conciencia del avance técnico o general en la escritura, se vislumbra también que la genialidad en la literatura no pasa únicamente por ello. Que hay que tener una buena técnica base es tan innegable como la inutilidad de recibir una visita de las musas cuando te estás rascando la barriga. Al mismo tiempo, está igualmente fuera de toda duda que, sin esa chispa mágica, la mayoría de relatos pueden engrosar las filas y filas de obras más o menos entretenidas que serán pasto del paso del tiempo -y por las que no se derramará una lágrima-. Y lo que más acaba inquietando al autor es que, a fin de cuentas, él es el menos indicado para juzgar su propia obra, por lo que ni siquiera sabe por cuál apostar para librarla de ese terrible olvido.

 

Creo que por aquí van los tiros: del mismo modo que erratas que nos hacen daño a la vista en textos ajenos se esconden insidiosas en los propios -algo tendrá que ver con la bíblica paja y su correspondiente viga-, muchas veces nos descubrimos incapaces a la hora de determinar si uno de nuestros textos brilla o pertenece a los de más bajo escalafón.

 

Los juicios literarios son muy subjetivos, dirán algunos. Bien, pero tampoco hay que olvidar lo que se comenta sobre Cervantes, que creía que conquistaría su lugar en eso que llamamos posteridad con su Persiles. Porque al final el tema también va un poco de esto: de qué textos van a tener aceptación. Después de todo, es la humanidad, ese ente descomunal, el que juega a guardián de maravillas artísticas.

 

Algún purista empezará con los rasgamientos de vestiduras, pero es innegable que si nadie te lee, por ce o por be, de poco te vale haber escrito la obra definitiva para la historia de la literatura. Siempre y cuando, sigamos aceptando que el arte es comunicación.

 

Así que, bien que mal, nace una cierta psicosis en el autor. Algunos la agravan pensando que sus obras, además, son limitadas -lo cual es tan cierto como que todos nos morimos algún día-, pero a los más, creo, les agobia sólo vagamente este último detalle. Bueno, en realidad quizá sólo me agobie a mí.

 

Lo reconozco con la esperanza, tal vez, de ver que alguien comparte este sufrimiento tantálico -por lo de estar siempre con el alma en vilo-. Lo hago porque últimamente tengo la impresión de que he mandado a diestro y siniestro mis textos sin el debido respeto.

 

No es que crea que ninguno de ellos merece algo mejor que ser leído -que para eso los escribí-, pero en ocasiones me digo que, quizá, debería elegir bien a dónde los mando para que sean leídos con la adecuada prosapia. Si nos ponemos absurdos podemos mirar dos extremos: el del autor que muestra su obra antes de tiempo y espanta a los lectores y el del autor que, esperando a alcanzar la perfección, se muere sin haber hecho pública su obra y ésta termina sirviendo de combustible tras su sepelio.

 

Ahí está, en efecto, el quid de la cuestión. En realidad todo se resume a una falta de premeditación, a un error de juicio, a un problema a la hora de sentir el tempo. Me domina una peculiar sensación de desazón al ver que los textos que escribí más a la ligera, como La trastienda de los sueños olvidados o Una tumba vacía han tomado un halo como de obras más terminadas, más redondas, y los que escribí más a conciencia, convencido de su gran interés y sólida forma, no cosechan ninguno de los laureles que pensaba merecían.

 

Así, sabiendo que no formo parte de ese grupo de escritores que son capaces de planear la acogida de sus obras y, por lo tanto, conocer su futuro -lo que les permite decidir con conocimiento de causa, que se suele decir-, ha comenzado a obsesionarme una oscura sombra. Es ésa que condensa mi incapacidad de presagiar en una premonición -porque además destila cruel ironía-. Es la que me dice que nunca sabré qué demonios hacer con mis textos y, por lo tanto, perderé el tren que debería tocarme, ése que cósmicamente me corresponde.

 

Como algún espíritu poco caritativo podría recordarme, en realidad no debería comerme la cabeza, puesto que mis textos no van a ir realmente a ningún lado demasiado especial, pero, después de todo, me gustaría tener un cierto criterio para poder juzgar mis propias obras. Bueno, o eso, o quizás únicamente quería desahogarme un poco.

 

Realmente, también es un poco de lo que va esto, pase o no pase el tren.

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Nachob
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Estoy deseando que llegue la hispacón para poder juntarnos y charlar largo y tendido sobre muchas cosas, y esta es una de ellas.

Escribimos, y soñamos. En el fondo es una forma de comunicación, de trascendencia de nuestra inevitable soledad, y como tal tiene sus luces y sus sombras. Pasamos etapas, buscamos nuevas metas, y vivimos lo que nos pasa de modo distinto. 

Dicen que lo importante es el camino, pero no cuentan lo terriblemente frustrante que resultan muchos días y muchas noches: porque no consigues escribir, o lo que escribes no te convence, o no logras que convenza a los demás. Y la falta de control sobre los que nos pasa nos derriba y desalienta.

Aunque de vez en cuando recibimos alguna alegría y eso nos hace volver a ilusionarnos, recuperar la pasión. Luego llegan los días oscuros...

Yo ahora me encuentro en una encrucijada. Me quedan diez libros de la tirada de 'un año de palabras', y no sé muy bien por donde tirar ahora. He conseguido reseñas, y mientras lo hacía pensaba que al menos algo estaba haciendo. Sin embargo, y a pesar de que han sido positivas en general, ahora creo que a lo mejor simplemente estaba dilatando lo inevitable. Lo que escribí escrito está, y pronto yacerá bajo toneladas de olvido. Ni siquiera tengo el consuelo de poder participar en premios como el ignotus y otros, dado que es una autoedición casi desconocida salvo para los colegas. Y me siento como un padre que debe enterrar a sus hijos moribundos sin poder hacer nada por ellos.

Qué bonito aquellos tiempos cuando mi única preocupación era escribir un cuento al mes, publicarlo y luego esperar a los comentarios de los compañeros. En que todo lo que recibía era bienvenido porque no esperaba nada. En que cada logro era celebrado porque estaba empezando y nada me exigía. Estos últimos años han sido agridulces, sin una meta fija, escribiendo cuando podía, enviando relatos a certámenes con desigual fortuna (porqué quejarnos, el ser humano es voraz, y no importa cuanto tenga, siempre deseará más. Con lo cual, cada fortuna es igual de buena que cualquier otra, porque siempre será insuficiente para su propietario) y ahora queda decidir cuál es mi próximo sueño. Escribir sin más y seguir presentándome al siguiente certamen que encuentre en Internet. Unirme a algún proyecto, sabiendo que puede que no consiga llegar a mis compromisos, y, sobre todo, en pugna con mi tenaz individualismo. Escribir una novela (parece la progresión lógica, pero dada mi forma de escribir, mis relatos ya son novelas). Acumular bits en el ordenador sin saber que hacer con ellos. Es más, sin saber qué puedo hacer con ellos, retomando la cuestión que plantea Pata.

Gracias a dios queda el consuelo de los compañeros de la página. Aunque tenerla limitada en el curro me quita muchas posibilidades (aprovechar ratos muertos en casa mientras espero). Mi correo está vacío porque el poco tiempo que tengo lo uso para escribir, y ya no comento, no visito, no participo. Y si no promocionas, no existes (aunque promocionar suena muy mal, y no es del todo exacto, dejemos esa palabra).

No corrijo casi los textos porque tengo miedo de no tener tiempo de acabarlos, y quiero escribir todo lo que pueda tan aprisa como pueda. Me da miedo que si dejo de hacerlo el sueño se esfume tan rápidamente como apareció. Pero con eso me hago descuidado, y vivo en una insatisfacción permanente porque pretendo, iluso pero incapaz de evitarlo, compararme con los grandes.

Cuántos miedos. Qué tristes pataletas. Y mis cuentos sin escribir. Y los recién escritos sin lugar en el mundo donde ubicarlos. Y los antiguos, languideciendo para convertirse en polvo y ceniza.

Mucho queda por hablar. Mucho por compartir en noches de tertulia y cerveza. Bueno, y también ir a alguna conferencia…

Ni siquiera voy a releer lo que acabo de escribir. Ahí queda

 

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Patapalo
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Hala, ronda de tequilas para todos y doble para Nacho, que en una semanica sí que te vamos a hacer hablar

Siempre que caigo en la futilidad de todo -de esto y lo demás- termino diciéndome que, entre medio, nos lo pasamos bien, ¿no? Abrazos, compañeros.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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