Con V de vencidos

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Aunque reconozco mi gusto por un buen debate, nunca me interesaron los llamados revisionismos y las inacabables discusiones sobre teorías conspirativas.

La leyenda urbana que afirma que el alunizaje de Neill Armstrong fue un montaje puede ser divertida pero no lo es tanto cuando se cuestiona la existencia del Holocausto, se banaliza la Guerra Civil o se tratan otras cuestiones más actuales pero igualmente dolorosas. No está de más, sin embargo, releer la Historia para interpretarla por encima de las interpretaciones preexistentes. Cumplido no ha mucho el setenta aniversario de su comienzo, la Segunda Guerra Mundial fue el acontecimiento más universal de su siglo, del que en realidad todavía no hemos podido distanciarnos mentalmente en este demasiado joven siglo XXI. Su final fue el principio de la paz más larga que haya conocido Occidente y que todos esperamos que sea definitiva. Sólo por esto, se podría pensar, bien merece celebrarse y concluir que fue una guerra victoriosa de la democracia contra el totalitarismo. Aquellos que vivieron la mayor contienda que vieran los siglos pasados y presentes no pudieron pensar de otra forma. Tanto esfuerzo, tanta sangre, sudor y lágrimas vertidas no podían haber servido sino para la mayor victoria nunca vista. Festejaron el final de la guerra y se dispusieron a construir un mundo en ruinas.

Han pasado muchas décadas y apenas quedan supervivientes del conflicto. Podemos juzgar con la mayor perspectiva que nos concede la distancia temporal y emocional, y hacer un juicio bastante menos complaciente. Con pesadumbre pero siguiendo mi conciencia, debo decir que aquella guerra nunca debió ocurrir y lo afirmo en un sentido que va más allá de aquella famosa sentencia de Charles Chaplin de que nunca hubo una guerra buena ni una paz mala. Sin embargo, él mismo realizó la mayor apología belicista de la historia del cine en El dictador y dio su apoyo a la guerra más devastadora de todas. Sintiéndolo mucho, ni la legitimidad de aquella guerra ni su éxito parecen evidentes.

Empecemos por la sabida causa, el expansionismo alemán (y también el japonés), que llevó a Francia y Gran Bretaña a declarar la guerra a Alemania tras la invasión de Polonia. A los que vivimos en un mundo con fronteras tranquilas y bien definidas la invasión de un país por otro nos horroriza y con razón. No podemos imaginar un casus belli más legítimo ni evidente. Pero pido al lector que contemple el mundo no con los mapas de hoy sino con los de 1939. Se llevará una buena sorpresa al descubrir cómo Francia y Gran Bretaña se reparten las tres cuartas partes de África, la mitad de Asia (bastante más si no contamos la gigantesca pero desolada Siberia) y la mayoría de los archipiélagos de Oceanía.

En efecto, las potencias que se levantaron contra el imperialismo alemán o el japonés eran las mayores potencias imperialistas de su tiempo, en un grado que no tiene paralelo sino con los que fueron luego sus aliados en la guerra. Porque Estados Unidos había cumplido su destino manifiesto de expandirse a costa de indios, mexicanos o españoles sin mayores miramientos, amén de su opresivo dominio sobre Filipinas o sobre los archipiélagos que, también arrebatados a España en su día, retiene todavía. ¿Y qué decir de la Unión Soviética, fiel heredera del imperialismo zarista, que mantenía con la misma mano de hierro su control sobre las repúblicas bálticas o los antiguos khanatos de Asia Central?

Tampoco que Francia o Gran Bretaña ostentaran regímenes parlamentarios puede servir de argumento cuando ambas se habían cuidado de que el parlamentarismo no saliera de las metrópolis. Sólo en el caso de las colonias de colonos blancos Gran Bretaña consintió en ello por el recuerdo humillante de las trece colonias. A diferencia de nuestra abarrotada cámara de Naciones Unidas, en la Sociedad de Naciones la mayoría de lo que hoy son países estaban "representados" por ambas potencias, por lo que debemos ser cautelosos al considerar el valor de sus decisiones. Porque sólo aceptando que el imperialismo ejercido sobre hombres blancos sea más antinatural puede decirse que la anexión de Austria o los Sudetes fueran hechos más graves que la anexión y dominio de tantos territorios en África o Asia. No es un argumento al que se recurra por el evidente racismo que destila, el mismo con el que el británico Cecyl Rhodes había justificado la conquista de las razas inferiores. En honor a la verdad, hay que reconocer, sin embargo, que el imperialismo británico había actuado con el mismo rigor allí donde había hombres blancos como los irlandeses o los boers, descendientes de los primeros colonos holandeses de Sudáfrica...

No se trata, empero, de justificar el expansionismo de Alemania o Japón en una década nefasta, y mucho menos todas las crueldades que se derivaron, sino señalar que la declaración de guerra de Francia y Gran Bretaña -o sería mejor decir del Imperio Francés y del Imperio Británico- no nació de un horror sincero por el avance alemán o japonés sino de un cálculo estratégico que, se pensaba, compensaría su amoralidad con los resultados.

Churchill conocía bien lo que significaba la invasión y opresión de un país débil. Había tenido ocasión de aprenderlo participando en la campaña de Sudán, en la que los fanáticos y hambrientos seguidores del Mahdi habían sido masacrados por el ejército británico. También lo vio en Sudáfrica. Con el recuerdo reciente de la destrucción del reino zulú, el Imperio Británico reprimía esta vez a los boers en su intento de tener su propio país independiente al saber de la existencia de minas de diamantes en sus tierras. Para controlar mejor a los rebeldes boers, hombres, mujeres y niños fueron internados en campos de concentración donde padecerían hambre y enfermedad.

Sí, el campeón de la libertad había aprendido de primera mano lo que eran el genocidio y los campos de concentración, así que decidió que eran métodos inadmisibles para otros países. En su cruzada contra el imperialismo ajeno no tendría reparo en negociar con dictaduras de cualquier signo, ya fueran los militares sublevados en España o el nuevo zar Stalin. La gran causa de Churchill no fue la libertad o el humanitarismo sino su país, un objetivo que puede ser patriótico -no digo que no- pero no justifica la idolatrización que quieren hacer los liberales con él.

Cinco años y cincuenta millones de muertos después pudo hacer el célebre símbolo de la victoria. Europa estaba arrasada y el totalitarismo soviético se preparaba para hacerse con más de medio continente. Keynes le había dedicado años antes un famoso artículo, Las nefastas consecuencias económicas de Mr. Churchill, y bien podría haberse escrito otro ahora titulado Las nefastas consecuencias humanas y políticas de Mr. Churchill. Pero una crisis económica, por muy dolorosa que pueda ser, no es comparable al resultado de una guerra. La gente quería paz y necesitaba un héroe. Y ahí estaba Churchill para ser un héroe. Además, ¿no había prometido sangre, sudor y lágrimas y había cumplido su promesa con creces? Sí, y eso es algo de lo que pocos políticos pueden presumir. 

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Patapalo
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Un artículo muy interesante, Solharis. Desde luego, queda patente que todavía somos hijos de una propaganda: nunca me había planteado la situación como dos potencias oponiéndose a la expansión de una tercera. Es por eso que es importante revisitar la historia.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Azhmodeus
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Pues sí, interesante. Nunca hay que creerse del todo una visión de la Historia (bueno, ya puestos es mejor no creerse nada de manera absoluta). Me parece muy bien que se sea escéptico frente a ella, y por eso me parece patético que haya temas "intocables" como el Holocausto. Equivocarse (o incluso mentir) en una interpretación de la Historia no debería ser delito.

Lo malo de la vida es que somos nuestro propio guionista, por eso siempre estamos diciendo gilipolleces.

http://confesionesengranajedefectuoso.blogspot.com/

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LCS
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Es un tópico pero la historia siempre la escriben los vencedores.

He leído su libro sobre la 2 GM y, aunque es muy interesante y útil, porque te permite ver la Historia desde el punto de vista de uno de sus protagonistas, también es un libro apologético.

Te da la impresión cuando lo lees de que si no llega a ser por Churchill, vamos, pobre mundo.

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Señor K.
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Un artículo muy interesante. Quizás por eso la historia nunca ha sido mi asignatura favorita, nunca me he fiado de los que la han escrito.

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