Candy

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Crítica de la película sobre las drogas de Neil Armfield

 

Érase una vez, estaban Candy y Dan;

hizo mucho calor ese año

y la cera se derretía en los árboles,

y él saltaba bardas, saltaba lo que fuera,

lo hacía por ella, a quien miles de aves,

las más bellas aves, revoloteaban en su cabellera.

 

Esta noche he pasado un buen rato; justo acabo de ver Candy, una historia límite, excesiva y fatalista, en la que se retrata una historia romántica con una atmósfera cargada de poesía, tragedia y pesadumbre, cuya temática principal la constituye una mezcla -la siempre letal mezcla- de amor, drogas y auto-destrucción. Todo esto narrado desde un esquema dantesco, separando la película en tres partes denominadas Cielo, Tierra e Infierno, con que el autor de la novela original, Luke Davies, -Candy: A story of Love and Addiction- nos quiso plasmar el descenso al inframundo que experimentan los adictos en su lenta y mortal agonía.

 

Sinopsis (inicia spoiler)

Dan (Ledger) es un joven escritor dado a la vida de la bohemia, la entrega a los placeres bajos y la adicción a la heroína. Bajo esta forma de vivir, conoce a Candy (Cornish), una muchacha de clase media, estudiante de artes y con una vida familiar caótica debido a la fuerte represión que ejerce en ella su madre. Muy pronto, el interés inicial se convierte en amistad, y ésta termina despertando un ardiente amor en la joven pareja, quienes ya compartían, anteriormente, un ritmo desenfrenado de abuso de las drogas y de falta de moral.

La primera parte -Cielo- retrata todos estos capítulos en que ambos jóvenes se entregan a toda clase de excesos sexuales y adictivos, hasta el extremo del abuso de todos estos ingredientes, transgrediendo las relaciones con sus seres más cercanos. Mientras los padres de Candy, más preocupados por las habladurías, hacen caso omiso del estado deprimente en que, poco a poco, va cayendo su hija, Casper (Rush), el amigo y protector de Dan, hace el papel de catalizador en la búsqueda de los jóvenes por la experiencia de los estupefacientes.

La segunda parte, -Tierra- plasma la etapa más denigrante de su fatídico amor: la necesidad. Dan se ve obligado a robar y Candy a prostituirse. Entonces, un día, Candy queda embarazada y la joven pareja decide hacer frente a su situación con madurez: se proponen desintoxicarse y prepararse para la llegada de su bebé, el cual, sin embargo, no conseguirá nacer debido a una crisis emocional de Candy que pone su salud en serio riesgo.

Es entonces cuando inicia la tercera etapa, -Infierno- el lento declive. Decididos a dejar la heroína, y convencidos de su incapacidad para abandonar el círculo del vicio, se trasladan a una casa que Casper posee en el campo y que ha prestado a Dan. Ahí se entregan a un estilo de vida campirano que propicia el abandono nostálgico del romántico Dan y estresa la mente castigada de Candy, quien va transformando su amor en odio hacia su novio. El distanciamiento entre ambos propicia una nueva crisis nerviosa en la joven, tras lo cual, es internada en un centro de rehabilitación por sus padres. Dan regresa a la ciudad para afrontar la pérdida de Candy y de Casper, quien muere a los pocos días por una sobredosis de metadona.

Tiempo después, una Candy rehabilitada acude, más radiante y hermosa que nunca, a visitar a Dan en su trabajo, un restaurante de comida china en donde se dedica a lavar platos. Dan, convertido en una piltrafa, consumido por las drogas y el alcohol y destrozado por las pérdidas de sus seres queridos, sale al encuentro de Candy solo para darse cuenta de que ella se había convertido, de nuevo, en la Candy a la que tanto llegó a amar, mientras se sentía a sí mismo como una sombra del Dan del pasado. Así, en un apasionado y largo beso, se da cuenta de que, de volver a comenzar, volverían a caer por la misma espiral de perdición. Entonces, Dan se despide de Candy, pidiéndole que aproveche su segunda oportunidad de vivir y que le deje caer sólo al infierno del que jamás podrá escapar.

 

Comentarios (fin del spoiler)

Hacía mucho tiempo que no veía una película romántica con estos tintes. En mi círculo de amigos, se me tiene por el más taciturno, el más amargado del grupo, porque critico, de manera constante, a las melosas obras románticas hollywoodenses, tanto dramáticas como cómicas, con buen o mal reparto y con o sin escenas espontáneas y sentimientos de fábula. Harto de ver periódicamente adulterado el concepto de romanticismo, soy un acérrimo enemigo y un recalcitrante ofensor de los romances fáciles que nos retrata la pantalla grande -la chica ni la menciono, porque menos vale la pena-. Por poner un ejemplo: a la edad de diecisiete años, al haber visto Leaving Las Vegas, quedé maravillado con el tema, mientras que a la edad de veinticuatro, y después de haber visto The Notebook, quedé asqueado y contuve una reacción de desprecio por respeto a mis amigas, quienes me la habían recomendado y la veían conmigo.

Y es que parece que cuesta mucho trabajo darse cuenta de que el amor, tal y como es en la vida real, con sus altibajos, sus obstáculos mundanos, sus vicios y su carácter violento, es bastante hermoso y cualquier historia concebida de esta hermosura es buena para contar. Candy es una muestra de ello, pues concibe la idea de contar una historia que no se cuenta de manera tan frecuente: los excesos desenfrenados. Estos, cuando se combinan con el amor, con el deseo y la lujuria, terminan convirtiendo al amor en un vicio más, en la más peligrosa de todas las drogas, pues es la que penetra más hondo en la mente y en el corazón. Un adicto que no ama es un ente gris, sin personalidad, sin devoción, una comedia, un ser indefenso e inofensivo. Pero un adicto enamorado es un ser salvaje, un animal perdido, un espíritu del walpurgis, enfermo de devoción, capaz de combinar en su propia existencia la más patética autocompasión con la más sublime exaltación. Un adicto que ama es una persona que se encuentra constantemente condenado; que va todos los días del cielo al infierno, que lo pierde todo y lo recupera en un mismo día y que, constantemente, siente orgullo y arrepentimiento por su vida. Una vorágine, un espiral de caos. Si las drogas llevan a un adicto al infierno, el amor contribuye a acelerar su caída y a salir de las llamas una vez en él; perdición y salvación, brutalidad y ternura, todo en un mismo sentimiento.

En fin. Una muy buena película, muy entretenida, con actuaciones geniales, escenarios muy cambiantes aunque algo carentes de sentido, y una banda sonora buenísima que aligera la trama lenta que cae en algunos momentos. Una película, definitivamente, para ver en pareja, en una noche sentimental después de una cena de dos. Y les recomiendo a las mujeres un buen par de pañuelos porque más de una escurrirá las lágrimas.

 

Director: Neil Armfield

País: Australia

Reparto: Heath Ledger / Abbie Cornish / Geoffrey Rush

Contexto: Drogas / Auto destrucción

Género: Romance / Drama

 

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Patapalo
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La película no la he visto, pero leí el libro hace unos años y flipé mucho, entre otras cosas porque es autobiográfico. El drama de los dos protagonistas es inabarcable, y cada situación más rocambolesca que la anterior. Además, de algún modo nos acerca la Australia que no imaginaríamos. Desde luego, su lectura me marcó.

Me apunto la película para verla algún día.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Giliath Luin
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...lo que yo me apunto es la novela, porque de ella ni idea. Pero si dices que es buena....

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