La vida era bella y yo era el rey del mundo

Imagen de Nachob

Un relato de Nachob

La vida era bella y yo era el rey del mundo.

O al menos así me sentía en esos momentos, sentado en mi enorme escritorio de madera tallada, observando plácidamente por la ventana el hermoso cielo y los árboles del parque. Y es que la vida había sido generosa conmigo. Lo tenía todo. Era lo que se dice un auténtico triunfador.

La puerta de mi despacho se abrió de golpe, dejando pasar a una fiera desbocada. Di un respingo confundido. Era Eva, la jefa del departamento de contratación. Venía despotricando, agitando unos papeles arrugados en la mano. Se sentó frente a mí, dispuesta sin duda a ponerme al corriente de los motivos de su enfado.

Eva era una andaluza jaquetona, muy alta, de pelo rojo rizado y muy largo. Era conocida por su temperamento vehemente, capaz de llevar firme a su departamento y poner en su sitio a más de uno que atraído por su evidente atractivo confundía la oficina con un local de alterne. A pesar de rozar la cuarentena, tenía un físico imponente y, como lo sabía, lo lucía con trajes chaqueta y faldas ajustadas que quitaban el sentido.

Aun así, para ella el trabajo era lo primero y no se dejaba llevar por banalidades en él. Si venía a mi despacho seguro que el motivo era serio.

—Juan, esto es indignante, tenemos que hacer algo

Me fije que llevaba desabrochado un botón más del escote de lo que por decoro convendría, y que en el fragor de su estado no se había percatado de ello. Empecé a sudar.

—Eva, tranquilízate. Dime... ¿qué te preocupa?

—¿Cómo que qué me preocupa? ¿Es que no has leído el último boletín de empresa?

Yo en aquellos momentos de lo único que me percataba era de que, fuera por el sofoco que llevaba o por acción del aire acondicionado, sus pezones se le marcaban puntiagudos bajo la camisa. Apreté con fuerza el lapicero que llevaba en la mano.

—¿Qué te pasa? ¿estás tonto o qué? Que si has leído el último boletín.

Yo no podía dejar de mirar aquel busto perfecto, que bajaba y subía al compás de sus explicaciones, y que amenazaba con hacer saltar el siguiente botón de un momento a otro. Ante mi falta de respuesta añadió exasperada:

—Quitan casi un diez por ciento de presupuesto a mi departamento para dárselo al de intervención. A la pánfila de la Mónica. ¡A quién se estará tirando la zorra esa para haberlo conseguido! Que todos sabemos cómo ha logrado trepar en la empresa la mosquita muerta esa.

Tuve que poner el mayor esfuerzo de mi vida para contenerme y no dar un revelador bote. Aquello era demasiado. El botón díscolo de su ceñida camisa apenas se entreveía ya dentro del ojal, y por un segundo imaginé cómo su pecho se desbordaba por encima de mi mesa. Mi entrepierna estaba a punto de estallar.

—Tenemos que hacer algo. Tú y yo. Unir nuestras fuerzas, o tú serás el siguiente a quien devorará esa zorra implacable. No pongas esa cara. Se te merendará enterito. He venido a convencerte para que vayamos a ver al director general y le expongamos nuestras razones.

Dios, ¿por qué no saltaba de una vez ese botón? Me iba a volver loco, y era incapaz de entender nada de lo que decía. Asentía absorto, concentrado en no perder la compostura y provocar un escándalo.

—Así que si quieres, vengo esta tarde y redactamos una nota. Sé que él suele pasarse por aquí a discutir contigo los presupuestos y que tiene mucho en cuenta tus opiniones, así que avisame cuando venga. Ese será el mejor momento para hablar con él, a solas. Juntos podremos. No nos dejaremos comer por Mónica.

No podía más. Incapaz de contenerme, exploté, y, para disimular, golpee la mesa con la mano con todas mis fuerzas, mientras gritaba:

—¡No, no nos dejaremos comer por Mónica!

Mi exaltada reacción hizo que Eva se me quedará mirando estupefacta. Luego me sonrió satisfecha y algo coqueta:

—Esa es la respuesta que esperaba de ti. Veo que no me he equivocado contigo. Juntos vamos a hacer grandes cosas.

Le sonreí incapaz de pronunciar una palabra, mientras veía saltar el botón y su hermoso busto mostrárseme en todo su esplendor. Casi me desmayo, pero aguanté el tirón como pude. Ella, sonrojada, se lo abrochó al instante algo aturdida. Luego me miró, congestionado y todo colorado, y sonriendo pícara añadió:

—Vaya momento para un accidente así. Bueno, puede que sea una premonición.

Y sin más me guiñó un ojo y dando media vuelta se fue de mi despacho. Rompí de la presión el lápiz que llevaba en la mano, mientras la veía partir zarandeando sus rotundas caderas.

Tardé al menos un minuto en conseguir recuperar el aliento y el control de mi mente. Una voz susurró desde abajo:

—¿Ya se ha ido esa guarra?

—Sí, no hay moros en la costa: puedes asomarte añadí con un suspiro.

Me aparté de la mesa, dejando salir a Mónica de debajo de ella. Se levantó, se atusó la falda y paso sus dedos por la comisura de sus labios, limpiándolos de algún resto furtivo.

—Menudo putón. Pues si se cree que me asusta, va lista. Se va a enterar.

Todavía me temblaban las piernas. Estaba mareado, aturdido por la intensidad experimentada, pero aun así me regodeé observando complacido la escultural figura de Mónica. Era guapísima. Rubia, aniñada, parecía tan ingenua que nadie podía sospechar lo víbora que podía llegar a ser a la hora de medrar en su profesión.

Más calmada, volvió su mirada hacia mí. Sus ojos azules eran un mar donde flotas enteras podrían perderse.

—Y tú, ya podías haberme avisado antes de...

—¿Cómo? Ella estaba delante, no podía decir ni hacer nada sin delatarnos —contesté haciéndome el inocente.

—Ya, no podías. Lo que pasa es que eres un niño muy malo y te gusta hacerlo. ¡Niño malo!, te dije que me avisaras. Me lo he tenido que tragar todo.

Cuando ponía ese tonito pilluelo de fingido enfado me ponía a cien. Era increíble, acababa de tener uno de los orgasmos más fuertes de mi vida, y sólo con mirar su escultural cuerpo y escuchar su voz seductora, ya volvía a sentir mi entrepierna bullir.

Ella se compuso un poco el pelo, y dándome la espalda se dirigió a la puerta. Noté cómo se contoneaba exageradamente, sabiendo cómo me ponía eso. Tenía el trasero más respingón que había visto en mi vida. Antes de abrirla, se giró y mirándome por el rabillo del ojo añadió lasciva:

—En todo caso, cuando venga el Director General, avísame: me gustará escucharlo todo desde mi escondite secreto.

Salté como un tigre y la alcancé antes de que pudiera siquiera abrir la puerta. La estreché contra ella sin dejar que se girara, aplastándola con mi cuerpo. Ella rió feliz. Yo eché el pestillo. No quería nuevas interrupciones.

Aunque, por un momento, me acorde de Eva y su botón, y pensé que si sabía jugar bien mis cartas...

Y es que hay momentos en que la vida parece sonreírte, ¿verdad, amigos?

Imagen de Patapalo
Patapalo
Desconectado
Poblador desde: 25/01/2009
Puntos: 196110

Se ve, se ve que venía de un reto del foro Muy bien llevada la historia, jugando al despiste. No me esperaba el cierre del relato ni de coña. Un relato entretenido, aunque casi queda más de anécdota de bar.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

Imagen de Odin
Odin
Desconectado
Poblador desde: 26/01/2009
Puntos: 2634

Juas. Me ha "encantao", Nacho. Está muy bien llevado, y el final me ha parecido simpático, y divertido.

Pero vamos, que te voy a decir que no sepas, si me he hecho fan number one, de un año de Palabras.

Aun aprendo...

 OcioZero · Condiciones de uso