La luz de los dioses

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Reseña de la novela de Juan Carlos Pueo publicada por Grupo Ajec

 

Recientemente ha llegado a mis manos la novela que hace el número 32 de la Colección Albemuth Internacional de Grupo Ajec, La luz de los dioses, de Juan Carlos Pueo. De la biografía del autor, en la que se le define como tutor, enfermo, músico, rojo, subdirector, juerguista y muchas ocupaciones más, parece desprenderse que es ésta su primera novela. Y este detalle convierte en más reveladora aún su lectura.

Es, sin duda, una de las novelas más sorprendentes que he tenido la dicha de leer en los últimos tiempos. Sorprendente por muchos de los factores que se dan entre sus páginas: por los personajes que la imaginación del autor ha inventado, novedosos y fascinantes; por la sociedad que ha creado, convertida en otro protagonista de la novela; por el derroche de inventiva que destila, y por los diálogos que surgen frescos e inteligentes.

Entre sus personajes destaca no sólo la protagonista principal, Lydia Durante, una joven de veintidós años hija de un antiguo mago ejecutado en la horca, que acepta una oferta de trabajo para encargarse de realizar el inventario de una colección de antigüedades propiedad de un anciano marqués agradable y nostálgico, sino otros como Virginia de Paladio, una maga condenada a sufrir un frío helador y perpetuo que le impide salir de su casa, o, también, Jorge Mariscal, un ladrón aventurero y encantador que nos trae a la memoria las figuras de Arsenio Lupin o el Santo. Entre ellos, y sus relaciones, se va creando un mundo de intrigas y aventuras, de sorpresas e incógnitas, que engancha al lector desde la primera hasta la última página.

Casi toda la historia transcurre en Asimbria, un lugar utópico y dictatorial, una sociedad orwelliana al estilo de 1984 e imposible de ubicar en el tiempo. Por momentos, parece una sociedad futurista sumida en la tristeza que el control del Consejo de Arúspices impone a sus habitantes; en otros, creemos estar en la Inglaterra Victoriana, con mayordomos, elegantes caballeros y delicadas doncellas; y, siempre, en un mundo dividido entre patricios y plebeyos. Y una increíble aportación del autor: en La luz de los dioses, los plebeyos son los seres libres de la sociedad, si alguno hay realmente libre, mientras que los patricios están sometidos a un control constante por parte de los vigilantes.

La trama base de la novela discurre, pues, en un mundo desconocido, pero que no nos resulta extraño, bajo el control del Consejo de los Arúspices, un gobierno dictatorial que, tras una guerra civil, ha tomado el poder prohibiendo a los patricios el ejercicio de la magia, imponiendo la censura y ocultando la historia a las nuevas generaciones. Los más jóvenes la desconocen y los mayores se callan sus recuerdos, viviendo el presente con la nostalgia de un pasado mejor. La protagonista principal, Lydia, es llamada a Asimbria para trabajar en la mansión de Don Antonio de la Estomilla, marqués de Ramalejos, para organizar la colección de libros y antigüedades de éste. Pero tras la oferta de trabajo se esconde un motivo oculto para los personajes y el lector que viene marcado por el destino de Lydia, un destino que su padre, años atrás, había logrado predecir, y que parece ser el liberar a la sociedad del control dictatorial en que se halla sumida. El trasfondo revolucionario y libertario impregna toda la historia, que se convierte, finalmente, en una reflexión sobre la sociedad que nos ha tocado vivir.

La novela sorprende por su imaginación desbordada, como cuando nos revela uno de los castigos impuestos por el Gobierno a sus ciudadanos: el empleo de la magia para que éstos tengan que vencer la resistencia del aire al caminar, una resistencia que lastra sus piernas como si anduvieran con los pies metidos en arena hasta las rodillas. Y lo hace con un dominio de la técnica literaria que convierte su lectura en un agradable paseo.

No se trata de una novela para el público juvenil, ni para el adulto. Es una novela destinada a todo aquel que quiera dejarse asombrar por una historia diferente, inteligente y con unos diálogos fascinantes. Y para muestra, un botón:

¿Por qué siempre va a contracorriente? preguntó Lydia riendo.

Es mi forma de ser. En cuanto veo una barrera, me entran unas ganas terribles de saltarla. ¿No le pasa a usted nunca?

Algunas veces. Pero no siempre se puede saltar por encima de las barreras. A veces hay que rodearlas, o esperar a que las quiten.

Una pérdida de tiempo. No quiero hacerme viejo tan deprisa.

En definitiva, todo un hallazgo de Grupo Ajec que ha sabido descubrirnos las muchas virtudes de un autor que, estoy seguro, seguirá sorprendiéndonos y fascinándonos en el futuro. Felicidades a ambos.

Ramón López

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Patapalo
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Muy interesante la reseña y, tal y como lo pinta, el libro. Me lo apunto.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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