La visión IV

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Última entrega de esta novela corta de Manheor

CAPÍTULO VIII: La visión

El bosque estaba allí. Negro. Eterno. Silente.

Pero no dormido.

No dormido.

Andrew temía. Pero, esta vez, no estaba solo. Aunque no podía verlo, sus ojos sólo veían el bosque, quedo e imperturbable, sabía que alguien le tomaba la mano, reconfortándolo. Andrew no estaba solo y volvería. Seguramente, volvería.

Sin embargo, era tiempo de esperar. Y ver.

Levemente, muy levemente, las negras hojas comenzaron a tremolar. Pero Andrew no sintió ninguna brisa. Agitadas, vibrantes, tempestuosas, masas de follaje oscuro cimbreando en los pálidos troncos. Y un fragor. Un fragor…

Andrew quería dejar de mirar. De oír. Quería despertar. La mano le apretó más fuertemente, clavándole las uñas en la carne. No podía huir. No podía despertar. Debía ver. Debía.

Andrew siguió mirando.

El fragor era cien truenos, mil truenos, como si la voz del viento quisiera estallar el mundo. Andrew sentía que sus tímpanos ya habían estallado, porque la sangre se deslizaba desde sus oídos. Sin embargo, seguía oyendo. Y viendo.

Y entonces, en cada nudosa y pálida rama del infinito bosque, sucedió. Las hojas se desgajaron. Y comenzaron a volar.

La voz del viento cambió. Una risa de millones de risas. Un chillido de millones de chillidos. Un horror que ya no había sido viento, sino par tras par de alas prestas al vuelo.

La masa negra hervía en el cielo, un muro oscuro y ondulante que se cernía sobre Andrew y su acompañante, directo a sus ojos. Y Andrew no podía dejar de ver, no podía. Aunque cada fibra de su ser, cada hilo luminoso de su alma, quería desprender la madeja y morir antes que seguir allí, mirando, mirando, no cerró los ojos. Y vio cómo el horror volaba. Más cerca, mucho más cerca.

Y Andrew pudo distinguir la cualidad de cada hoja, la morfología de su apariencia. Y no eran hojas, como el viento no había sido viento, sino alas en su aleteo. Andrew los veía tan bien como ellos lo veían a él. Pero ellos se mofaban y reían. Y él, era mudo.

Pero fue allí, cuando sus infinitos picos se abrían para devorar la carne de su cuerpo, pedazo a pedazo, cuando Andrew se encontró con Andrew otra vez. Se encontró con aquel núcleo duro, liso e irrompible que era su esencia. Al tocarlo, como siempre sucedía, recordó quien era. Un rey. El rey Andrew.

Sus labios, que pronto serían arrancados de su seca calavera, se doblaron en sonrisa.

Y con ella, recibió a los cuervos.

 

Capítulo IX: Un profeta de spray negro

 

Y el rey Andrew no murió.

Tan pronto como su sonrisa dobló sus labios, tan pronto como su alma encontró su majestad, su fuerza, la visión se disolvió.

El chillido de los cuervos, el batir de sus alas y el brillo de sus afilados picos, sin embargo, perduraron mucho tiempo en los sueños despiertos del monarca.

Solo, vagó durante días como un pordiosero.

El lenguaje lo había abandonado. Cuando, tambaleante, chocaba con algún ciego de pelo engominado, impoluto traje y brillante maletín de cuero negro, intentaba balbucear una advertencia. Nunca eran oídas, y el sordo, el ciego, el mudo, se alejaba con una mueca, mitad asco mitad indolencia, pintada en su rostro inconsciente. Y seguía su senda gris, ajeno a la verdad que aleteaba, cada día, más y más fuerte.

Siempre que ocurría, Andrew meneaba la cabeza, se quedaba mirando la línea por la que había huido el inconsciente, y, triste, aguardaba durante horas un retorno que jamás se producía.

Por fin, encontró la respuesta a su peregrinación, un edificio medio derruido en los arrabales de su antiguo reino. Apilando escombros desperdigados en la planta baja, alzó un pequeño otero de ladrillos rotos y recortes de madera y ascendió a los peldaños de hormigón aún en pie que llevaban al segundo piso.

Allí, en la pared este, una amplia pared de ladrillo desnudo, lo esperaba. A sus pies, estaba la señal, un bote de spray negro.

Comenzó a pintar, ajeno a los horrores de la noche, a los disparos y gritos, a las sirenas y carreras, a los silencios, al frío y a la lluvia. Sólo pintar, en la oscura pintura pulverizada, los versículos de la nueva verdad.

Fue un tríptico, como aquellos que adornan los retablos de la iglesia. A la izquierda, estaba el bosque, cada hoja pintada en su perfil exacto, cada silueta de cuervo camuflada tal y como la había visto. En el centro, las hojas se alzaban, ya no había duda, en dos pares de alas; el vuelo de los cuervos. En la tercera, los cuervos tupían por completo el paisaje; sus ojillos redondos, del anaranjado color de los ladrillos desnudos, fijos en el espectador; sus picos de hierro, saliéndose del muro en busca de la carne del que miraba.

Durante su obra, muchos hombres se sentaron a su lado, viéndolo dibujar sin descanso sin una sola duda, sin una vacilación en su presión sobre el aspersor del spray. Ninguno comprendió. Aunque algunos, sólo algunos, abrieron puertas ocultas que desconocían poseer. Puertas que llevaban de la gris vigilia al arco iris de los sueños. Puertas que revelaban que creer en lo onírico y lo real, en lo real y lo onírico, en la dicotomía, en la frontera, en el blanco y el negro, era el camino de la mentira.

Pero Andrew comprendió mucho más. Tal vez no todo. Tal vez ni una ínfima parte. Mas fue suficiente.

A cada cuervo, un hombre. A cada sueño, un despertar. A cada amanecer, un ocaso.

Y luego otro amanecer.

Había cuarenta y siete millones setecientos cincuenta y tres mil doscientos trece cuervos/hojas sobre las ramas de los árboles. Y a cada cuervo un hombre… Hombres que vagaban por el mundo. Hombres que llevaban en su seno la semilla de un mal necesario. Un mal que señalaría el comienzo de la guerra; la caída del telón. La muerte de las fronteras.

Cuando el último cuervo fue pintado, el bote, que había permanecido lleno hasta ese instante, quedó seco. Ni una gota de más. Ni una de menos.

Andrew contempló su obra, su tríptico del nuevo amanecer y del último crepúsculo. Y leyó el lema que había pintado bajo él. Unos breves versos.

Y la hoja voló,

sajando el cielo en dos alas negras.

Y la hoja gritó,

aullando en la lengua de las almas muertas.

 

Y supo que su obra era buena.

De pronto, una risa sobresaltó la quietud del cuarto. Andrew se volvió. Era Semik. Y estaba más hermosa que nunca. Nieve y esmeralda. Resplandecía.

—Pensé que los hombres morían si la escuchaban.

—Y así es —repuso ella, desdeñosa pero sonriente—. Mira a tus pies.

A los pies de Andrew había un hombre muerto.

Casi no pudo reconocerse. Consumido hasta los huesos, un cadáver de piel tirante y endurecida como el cuero, barba y cabellos en desorden y la mugre envolviendo su cuerpo.

Andrew no lo lamentó, ni sintió emoción alguna al desprenderse de su antigua carcasa. Pues eso era. Carne, sangre y hueso. Nada.

—Ya veo —y tomó la bella mano de nieve que Semik le ofrecía—. ¿Me llevas de aquí?

Ella volvió a reír. Era la risa más hermosa que Andrew hubiera escuchado nunca.

En el ángulo en que se cruzaban la pared este y la norte, se abrió el umbral. Y Andrew y Eike, tomados de la mano, lo traspasaron.

 

Capítulo X: Al otro lado

 

Al otro lado, Andrew vio colores, y formas, y luces que jamás había visto.

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Patapalo
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Un cierre muy poético para una historia llena de magia. Quizás resulte algo críptico el relato, pero funciona muy bien en su parte estética, que creo que es, en el fondo, la que se encarga de sustentar al lector. Un gran placer leerte.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Manheor
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Me alegra sumamente que te haya gustado, Master :).

Efectivamente, críptico es. Exige que el lector lo asuma y entre el trapo.

Pero bueno, como parece que hay quien lo asume, me doy por satisfecho.

Un abrazote.

Podria estar encerrado en una cascara de nuez y sentirme dueño de un espacio infinit

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Susana Eevee
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 Finalmente, un relato estupendo. Eso sí, confieso que al llegar al final ya iba yo con la sonrisilla de «¡Ja, esto ya lo he pillao», pero no; donde pone Eike pensé que iba a poner Shana.  

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Manheor
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No, no iba a por el retrúecano, Susana :).

La pobre Shana murió.  Y murió sin llegar a ninguna parte especial.

Life is a bitch! Sometimes...

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Nachob
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Imagino que conociéndome ya sabrás lo que te voy a decir.

Está muy bien escrito, no hay duda, ya sabes que en ese sentido tienes toda mi admiración, pero se aleja tremendamente de mis gustos, personalisimos, en esta materia. Demasiado onírico y abierto. Tras la fuerza del segundo capitulo, la fiereza de sus imagenes y sus incognitas, se me ha quedado un poco esfumado y confuso para lo que soy yo.

Ya has comentado que es antesala de algo más grande, así que puede que ese sea el motivo por el que puede que lo vea algo falto de entidad en sí.

Pero ya sabes lo mazacote que soy yo para las historias .

En todo caso, un placer leerte y aprender de tu vigoroso estilo, como siempre.

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Manheor
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Cuando uno escribe se hace más difícil aún mantener una visión imparcial (y por imparcial entiendo al margen de lo que uno busca artísticamente en sus creaciones) de lo que lee.

Estaba convencido de que a un narrador nato como tú, Nachob, que gustas de plantear-desarrollar-resolver, no te iba a gustar una historia que sigue el esquema plantear-desarrollar-sugerir :). 

Personalmente, creo que viene bien probarse en las dos. Hay autores (Lovecraft es el mejor ejemplo) que se sostienen por su capacidad de sugerencia y atmósfera; y hay otros (Dumas, Asimov) que reducen las derivaciones al mínimo y se concentran en narrar con la mayor efectividad, precisión y certeza arcos cerrados.

Pero los hay (King, Orson Scott Card, Dan Simmons, Jack Vance, George R. R. Martin) que saben combinar ambas facetas. Y la flexibilidad siempre es interesante.

Atentos, proto-escritores con juventud en las venas y ganas de probaros en la prosa, Ociozero sigue siendo el nº1 para contrastar pareceres de lo más variopinto en cuanto a literatura ;).

Y si de mí se aprende algo, de ti, Nachob, y tu precisión y coherencia narrativa, pues mucho más.

Abrazos.

Podria estar encerrado en una cascara de nuez y sentirme dueño de un espacio infinit

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