Él

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Javier Pérez se frotó los ojos para comprobar que lo que veía era verdad. Cuando sonó el timbre de su piso de Madrid, pensó que quienquiera que estuviese al otro lado de la puerta sería un vecino pidiendo algo de sal, el cartero trayéndole una carta certificada o, incluso, uno de esos malditos mormones que él tanto detestaba.

En su lugar había un par de agentes de policía, o eso le pareció que eran. Sus uniformes eran similares a los de un policía convencional, aunque tenían bastantes diferencias. Para empezar, el traje parecía más semejante a los típicos de las películas americanas que a uno “made in Spain”.

Tampoco entendía lo que quería la policía de él. Javier no era más que un novelista más bien mediocre. Después de haber escrito algunos relatos bien acogidos por el público, publicó dos novelas de éxito y una serie de libros de popularidad discreta. No tenía nada que ocultar, y nunca había tenido una multa de tráfico. Ni siquiera tenía coche. Desconocía los motivos por los que los cuerpos de seguridad podían venir a molestarlo. Y allí estaba, en bata de casa y zapatillas ante dos policías que le parecían muy raros.

-Buenos días, señor Pérez –dijo uno de los agentes, con un acento que a Javier se le asemejó al alemán, o incluso al ruso.

-Buenos días –respondió el escritor-. Por favor, ¿pueden identificarse?

-Soy el agente Frank –dijo el policía-. Mi compañero es Robert Pacino. Señor Pérez, hemos venido a avisarle de que debe abandonar la casa. Él viene a la ciudad.

El novelista miró a los agentes, extrañado. ¿Qué clase de nombres eran aquéllos? Sobre todo, le intrigó el nombre del compañero de Frank ¿Sería todo una broma de mal gusto? Cuando pensó en las palabras del agente, la hipótesis de la broma cobró más fuerza. Contempló incluso la posibilidad de ser víctima de una cámara oculta.

-Así que tengo que irme porque viene Él, ¿no? –repuso Javier-. ¿Se puede saber quién cojones es Él?

Los dos agentes se miraron el uno al otro, sorprendidos ante la pregunta, y algo escandalizados con su lenguaje. Frank volvió a dirigirse a él y puso las manos en la cintura.

-¿No conoce a Él? –preguntó el policía-. ¿En qué mundo vive? ¡Todo el mundo sabe del Emperador Zog!

¿Emperador Zog? ¿De qué coño hablaba aquel hombre? Aunque al principio le sonó el nombre, era algo demasiado ridículo. Seguro que alguien le estaba gastando una broma, y Javier no tenía mucho sentido del humor. Intentando controlarse, el escritor se acercó al policía y le miró intensamente.

-Por favor –dijo después de un rato-. ¿Sería posible que me enseñara su insignia?

-Por supuesto, señor Pérez –respondió Frank mientras sacaba su placa de un bolsillo de su camisa azul-. Tenga…

Javier cogió la placa del agente y se quedó mirándola durante un rato. Era la insignia policial más extraña que había visto en toda su vida. Al igual que el uniforme, le pareció una placa americana, aunque tenía una forma más triangular. Se fijó en que en vez de “Policía”, tenía grabada en su superficie la palabra “Police”. Sí, definitivamente aquello era una broma. El escritor le devolvió la insignia de malos modos y le dijo:

-No voy a irme a ninguna parte. ¡Lárguense de aquí o llamaré a la policía! ¡A la policía real!

-Pero… -balbuceó Frank-, ¿no lo comprende? Él viene hacia aquí, y le quiere a usted. ¡Tenemos que evacuar la vivienda!

-¡Me importa una mierda! –gritó Javier, furioso-. ¡Como si viene el rey! ¡No pienso moverme de mi casa! ¡Lárguense de aquí ahora mismo!

Frank miró un momento más al novelista y luego se dirigió a su compañero.

-Será mejor que nos vayamos, Robert –dijo-. El inspector llegará a la ciudad a las cuatro. Quizás él pueda convencerle.

Los dos agentes se despidieron del escritor, inclinando suavemente sus gorras, y se alejaron de la entrada caminando por el pasillo. Javier cerró la puerta del piso con un violento portazo y volvió a ocuparse de sus actividades. Se dirigió a su estudio mientras gruñía por lo bajini, todavía molesto por la bromita.

Encima de su escritorio estaba su vieja máquina de escribir Royal, con un folio metido en ella. Se sentó en la silla que estaba junto la mesa y se preparó para teclear. Entonces, se dio cuenta de que la inspiración se le había esfumado cuando los dos extraños le sacaron de quicio. Por una vez que tenía en mente algo bueno para escribir, y un par de bromistas lo estropeaban. Lo dejó pasar y decidió echarse una siesta. Quizás el sueño reparador le aclararía las ideas. Después de todo, aún eran las once de la mañana.

Durmió durante unas horas y se despertó de repente, al oír el timbre. Al principio, no estaba seguro de si lo había soñado, por lo que decidió no levantarse. Miró el reloj que tenía sobre la mesita de noche y vio que eran las cinco. Pues sí que había dormido. Sin embargo, aún tenía demasiado sueño para seguir con su historia. Decían que si se dormía demasiado, la sensación de sueño se multiplicaba. Ahora, podía decir que era verdad.

Entonces, el timbre volvió a sonar. El escritor se levantó y fue a abrir la puerta. Se encontró cara a cara con un hombre alto, de unos treinta años. Llevaba una larga gabardina gris y un sombrero del mismo color. Los rasgos de su cara eran duros, y una incipiente barba recorría su quijada.

-Hola, señor Pérez –dijo el hombre-. Soy el inspector Malone, Jack Malone.

-¿Cómo dice? –exclamó Javier, todavía no despierto del todo. Otro nombre que le sonaba.

-El agente Frank y su ayudante Robert Pacino han venido a verle –dijo el inspector, ignorando las palabras del novelista-. No les ha hecho mucho caso, por lo que veo. He venido a pedirle una vez más que abandone su domicilio. A pesar de que le han avisado de que Él viene, ha optado por permanecer aquí.

Javier se quedó mirando la cara del extraño personaje. Parecía un detective clásico de las series de televisión que veía cuando era pequeño. La gabardina le recordó a la que llevaba Colombo, y el aspecto del hombre se asemejaba a Dick Tracy. El escritor apretó los dientes cuando sintió que la ira le volvía a embargar. Parecía que aún continuaban con la dichosa broma. Tratando de sonar lo más sereno posible, miró al inspector y le dijo:

-Escúcheme, sería muy considerado de su parte si dejasen esta broma y me dejasen concentrar en mi trabajo. Tengo una idea para un nuevo libro, y me están robando la tranquilidad que necesito.

-Esto no es ninguna broma, señor Pérez –repuso Jack Malone-. El Emperador Zog viene a la ciudad, y viene a por usted. Tiene que irse cuando antes.

-¡Le he dicho que no siguiese con la broma!- increpó Javier, cada vez más furioso-. ¿Está sordo? ¡Váyase de mi casa o llamaré a la policía!

-¿No lo entiende? –dijo Jack Malone-. Él sabe que usted le dio la vida, y sabe que sólo con su muerte podrá ser libre. Por eso viene aquí, viene a matarle.

¿De qué hablaba aquel hombre? ¿Estaría loco? Eso significaba que los agentes Frank y Robert Pacino también estaban locos. Se debían de haber escapado de algún manicomio. No tenía ni idea de dónde había sacado esas ropas, pero Javier no podía aguantar ni un segundo más.

-¡Eso es cosa mía! –gritó-. ¡Lárguese de mi casa! ¡Y que no vuelva ni uno de sus amigos!

-Supongo que ésa es su última palabra –suspiró Jack Malone-. Muy bien, me iré. Pero si quiere sobrevivir, le aconsejo que se esconda bien. Él no se anda con chiquitas, ¿sabe?

El inspector inclinó la cabeza en señal de despedida y dio media vuelta. Javier no cerró la puerta hasta que vio que el otro empezaba a bajar las escaleras. Entonces, maldijo al inspector y se dirigió de nuevo a su estudio. Fue en ese momento cuando detuvo su paso, sobresaltado. Creía saber dónde había escuchado todos esos nombres. Entró en su habitación y abrió el armario que estaba en frente de su cama. Al fondo del mueble, había una raída caja de cartón que tenía en la tapa un papel con la palabra “Recuerdos” escrita a lápiz. Cogió la caja y retiró el celo que rodeaba la tapa para poder abrirla.

Dentro había un montón de papeles, unos eran recortes de periódicos y revistas, y otros eran hojas escritas por él. Había otras cosas como mecheros Zippo gastados, coches de Scalextric y figuritas, pero se fijó sobre todo en los escritos. El escritor estuvo rebuscando en la caja hasta que encontró un gran fajo de folios unidos con una goma. Miró detenidamente el primer papel y vio que sólo había un título: “Las aventuras de Jack Malone, inspector”.

Javier se quedó de piedra. Recordaba aquella historia. Era lo primero que había escrito en su vida, cuando contaba con doce años. Había cogido las influencias de las series americanas que veía con su familia. En aquella época, siempre ponía nombres anglosajones a sus personajes, muchas veces variaciones de personajes famosos como actores o cantantes. Empezó a hojear la historia y encontró los nombres de toda la gente que le había visitado aquel día. Estaban Frank, Robert Pacino y Jack Malone. El relato contaba las peripecias de un inspector llamado Jack Malone, en continuo enfrentamiento con un malvado Emperador Estelar llamado Zog. Era tan temido, que la gente se refería al villano como Él. El resto de la historia era un poco confuso y, sobre todo, muy disparatado.

 

Miró un momento más el manuscrito y lo dejó sobre la mesa. No entendía nada. Nunca había enseñado esa historia a nadie, ni siquiera a sus padres. De algún modo, habían conseguido leer el documento. Era la única explicación que le encontraba a lo sucedido. Aunque empezaba a creer que algo extraño sucedía. Le parecía muy poco probable que alguien hubiese entrado en su casa, abierto cuidadosamente la caja y leído la historia.

En ese momento, el timbre volvió a sonar. Le dio un vuelco al corazón, y no soltó un grito por muy poco. Salió de su cuarto y se acercó a la puerta despacio, muy despacio. El timbre sonó otra vez. Detuvo su paso durante un momento, pero luego siguió su camino. Cuando llegó a la puerta, abrió suavemente la mirilla y miró por ella. Para su alivio, quien estaba del otro lado no era más que el cartero. Suspiró aliviado y abrió la puerta.

 

-Buenas tardes, señor Pérez –dijo el cartero.

-Buenas tardes, Paco –respondió el escritor, con la voz algo temblorosa.

-¿Le ocurre algo? Parece un poco pálido…

-Estoy bien –dijo Javier-. Sólo un poco estresado con mi nuevo libro.

El cartero le miró un momento, asintiendo con la cabeza, pero parecía que tenía ciertas dudas sobre las palabras del novelista. Entonces, rebuscó entre su cartera de cartas y cogió una de ellas.

-Tiene una carta certificada –dijo-. Tiene que firmar aquí.

Paco le entregó una libretita y un bolígrafo, y el escritor firmó en el lugar correspondiente antes de devolvérsela.

-Muchas gracias –dijo Paco-. Tenga su carta. Espero leer un nuevo libro suyo. Que pase un buen día.

-Gracias a ti –respondió Javier-. Hasta luego.

El escritor cerró la puerta y miró el sobre que envolvía la carta. No era nada importante, sólo un comunicado del banco. Se dirigió al salón y dejó la carta sobre el televisor. En ese momento tenía cosas más importantes que atender. Unas simples facturas no le importaban lo más mínimo. Todavía le intrigaba todo lo sucedido. No creía que alguien hubiese leído su relato, pero tampoco podía concebir que sus personajes hubieran cobrado vida.

Entonces, un pensamiento atroz atravesó su mente. ¿Y si se estaba volviendo loco? ¿Y si hubiese perdido el juicio? Quizás Frank, Robert Pacino y Jack Malone eran fruto de su imaginación. Javier meneó violentamente la cabeza. No podía dejarse llevar por el pánico. Seguramente, había estado esforzándose demasiado en su nuevo libro. Pero no llegó a tranquilizarse. Le parecía una explicación muy cogida por los pelos. Una cosa era que el estrés que sufría con su nuevo libro le hiciera ver cosas que no existían, y otra muy distinta estar hablando con personajes salidos de un relato que había escrito hacía veinte años. Una sola palabra daba vueltas en su cerebro: esquizofrenia. Se frotó los ojos cansados con una mano temblorosa, mientras se dirigía al baño a por una aspirina. Le dolía terriblemente la cabeza. La idea de estar perdiendo el juicio no le agradaba en absoluto. Decían que con los medicamentos actuales, un enfermo de esquizofrenia podía llevar una vida normal, pero conocía suficientes enfermos mentales para saber que no era verdad. A pesar de que era cierto que la medicación mantenía a raya la enfermedad, también lo era que producía unos efectos secundarios un tanto molestos. Entre ellos, falta de concentración y de eyaculación, y esto último era lo que más le irritaba. Se tomó la aspirina y decidió ir al pasillo del edificio para aclarar sus ideas.

 

Cuando estaba a punto de agarrar la manilla de la puerta de la casa y girarla para abrirla, algo al otro lado la golpeó con violencia. El novelista retiró la mano al instante y miró adelante, conteniendo el aliento. Lo que estuviera fuera volvió a golpear la puerta, y la pared interior se agrietó. Pasó las yemas de los dedos por las grietas producidas, y la hipótesis de su posible locura se esfumó. Sentía perfectamente el contorno del boquete. Aquello no era una alucinación. Era algo real.

El escritor se acercó lentamente a la mirilla justo a tiempo para apartarse, al ver algo que se abalanzaba sobre la puerta. La pared volvió a agrietarse, y los goznes temblaron. Uno de ellos se salió de su sitio y salió disparado hacia delante. La cosa que estaba fuera era fuerte, muy fuerte.

Javier corrió hacia su estudio y cogió de uno de los cajones de su escritorio un viejo revólver, que guardaba desde hacía años. Hacía un tiempo que era aficionado a las prácticas de tiro. Le habían regalado el arma por uno de sus cumpleaños, aunque ya no iba tan a menudo. Junto al revólver había una caja que contenía tres balas. Serían suficientes para defenderse. Colocó cuidadosamente las balas en la recámara y apretó el martillo para cargarla. Entonces, volvió al pasillo y apuntó temblorosamente a la destrozada puerta. Contuvo el aliento y esperó durante un tiempo que se le hizo eterno.

De repente, las bisagras saltaron de su sitio y la puerta salió disparada hacia dentro con un terrible estruendo. Javier se apartó justo a tiempo para esquivar el trozo de madera, y luego miró hacia el marco. Delante de él había un fornido hombre, con el pecho descubierto, sobre el que llevaba el tatuaje de un dragón negro. Uno de sus brazos era en realidad un gran mazo de combate y llevaba un casco que le tapaba la cabeza. Llevaba sendas botas metálicas que llegaban casi hasta las rodillas de sus piernas desnudas, y una especie de taparrabos de cuero le cubría sus partes más íntimas. El escritor había caído al suelo en cuanto esquivó la puerta, pero se levantó rápidamente y apuntó de nuevo a su visitante con el revólver. Entonces, notó un nudo en la garganta. Era tal y como lo había imaginado mientras lo describía en su historia, hacía ya veinte años.

Aquel hombre era Zog.

Javier disparó tres veces sobre el tirano, y las balas se incrustaron en su pecho. Zog retrocedió unos pasos ante el impacto, pero pronto avanzó hacia el escritor, sin la menor señal de daño. Impotente, el escritor tiró la pistola al suelo y corrió hacia el interior de la vivienda. Entró en su habitación y, antes de esconderse en el armario, recogió el manuscrito que había dejado encima de la cama. A lo mejor encontraba alguna pista para detener a Él. Podía oír sus pasos mientras Él registraba el piso, buscándole.
Mientras tanto, el escritor rebuscó entre los papeles hasta que encontró la descripción del Emperador. Se saltó las primeras líneas, que hablaban sobre el aspecto físico de Zog, y leyó la parte sobre sus debilidades. Decía así:

“La carne de Zog sólo era vulnerable a un material, procedente del planeta de origen del Emperador. Cuando el planeta de Él estalló, fragmentos de este material cayeron en la Tierra. Sin…”

 

Javier pensó en las semejanzas con Superman (¡Plagio! ¡Plagio!), llegó al final de la hoja y cogió la siguiente, pero ya hablaban de la oficina de Jack Malone. Le extrañó el cambio tan brusco, pero cuando miró la numeración de los folios, lo comprendió. Pasaba de la hoja cinco a la siete. Eso significaba que una de las páginas se había extraviado. Daba igual. Tenía suficiente información sobre Él, aunque no tenía ni idea de lo que hacer.

Entonces, Zog entró en el cuarto. El escritor procuró no hacer ni un solo ruido, mientras Él caminaba por la habitación, buscando con la mirada. Javier espiaba al Emperador a través de la cerradura del armario, y fue entonces cuando se le ocurrió. Buscó en el mueble un lápiz, y después de un rato lo encontró. Buscó de nuevo entre los papeles y localizó la descripción de Él. Entonces escribió entre las líneas: “Zog tenía una ligera cojera”. El Emperador no sufrió ningún cambio, por lo que el prosista empezó a perder la esperanza de escapar con vida. Pero luego recordó que siempre había que razonar todo, porque un buen narrador conocía todo sobre sus personajes, por lo que todo tenía una explicación. Así que finalmente escribió: “Zog tenía una ligera cojera, fruto de un accidente cuando era pequeño. Iba paseando por los montes de Z-X, en compañía de su padre, el Emperador Grog, cuando cayó por un acantilado. Tuvo la fortuna de caer encima de una rama, pero se dañó para siempre la pierna derecha”.

De repente, la pierna derecha de Él pareció degradarse un poco, y Zog empezó a cojear levemente. Javier abrió un poco más los ojos y le volvieron las esperanzas. En ese caso, tenía una pequeña oportunidad de escapar, tal vez incluso de acabar con Zog. El escritor esperó, deseando fervientemente a que Él no abriese el armario, a que abandonase la habitación, y empezó a escribir de nuevo. Fue junto las líneas donde se hablaba del material que podía acabar con Él y puso: “Uno de estos fragmentos cayó en la casa de campo de un escritor llamado Javier Pérez, autor de obras como ‘La sangre de Satán’ o ‘Vampiros’. Debido a lo fácil que era de manipular este componente y a su resistencia, hizo con él un cuchillo para trinchar pavos, y lo guardó en la caja de recuerdos que se llevó a su piso de Madrid”.

El escritor cerró los ojos, se acercó a la caja y, antes de abrirla y mirar en su interior, los abrió mientras contenía el aliento. Al principio no vio nada, pero después de registrar un poco, encontró un cuchillo dentro de una funda. Javier cogió el arma blanca y lo sacó de la envoltura. Asombrado, vio que la hoja era de un verde brillante. Era un material que le recordó a la Kryptonita de Superman. Precisamente, de ahí había sacado la idea, un material procedente de un extinto planeta que era lo único que afectaba a uno de sus habitantes. Agarró el cuchillo, apretando bien el mango, y salió lentamente del armario. Podía oír a Zog, y por la procedencia del sonido parecía que estaba en su estudio. No sabía lo que pasaba, pero Él tenía que estar destrozándolo todo allí dentro, porque era capaz de oír terribles ruidos de cosas al romperse.

Salió de su cuarto y anduvo despacio por el pasillo, en dirección a su estudio. Cuando llegó allí, se asomó tímidamente a la puerta y, procurando no hacer ni un solo ruido, contempló la escena.

Zog había aplastado la máquina de escribir de Javier. Con un solo movimiento de su brazo-mazo, Él había pulverizado la máquina y, después de echar un vistazo a los nuevos escritos del novelista, que reposaban encima del escritorio, el Emperador los agarró con una mano y empezó a romperlos. Esto fue más de lo que Javier pudo soportar.

-¡No! - gritó-. ¡Mi trabajo!

El Emperador se dio la vuelta con tranquilidad y miró el marco de la puerta bajo el que estaba el escritor. Una desagradable carcajada sonó bajo el casco de Él.

-¡Por fin te encuentro! –exclamó con voz cavernosa-. Soy Zog, hijo de Grog, decimoquinto Emperador de Z-X y primer Emperador Mundial. ¡Ahora podré ser libre! En cuanto te mate, este mundo será mío. ¡Yo escribiré mi propia novela! ¡Y en ella, Jack Malone también morirá!

Zog avanzó unos pasos hacia el escritor, y éste blandió el cuchillo. Él pareció reconocer el material de la hoja, pero no se dejó impresionar. Estiró su brazo-mazo y lo zarandeó hacia el novelista. Javier saltó hacia atrás y el mazo se estrelló contra el marco de la puerta, destrozándola, a pocos centímetros de su cara. Entonces, Javier corrió hacia el Emperador empuñando el cuchillo, pero Zog volvió a mover el brazo-mazo y le golpeó en el hombro. Esto le provocó un dolor atroz, y más cuando Él tiró del brazo y el mazo le desgarró la carne. El escritor cayó al suelo y soltó el cuchillo. El Emperador aprovechó para alzar el martillo y dejarlo caer sobre la cabeza del novelista.

Afortunadamente, el martillo chocó contra la lámpara que pendía del techo, y Javier aprovechó para rodar por el suelo y alejarse antes de que Él bajara su brazo con un violento y brutal movimiento. El mazo golpeó el suelo y la baldosa donde cayó se quebró al instante. Javier recogió el cuchillo y corrió de nuevo hacia Zog, que estaba ocupado intentando sacar el martillo del hueco que había provocado en el suelo. El escritor levantó el cuchillo y, cuando llegó junto al Emperador, se abalanzó sobre Él.

-¡Muere, hijo de puta! –gritó mientras clavaba hasta el mango el cuchillo en el pecho de Zog.

El Emperador aulló de dolor y agarró con ambas manos el mango de la daga. Arrancó el arma de su pecho y lo tiró hacia un lado. Entonces, empezó a maldecir al escritor, pues había truncado sus planes. Sin embargo, después de un rato, se echó a reír. A pesar de que sabía que iba a morir, le consolaba que no todo iba a ser malo. El cuerpo de Él empezó a brillar, ante el estupor de Javier. Entonces, recordó una última cosa antes de que la luz lo engullese.

***

El noveno piso de un edificio en pleno centro de Madrid explotó de repente. Los cristales de las ventanas saltaron hacia fuera, y un gran estruendo lo llenó todo. Las llamas envolvieron todo el lugar y un humo negro salía de lo que quedaba de las ventanas. Los curiosos se dirigieron al lugar de los hechos y contemplaron atónitos la escena. Un papelito medio chamuscado salió de los restos del piso y cayó al suelo, lentamente. Lo recogió un crío que pasaba por allí, que miró la hoja y descubrió que era la página seis. Lo que leyó fue esto:

“… embargo, Zog había introducido en su cuerpo explosivos, de modo que cualquier ataque contra él, también sería mortal para su atacante”.

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Patapalo
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Puntos: 196895

Delirante. No soy muy amigo del humor en los relatos -supongo que porque mi propio sentido del humor es peculiar- pero reconozco que me has enganchado con la historia y me ha resultado muy entretenida. Terrible retrato del escritor enfrentado a sus propias neuras encarnadas bien pasado de tuercas.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Gandalf
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Gracias por el comentario. Tengo intención de escribir un nuevo relato con algo de humor, a ver qué tal.

Hola, me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir.

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Félix Royo
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Un relato curioso, sin duda, me ha recordado a las historias delirantes de series frikis de serie B, bastante divertidas algunas de ellas, o al menos, entretenidas.

El genio se compone del dos por ciento de talento y del noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación ¦

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