Satí

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Un relato de Maundevar

—Shaila, por favor, ¿puede señalarlo al tribunal?

La voz solemne de Muralidhar penetró en mis oídos y, al comprender sus palabras, mi corazón se desbocó, rugiendo por un espacio del que mi pecho carecía. Un temblor descontrolado invadió mi cuerpo. ¿Cómo iba a señalarlo? Mi querido Ajit.

Allí estaba sentada, retorciendo nerviosa la tela de la falda del verde sari que vestía. Observé mis manos surcadas por las estrías del tiempo. Las uñas engrosadas por el castigo de los años.

“La gracia y la belleza se han evaporado de mi cuerpo hace ya tanto…”, pensé. Mi mente se quedó súbitamente en blanco, hueca de pensamientos.

Aquella sensación me calmó y me procuró de nuevo el control de mi ser. Pero era una impresión de vacío, de soledad, la falta de un camino, de una vía por la que progresar.

Elevé apática el rostro, observando con mirada perdida toda la extensión de la sala. Como columnas de un templo sagrado, dos guardias vigilaban estoicos a un Ajit de manos engrilladas.

Clavó sus ojos sobre mí de forma súbita, como un depredador que reubica a su presa. Su tenebrosa mirada, de odio y desprecio, hundió a mi alma en el abismo más siniestro. Aquella era la segunda vez que observaba la expresión macabra de Ajit, y ello me llevó a rememorar el día en que despedimos a mi querido esposo, Yamir. Las cicatrices de mis piernas y brazos palpitaron ardientes ante un atroz recuerdo que volvía a hostigarme desde lo más profundo.

***

—Fue un gran hombre alentó un viejo de larga barba canosa a Ajit, mientras apoyaba sus manos sobre los hombros del joven indio. Puedes estar orgulloso de él.

—Gracias, Kartik reconoció el chico.

El anciano, tras el pésame, pasó ante Shaila sin inmutarse. Ni una mirada, ni un gesto. Para ellos ya no existía. Todos esperaban que honrase a su difunto marido, que demostrara la devoción que debía profesar por Yamir. Pero durante la noche anterior había decidido secretamente que no iba a satisfacerles. Las pocas horas de sueño que concilió le proyectaron la imagen del satí. El fuego purificando su alma vacía, su cuerpo inútil tras la muerte de su amado, en un abrazo tétrico junto al cuerpo inerte de su marido. De forma repentina, había despertado empapada en el sudor temeroso de sus pesadillas. Al serenarse, mientras observaba una fina grieta que discurría por el techo encalado de su dormitorio, decidió que no. Escogió luchar ante ese arraigo fúnebre. Ella quería vivir. Honrar a Yamir en vida. Él nunca habría deseado su muerte.

Pero nada comentó a Ajit, que la evitaba desde la muerte de su esposo. Ella no tardó en comprender su reacción. Shaila debía acompañar a su marido. Su vida sin él no tenía sentido, y la tradición dictaba que una auténtica devoción se acreditaba con el satí, purificándose junto al amado.

El cielo estaba despejado, y un sol abrasador caía sobre los presentes a la ceremonia. Shaila extrajo un pañuelo con el que secó de nuevo sus lágrimas. Sentía los ojos hinchados y los párpados enrojecidos por el sopor de la tristeza que la embargaba.

Más gente pasaba ante ella sin reaccionar. Nahan, el lechero; Durai, el mejor amigo de Yamir. Todos ellos la ignoraban, esperando que completara la tradición, que cerrara el círculo que la muerte de su esposo había iniciado, y que sólo ella, con el rito del satí, zanjaría.

Entre familiares, amigos y curiosos, se había formado un tumulto que rodeaba a Ajit y Shaila junto a la pira funeraria de listones de madera y matojo, que esperaba como trono infernal al cuerpo de Yamir.

Un anciano inició un golpeteo rítmico con un viejo tamboril ceremonial. Todos se giraron, dejando paso a la marcha fúnebre que traía al difunto. Yamir yacía sobre una camilla de listones, cubierto por un manto blanco de algodón. Con gran cuidado los miembros de la comitiva apoyaron el cuerpo sobre la pira funeraria, y se apartaron fundiéndose con el gentío.

El anciano del tamboril se levantó del suelo e inició un discurso litúrgico sobre la vida, la muerte y la reencarnación. Todos asentían ante sus palabras con rostro sumiso y devoto, en señal de respeto al viejo orador. Solo Shaila estaba exenta de aquella simbiosis ritual. Ella luchaba en su interior por apuntalar la decisión que había tomado. No cedería. Su camino no concluiría con el de Yamir.

El anciano silenció su oración en espera de que la siguiente fase del ritual arribara. Ningún ademán, gesto o señal manaron de Shaila. Un silencio expectante abordó a los presentes, que hasta aquel instante habían ignorado a la esposa de Yamir, y, ahora, observaban pasmados la indiferencia de la mujer, que impasible se mantenía regia en su posición.

De la plebe surgieron primero murmullos, que fueron elevándose en número y tono hasta que la tensión latente desbordó en una sentencia anónima.

—¡Debe morir con él! gritó alguien.

Dos hombres se abalanzaron sobre Shaila por detrás y la asieron con fuerza de los brazos.

—¡Quietos! ¡No! ¡Dejadme! chilló la mujer aterrorizada.

Shaila intentó desprenderse de sus captores entre gritos y sacudidas, pero fue en vano. La arrojaron a la pira funeraria, sobre el cuerpo frío y tétrico de Yamir. Al hacer un ademán de levantarse recibió un férreo pisotón, que la aplastó contra el torso de su esposo dejándola sin aliento.

Otras personas se sumaron a la demencia colectiva, forzándola a extender los brazos mientras la ataban a los asideros de la camilla. La habían maniatado como a un animal de sacrificio. Sus raptores se alejaron, uniéndose de nuevo a la multitud.

Shaila sollozaba exasperada. Intentaba forzar sus ataduras sin efecto alguno. La imagen repentina de Ajit brotó en su mente.

—¡Ajit, socorro! chilló vehemente.

Contorsionaba su maniatado cuerpo a izquierda y derecha en busca de Ajit, pero solo la observaban sus supuestos amigos y familiares con la expresión desfigurada del asesino, del cómplice macabro. Buscó en sus miradas un indicio de compasión o piedad, pero estaban todos cegados por la pasión litúrgica del satí.

Y en ese instante las miradas se desligaron de Shaila para centrarse en el nuevo actor. Un destello fulgurante deslumbró a la mujer. Entornó la mirada para distinguir la figura que se aproximaba a la pira.

Una mezcla de horror y sentida desazón invadieron el cuerpo y el alma de Shaila. Un Ajit de expresión macabra la observaba con un desprecio que radiaba de su rostro, mientras con su mano derecha sujetaba con firmeza una tea ardiente de fuego sagrado.

—Cumple con tu destino sentenció el joven con frivolidad.

Extendió la tea sobre tres puntos de la pira funeraria y se apartó con desdén. Shaila captó el sonido crepitante de los matojos que ardían a su lado. Percibió el calor cercano y una histeria instintiva invadió todo su ser. Chillaba como un espectro infernal, descargando espasmos sobre su cuerpo que reclamaba sin pausa, distanciarse de la combustión que su piel ya sentía entre ampollas letales de abrasión.

Pero algo atisbaron sus ojos. La multitud ya no estaba inmóvil observando el espectáculo del satí como engendros del averno, sino que huían despavoridos.

El dolor y el tormento vencían ya la batalla de una Shaila moribunda que sentía como su mente se apagaba paulatinamente. Pero en el último instante, justo antes de caer en la inconsciencia, notó el golpe frío de una manta sobre su espalda. Sin embargo, aquel alivio no logró detener el desmayo que su mente suplicó ante el terrible dolor de su cuerpo.

***

—Por favor, Shaila, ¿puede señalarlo? insistió el juez Muralidhar, mientras me observaba expectante.

El recuerdo me amedrentó, pero exprimí fuerzas desde lo más profundo de mi ser. Observé de nuevo a Ajit con la firmeza que me imbuía el palpitar de las cicatrices que me recordaba la vileza de sus actos. Inspiré con fuerza para cosechar la energía necesaria, y levanté el brazo con firmeza, extendiendo mi dedo índice, dando sentencia a Ajit.

—Mi hijo dicté. Fue él.

 

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Patapalo
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Poblador desde: 25/01/2009
Puntos: 197120

Qué historia tan terrible. Me ha dejado muy mal cuerpo. El relato muy bien escrito y, aunque clásico en el desarrollo, muy bien ejecutado. Un placer leerte.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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L. G. Morgan
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Poblador desde: 02/08/2010
Puntos: 2579

Gran relato. Apenas una escena y toda una vida resumida. La terrible realidad de muchas mujeres, aún. Uno trata de comprender otras culturas sabiendo de antemano que la propia no está exenta, o no lo ha estado, de barbarie. Pero debe haber límites: en palabras de Amin Maalouf, el límite de la tolerancia deben marcarlo los derechos humanos.

Una historia tan de verdad que te hace pensar, enhorabuena.

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Maundevar
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Poblador desde: 12/12/2010
Puntos: 2089

Me gusta que os haya llegado tanto...

Tengo ganas de terminar ua pequeño relato sobre el final de la colonia genovesa de Caffa, que habría valido para participar en el Calabazas de Peste, pero llegué tarde para participar.

 

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Darkus
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Poblador desde: 01/08/2009
Puntos: 759

Muy, muy bueno.

Terriblemente crudo, realista y perturbador. El desarrollo de la historia es bastante bueno, cuentas lo que quieres contar en poco espacio y das muchos detalles con pocas explicaciones.

La última parte del relato redondea la historia.

"Si no sangras, no hay gloria"

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