Energía

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Segunda entrega de los relatos del rebaño.

 

—Arrea, que es gerundio.

Halcón, que se había quedado rezagado, aumentó el paso al tiempo que trataba de abrochar su polar. Su coleta de pelo castaño se enredaba todo el tiempo con la cremallera de metal del algo ajado abrigo, obligándole a arrancar algunos cabellos al liberarla, algo que siempre había detestado.

—No es gerundio —dijo con aire frustrado mientras continuaba peleando con la cremallera.

—¿Cómo? —inquirió Camel, parando para encender un cigarrillo. El viento helado que barría la desierta carretera le obligó a darse la vuelta para cubrir la llama con su cuerpo.

—Digo que “arrea” no es gerundio. Es… presente. Creo.

Camel tuvo que resituarse dentro de la conversación.

—No —resolvió por fin, tras dar una larga calada y dejar que el vaho y el humo se perdiesen entremezclados en el frío y ventoso aire ante su rostro—. Es un imperativo.

Aunque todavía llegaba algo de luz de los potentes focos del garito, tuvieron que sacar y encender sus linternas para poder ver el suelo ante ellos.

—Pues eso —insistió Halcón, que tenía problemas para encender la suya.

—Pues eso, qué.

—Pues eso, que no es gerundio, y punto pelota.

Guardaron silencio mientras abrían el candado de la portezuela exterior del recinto, la que bloqueaba la carretera entre el garito y la ciudad. Habían terminado de levantar el muro aquella misma semana.

—Pues cómeme un huevo —repuso Camel, diplomático, y retomaron la caminata una vez franqueado el portón, al parecer dando el tema por zanjado.

Tras un rato de marcha, el asfalto de la carretera fue sustituido por el familiar adoquinado de piedra, al tiempo que se adentraban en las estrechas callejuelas del casco antiguo de la urbe.

No había ningún motivo concreto por el que su camino debiese pasar por allí en lugar de por las grandes y anchas calles de la zona nueva de la ciudad. Pero el caso era que recientemente (por algún motivo del que preferían no hablar) habían adquirido la costumbre de evitar las calles anchas, las grandes extensiones de terreno llano en general.

—Es curioso —planteó Camel meditabundo, mientras su camino los llevaba lenta pero inevitablemente hacia calles más anchas y libres de obstáculos, desprotegidas.

—¿El qué?

—Bueno, ya sabes, todo lo del big bang. Y no estoy hablando de astrofísica.

Halcón no necesitaba que Camel le dijese a qué se refería. La explosión seguía inamoviblemente incrustada en la memoria de todos, como por otro lado era de esperar. Era solo que... no era un tema de conversación precisamente agradable. El tema no había tardado en convertirse en tabú para todos los integrantes del rebaño.

—Curioso no es la palabra que yo utilizaría —repuso Halcón.

—Bueno, ya lo sé, suena un poco raro —concedió Camel—. Lo que intento decir es que...

—¿Sí?

—Joder, no lo sé. —Camel sacudió su cabeza con aire cansado—. ¿Cuánto tiempo más vamos a seguir así?

Halcón se detuvo para dedicarle una pensativa mirada a su amigo. El joven contemplaba el horizonte estrellado, los oscuros rizos de su tupida cabellera sacudidos a intervalos por la caprichosa brisa de las noches de octubre.

—Camel, ya lo hemos hablado, tío. Todo se arreglará, volveremos a empezar, pero mientras tanto, ¿qué propones? Sabes tan bien como cualquiera que no nos quedan muchas opciones, y menos ahora.

—Lo sé —admitió Camel, a pesar de que su mirada mostraba algo muy lejano a la aceptación.

—Escucha, si necesitas...

—Olvídalo, ha sido un apagón cerebral, me he liado yo solo —le interrumpió Camel echando a andar—. Acabémos cuanto antes.

Sacudiendo la cabeza, Halcón apuró su paso para alcanzar de nuevo a su amigo, quien se arrebujaba bajo sus ropas de abrigo. Comenzaba a hacer frío, demasiado como para vagar por la lúgubre ciudad. Si no se hubiesen visto obligados por la necesidad, probablemente hubieran preferido permanecer dentro del garito, junto al resto del rebaño.

—Más vale que encontremos esas pilas —dijo como si hablando pudiese alejar el fantasma de la conversación anterior.

Necesitaban un tipo de baterías en especial para hacer funcionar un equipo de radioaficionado que habían encontrado hacía ya semanas entre las ruinas. Se trataba de uno de esos juguetes que un padre le regalaría a su hijo para que dejase de intentar desmontar el estéreo de casa, el tipo de juguete que iba en una caja enorme con la foto de un preadolescente Einstein imberbe y letras grandes de colores en la portada.

Pero al parecer era capaz de transmitir y recibir señal, y si algo les habían enseñado las abusivas tarifas de la era del wi-fi era cómo aumentar el área de acción de una antena de radio con fines poco honestos. Cuatro pilas de alta capacidad eran lo único que les impedía comunicarse con el exterior.

—Y más vale que lo hagamos deprisa —añadió.

Más que deprisa. No me hace ninguna gracia pasear por la noche, sobre todo después de lo de Garra y Serpiente.

Halcón puso los ojos en blanco, a pesar de saber que su compañero no lo vería.

—Venga ya. Tampoco exageremos.

—No estoy exagerando —aseguró Camel incómodo, dedicando una nerviosa mirada a su alrededor. La luz de las linternas (a pesar de que estas eran sorprendentemente potentes; las habían obtenido de la comisaría de policía) no alcanzaba a alumbrar todos los rincones oscuros, aquellas sombras que parecían manar de los callejones, que parecían brotar reptando de entre los bajos de los coches, aguardando camufladas entre la penumbra de los edificios en ruinas.

—Pero tío, no podéis hablar en serio —dijo Halcón—. ¿Lobos? Venga ya —la luz de su linterna se mecía al compás de los vigorosos ademanes de desdén con que acompañaba sus palabras—. Perros, tal vez. Zorros, hemos visto unos cuantos, sí. Pero lobos... Joder, tío, que esto no es la estepa.

—¿Qué estepa? —preguntó Camel, estirando su brazo para alumbrar un callejón particularmente profundo y oscuro antes de pasar junto a él.

—La siberiana. Claro.

—Es que hay varias, ¿sabes?

—Da igual, no me líes —repuso Halcón—. El caso es que no es normal. Por aquí no puede haber lobos, no tiene sentido.

El aullido que siguió a sus palabras hizo que arrojase su linterna al suelo de la impresión.

—Joder, no tiene gracia.

A juzgar por las imparables carcajadas de Camel, el joven de pelo negro y rizado no opinaba lo mismo.

—Tenías que ver la cara que has...

Camel calló de repente, su vista fija en el no tan lejano final de la calle. Por un momento le había parecido ver... No, no sería nada.

—Mierda, Camel, mira la que has liado. Se me ha roto la linterna...

El caso es que parecía haber algo al fondo, en mitad de aquella oscuridad. Parecía que algo se movía entre las sombras.

—Oye, Halcón, ¿tú no ves un par de luces allí a lo lejos?

Pero el aludido no le escuchaba. En lugar de ello, contemplaba fijamente los restos de la linterna accidentada, mientras una terrible sospecha se iba transformando en una vergonzosa certeza en el interior de su cabeza.

—Oye, Camel... Las pilas que necesitábamos, eran de esas de petaca, ¿no?

—Sí, de las de cuatro con cinco, de las de toda la vida —repuso este, más tranquilo una vez aquellos dos (o quizá tres) puntos de luz amarillenta parecieron desaparecer en la lejanía del cielo otoñal—. ¿Por qué lo...?

Se detuvo al bajar la mirada hacia el objeto que Halcón acababa de recoger de entre los restos de la destrozada linterna.

—Por favor, dime que esas no son las pilas que hemos salido a buscar —dijo muy despacio, cogiendo aire y preparándose para lo peor.

—Bueno... la verdad es que tiene gracia...

El juramento que Camel profirió a continuación se perdió entre el ruido del batir del viento, mientras aquellas dos o quizá tres luces se alejaban en el horizonte, difuminadas por la bruma nocturna.

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Patapalo
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Una buena continuación. Está bien escrita y suministra más detalles sobre el escenario. Me gustan los derroteros que va tomando.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Aldous Jander
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Gracias Patapalo, me alegro de que te guste. Sé que me vendo muy mal, pero es que en honor a la verdad estos relatos no son ni mucho menos mis preferidos; los escribí a contrareloj con la intención de publicarlos en mi blog, y no son todo lo que podrían ser. De modo que las buenas críticas sientan el doble de bien .

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