La sombra del tirano

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Un relato de Patapalo sobre Séneca y Nerón

 

No existe un precio demasiado alto para pagar el pasaje que nos salve de la furia devoradora de Cronos. Ningún impedimento moral afectará a la determinación de aquel que haya nacido para trascender, para dejar su impronta en la Historia. Sé que los espíritus que aún arden con la llama de Prometeo sabrán entender mis actos y, más allá de la benevolencia, un sentimiento de orgullo nacerá en ellos al encontrar estas líneas a modo de confesión

La pluma tembló en la mano de Lucio Anneo Séneca. Entonces, como si las Furias lo contemplasen desde el pergamino, se puso de pie de un salto y retrocedió dos pasos. ¿Qué estaba haciendo? ¿Era el momento de ser débil cuando ya casi había cumplido su objetivo, su titánica, aunque sutil, tarea?

Tomó el pliego entre sus manos y fue hasta el altar de los dioses lares. Allí ardía un pebetero en honor de las deidades domésticas, símbolo del minucioso cuidado con el que regía su hogar. No en vano era conocido en Roma como el árbitro de la elegancia. Al ver consumirse en las llamas aquel pedazo de su alma atormentada, pensó en cuantas ideas erróneas tenían en este momento en la metrópolis. Consideró, con orgullo, cuántas de ellas habían sido instigadas por él en años de silencioso trabajo.

Nerón Claudio Druso Germánico era un hombre débil, pero no el sádico que había conseguido presentar ante la plebe. Su mente vagaba por oscuros derroteros místicos, lo que le acercaba, irónicamente, a los cristianos contra los que, bajo su consejo, había declarado una persecución implacable. Sí, Sexto Afranio Burro podría haber arrojado luz -como él mismo había estado tentado al escribir aquel testamento- sobre las incoherencias del Emperador. Por eso había tenido que envenenarlo.

Ahora la soledad le pesaba. Su maquiavélico plan estaba llegando a su fin. La conspiración en la que había participado volviéndose contra su pupilo fallaría, pero no en vano. Nerón estaba condenado, Roma daría cuenta de él y, aunque ya no lo vería en persona, la luz del tirano iluminaría su figura. La historia le recordaría.

Trascender, escapar al frío olvido de los siglos. ¿Podría alguien reprocharle sus maquinaciones, sus traidores consejos?

Por un momento, Séneca sintió lástima por el pueril Nerón. Se sintió culpable por haberlo convertido en el adalid de la maldad. Era el mismo sentimiento que lo había impulsado a dejar por escrito la verdad. Era una debilidad fuera de lugar movida por la soledad.

Poco importaba ya, pensó. Sus amigos le esperaban en el triclinium para una última cena. Al final de la misma, sus invitados llorarían al ver su sangre correr sin imaginar siquiera que con ella firmaría las últimas líneas de una farsa que lo erigiría como héroe en medio de la iniquidad por él mismo creada. Lucio Anneo Séneca, después de tantas intrigas, conseguiría verse convertido en la más adorada víctima de Nerón.

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Varagh
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Muy bueno, me ha gustado el relato.

Seneca como el verdugo de Nerón y que desfigura su imagen ante la historia. Tiene un aire a "Yo, Claudio".

“Quien vence sin obstáculos vence sin gloria”

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Maundevar
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Supongo que aquí reflejas el hecho de que Séneca lavó la imagen de Nerón por el asesinato de Agripina, logrando que no lo mataran, y le incluyes el giro argumental de la futura venganza, más allá de su propia muerte.

Un Séneca retorcido hasta la saciedad, y un Nerón que es muestra de una mente trastornada.

Me ha gustado; un apunte histórico muy interesante, si señor.

 

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Patapalo
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Gracias por los comentarios. En realidad quería simplemente jugar con el hecho de que la historia nos llega a través de determinados elementos. Séneca nos ha llegado siempre como un sabio a la sombra de un tirano y quería jugar con la otra posibilidad, la de que el personaje tiranizado fuera el propio Nerón. Ambos son personajes que me resultan fascinantes.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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