Su final

Imagen de mariansp

Un relato de mariansp para la vivisección de Calabazas en el Trastero: Fútbol

 

Al despertar se encontró con los ojos vendados, sintiendo un leve dolor de cabeza. Reconoció que se hallaba viajando en un vehículo, sus manos estaban esposadas y un esparadrapo le impedía mediar palabra. ¿Pero qué estaba ocurriendo? ¿estaba siendo victima de un secuestro? ¿quién iba querer secuestrar a un simple albañil? no tenia sentido.

Él, simplemente había acudido a su cita, solo pretendía ir a ver un partido de fútbol, debían de recogerlo a las cinco en la parada de metro que se encontraba cerca de su casa. La entrada especial para vivir el evento que había comprado por Internet, incluía el desplazamiento hasta el recinto cerrado desde donde se retransmitiría la final por pantalla gigante. Lo ultimo que recordaba era estar esperando que lo recogieran plantado en la cera, y como se detuvo ante sí un vehículo negro con las lunas tintadas. La ventanilla se bajó, y un extraño hombre calvo que portaba unas oscuras gafas de sol le llamó por su nombre, tras contestar afirmativamente, le roció con un spray sin que él se lo esperase. Ya no recordaba nada más, pero estaba seguro de estar viajando en aquel mismo coche, no sabia cuanto tiempo pudiera haber pasado inconsciente, estaba claro que el suficiente como para que lo esposaran y lo amordazaran sin poner resistencia alguna ¿ pero por qué? ¿qué estaba sucediendo?.

No tenia ni idea de que hora pudiera ser, probablemente el partido ya hubiese comenzado, se sorprendió de que aquellos pensamientos se cruzasen por su cabeza en un momento así —¡ Que más daba ya el partido!.— Se encontraba en una situación limite.

De repente una voz le sobrecogió dirigiéndose a él, la voz procedía de un pinganillo que probablemente le habían colocado en la oreja mientras permanecía inconsciente.

—Buenas tardes, señor Gutiérrez. Primeramente agradecerle que haya contratado nuestros servicios para ver el partido. Quedan escasamente quince minutos para que comience el juego y usted lo vivirá como nunca jamás ha vivido un partido de fútbol, no es para menos tratándose de una final como esta.—El coche se detuvo.—Ha llegado a su destino, nuestros empleados lo acomodarán en la sala privilegiada desde la cual vivirá en directo el partido, me despido de usted hasta entonces.

Sorprendido, escuchó como se abrían las puertas del vehículo, unos brazos le obligaron a salir y anduvo guiado por aquellos desconocidos sin saber a donde se dirigía. Intentó poner resistencia, pero aquellos hombres eran fuertes, y él estaba totalmente indefenso ante ellos, se encontraba sometido a la situación.

Percibió que ya no estaban en la calle, se ubicaban en el interior de algún lugar, le obligaron a sentarse en lo que parecía ser una silla o un sillón bastante duro y frío. Sintió que liberaron sus manos de las esposas, pero tan solo por unos segundos, pues inmediatamente después se las ataron con correas a los posa brazos de la silla donde lo habían obligado a sentarse. Sus piernas también fueron sujetas, y le colocaron algo húmedo y pesado sobre su cabeza. Le despojaron de la venda que cubría sus ojos, pero a pesar de ello no tuvo tiempo de establecer contacto visual con aquellos misteriosos personajes que lo habían apresado, estos se habían esfumado y se encontró solo en una pequeña sala oscura, muy semejante a una sala de cine. Frente a sí había una gran pantalla que parecía estar emitiendo en directo desde el estadio donde iba a disputarse el encuentro. La final todavía no había comenzado, pero claramente se deducía que el partido estaba apunto de jugarse.

Haciendo intento de liberarse forcejeó sin éxito sus ataduras, acabó rindiéndose exhausto a su cautiverio, pues era imposible librarse de aquellos correajes que lo apresaban a la silla. El horror lo asaltó de pronto al reconocerse sujeto a una silla que no parecía ser corriente, se encontraba apresado a una silla eléctrica, jamás había visto una de estas personalmente, pero estaba seguro de estar sentado sobre semejante artilugio letal. La desesperación se apoderó de él por completo y volvió a luchar con todas sus fuerzas por liberarse de aquellos correajes.

Los vítores de jubilo resonaron por toda la sala, los jugadores salían al campo, así lo mostraba la gran pantalla. Nuevamente, tuvo que ceder a su cautiverio, aceptando la imposibilidad de liberarse de aquellas correas.

—Encantado de volver a saludarle de nuevo, señor Gutiérrez.—Aquella voz volvió a hablarle desde el pinganillo que llevaba colocado en su oreja. Intentó gritarle al desconocido que le hablaba desde algún lugar, pero sus gritos de ira nada más que se tradujeron en murmullos desesperantes frenados por el esparadrapo que llevaba pegado a su boca. — Espero, señor Gutiérrez, que se sienta cómodo en su silla y disfrute del partido, le recomiendo que se relaje, pues ya tendrá tiempo de alterarse con las emociones que la final le pueda deparar. Usted, contrató nuestros servicios para visionar el partido de una forma inolvidable, nos comprometemos a ofrecer una experiencia extrema para los apasionados de este deporte rey, y esperamos cumplir para usted esas expectativas. Le prometemos que esta experiencia le hará vivir el partido de una manera altamente visceral. Solo le recomiendo una cosa; RECE , aunque no creo que sea necesaria esta recomendación, seguro que como buen seguidor de su equipo, ya ha rezado rogando que ganen esta final, todo aficionado lo hace, pero usted lo hará hoy más que nunca..., su equipo va a jugarse SU FINAL...

Que disfrute del partido, señor Gutiérrez.

Un grito mudo murió en su garganta, de sus ojos brotaron lagrimas que comenzaron a serpentear por sus pálidas mejillas, todo aquello le pareció una locura, el himno de su ciudad puso banda sonora a su estado de desesperación.

¿Quién coño era esa gente? se preguntaba una y otra vez ¿había pagado él por aquello? verdaderamente era una pesadilla...

El arbitro pitó el comienzo del partido, la final empezó a disputarse, los jugadores se dispersaron por el campo y su equipo se hizo con el dominio de la pelota nada más comenzar el juego. Los dígitos del tiempo dejaron correr los segundos, se preguntó si aquellos números también marcaban el tiempo que a él se le estaba restando. Aquel tipo le había hablado de SU FINAL, haciendo clara referencia a que su vida pudiera estar en juego. Un sudor frío comenzó a emerger de cada uno de los poros de su piel ante la idea que se estaba forjando en su mente, pretendían matarlo como a un condenado a muerte ¿por qué si no lo habían sentado en una silla eléctrica?.

El arbitro pitó falta al equipo contrario, volvieron a tener el dominio del balón los jugadores de su equipo. Sin saber porqué suspiró, en el fondo intuía que mientras su equipo tuviera el dominio del balón, manteniendo un juego limpio, las cosas no se complicarían.

El sudor comenzó a resbalar por su frente.

Le vino a la cabeza Carmen, su esposa, la pobre estaría en casa atareada con los niños, sumida en sus quehaceres diarios, ignorando por completo la situación que él estaba viviendo. Ella lo creía en el bar viendo el partido, pues no le había contado nada de la adquisición que había hecho por Internet para ver la final de una manera más privilegiada. Ojala se hubiese quedado en el bar como le había dicho a su mujer, ahora no estaría viviendo aquella desagradable situación, pensó. También se le ocurrió la idea de que estuviera siendo victima de una broma, una de esas bromas de cámara oculta para algún programa de televisión, los había de ese tipo y gastaban bromas de muy mal gusto. Pero otra terrible sospecha se cruzó por su cabeza; ¿y si estuviera siendo la victima protagonista de algún tipo de vídeo Snuff?.

Sus pensamientos fueron interrumpidos, el arbitro pitó nuevamente falta, esto lo devolvió a la realidad y prestó atención al partido. Mientras sus reflexiones lo habían desviado de seguir el encuentro, el equipo contrario había tomado el control del juego, y la falta que su equipo había cometido tenia forma de tarjeta amarilla en la mano del arbitro.

De repente sintió una pequeña descarga eléctrica, experimentó un par de contracciones musculares involuntarias que fueron acompañadas de un hilo de dolor que recorrió todo su cuerpo, la corriente cesó de inmediato.

—Primera tarjeta amarilla, señor Gutiérrez.—Se dirigió a él nuevamente la voz del misterioso hombre que le hablaba desde el pinganillo.— Seguramente no será la única, le recomiendo que evite la sudoración. Ya sé que uno no puede tener control sobre las glándulas sudoríparas de su cuerpo, pero hay personas que tienen facilidad de sudar en respuesta a las situaciones que las ponen nerviosas, intente entonces por su bien estar tranquilo, no le conviene sudar. Una persona con la piel seca que recibe una descarga eléctrica, ofrece una resistencia aproximada de 100.000 ohmios, si por el contrario la persona está mojada, la resistencia se reduce muchísimo, puede bajar hasta los 1.000 ohmios.

Siga disfrutando del partido, señor Gutiérrez.

La rabia se apoderó de él, emprendió una nueva lucha inútil por intentar aflojar los correajes que lo apresaban. Mientras lo hacia, escupía todo tipo de insultos dirigidos al tipo que le hablaba desde el pinganillo, pero todos estos insultos, se hacían inaudibles muriendo contra el esparadrapo que sellaba sus labios, no sonaban más que murmullos delirantes y desesperados, que evidentemente no ofendían a nadie. Fue consciente entonces de que lo único que estaba consiguiendo con aquel ataque de cólera, era sudar como un cerdo y justamente aquello era lo menos recomendable.

Sin esperarlo, los gritos de jubilo envolvieron la sala, la repetición de la jugada se mostró en la pantalla, su equipo había marcado gol en el minuto veintitrés de partido mientras él había estado siendo presa de un ataque de furia sin prestar atención al encuentro.

No sabia si llorar de emoción o de desesperación. Todavía era temprano para cantar victoria, quedaba mucho partido por delante y en una final era consciente de que podía ocurrir cualquier cosa, el equipo contrario no iba a ponerlo fácil. No quería ser gafe, ni cenizo, en otras circunstancias se hubiera alegrado notablemente, pero no estaba en el bar con sus amigotes bebiendo cervezas, y precisamente su equipo no estaba jugandose una final, se estaba jugando SU FINAL. Las lagrimas comenzaron a brotar de sus ojos nuevamente, debía confiar en su equipo, los había seguido y animado desde niño, su padre y su abuelo ya lo habían hecho antaño, la pasión por el fútbol corría por sus venas y debía creer en sus colores.

Intentó llenar su mente de pensamientos positivos cuando los gritos de jubilo volvieron a hacerse eco por toda la sala. De nuevo un gol, pero esta vez vino acompañado de un ligero hormigueo que desemboco en un calambre doloroso y desagradable, con perdida del control de todos sus músculos. El vello de todo su cuerpo se erizó mientras recibía la descarga. El equipo contrario había marcado, el partido estaba empatado en el minuto veintiocho del encuentro.

Estaba seguro de que ahora los nervios afectarían al juego, el deseo de sacar el encuentro de empate antes de que acabara el primer tiempo del partido, seria motivo para cometer incorrecciones que a él le pasarían factura cada vez que el arbitro pitase falta a los jugadores de su equipo.

Y efectivamente, los minutos que siguieron al encuentro estuvieron llenos de conductas antideportivas, desaprobaciones con palabras y acciones, retardo de la reanudación del juego y todo ello fue acompañado de continuas descargas eléctricas que en mayor o menor media fueron afectando a su cuerpo. Pensó que se desmayaría, pero no fue así, no sabia que su cuerpo poseyera tal aguante ante las descargas de corriente eléctrica.

Hubo un momento en que se vio sobre el andamio de una obra, y reconoció a su Carmen pasando por allí, con unos veinte años menos, tal y como él la conoció tiempo atrás.

—¡Morena!.—Se vio gritándole desde lo alto del andamio.—¡Menuda delantera, ya la quisiera yo para mi equipo!.— Se preguntó como pudo haberla conquistado, sin duda no la merecía, y quizás ya no volviera a verla. Se hizo la promesa de que si salia vivo de allí, aprendería a valorarla como ella lo merecía.

 

Empezaba a oler a chamuscado cuando el arbitro pitó el final de la primera parte. La voz desde el pinganillo volvió a hablarle.

—¿Cómo lo lleva, señor Gutiérrez?. Está siendo un encuentro emocionante, pero los jugadores le están castigando, esperemos que jueguen más limpio en los minutos restantes. La emoción del empate le hará vivir esta segunda parte con más intensidad, cuarenta y cinco minutos de incertidumbre, donde se jugará SU FINAL.

En breve uno de nuestros empleados entrará a quitarle el esparadrapo que lleva pegado a sus labios, esto le facilitará la respiración en caso de sufrir momentos de asfixia, lo cual es bastante probable, además así también podrá liberar tensiones.

Siga disfrutando del partido, señor Gutiérrez.

 

Minutos después, un hombre encapuchado entró en la sala, confundiéndose su silueta enlutada con la negrura de la estancia. De inmediato se puso tenso ante su presencia, el desconocido fue rápido ejecutando su faena, se aproximó a él y estiró con fuerza del esparadrapo. El dolor se hizo intenso en sus labios, pero no dudó en escupir mil insultos por su boca nada más se sintió liberado.

—¡¡Hijo de puta, cabrón...!! .—Le gritó con toda su alma, pero el hombre de negro ni se inmutó, abandonó la estancia sobradamente acostumbrado a ese tipo de reacciones.

—¡Voy a denunciaros cabrones, soltarme!¡hijos de putaaa!.—Sus gritos hicieron eco por toda la sala, acompañando la voz del locutor televisivo que no dejaba de hablar sobre el encuentro mientras el partido estaba en tiempo de descanso.

Finalmente enmudeció, siendo consciente de lo inútiles que parecían ser sus gritos de ira contra aquella misteriosa gente.

 

El arbitro pitó el comienzo de la segunda parte y los dígitos del tiempo comenzaron a restar segundos nuevamente al encuentro. Una extraña angustia se apoderó de él, era consciente de que aquellos podían ser los últimos minutos de su vida.

—Papá, ¿nos llevarás a Port Aventura?.— La voz de su hijo Javier se dirigió a él desde algún lugar de su subconsciente. Y pensar que había sacado dinero de la hucha de los niños para pagar por aquello que estaba viviendo. No había querido pasar el pago por cuenta para que Carmen no se enterase, siempre estaba sermoneandole con lo de recortar gastos innecesarios.

—¿Nos llevarás, papá?.—

 

El arbitro pitó fuera de juego, sintió fibrilar su corazón con la descarga. La tensión se hizo todavía más presente cuando el equipo contrario chutó a portería. Afortunadamente el balón rebotó.

—¡Cabrones!.—Gritó nuevamente a la soledad de la oscura sala.

La imagen de Carmen vestida de novia se presentó en su mente, la veía avanzando hacia el altar cogida del brazo de su suegro. Estaba radiante vestida de blanco, recordó como se enfadó con él la noche de bodas, cuando la dejó plantada en la cama para bajarse al bar con sus amigotes a ver un partido de fútbol que televisaban por Canal Plus.

 

Uno de los jugadores escupió al adversario, la tarjeta amarilla lució esplendorosa en la mano del arbitro, antes de recibir la descarga se orinó en los pantalones, sintió la contracción muscular, los músculos de las manos y los brazos se le contrajeron sin volver a relajarse durante un tiempo que le pareció eterno.

Cada vez que el maldito pito del arbitro sonaba, el pánico se apoderaba de él mientras esperaba recibir la descarga, por fortuna el condenado sonido siempre no iba acompañado de sacudidas, y podía respirar tranquilo cuando las infracciones no eran cometidas por su equipo.

El maldito encuentro se estaba haciendo eterno, la angustia y la agonía que estaba viviendo era terrible, llegó a desear la muerte en más de una ocasión para que cesara aquella tortura. Los goles no llegaban y el temor a que pudiese jugarse una prórroga cada vez era más real.

 

—¡¡Corre, vete a ver el fútbol!!¡ni que te dieran de comer!.—El reproche de Carmen resonó en su cabeza. No iban a darle de comer, pero si ganaban, iban a salvar su vida.

 

El arbitro indicó el final del encuentro, el empate solo significaba la prórroga y aquello evidenciaba que su agonía iba a prolongarse.

—¡Que emoción, señor Gutiérrez!. Este encuentro está siendo muy emocionante, espero que lo esté disfrutando.

—¡Hijo puta!.—Le gritó al tipo que le hablaba con toda tranquilidad desde el pinganillo.

Era consciente de que distintas quemaduras empezaban a escocer por diferentes puntos de su cuerpo, y de que casi se sentía sin fuerzas, pero los insultos salieron de su boca acompañados de un torrente de coraje. El hombre que hablaba, ignoró fríamente los insultos.

—Siga disfrutando, señor Gutiérrez.

 

Se inició la prórroga, los nervios de los jugadores estaban a flor de piel y las infracciones llovieron convertidas en un torrente de descargas eléctricas que casi lo dejaron inconsciente. La poca consciencia que le quedaba iba dedicada a la oración, no había rezado un Padre Nuestro desde su Primera Comunión y le sorprendió el hecho de que no lo hubiese olvidado.

El ansiado gol que lo libraría de la tortura no llegaba y el desespero ya había dejado de serlo, ahora parecía haberse rendido a una calma irracional, solo traducida a la lógica espera de la muerte, con las esperanzas de que esta llegara de una manera rápida e indolora.

 

—¡¡Penaltis, señor Gutiérrez, penaltis!.—La voz del desconocido que le hablaba por el artilugio de la oreja lo despertó del estado semiconsciente en el cual se hallaba sumido. Pensó que estaba muerto y desde algún lugar la voz de Dios le hablaba, pero al abrir los ojos la realidad hizo acto de presencia.

—Cinco jugadores de su equipo realizaran los tiros desde el punto de penalti, pero no hace falta que le explique ¿verdad, señor Gutiérrez?, es consciente de que ahora estos jugadores y el portero van a jugarse SU FINAL...

No le veo muy animado señor Gutiérrez...

¡Anímese hombre!. Yo, apuesto por los suyos.

En el caso de que su equipo pierda el encuentro, cuando el arbitro pite el final del partido, se le aplicaran fuertes descargas de corriente eléctrica durante breves periodos. Si su muerte es rápida se producirá un paro cardíaco y parálisis respiratoria, pero no voy a negarle que la electrocución inflige un dolor intenso y un sufrimiento agonizante. Produce efectos destructivos al quemarse los órganos internos del cuerpo. Se producirán quemaduras también externas. Se puede provocar la coagulación irreversible de las células de los músculos estriados e incluso la carbonización de las mismas. Sentirá una contracción muscular, fibrilación ventricular, lo que podrá llevarle con suerte al paro cardíaco para que su muerte sea rápida y no sufra una lenta agonía. Pero bueno..., señor Gutiérrez..., no se preocupe, confíe en su equipo. No quiero entretenerle más, ha sido un placer. Suerte.

—¡Ayúdeme, por favor!.— La suplica a penas fue audible, ya casi no se encontraba con fuerzas. Con la vista medio nublada por las lagrimas que afloraban de sus ojos, apenas divisó en la pantalla como el primer jugador se colocaba en el punto de penalti, no tenia muy claro si se trataba de uno de los suyos. Cuando su visión se aclaró, pudo reconocer los colores de su equipo. El jugador chutó y los gritos de alegría sonaron con euforia tras el gol.

—Gol...—Apenas se le escapó sin casi emoción la palabra de sus labios. Sabia que aquello era como la ruleta rusa, como lanzar una moneda al aire y acertar a cara o cruz.

El jugador del equipo contrario chutó y el entusiasmo volvió a reinar en el campo.

Partía de nuevo desde el mismo punto.

—Eres el mejor papá del mundo.—La voz de su hija Sara le susurró al oído, la vio claramente, llevaba puesto su disfraz de Blanca Nieves.

—No lo soy, nena.—Le contestó en su delirio.

—¡Papá, van a ganar, ya lo verás, nuestro equipo ganará!.— Reconoció la voz de Javier, sus dos hijos estaban a su lado.

—¡Venga niños, la cena!.—Carmen apareció con su bata estampada de estar por casa.

La emoción del publico estalló de nuevo en el campo, otro gol.

—Gol...—La palabra gol volvió a escapar de su boca acompañada de babas que resbalaban por la comisura de sus labios.

—¡Deja de ver ya el fútbol y ven a cenar a la mesa!.

—Goool

Esta vez ya no sabia quien había marcado ese gol, los gritos de júbilo se escucharon muy lejanos y la pantalla comenzó a empequeñecer. Todo se tornó oscuro, muy lejano...

—Goool

Apenas escuchó ya un débil murmullo en aquella oscuridad que lo envolvía. No sentía su cuerpo, ni siquiera era ya consciente de su existencia.

 

Despertó en el mismísimo portal de su casa, tirado en el suelo como un trapo viejo. La silueta de Carmen comenzó a materializarse ante sí, vestida con su bata estampada de estar por casa y los rulos puestos.

—¡¿No te da vergüenza?!—Exclamó enfadada desde el umbral de la puerta.—¡En el bar, emborrachándote, viendo el partido con tus amigotes! con la ilusión que le hubiese hecho a los niños ver la final con su padre en casa.— Tras decir esto, su mujer se abrió la bata, y aparecieron sus dos hijos, fue como cuando los magos hacen salir conejos de una chistera. Los dos niños clavaron sobre él una mirada exenta de sentimientos; fría, distante... Se le antojaron como dos espectros, de hecho se aproximaron hasta él de una forma extraña, inerte... Flotaron en el aire sin mover ni un solo musculo. Su hijo se inclinó para susurrarle algo al oído:

—¿Señor Gutiérrez...? ¿todavía puede oírme?.

El pulso se le aceleró al escuchar aquella voz, su familia se desvaneció, y tras unos flashes de luz volvieron a envolverlo las tinieblas. De nuevo unos flashes de luz...Unos murmullos lejanos que parecían ser voces...

—¿Quién la ha cagado?.

—Ha sido el nuevo, jefe. Ernesto lo dejó a cargo de aplicar los choques eléctricos porque le surgió una urgencia que atender justo cuando la tanda de penaltis.

—¡Joder capullos, había ganado su equipo!

—Bueno... jefe..., pero... por lo menos no está muerto.

—Pero lo habéis dejado gilipollas, ahora tendré que pegarle dos tiros con lo poco que me gusta matar a la gente a bocajarro, y más sin merecerlo, su equipo ha jugado de cojones. ¡Adrián! que la viuda reciba el dinero que pagó este hombre de manera anónima y discreta. Echárselo mismamente en su buzón de correos. No me gusta estafar a la gente, y no vamos a quedarnos el dinero que pagó el señor Gutiérrez sin haber hecho bien nuestro trabajo.

—¿Y el vídeo, jefe?.

—El vídeo como siempre. Se venderá bien.

Imagen de Lord_Ruthven
Lord_Ruthven
Desconectado
Poblador desde: 28/06/2013
Puntos: 865

A mi no me disgusta, es un buen triller. Aunque el final me ha parecido un poco lioso, no asbía bien si estaba, en casa, desmayado y alucinando o qué. Pero aparte de eso es una lectura amena Risa

 OcioZero · Condiciones de uso