Afán de contradicción

Imagen de Destripacuentos

Breve disquisición sobre el modo en el que se miran ciertas aficiones ajenas sin mirar el mazo de cartas en el ojo propio.

 

 

En la afición, que algunos se empeñan en llamar vicio, de los juegos de cartas existe el mito de que somos minoría, de que somos bichos raros. El cómo hemos llegado a esta situación es algo que me intriga ya que, si bien los juegos de rol eran algo nuevo, y por lo tanto el enfoque comprensible, no hay nada de novedoso en los juegos de cartas.

 

Me explico: a mí me inició en este peculiar entretenimiento mi abuela. Por supuesto no lo hizo ni con Magic: the gathering ni con La llamada de Cthulhu JCC, más que por otra cosa porque en aquella época no existían –hace ya mucho, mucho tiempo que aprendí a jugar, aunque no fue en una lejana galaxia.

 

Como cabe imaginar, mi abuela nunca ha destacado por ser pionera en materias lúdicas, y, cómo todos habréis adivinado a estas alturas, empecé, como casi todos, por familiarizarme con la baraja española, ésa que se llama napolitana y que está adornada con magníficos dibujos de reyes, caballeros y andróginas sotas.

 

Sí, el vicio está extendido: no hay un solo bar de pueblo que no tenga a disposición del público media docena de barajas, como tampoco hay bar de abuelos en el que los decanos del juego no estén dándole al mus, al guiñote, al tute o a lo que se tercie. ¿Por qué entonces esta incomprensión con la nueva generación de jugadores de cartas?

 

Algunos pensaran que es porque son cartas distintas, pero un vistazo al kiosco de la esquina desmentirá esta teoría. ¿Acaso no juegan las niñas a las familias con personajes tan conocidos como la Barbie o las princesas Disney? ¿No tuvisteis cuando erais pequeños esa baraja de Fórmula 1 donde se competía a tener más cilindros en V? ¿O aquélla de tanques con el mítico Leopard?

 

No, juegos de cartas distintos han existido desde hace mucho tiempo. Eso sí, también éstos han estado marcados por la paradoja, pues eran considerados infantiles. Cuando uno observa la baraja española, o la francesa, salta a la vista su simplicidad: números correlativos y cuatros colores. Vaya, como el juego de las familias. Sin embargo, cuando uno ve la baraja de trenes –sí, de trenes- uno se queda a bolos de la dificultad técnica que entraña. ¿Juegos de niños? ¿Es que cuando nos hacemos mayores tendemos al minimalismo o a la vagueza mental?

 

La verdad es que es posible, pero yo creo que se debe más al inmovilismo del sector. ¿Por qué cambiar de juego si el póquer ha funcionado tan bien a lo largo de siglos? Es casi un lenguaje universal…

 

Cierto, sí, pero ¿os imagináis la escena en otro ámbito? Vamos a casa del colega de toda la vida y, ¡horror!, está jugando en su ordenador personal al Max Payne. “¡Qué friki!”, pensamos, “¿por qué no habrá sacado la Atari de toda la vida para jugar un comecocos como la gente decente? Siempre nos hemos divertido con el comecocos. Hay que ser raro para querer cambiar semejante institución por un juego con más matices, más posibilidades y una nueva estética.”

 

Por suerte la tendencia cambia, y hay juegos intermedios entre los bien vistos juegos de mesa y los juegos de cartas coleccionables que permiten abrir la mente al público más desconfiado. Joyas como el Bang! o el Munchkin están allanando el camino. Pero, ¿por qué los juegos de cartas coleccionables despiertan esta animadversión, esta desconfianza?

 

Que existan países como China, que ha declarado el Magic como juego de inteligencia equiparándolo con el ajedrez, parece sugerir que es un problema cultural. Pero me surge la duda, ¿realmente tenemos un problema con el coleccionismo en nuestra cultura?

 

Recuerdo mi infancia plagada de álbumes de cromos –no demasiados míos porque a mí me gustaban los de monstruos y de ésos no publicaban muchos; liga de fútbol de los demonios…- y tengo que descartar la idea. Se podría pensar que, de nuevo, a la gente le parece bien coleccionar pero sólo durante la infancia. La teoría, nuevamente, cae por su propio peso: en la casa de cualquier adulto te topas con una colección de sellos, de monedas, de botellas de cerveza, de discos o de minerales o casitas victorianas procedentes de un coleccionable de dudoso interés.

 

Así pues, ¿por qué?

 

Me temo que mi conclusión ha de ser un poco negativa: por inercia social. No se sabe muy bien por qué, se ha establecido una categoría, llamada rol, sin base alguna y que sirve de cajón de sastre de actividades sospechosas. Es donde se meten todas las cosas que no se conocen y que aparentan una complicación mental ligeramente superior a la media –excepto los Sudokus-.

 

Cuando le propones a alguien jugar al Cruzada Estelar te responde “yo es que a rol no sé jugar”, olvidando cómo disfrutaba con El Imperio Cobra. Cuando intentas encontrar a un apasionado del deporte para seducirlo con el Blood Bowl te replica “a mí es que esto del rol no me va” y maldices de nuevo liga de fútbol. Finalmente, cuando sacas con cara de inocente y poca fe tu mazo de Vampire para explicar el juego a tu tío, ya ni te molestas en empezar por el principio, pues sabes cuál va a ser la respuesta. Por mucho que expliques la diferencia entre ambos apasionantes juegos, sabes que la batalla está perdida de antemano.

 

Siempre me ha molestado que la gente mezcle churras con merinas. Es por ello que me reconcome que metan en un saco tan pequeño aficiones tan distintas. La próxima vez que alguien me invite a ir al fútbol le diré que a mí eso de las corridas de toros no me va, aunque me temo que seré el único que disfrute de la ironía.

 

Mientras tanto seguiré jugando a las cartas, como hicieron reyes, nobles, mercenarios y buscavidas de todos los tiempos, como hizo Casanova y como hizo Barry Lindon; como he hecho desde que tengo uso de razón, desde antes de saber escribir.

 

Y, como me gusta conocer cosas nuevas, probar, supongo que un día aprenderé a jugar a Magic. Después de todo, he aprendido ya todos los juegos clásicos que permitía la baraja napolitana; o, al menos, hace mucho que no topo con uno nuevo. ¿Por qué querría estancarme aquí?

 

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Odin
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Me ha encantado el artículo, tanto, que os he linkeado en mi web:

http://factoriademishra.com/phpBB3/viewtopic.php?f=6&t=122

Por alguna razón, los juegos "diferentes", asustan a mucha gente, y todo lo relacionado con la fantasía, tiende a ser catalogado de "freak", usando en muchos casos este último término, como si tuviese connotaciones negativas.

Cuánto mal ha hecho la televisión, y su desinformación al respecto. :(

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