De gallos y literatos

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O reflexiones peregrinas sobre improvisaciones, raperos y otras fiestas de guardar 

A pesar de venir de una estirpe de raperos de renombre, la verdad es que he tardado tiempo en concederle la atención merecida a este género musical, sobre todo en su vertiente literaria. Seguramente es porque, heavy de pro, siempre me ha sido más fácil encontrar entre guitarreos esos homenajes a grandes escritores y a grandes baladas épicas.

 

Fue un encuentro fortuito el otro día con una práctica habitual entre raperos, que para la ocasión la habían tildado de batalla de gallos, el que me hizo darme cuenta de algo que, en el fondo, ya sabía: aunque en esto no hay jerarquías, el rap es quizás el género musical que más hermanado está con la literatura. Esto es así, desde mi punto de vista, porque el rapero no homenajea a las grandes letras, sino que las crea, y sobre la marcha.

 

Quizá es porque me viene de sangre que lo digo, pues también la jota tiene sus vínculos con estas improvisaciones poéticas, pues la jota de verdad, la de siempre, se ha compuesto también para la ocasión, y de eso también me han llegado ecos. Y tal vez por eso mi Zaragoza natal ha sido tan fértil en estos literatos de a pie, sean raperos, sean joteros.

 

Habrá quien opine que el rap no tiene la elaboración de otras expresiones musicales, y que recurre a sonsonetes fáciles y ritmos básicos, pero yo creo que es precisamente ahí donde toca realmente con la literatura, en ese frenesí a quemarropa en el que la palabra sale y es reverenciada. Cuando se presencia un duelo de raperos uno ve que el tema va de tener facilidad de palabra, vocabulario e ingenio. Es algo así como escribir microrrelatos en diez minutos sobre un tema que sale sobre la marcha.

 

Por supuesto, también está su lado bélico, pero ¿qué poeta no lo tiene? ¿Nos hemos olvidado ya de esos fértiles intercambios de estocadas dialécticas entre Quevedo y Góngora? Si alguien no ve algo de gallo y de pelea en estos versos, que se ahorre la lectura del resto del artículo -por poco que quede-:

 

Yo te untaré mis obras con tocino

Porque no me las muerdas, Gongorilla,

Perro de los ingenios de Castilla,

Docto en pullas, cual mozo de camino.

 

A mí todo esto me hace pensar en aquella acepción de la palabra poeta en el italiano del siglo XVII, que se refería a la gente ingeniosa, no precisamente a los que componían versos. Porque la lengua, la literatura, en el fondo va de eso, de mostrar ingenio con el lenguaje, de modelar las palabras para que inflijan en el lector, o el oyente, un efecto determinado. Y el efecto más básico, más primigenio, es la risa, junto con la ira.

 

Para contar historias están los cronistas, y los historiadores. Para conmocionar al público los artistas, y entre los de la palabra los literatos, escritores o gallos, aunque también usen historias. Y a mí, desde luego, me han dejado impresionado.

 

Vale, los gallos presentes no son ni Góngora, ni Quevedo, hasta ahí de acuerdo, pero son un rayo de esperanza. Cuando la palabra es un motivo de admiración, de juego, de hermandad, de disputa -de vida en definitiva-, creo que todavía queda espacio para ser optimista, para imaginar que la literatura, o su esencia, siguen teniendo un hueco entre la gente, aun insospechado e inadvertido.

 

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LCS
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Leo este artículo al azar, porque aparece en la lista de artículos destacados y me doy cuenta de que me gusta.

Ha pasado muchos años desde que lo escribiste y, ahora, aparte de las batallas de gallos existe otra cosa que creo que puede ser mucho más el futuro (si no ya presente) de la poesía: los slam poetry. Es lo mismo, pero en lugar de rap, con poesías. Se celebran continuamente certámenes en todas las grandes ciudades. Si no puedes ir a ninguno, búscalo en el youtube. Hay muchos colgados. Algunos son muy curiosos. El mecanismo es el mismo.

 

Bueno, dejo aquí el mensaje, igual que si dejara una botella en un mar de letras. Con la esperanza de que alguien, cinco años después, lo lea.

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