Reescribiendo al maestro

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Algunas consideraciones sobre los usos y abusos que se hacen de las obras de los grandes autores del pasado.

Dicen que la infancia es el tiempo de los descubrimientos. Algunos de ellos son tan chocantes que quedan grabados indeleblemente en nuestra memoria. Uno de éstos, que quedó inscrito a fuego en la mía, fue el del significado de “versión íntegra” o, mejor dicho, de su reverso oscuro, de las versiones no integrales, las cuales son, en toda regla, un atentado contra la integridad de la obra y del lector.

 

Un día decidí leerme una novela de romanos, pueblo que me había fascinado desde la guardería por la cantidad de peplums, imagino, que pasaban por televisión en aquellos tiempos. Como “Masada” parecía demasiado para mayores, opté por “Quo vadis?”, y como había dos ejemplares en mi casa, elegí aquél cuya cubierta me resultó más sugerente, una ilustrada con pequeños retratos de los personajes. Sin duda, debería haber reparado en la diferencia de volumen y, en consecuencia, haber sospechado algo, pero en la tierna infancia la desconfianza es caprichosa. El raciocinio, por el contrario, no.

 

Es por ello que, cuando empecé a leer el libro, me quedé sorprendido ante su escasa profundidad narrativa. Los personajes hablaban que parecían más el vecino de al lado que auténticos romanos, y se hubiera pensado que las descripciones estaban sacadas de un mal libro de texto de lo sosas que eran. ¿Aquélla era la obra que había inspirado la película homónima? Algo fallaba. Volviendo la vista al otro ejemplar de la novela, las piezas empezaron a encajar y la sorpresa se tornó consternación.

 

Comparé las primeras páginas de ambas ediciones y quedaron en evidencia salvajes amputaciones, censura de diálogos, aligeramiento macabro de líneas. A Henryk Sienkiewicz se le debían estar llevando todos los demonios a causa de la profanación de su obra. ¿Cómo se había podido llevar a cabo semejante desatino? Edición juvenil era la respuesta.

 

Sí, esa oscura sociedad decidida a que la gente no lea debe subvencionar la mutilación de los clásicos para escarmentar a los jóvenes lectores. Sí, son los mismos que hacen bromas sobre Tolstoï y su “Guerra y paz”; los mismos que intentan hacer ver que los niños no entienden paragonando falta de información con falta de criterio.

 

Una vez conocí a un cura, uno de estos hombres remangados que van ahí donde les necesitan y no a donde pueden lucir más, que decía que la magia de Julio Verne residía en lo tostón que puede llegar a resultar. Y en cierto modo tenía razón. No es que el principal mérito del autor francés sea la densidad de su narrativa, pero sí que está claro que la meticulosidad de sus historias es uno de sus rasgos característicos. ¿Quién puede atreverse a reescribir las obras de un maestro? Sin duda ha de ser alguien muy osado. O muy ignorante.

 

Le reescritura de textos es un clásico, sobre todo en el ámbito de ese cajón de sastre llamado literatura juvenil. De hecho, hay libros que incluso han usado esta práctica como estandarte y emblema. El caso más conocido puede que sea “La princesa prometida”.

 

En el prólogo de este libro, el “autor” cuenta que su abuelo se lo leía cuando era pequeño y que por eso se lo ofreció a su hijo tras una larga búsqueda por librerías de viejo; al confesarle éste que el libro le resultaba insufrible, lo releyó y descubrió que, en efecto, a él también se lo parecía. Aparentemente, la novela original era una furibunda crítica a los usos de la corte y no escatimaba páginas en ridiculizarlos, motivo por el cual el autor de la versión moderna decidió podarlo hasta quedarse con la historia de aventuras que su propio abuelo había extraído para él. Así se reescribió “La princesa prometida”, y así llegó hasta nuestros días, potenciada por su versión cinematográfica.

 

Sin embargo, a pesar de que este ejemplo pueda parecer un buen aval de esta práctica –si obviamos la probable opinión del auténtico autor original-, lo cierto es que, a mi parecer, es una práctica peligrosa y, en muchas ocasiones, nociva. Parece que existe una tendencia irrefrenable a simplificarlo todo, a dar todo bien masticado. Y no hay nada peor para la libertad del individuo que los excesos de “explicaciones”. El mundo es complejo, y al igual que no nos gusta que venga alguien a simplificárnoslo, es igualmente molesto que nos simplifiquen la literatura, que es un reflejo artístico de la realidad.

 

No me muestro contrario a las versiones de ciertas obras. Ni soy tan inocente para esperar que el genio creativo sea capaz de funcionar sin alimentarse del pasado, ni para creer que todo lo escrito actualmente es realmente nuevo. Sin embargo, hay una diferencia muy grande entre lo que es un homenaje o un guiño y lo que es una mutilación de una obra en aras de facilitar su lectura. La historia es vieja.

 

Balzac, por ejemplo, hizo un fabuloso homenaje con su “Obra maestra desconocida” al relato “La lección de violín” de Hoffmann. En él no simplifica la historia del alemán, ni pretende hacerle sombra ni esconder su origen. ¿Qué motivos pudo tener, entonces, para escribir su propia versión? Seguramente, el reconocimiento a este autor. Para entender el vínculo entre estos relatos, cuya relación no es de plagio, sino mucho más sutil, recomiendo su lectura conjunta.

 

No nos engañemos: existen muchos motivos para reelaborar la obra de otro autor, especialmente si éste es un maestro, y en realidad no son tan crípticos. Los poetas saben mucho al respecto, y las traducciones de los poemas de Poe hechas por Baudelaire arrojan bastante luz al respecto. En ocasiones es necesario adaptar determinados aspectos de un escrito. Si dicha adaptación se hace desde el respeto, el resultado no tiene por qué ser malo.

 

Pensemos que las traducciones, por ejemplo, son, ni más ni menos, otro tipo de reescritura, y que, tarde o temprano, todas las obras que sobrevivan al paso del tiempo pasarán por ella, ya que, nos guste o no, las lenguas evolucionan. Sólo esperemos que aquellos responsables de reescribir al maestro lo hagan con todo el cuidado y la profesionalidad posibles, y, sobre todo, que lo hagan sólo cuando sea estrictamente necesario.

 

La desilusión de descubrir el fraude en “Quo vadis?” hizo que nunca más leyera “colecciones de clásicos juveniles”, y creo que no era lo que pretendían los editores. Este recuerdo imborrable, a mi parecer, bien merece una pequeña reflexión.

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LCS
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Recuerdo que de niño leí bastantes clásicos infantiles. Supongo que fueron los primeros pasos en el camino. A veces ojeo las versiones de la Isla del Tesoro o de Miguel Strogoff que tanto me encantaron y todavía me hacen sonreir por su ingenuidad. Pero creo que si no  hubiera leído esas versiones no me habría enganchado a la literatura.

Por cierto, creo que ahora ha vuelto a salir una colección de clásicos juveniles que venden en los quioscos.

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