EL REGALO

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Caramento
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Entreabro los párpados y la luz se me clava dolorosamente en la retina. Me siento embotado, desagradablemente somnoliento. Una fuerte jaqueca presiona en algún lugar indeterminado situado detrás de mis ojos, como clavos abriéndose paso desde el interior de mi cabeza. El resto de mi cuerpo parece una masa amorfa, pesada y sin movimiento.
Intento abrir de nuevo los ojos y apenas logro entrever algunas formas en la artificial luminosidad que me envuelve. Al intentar concentrarme el mareo se intensifica. Sólo tengo ganas de dormir, de sumergirme en el sueño y huir de esta dolorosa realidad.
Miro a mí alrededor y creo distinguir una austera y fría sala. ¿Sobre qué estoy tumbado? ¿Una camilla? ¿Es esto un quirófano? ¿He sufrido un accidente y estoy en un hospital?
Procuro recordar, pero todo es muy confuso. Me cuesta concentrarme. Sólo me vienen algunas imágenes sueltas, indefinidas. No sé cómo he llegado aquí, sea dónde sea aquí. Únicamente recuerdo… ¡el bosque!
Sí, eso es, el bosque. Caminaba por la ruta de peregrinos, disfrutando del verde y abierto paisaje de prados suavemente ondulados, escoltado en el horizonte por la imponente muralla de los Picos de Europa. Vi entonces aproximarse desde el Norte, donde imaginaba más que intuía el profundo gemido del Mar Cantábrico, un oscuro y amenazador frente nuboso. Se me echaba encima una importante tormenta y no veía a mí alrededor refugio alguno. Salvo el bosque.
Me dirigí con rapidez hacia la arboleda próxima, adonde conseguí llegar cuando caían ya las primeras gotas. Relámpagos y viento se desencadenaron con sorprendente velocidad. Deambulé un buen rato protegiéndome bajo las frondosas ramas antes de aceptar que no iba a hallar refugio adecuado… y que me había perdido. Mojado, frío y confuso, por primera vez desde que me decidiera a realizar el viaje en solitario –y pese a cómo habían ido las cosas en el último año- hubiera preferido encontrarme en casa, junto a Eva.
La oscuridad que la tormenta había arrojado sobre el bosque iba acentuándose según se acercaba el anochecer y la incomodidad de la situación comenzaba a tornarse para mí en inquietud. Aquella densa vegetación se me antojaba silenciosa en exceso. Imaginaciones mías, intenté animarme, razonando que la lluvia había obligado a los animales –más inteligentes y previsores que yo- a resguardarse; lo cual, la verdad, no me consolaba. No pude evitar que mi cabeza comenzara a fantasear sobre qué especies poblarían aquel tupido paisaje y si alguna sería peligrosa. La opción de pasar la noche allí, indefenso, se me hacía cada vez más desagradable.
Además estaba el olor. Al contacto con el agua el bosque arrojaba un singular olor, mohoso y arcano, como si bajo el verdor subyaciera una capa de materia en putrefacción. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, y no fue sólo por hallarme empapado.
Entonces lo oí. En un primer momento no estuve seguro, ahogado su sonido por el constante rumor de la lluvia golpeando la hojarasca. Luego lo volví a escuchar. No había duda. ¡Campanas! Desde algún lugar resonaba el tañer de campanas.
Animado por la posibilidad de no ser la única presencia humana con vida en aquel lugar me dirigí en la dirección de la que parecía provenir el tañido. Anduve buen rato y ya me encontraba de nuevo al borde del desánimo, convenciéndome de que lo había imaginado, cuando entre los arbustos divisé una silueta. Los últimos rayos de luz me desvelaron una singular construcción enclavada en un claro en medio de aquel laberíntico macizo vegetal. Era un monasterio.
Repasé mi guía de peregrino, buscando en la lista de iglesias, albergues, ermitas y conventos pero ninguno encajaba. Aquel vetusto edificio que se erguía ante mí, a todos los efectos, no existía. No soy ningún experto en arte religioso, pero me resultó evidente su antigüedad. Deduje que debía ser prerrománico. Uno de aquellos conventos construidos en las escasas y agrestes tierras que escaparon al control de la invasión islámica. Esta escarpada región había sido uno de los núcleos primigenios de la Reconquista, un refugio para los cristianos que huyeron de la marea de la media luna. Así que aquella construcción podía bien superar los mil años de antigüedad. Observándola bajo las últimas gotas de lluvia parecía una enorme y compacta roca fosilizada por el tiempo.
Tanto llevaba allí enclavada que imaginé sus cimientos extendiéndose a través del subsuelo, como parasitarias raíces alimentándose de la savia del bosque circundante.
Aparté esos pensamientos y llamé al enorme y labrado portón encajado en el arco de medio punto del dintel de entrada, adornado éste por criaturas que no pude reconocer como celestiales o demoníacas, dudando de que alguien vivo permaneciera entre aquellos muros erosionados por siglos de agresiones atmosféricas.
Sorprendentemente y tras una corta espera se abrió con el inevitable chirrido de sus herrumbrosos goznes.
Una vez dentro fui recibido por varios monjes sumamente amables que, preocupados por mi estado tras haber sufrido a la intemperie aquel monumental aguacero, me llevaron a una celda y me proporcionaron algunas prendas secas. Mostraron su alegría por mi condición de peregrino, lamentándose de que lo apartado y poco accesible del monasterio a causa de la densidad del bosque les tuviera alejados en exceso del mundo, siendo poco habitual la llegada de visitantes.
Pero pese a su trato correcto y a sus consideradas atenciones no dejó de inquietarme su aspecto de extraña blandura casi andrógina. Una sensación potenciada por la atmósfera de aquel edificio, envuelta en una eterna penumbra apenas atenuada por la luz de las temblorosas velas. Era como si entre aquellas paredes el tiempo se hubiese detenido en la Edad Media en la que fueron construidas. Hasta el aire, denso y estancado, parecía ser el mismo que respiraran los antiguos fundadores de la abadía.
Tras la cena, silenciosa y espartana, subí a mi habitación y experimenté unas irresistibles ganas de dormir que atribuí al cansancio de tan ajetreada jornada. Sin embargo ahora las relaciono con el extraño regusto que dejó en mi paladar el vino que me sirvieron en el refectorio, elaborado según contó el abad en las bodegas del propio monasterio.
Antes de perder la consciencia pensé en el nombre de la orden de aquellos extraños monjes, Valesianos, y estuve seguro de haberlo oído antes, y de que había algo importante sobre ellos que debería recordar, si no tuviera tanto sueño…
*
-"Hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender que entienda". Mateo, 19:12.
Me cuesta concentrarme en las palabras del abad, quien ha entrado en la sala escoltado por dos de los hermanos. Sin embargo una señal de alarma se activa en mi aletargado cerebro cuando, al intentar moverme, descubro que estoy desnudo y atado a la camilla…
-La debilidad de la carne nos hace vulnerables a la tentación, tras la cual siempre se oculta el Ángel Caído, apartándonos del verdadero camino del espíritu. En la Orden de Valesio hace tiempo que optamos por sacrificar nuestros débiles atributos carnales para poder así aproximarnos a la gloria del Señor. “Si uno de sus miembros te ofende, córtatelo. Es mejor para ti entrar en el reino de los cielos cojo, ciego o lisiado”. Es tradición entre nosotros –continuó, aproximándose enarbolando unas grandes tijeras - compartir el regalo de la emasculación con aquellos peregrinos que se acogen a nuestra hospitalidad, pues sin duda es la divina providencia quien aquí les hace recabar. ¡Alabado sea el Señor!

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jane eyre
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