Coherencia narrativa

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Algunos consejos básicos que, después de leer la mayor parte de los relatos del III certamen de Relato Joven, creí importante dejar por escrito. En realidad, son de todos bien conocidos y, en parte, están allí para ser ignorados. Después de todo, la literatura ni es una ciencia ni es exacta

En primer lugar, centremos la temática; así, aquéllos a los que no les interese pueden ahorrarse la lectura. Imagino, además, que precisamente aquéllos que más necesitarían reflexionar sobre el tema serán los que no tengan tiempo o interés para invertir en esto. Después de todo, creo que el mal de raíz está, precisamente, en la falta de lectura. Otro tema sería preguntarse por qué alguien que desea escribir no desea leer.

 

Pero bueno, a lo que íbamos: coherencia narrativa, que no argumentativa. Sí, aquí vamos a incidir únicamente en la coherencia a la hora de poner un texto sobre papel, y no sobre las incongruencias que es capaz de escribir el ser humano creyendo que son de lo más razonable.

 

Sujeto, verbo y predicado, junto con presentación, nudo y desenlace, son los pilares del quehacer literario y, en principio, una lección aprendida. Asimismo, es una lección sujeta a las variaciones que el osado autor decida imponer. Sin embargo, un poco más allá de éstos, se encuentra otro factor intrínsecamente ligado a ellos y que, por lo que he observado, no todos manejan con la mesura necesaria: la extensión. Para ella, me temo, es necesaria la medida. Aquí, sin duda, vale la máxima de mi profesora de química del instituto: los experimentos en casa y con gaseosa.

 

Por muy bien que las cosas queden en nuestra cabeza, y por muy bien que nos suenen a nosotros mismos, en el tema de la extensión de los textos, tanto a nivel de frases como de obras completas, es interesante escuchar el efecto causado en los lectores. Por supuesto, todas las máximas que expondremos a continuación serán de utilidad relativa, pues, como ya hemos dicho en el resumen, la literatura no es una ciencia exacta.

 

En primer lugar hay que adecuar la extensión a la idea de la obra: una idea genial o compleja debería desarrollarse en más espacio que una idea común o sencilla. Esto, sin embargo, es sólo una cuestión de piedad puesto que nuestro tiempo en este mundo es limitado, y hay autores que escriben únicamente para entretener los ojos sin mayor finalidad, por lo que el concepto es fácilmente rebatible. Por otro lado, las proporciones relativas no lo son.

 

Antes de pasar a ellas, sin embargo, hagamos una última reflexión: la extensión total de la obra también debería estar en relación con el soporte. Si leemos en pantalla de nuevo la piedad humana es más conveniente enzarzarse con textos cortos.

 

El equilibrio de las partes

 

Aunque parezca una perogrullada, una proporción de 1:1:1 presentación, nudo, desenlace nos permitirá tener unos textos iniciales equilibrados. Cuando ya tengamos el ritmo interiorizado, podremos empezar a jugar con ello, incluyendo falsos desenlaces, prolongando elementos y demás.

 

Al principio, sin embargo, hay que evitar, por ejemplo, las falsas presentaciones. A veces uno se lía a contar cosas y, cuando ya se ha terminado con la mitad del texto, es cuando empieza a tomar los elementos que requiere para la historia. Siempre hay que tener muy claro qué es lo que se quiere contar y enfocar hacia ello todo el texto, desde la primera palabra.

 

No vale de nada describir personajes o lugares porque nos sintamos en la obligación, o indagar el pasado del protagonista porque creamos que así va a adquirir profundidad. ¿Afectó al capitán Ackab que su bisabuela muriera de peste en Londres? Si no lo hizo, o al menos no afectó directamente a su obsesión con las ballenas blancas, mejor no incluirlo. Por el contrario, todo lo que sirva para perfilar el carácter del protagonista tics, vicios, modos de hablar, comentarios que haría sí que pueden servir para dar cuerpo a la historia y colorido a la narración. Recordemos, no obstante, la mesura.

 

Esto es especialmente importante en las historias cortas porque, en un relato de media docena de páginas, un simple párrafo supone una parte importante del total.

 

Tampoco hay que pasarse al extremo contrario y entrar directamente en el nudo, a no ser que la introducción la vayamos a intercalar y ya tengamos una cierta gracia escribiendo. Las introducciones pertinentes son muy importantes. Aquéllas que no lo son descompensan la historia, tanto por un lado como por el otro.

 

Con el nudo en sí pasa lo mismo: durante él hay que evitar las digresiones que no llevan a ninguna parte. Las falsas pistas, los discursos sobre el púlpito momentáneo de la página, los incisos nostálgicos y cualquier otro tipo de impertinencia irán en detrimento de la obra. Con suerte, si somos amenos y el tema interesa al lector, el mal será menor. No obstante, no mejorarán en nada la obra, por muy entretenidos que sean. No hay que olvidarse de que el autor está para contar historias, no para dar lecciones o para desahogarse. Hay otros lugares y momentos para ello.

 

El momento crítico, no obstante, llega con el desenlace, porque ahí es cuando se pone toda la carne en el asador. Al terminar la última frase si es que ha llegado a ellaes cuando el lector emitirá su juicio definitivo, cuando quedará claramente expuesto si lo que hemos contado venía a cuento o no.

 

Al llegar al último párrafo todas las piezas del relato han tenido que encajar, aunque queden incógnitas argumentales en el aire. Lo valiente no quita lo cortés. Además, la historia tiene que terminar de verdad en el último párrafo. Si termina antes estamos escribiendo de más. Si no ha terminado, bueno, obviamente es que no ha terminado.

 

En cine inventaron un término para esto: el final en el último momento. Esto no quiere decir que la tensión tiene que ir in crescendo hasta el final, sino que hasta la última palabra tiene que interesar al lector. De hecho, allí está el quid de cuestión: cada palabra, durante el relato, tiene que interesar al lector.

 

Poniendo cosas que sobran

 

Ya hemos adelantado esto en la sección precedente, pero merece la pena ponerlo por escrito de nuevo: no hay que incluir cosas que no interesen al lector. Si no tiene interés en la trama, o en la caracterización de los personajes, sobra.

 

A veces el autor se empeña en luchar contra la psique del lector sin motivo alguno, martilleándole con cosas tan tontas como decir que su personaje es rubio. ¿Es importante que sea rubio? Si el escritor sabe cómo es su personaje, esto se trasluce directamente. Si el escritor está obsesionado con la fotografía de su personaje, esto también se percibe. Podríamos hablar de Jean Auel y las tibiezas del hombre alto Jondalar, pero creo que el concepto queda claro.

 

Por otro lado, hay que evitar sacarse ases de la manga. Si se nos olvidó contar algo relevante para la trama, lo suyo es retroceder e introducirlo en el texto precedente, en el lugar adecuado que no es, obviamente, el que estábamos escribiendo en el momento en que se encendió la lucecita, casualidades a parte. Ahora escribimos con ordenador, así que no caben excusas.

 

Saltos azarosos

 

El último punto que querría resaltar es el de la linealidad de la historia. Es importante que el hilo argumental permita al lector orientarse. Incluso cuando se hacen saltos temporales dentro de la historia, el hilo argumental debe estar presente como un salvavidas.

 

Las historias erráticas, donde se planta una escena irrelevante en mitad de la acción, son, en el mejor de los casos, tramposas. No vale decirse que somos tan excelsos narradores que cualquier cosa que digamos encandilará al lector. Por favor, no nos deslumbremos a nosotros mismos.

 

Si una escena, o un párrafo, se queda huérfano dentro de la historia, puede que sea porque sus vínculos, los elementos que lo hacen relevante, hayan sido retratados con excesiva sutilidad o vaguedad. En estos casos es mejor reforzarlos, o incluso eliminar el pasaje, antes de conservarlo como está por el placer que nos provoque a nosotros mismos. Como alternativa, también podemos tener una versión del texto para lectores y otra para nosotros mismos. Los primeros lo agradecerán, y, cuando seamos maestros consagrados y devorados por los gusanos, nuestros herederos podrán enriquecerse desenterrando la ignominia.

 

Conclusiones a modo de resumen

 

En una historia hay que contar únicamente las cosas relevantes.

 

Hay que contar, asimismo, todas las cosas relevantes.

 

Es importante que haya una proporción equilibrada entre presentación, nudo y desenlace.

 

Siguiendo estos principios básicos, evitaremos esas impresiones de que la historia se desboca, o se empantana, o que yerra sin sentido ni motivo. Si añadimos a esta práctica una utilización adecuada de los signos de puntuación para limitar las oraciones, ya tendremos un texto bien escrito. Que sea un buen relato dependerá, también, de la historia que contemos.

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LCS
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Una reflexión muy interesante que toca muchos puntos.

Al lector hay que ponérselo fácil. Tienes muchas otras cosas que hacer aparte de ponerse a leer un texto nuestro.

Si queremos que nos lea tenemos que abrirle una puerta de entrada y una vez dentro que se sienta cómodo. Los escritores ejercemos de anfitriones en nuestros textos.

Muchos escritores primerizos piensan que escribir bien es escribir retorcido y no es así. Escribir bien significa que el lector entienda lo que quieres decir.

 

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