El visitante

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Supongo que a la mayoría de nosotros el mar nos pone un poco nerviosos. Sea cual sea su sonrisa, dudamos de su amistad.

 

A mi parecer, no hay nada más misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro humano de correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares negros e infinitos, pero no fue concebido que debiéramos llegar muy lejos

H.P. Lovecraft, La Llamada de Cthulhu

 

 

 

Mark Nolan descendía con lentitud hacia las profundidades marinas. Su equipo de buceo, provisto de dos bombonas de oxigeno con su regulador correspondiente, el chaleco, los plomos, las aletas de buzo, el traje de neopreno para aislarle del frío de las profundidades y el pequeño ordenador de pulsera, no conseguían nunca evitar ese pequeño escalofrío de miedo al saber que iba a entrar en terreno desconocido. A través de un pequeño receptor colocado en su oído medio, podía recibir las transmisiones del Nautilus, el único barco que se había aventurado en la zona del Nagji-ojingo, no muy lejos de las costas de Corea del Sur y próximo a la ciudad de Cheju. Un pulsador en su muñeca le permitía responder a las transmisiones. Presionar una vez en pequeño aparato era un “no”, dos veces un “sí” y tres veces un “pregunta de otra forma”, para situaciones en las que una pregunta dicotómica no tiene cabida. Su objetivo era localizar un barco chino hundido cuatro siglos atrás que portaba figuras de jade de incalculable valor pertenecientes a la Dinastía Qing.

Aquí Nautilus, Mark —anunció el Control de Misión, al cargo del cual se encontraba su compañero y amigo Arthur Blayne—. Comprueba tu profundidad. Los instrumentos me indican veinticinco metros, ¿es correcto?

Escasos segundos después sonaron dos pulsaciones y una pequeña luz roja se encendió el mismo número de veces.

De acuerdo, Mark, prosigue el descenso. Controla el CO2.

El submarinista prosiguió el descenso en ángulo oblicuo. Una inmersión demasiado rápida podría provocar que se disparase la cantidad de ese gas en su cuerpo, lo que provocaría un aumento súbito del nitrógeno en su sangre y conseguiría la “borrachera de las profundidades”, que ha matado a miles de submarinistas por todo el mundo. El pequeño ordenador de la muñeca le dio datos precisos acerca de la temperatura del agua, la profundidad, la presión del aire en las botellas y el estado de la conexión con el ordenador de a bordo del Nautilus. Mark observó que los números digitales, retroiluminados por el reloj, parecían fluctuar de forma extraña. Sacudió la mano de forma inconsciente y volvieron a estar fijos.

Aquí Nautilus, Mark —volvió a decir Arthur en su oído—. Cincuenta metros, amigo. Aún nada por delante de ti. ¿Todo bien?

Nuevamente las dos pulsaciones y los brillos rojizos contestaron a su pregunta.

De acuerdo —confirmó su compañero desde el barco—. Realizaremos otra comprobación a los cien metros. Ándate con ojo.

A partir de los cincuenta metros, poco más o menos, el agua comienza a tener una densidad que la luz no puede atravesar con tanta facilidad como en la superficie, por lo que el mar comienza a oscurecerse. Mark, experto buceador y sabedor de esto, encendió su linterna para iluminar su descenso. Con la excepción de las palabras de su amigo, el interior del mar era la misma definición del silencio. Los pocos peces con los que se cruzaba en su camino parecían observarlo con curiosidad que, escasos segundos después, se convertía en total indiferencia. Según el ordenador de pulsera, la cantidad de CO2 estaba dentro de los límites de lo considerado óptimo.

En su espalda, cabeza y brazos, Mark comenzó a sentir la presión de la masa de agua sobre su cuerpo. Con algún esfuerzo, continuó impulsándose lentamente con las aletas de buceo. ¿Era su impresión o las cosas parecían moverse más despacio de lo que debieran? El indicador de dirección marcaba sur-suroeste, el rumbo acordado. Sin embargo los números que indicaban la cantidad de CO2 se movían lentamente, pero sin pausa, aún a pesar de que el indicador de advertencia seguía sin iluminarse.

Aquí Nautilus, Mark —dijo Arthur desde el barco—. Has variado ligeramente el rumbo hacia el este, unos diez grados, pero el sónar no indica que tengas nada cerca de ti. ¿Estás bien?

Silencio.

Aquí Nautilus, Mark —repitió el Control de Misión—. Has variado el rumbo, amigo, ¿estás bien?

Dos señales, quizá algo lentas en su respuesta pero firmes, respondieron a su pregunta. En cualquier caso, algo no iba bien del todo. Su compañero no corregía el error en el rumbo a pesar de la advertencia y seguía descendiendo, ahora a una velocidad mucho mayor.

Joder… ¡Billy! —gritó Arthur llamando al asistente que tenían para ayudarles con las tareas menores de la navegación—. Creo que Mark tiene problemas. Llama a la costa de Cheju y pide un equipo de rescate.

Pero… Arthur… normalmente somos nosotros el equipo de rescate.

Si, bueno, pero esta vez se ha jodido todo. ¿Quieres llamar de una vez?

Voy —respondió el chico echando a correr hacia las comunicaciones.

Arthur respiró hondo y volvió a activar el micrófono.

Mark, soy Arthur —en ese momento se dio cuenta de que no sabía muy bien qué decirle, pero siguió hablando—. Escucha, tío, estás sufriendo una narcosis. Se te ha llenado el sistema nervioso de nitrógeno y seguramente comenzarás a alucinar en unos minutos. Quiero que te concentres en mi voz y me prestes atención, ¿vale?

Silencio.

Mark veía los peces a su alrededor desplazarse a una velocidad ridícula, como si nunca fueran a salir del campo visual que iluminaba su linterna acuática. Trató de mirar el ordenador de muñeca, pero una cara sonriente comenzó a hacerle gestos desde la pantalla y, lleno de nitrógeno como estaba, le pareció algo gracioso.

Mark, quiero que pulses dos veces para saber que estás bien —le pareció escuchar a alguien que hablaba desde el interior de su cabeza, lo que no hizo sino aumentar sus ganas de reír—. Maldita sea, Mark, estás a ciento veinte metros… ¿cómo te ha podido pasar tan pronto? No lo entiendo.

El submarinista vio entonces algo bajo él. Parecía tratarse de una roca, de tamaño gigantesco, que destacaba claramente contra el fondo marino, que ni se adivinaba aún. Llevó con lentitud la mano derecha al pulsador y lo apretó en tres ocasiones.

Quieres decirme algo, Mark… —respondió Arthur—, pero no se me ocurre qué puede ser. ¿Estás viendo algo?

Hubo dos pulsaciones y la luz brilló en dos ocasiones.

¿Es…? No sé… ¿Es el barco?

Una pulsación.

¿Una ballena? ¿Un tiburón, quizá? —preguntó pensando si no se trataría de una alucinación causada por la “borrachera”.

Tres pulsaciones.

Pero… ¿es un animal o no?

Dos pulsaciones.

¿Y es de gran tamaño?

Se escucharon otras dos pulsaciones antes de que la voz del joven Billy interrumpiera las preguntas.

Arthur, ya he llamado a la costa. Vendrán lo más rápidamente que puedan, pero es posible que nadie quiera sumergirse en estas aguas. Por lo de la cosa esa.

Una maldita leyenda local no va a matar a mi amigo —rechinó los dientes con ira antes de seguir—. Diles que si no vienen inmediatamente les denunciaré ante el Consulado, la ONU, el Papa y ante la madre que les parió a todos ellos.

Volvió a los indicadores. La profundidad que había alcanzado Mark, que no había dejado de descender en ningún momento, era de casi doscientos metros. Una profundidad peligrosa para un ser humano en perfectas condiciones. ¿Cuánto peor no sería para uno cuyo estado se asemejaba al del más viciado fumador de opio?

Mark… tienes que subir. Los daños en tu cerebro van a ser totalmente irreversibles como sigas descendiendo, ¿me oyes? El nitrógeno va a freírte el sistema nervioso entero y tu sangre va a hervir cuando comiences a subir. Quiero que comiences a bucear hacia arriba, amigo.

Doscientos veinticinco metros. A partir de los doscientos cincuenta y en ese estado, un ser humano podía darse por muerto. El sónar seguía sin captar nada pero, repentinamente, una gigantesca masa apareció en la pantalla. Podía tener, fácilmente, cien veces el tamaño de Mark y ascendía con una velocidad inconcebible en algo de ese tamaño. Arthur agarró el micrófono.

Tienes que apartarte de ahí, Mark. No sé que es eso que sube, pero no quiero que te coja en mitad de su cam… —en ese mismo instante el punto de color verde que representaba el cuerpo del buceador desapareció al paso de la gigantesca cosa que subía hacia la superficie—. ¡Mark!

Un segundo después, la gigantesca forma había desaparecido de la pantalla del sónar. Arthur comenzó a llamar a su compañero de forma frenética por el micrófono sin ningún resultado. Pensó en coger un equipo de inmersión y bajar él mismo pero, ¿a quién quería engañar? El profesional era Mark, no él. Seguramente se ahogaría antes de poder llegar a la mitad de la distancia que había recorrido su amigo. ¿Dónde estaba la patrulla de salvamento marítimo de Corea del Sur? ¿Por qué todo el mundo le tenía tanto miedo a ese Nagji-ojingo o cómo demonios se dijese? ¿Qué era?

Una fuerte grito desde el exterior, interrumpió sus pensamientos.

¡Arthur! —era la inconfundible voz aflautada de Billy—. ¡Sal, Arthur! ¡No vas a creértelo!

Cuando Arthur se asomó a por la borda, no podía creer lo que veían sus ojos. Su amigo Mark estaba nadando lentamente hacia el barco. No tenía heridas, no parecía sufrir ningún tipo de molestias y saludaba con la mano mientras se acercaba nadando a braza. Billy echó hacia el agua la escalera de cuerda y Mark se aprestó a subir por ella. Al llegar a cubierta, los dos amigos se fundieron en un fuerte abrazo.

No puedo creerlo… te daba por muerto… ¿cómo es posible? —preguntó Arthur mientras tocaba los brazos de su amigo como si no se creyese que fuera un ser real de carne y hueso.

La verdad es que no lo sé. Sólo recuerdo estar en el agua y que todo se empezó a mover a mi alrededor. Después de eso… —alzó las manos con las palmas hacia arriba gesticulando su desconocimiento.

Supongo que no importa. Seguramente un cachalote o una ballena azul te han subido a la superficie. No sé cómo no estás ahora mismo con la sangre echando burbujas, pero no me voy a quejar. Nos vamos de este maldito sitio y seguiremos rescatando domingueros, como de costumbre, ¿te parece?

Claro que sí —respondió Mark muy serio—. Ya estoy harto de este sitio.

Normal, amigo, normal —respondió Arthur mientras entraba en el camarote en busca de una toalla.

Por el camino se encontró a Billy, pálido, con los labios blancos. De haberle pinchado con un alfiler, el chico no hubiese derramado una sola gota de sangre.

¿Qué te pasa, Billy? ¿Te encuentras bien?

No… no lo sé. Arthur… ¿lleva Mark todo el equipo?

No estoy seguro, la verdad, pero creo que sí —cambió el gesto de su rostro a la impaciencia—. Pero ahora no es momento de eso, chico, debemos…

Arthur… —le interrumpió Billy tras tragar saliva—. Acabo de recoger las lecturas de sus constantes vitales —dijo en voz baja mientras señalaba a Mark, que miraba el mar en cubierta.

¿Y qué pasa?

Según indica el pulsímetro y el controlador de la respiración, Mark murió hace más de quince minutos.

No es posible, tiene que ser…

No hay ningún error, Arthur. Lo he comprobado. No sé quién es ese tipo de ahí… pero no puede ser Mark.

Una sombra procedente de la puerta del camarote oscureció a los dos compañeros que hablaban en voz baja. Lentamente, Arthur se giró para afrontar el rostro del que decía ser su amigo. En la que antaño había sido una hermosa cara, una mueca monstruosa ocupaba su lugar dejando al descubierto decenas de diminutos dientes afilados como agujas. Unas extrañas palabras, en un lenguaje gutural, surgieron de la horrenda boca.

¡Ph’nglui mglw'nafh Cthulhu R’lyeh wgah nagl fhtagn!

Mark saltó sobre ellos y entonces se hizo el silencio.

 

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Patapalo
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Poblador desde: 25/01/2009
Puntos: 196895

Me encanta este relato. Creo que el modo en el que se transmite la tensión a través del lenguaje de la cuerda está tremendamente conseguido. Sin duda, toda una referencia a la hora de crear suspense, y también un bonito homenaje al maestro Lovecraft. Un placer leerte.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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HPLovecraft
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Poblador desde: 11/09/2009
Puntos: 8122

Te agradezco enormemente tanto el hecho de que hayas publicado este modesto pastiche lovecraftiano como las palabras que le dedicas. A pesar de todo el cariño que le puse, soy consciente de que no es una gran historia, pero me hace sentir orgulloso el hecho de que cuentes con ella, y por extensión conmigo, para esta maravillosa publicación que es Ocio Zero.

Un respetuoso saludo y, de nuevo, mi más sincero agradecimiento.

La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido.

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Nachob
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Poblador desde: 26/01/2009
Puntos: 2197

Creo que es un relato muy bien escrito, que se lee con mucho agrado y que te conduce realmente bien a través de la historia.

Como punto negativo, veo ésta demasiado plana, sin rematar adecuadamente la tensión al final ni aportarnos algun giro o sorpresa que deje un buen gusto despues de acabarla.

En todo caso se nota que se tiene oficio, lo que es promesa de futuros goces

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Telcar
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Poblador desde: 27/02/2009
Puntos: 340

Muy buena la ambientación, las sensaciones transmitidas y que nos acompañan desde el comienzo hasta casi el final, todo con un buen estilo novelesco. Todo ello a un ritmo que no decae y que ayuda a disfrutar la historia.

Lo único que no me gustó tanto fue el final, quizá demasiado esperado y un poco peliculero, se te lanza encima de golpe. No es un mal final, pero quizá baja algo un nivel previo muy alto.

"Nunca tantos, debieron tanto absolutamente a nadie"

Ser Huinston Chungchil

 

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Victor Mancha
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Poblador desde: 26/01/2009
Puntos: 1798

Muy buen relato. Produce una sensación de tensión y nerviosismo que está muy lograda. Me he introducido muy bien en la historia y parecía que fuese yo el que estaba abajo el agua. Lo único que desmerece un poco el conjunto del relato es el final que me parece algo apresurado, pero aun así muy bien. Muy, muy buen relato.

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Raelana
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Poblador desde: 06/02/2009
Puntos: 1561

Puf!! Me has tenido en tensión todo el tiempo. Excelente relato.  :)

Mi blog: http://escritoenagua.blogspot.com/

Perséfone, novela online por entregas: http://universoca

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