Gatti di Roma

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Cuando encontréis una tienda de recuerdos -lo que será fácil, pues hallaréis una en cada manzana-, ¡no olvidéis comprar un calendario o una postal de los gatti di Roma...!

Se oye una exclamación en alguna lengua que no consigo identificar. Otra turista hace un gesto con la mano y, obedientes, volvemos la mirada al centro del coliseo para admirar la peluda cabecita de un felino emergiendo de las profundidades del foso. Somnoliento todavía, parpadea una sola vez y mira a su alrededor con curiosidad. Finalmente, abre las mandíbulas y nos dedica un largo bostezo. Se acabó su interés por nosotros, que no somos más que unos turistas entre los muchos que, fielmente, visitan el coliseo cada día.

 

Sí, se trata nada menos que de un genuino gato romano. En otro lugar quizás no fuera más que uno de tantos gatos que callejean en las grandes ciudades, pero los “gatti di Roma” son aristócratas entre los gatos, ¡y eso no es cualquier cosa para un animal que es noble por naturaleza! No es su pedigrí lo que le ennoblece, pues los gatos romanos son de una raza indefinida: atigrados o manchados, de color blanco, negro o marrón o de todo un poco a la vez. La pureza racial es un concepto demasiado humano para estos animales sociales que prefieren mezclarse con sibarita promiscuidad. Los gatos romanos jamás se acomplejarían ante la presencia de las razas más puras del Oriente. No se amilanarían ante los cuerpos estilizados y las grandes orejas de los gatos egipcios; ni ante los luengos y suaves cabellos de los gatos persas y de Angora; tampoco se dejan impresionar por los misteriosos ojos azules y caras pardas de los gatos siameses.

 

Ellos se consideran tan nobles como estos primos lejanos porque saben que de su estirpe desciende el gato romano o europeo, también llamado por algunos zafios humanos gato común o corriente. Pero sus antepasados llegaron desde el Oriente. ¿Quién sabe si fue su exótica belleza la que sedujo a los antiguos romanos o su talento más práctico como reguladores de la población ratonil? No sé en qué preciso momento ocurrió pero puedo imaginarlos con sus ojos curiosos, contemplando desde los regazos de las sirvientas del séquito de Cleopatra la ciudad que pronto iba a ser suya. Lo que nunca imaginaron los romanos es que esos hermosos animales venían como conquistadores para apoderarse de sus corazones como habían hecho antes con los pueblos de Egipto y del Oriente...

 

Cayó el Imperio Romano pero los felinos conquistaron el mundo, haciendo de la cuna de Occidente su lugar de partida y hoy su santuario. ¡Que se queden los modernos romanos con sus bloques de apartamentos! Los gatti di Roma hacen hoy vida social entre las ruinas del Foro donde en otro tiempo la hicieron sus antiguos amos, aquellos que conquistaron el Mare Nostrum; la colina Palatina, que eligieron los mismísimos emperadores para hacer construir sus palacios, les sirve de lugar de descanso; también juegan entre los jardines y las fuentes de los Borgia; se pasean sin timidez por los suelos de las termas de Caracalla, impresionantes aun despojadas de sus fastuosos revestimientos de mármol; ronronean contentos en la entrada de alguna de las innumerables y centenarias iglesias de Roma... En cualquier rincón donde la Historia pone su coto a la modernidad tienen los gatti di Roma el lugar que les corresponde, que comparten con generosidad con los turistas. Hasta tienen su santuario en el Área Sacra. Allí, entre los templos de la antigua República, los gatos son atendidos por los muchos voluntarios que aman a estos animales. ¡No tenéis más que ver la desvergüenza de un gato despanzurrándose sobre la misma escalinata en que Julio César fuera asesinado! Pero no importa, todo puede perdonárseles, y eso es algo que yo, que pertenezco a un felino doméstico, comprendo muy bien.

 

Pero en ningún lugar se evidencia su señorío como en el coliseo. Ahora que el gran anfiteatro no tiene ya suelo y el sol deja al descubierto sus sótanos, los gatos merodean y buscan refugio en ese lugar siempre fresco. Desde fuera, los sudorosos turistas admiramos la humedad que guardan las musgosas paredes del foso. Envidiamos su magnífico refugio y ellos, de vez en cuando, salen para echarnos un vistazo. ¿Qué piensan de nosotros? ¿Nos consideran sus invitados? No lo sé y tampoco puedo saber si son las hipnóticas pupilas de ese gato, la magnificencia del lugar o el calor húmedo del Lacio, pero empiezo a ver cosas increíbles reflejadas en las misteriosas pupilas de ese gato, cosas que los demás turistas no podríais ver sino tan sólo soñar...

 

 

Hombres y animales se hacinan en los sótanos del coliseo. El olor almizcleño de las bestias es poco más intenso que el de los propios esclavos que, sudorosos, se mueven con rapidez, sin darse un minuto de respiro. Las fieras son tan conscientes de la tensión del ambiente como los humanos y se pasean inquietas en sus jaulas. Llevan días sin comer y el trajín de los humanos, el estruendo amortiguado que llega desde fuera, todo ello las excita y los esclavos se cuidan mucho de acercarse demasiado a los barrotes de las jaulas. Cuando empiezan a girar la manivela, las pocas bestias que permanecían echadas se levantan al sentir que sus jaulas se elevan del suelo.

 

Cuando por fin las jaulas son abiertas, las bestias parpadean, cegadas por la luz del Sol, que no han visto en muchos días. Al acostumbrarse de nuevo a la luz, alzan la vista y ven más seres humanos de los que jamás creyeran que pudieran existir. Senadores o plebeyos, con togas de bordes púrpuras o con túnicas remendadas, la multitud aúlla como una manada de monos y amedrenta a las propias bestias casi tanto como los hombres y mujeres que no tienen la suerte de estar allá arriba.

 

Pero el hambre se impone ante cualquier temor que sientan las bestias. No necesitan ser invitadas a matar porque no las mueve a hacerlo el placer sino por instinto: son muy diferentes de los corrompidos humanos, que confunden la crueldad con la necesidad y han pervertido la idea de la supervivencia.

 

Estremecido, oigo gritos y chillidos de espanto. Capturados por la justicia para abastecer de carne al populacho, la mayoría no son más que delincuentes de poca monta, algunos ni siquiera por eso. Corren como si tuvieran el demonio metido en el cuerpo y apenas puedo escuchar sus alaridos de terror entre las risas del populacho. Sí escucho aplausos y vítores cuando alguno de ellos es derribado por la zarpa o los colmillos de una fiera. Porque los lamentos de terror, las maldiciones furiosas y las lágrimas de los que están abajo son las risas y los aplausos de los que están allá arriba, disfrutando el democrático placer del sufrimiento ajeno. Poderosos y humildes sienten la dicha de saberse seguros, de saber que no son ellos los que padecen. La mayoría de las víctimas están tan famélicas como las bestias pero estás desgarran sus secas carnes a dentelladas, machacando nervios y tendones, buscando con los colmillos el escaso magro que pueden encontrar. La sangre gotea en sus colmillos cuando miran amenazadores arriba, a la muchedumbre, que aplaude con lágrimas en los ojos de alegría...

 

 

¡Todo ha sido una ilusión! Nada queda de la plebe romana y no veo más que una veintena de turistas paseando por el coliseo. Callado el estruendo del populacho, siento ese profundo silencio que viene después del estruendo. Allá abajo, los gatos se pasean o se echan para descansar en la sombra. Uno de ellos bosteza y veo sus dientes. Por un momento se me antoja que sus colmillos son más largos y sus ojos son más fieros, que su hocico se vuelve grande y leonino... Pero la visión desaparece tan pronto como cierra la boca. No es más que un gato romano, que me mira con sarcasmo, casi sonriendo. Hay demasiada Historia para mí en este lugar y el gato se burla porque no soy más que un impresionable humano. ¿Es que lo sabe? ¿Acaso alguien más ha podido verlo?

 

Todavía queda mucho que ver en Roma y sus gatos estarán allí para acompañarme. Cuando encontréis una tienda de recuerdos -lo que será fácil, pues hallaréis una en cada manzana-, ¡no olvidéis comprar un calendario o una postal de los gatti di Roma...!

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Patapalo
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Poblador desde: 25/01/2009
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Magnífico. Muy bueno el relato. Creo que todos los que hemos estado por Roma nos hemos visto fascinados por ese deambular de los gatos por las ruinas. Sí, sin duda la ciudad es suya.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Félix Royo
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Poblador desde: 26/01/2009
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Genial relato, y el cambio de la ensoñación me ha dejado perplejo, de verdad que no me lo esperaba.

El genio se compone del dos por ciento de talento y del noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación ¦

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Léolo
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Muy bien escrito. Desde luego, deja constancia de tu amor hacia los gatos. No obstante, lo considero más un reportaje de un hecho que desconocía (y que no deja de ser curioso) que un relato propiamente dicho. Sea como fuere, resulta una pieza interesante.

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Nachob
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Poblador desde: 26/01/2009
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Tiene embrujo este relato, no sé si por el tema o por la manera que tienes de contar esa sensación que producen los gatos.

Haz mezclado dos grandes aficiones tuyas, los gatos y la historia, y el resultado es hermoso.

Enhorabuena.

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Mauro Alexis
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Poblador desde: 14/02/2009
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   Muy bella descripción, Solharis, la lectura corre como agua de arroyo y el sabor que queda es a tiempos lejanos y a calor de hogar.

   Saludos.

"Habla de tu aldea y serás universal."

 

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