Lagunas

Imagen de Félix Royo

Sólo recuerdo pequeños fragmentos entre las lagunas de mi memoria. Se había desencadenado un gran ciclón, una masa de aire que cambiaba rápidamente de presión, una ciclogénesis explosiva creo que la llaman, la Tormenta perfecta.

 

Nos encontrábamos a unas setenta millas de la costa y a unas trescientas de la borrasca cuando nuestro barco se detuvo y quedamos a la deriva. Conocíamos el parte meteorológico, así que alguien comunicó nuestra posición para que mandaran un helicóptero a buscarnos. Luego la radio se estropeó también; los problemas nunca vienen solos. Era de noche, así que esperamos a que viniera la ayuda, o la tempestad, lo que llegase primero.

Mucho después me desperté en este extraño barco con una terrible jaqueca y la sal pegada al cuerpo y al paladar. Aquél no era un buque mercante ni sus tripulantes el Ejército de salvación; sólo había que verlos, qué tipos tan raros y qué prendas tan extrañas vestían, y eso que yo apenas disimulaba mi desnudez con unos harapos rasgados por todas partes. Llevaba no sé cuánto tiempo sentado sobre la cubierta observándoles, preguntándome si alguna vez cualquiera de ellos se dignaría a acercarse y decir «Vaya, lo siento, no queríamos hacerte esperar, sé que no tienes ni idea de dónde te encuentras, pero bienvenido a Disneylandia».

La tormenta llegó y vaya si lo hizo, por algo la llaman perfecta. Habíamos asegurado los contenedores para evitarnos disgustos, revisando los arneses y los contrapesos a conciencia. Nosotros mismos nos atamos a los bastidores de la cabina por si acaso había que aventurarse a pasear por la cubierta. Todos nos encontrábamos nerviosos; después de todo, por muy experto en el mar que se sea, hasta al más veterano le puede jugar una mala pasada y desaparecer para siempre. El hermano de nuestro capitán, por ejemplo, perdió la vida antes de que nos enroláramos en su tripulación; remplazamos al menos la mitad de las plazas, por lo que dedujimos que les habían castigado a base de bien.

Tanto tiempo como llevo aquí sentado, lleva tumbado, inconsciente, ése de allí. No sé si le habrán hecho la reanimación o si ni siquiera han comprobado el pulso, por si sigue con vida. Sin duda sería lo último que necesitaría esta situación tan embarazosa: un muerto tirado a mi lado. Aunque el resto de los hombres que iban en el buque conmigo han desaparecido, y no consigo acordarme de sus caras, sólo de la mano del capitán, con tres dedos; los otros dos los perdió junto con su hermano y ahora debe estar reuniéndose con él.

El barco ascendía casi verticalmente por las enormes olas de más de diez metros, atravesando las crestas como una cuchilla afilada. Temía por la integridad de la proa Trawler, nunca la había visto resistir el choque de la marea con la línea de flotación tan alta. Los sumideros apenas daban abasto para achicar el agua. Recuerdo haberme resbalado y dar con los morros en la cubierta, pero no fui el único: por poco se parte la barra cuando un compañero rodó por toda la línea de crujía hasta casi caer por la popa. Que ésa era otra: parte de las olas invadían las aletas y sumergían la parte posterior, con lo que, al bajar al valle desde lo alto como si la embarcación fuera un promontorio, la aleta de estribor o la de babor cargaba con la presión, virando y haciendo oscilar el barco a merced de los elementos.

No reconozco al hombre que permanece boca arriba, aunque seguramente debería, porque sus harapos son de los mismos colores que los míos y presiento que nos fuimos a pique juntos. Qué feo es el condenado: una mata de pelo gris se junta como una costra en el entrecejo, sobre su nariz aguileña y su boca de siluro. Ambos llevamos medio palmo de barba mal recortada y descuidada, y las raíces del vello parecen cobrizas, aunque con este sol de justicia todo lo aparenta.

La solidez del buque empezaba a encontrarse en peligro, rechinaban los listones de la cubierta y del forro exterior como si las estuvieran retorciendo. Navegábamos a quebranto sin poder hacer nada, sin gobierno pues el timón no respondía: había perdido la transmisión con la pala y ni con esas podríamos haber compensado el viraje. La zona muerta cada vez era menor, apenas sobresalíamos un metro sobre Neptuno y ahora también se arrastraban los torrentes desde la proa.

Se ha despertado el cadáver entre estertores, tal vez ha visto también los relámpagos de mi memoria. Llegan esos hombres rojizos para contenerle, cuánta violencia para ser un superviviente. Me invitan a levantarme cuando un alfanje se interpone entre el Sol y mi cara. Tal vez debería temer por mi integridad, porque llevo horas haciéndolo sobre mi sentido de la realidad. Nos llevan hasta su capitán, que se encuentra sobre el castillo de proa mostrando su autoridad y virilidad con los brazos en jarra.

En mi mente grita el difunto capitán alzando la voz sobre los truenos, quiere que dos hombres bajemos a comprobar la estanqueidad de la bodega. Es ridículo: triple casco, lo que pide la ley, pero aun así lo hacemos, no vaya a tirarnos por la borda el muy... No podía ser una brecha, no habíamos colisionado con nada. Si la flotabilidad y la estabilidad eran tan asquerosamente malas se debía a que la nave no estaba preparada para aguantar semejantes tormentas, aunque ya hubiera sobrevivido a una anteriormente.

Subimos las escaleras escoltados por los sables hasta situarnos en frente de aquel hombrecillo chaparro cuyo tricornio disimulaba apenas su calva. Era tan rojo como los demás, hasta sus cejas y su vigoroso bigote lo eran, e iban vestidos de cuero como si se trataran de una banda de moteros; desde luego, se habían equivocado de lugar o de atuendo. Por un momento me imaginé rescatado por el barco de la ONG Payasos sin fronteras, o a bordo de un psiquiátrico flotante, si es que eso existe.

Algo pasó en aquella bodega, sí. El hombre del entrecejo estaba conmigo, llevaba en las manos una llave grande de fontanería, no sé de dónde pudo sacar algo así, o tal vez ya estaba esperándome abajo cuando entré a comprobar cómo iban las cosas. Había suelto un panel del recubrimiento interior y parecía que una de las cuadernas se había ido corroyendo con el tiempo; pintaba mal pero no se filtraba el agua. En cambio, al fondo chisporroteaba el generador eléctrico como si el fallo no hubiera sido general e intentase todavía procesar el combustible. Lo miré de cerca para comprobar que había sido manipulado, como si alguien hubiera cortado los cables a mala leche. Me giré al sentir algo en la oscuridad y observé aterrado su rostro levemente iluminado por las chispas, desencajado mientras sujetaba la llave muy cerca de mí. Me zafé, y creo que le tiré al suelo de un empujón. Debía avisar a los demás y salvar el pellejo.

Y ahora él estaba allí, había sobrevivido como los malos de los seriales de televisión o del cine de serie B. Parecía no recordar lo que había pasado; mejor, pero no podía confiar en él después de lo ocurrido, aunque tampoco les podía avisar a los marinos de rojo, ya que no me creerían. El capitán había comenzado a hablar mostrando sus dientes negros. Nos dijo algo acerca de la esclavitud, de trabajos forzados, tiburones, olvidarse de la Seguridad social, de que eran piratas barra terroristas... Pero nada de eso explicaba por qué vestían de forma hortera en una fragata de las que no conoció ni mi bisabuelo.

Salí al infierno de lluvia, marea y viento cuando atravesábamos la colisión entre dos olas, y sentí una mano agarrándome la pierna y reteniéndome en la escalera. Entonces, la roda se partió levantando toda la proa y la amura de estribor, rodando como una gigantesca mole por encima de la carga, aplastando la cabina con la mitad de la tripulación dentro. Los mosquetones se soltaron y lanzaron las cuerdas en todas las direcciones, se hundió la popa mientras las cuadernas atravesaban la cubierta inclinada, caía la carga liberada por la borda de babor y perdíamos el codaste; pasaron a mi lado, demasiado lejos para agarrarles con la mano, viejos compañeros que se perdieron en el mar. Los baos de cubierta se resquebrajaron mientras caía a peso muerto a la bodega, y los cuerpos ensangrentados en la cabina barrían la línea de crujía ya dentro del estómago de la ola. Se abrió el casco alrededor mientras todo se escachaba como una lata. Después sólo recuerdo agua, ruido y oscuridad.

 

Han pasado tres semanas en las que no he dejado de fregar la cubierta, comprobar los nudos y revisar las cañas de pesca. No nos dejan hacer nada más porque dicen que somos unos inútiles; estoy seguro de que ya se nos habrían comido si fueran caníbales. ¿Y qué esperan que haga? Desconozco el funcionamiento intrincado del velamen y las órdenes imprecisas sobre su manejo, tampoco nos enseñan a usar las armas porque desconfían de nosotros, en especial del cejijunto, que por poco le arranca la oreja de un mordisco a uno de ellos en una pelea. Sigo pensando que no es de fiar, y parece que ahora ya no soy el único.

También descubrí el horrible secreto de su color; es una guarrada lo que hacen: Tienen un barreño lleno de la sangre de sus últimas víctimas, supongo que de algún abordaje, y se frotan con ella para teñirse de rojo. Estoy seguro de que el capitán incluso se baña ahí dentro. Con el tufo que desprenden los marineros, el olor de la sangre es lo de menos. Nos han dicho que cuando matemos a alguien, y eso lo tendremos que hacer por puro instinto de supervivencia, nos habremos granjeado el derecho al baño de sangre. Lo que no han añadido es que nuestros enemigos irán primero a por aquellos que no vayan de rojo: los novatos y más débiles.

El capitán, al igual que los demás, tiene cabeza de sepia; no es un insulto, realmente la tiene con su casco membranoso y sus ojos saltones, algo que destaca mucho con sus patas de cabra. Cada vez que le miro me entra hambre y me acuerdo de las tascas de puerto a las que me llevaban de joven; esto me ha costado más de unos latigazos en los últimos días. Aunque lo entiendo, para ellos soy como un monstruo hambriento salido del mar, una especie de mascota a la que esclavizar. Lo he estado pensando: si realmente existieran tales criaturas a bordo de una fragata, hace tiempo que lo sabría todo el mundo, así que debo aceptar que he muerto y me he reencarnado en el país de los gilipollas.

De repente, se oye un estallido ahogado a lo lejos y un proyectil cae a escasos metros, en el agua. Cómo no lo hemos visto; una embarcación de tres mástiles se acerca por estribor. El capitán mira por su catalejo y grita a zafarrancho de combate. Los hombres corren a nuestro alrededor hacia sus posiciones mientras nosotros estorbamos en mitad de la cubierta. «¡Desplegad la vela de trinquete! ¡Desplegad la gavia de trinquete también!» grita como un poseso el oficial y repite el contramaestre. Bajan del palo de mesana al vigía desvanecido y lo tiran directamente al mar; dormido, inconsciente o muerto, no merece otro destino.

Nos empujan hasta la bodega de la batería para ayudar con los cañones. Entonces siete golpes se mueven con el viento y llegan tras una lluvia de proyectiles de dos libras que desgarra la vela cangreja y por poco barre la toldilla llevándose al capitán al otro mundo. Nuestros cañones son grandes aunque escasos, una pequeña batería de veinte piezas por cada lado cuando. Por el tamaño de la eslora, nuestro enemigo probablemente tenga incluso el doble, y desconocemos si tiene una batería de cubierta. Son de un modelo antiguo sin llave de artillería, así que habrá que encenderlos a la vieja usanza.

Hundo la esponja en un cubo para limpiar el cañón por dentro, por si acaso, y después lo seco rápidamente ―bajo el influjo de un latigazo― con el cepillo, como hacen los demás con mayor seguridad y diligencia. Me indican que coloque el espeque para que puedan recolocar el cañón y parar después el retroceso; mientras, uno de esos sepias introduce un cartucho de pólvora, lo perfora desde arriba y ceba el oído de la pieza antes de colocar una mecha corta y estrecha. Le ayudo a levantar el pesado proyectil de veinticuatro libras e introducirlo en el ánima, llevándolo al fondo junto con un taco de estopa con el atacador, empujamos la artillería hasta la tronera abierta, colocamos el braguero y los palanquines (que son unas sogas que frenan el retroceso) y me retiro hasta la pared contraria ante el miedo de haber hecho algo mal durante el proceso. El marinero alza el botafuego y bajo el grito de Muerte prenden las mechas a la vez. Veinte balas cruzan ruidosas la diferencia entre ambas naves, de las cuales cuatro o cinco deshacen del castillo de proa al bauprés, dejando los foques y la trinquetilla como unos colgajos.

Nos disponemos a repetir la operación cuando recibimos respuesta y su batería de cubierta y su batería inferior nos dan para el pelo con una carga mixta, compuesta por balas encadenadas para destruir los aparejos, proyectiles de dieciocho libras y alguna bala calentada al rojo en brasero. Perdemos el juanete y la vela de sobremesana, y el palo de mesana queda para el arrastre, medio hendido, y abre una brecha en la cubierta, pero sin caer partido sobre la toldilla. Además tres marineros pierden la vida en el alcázar, y por poco se lleva también las del capitán y del contramaestre. Cerca de la proa, el pasamanos y el tablado del forro exterior se hace trizas por encima de la línea de flotación en la zona de popa. No hay daños en los artilleros salvo algunas heridas leves. Por suerte, las incendiarias pasan limpiamente de un lado a otro sin causar mayores problemas.

Cargamos los proyectiles de treinta y seis libras con intención de reventar su casco lo antes posible y hundirlos antes de que nos ganen la partida por ventaja de fuego. Los barcos terminan de posicionarse uno al lado del otro impulsados por el barlovento a escasos trescientos metros, ordenan recoger las velas y entrar a la defensiva para refrenar el avance y así impedir el abordaje, además de talar el palo de mesana antes de que caiga por su propio peso. Ajusto los aparejos y me aparto para que enciendan la mecha; entonces se oye un grito entre el estruendo dentro de nuestra batería y apenas me da tiempo a ver levantarse el cañón por los muñones sobre la cureña, retrocediendo con sus cuatro toneladas de peso sin que lo eviten las cuerdas, y llevándose al operario de por medio. Como no me cabía duda, había sido justo en el que ayudaba el cejijunto, ese saboteador. Al menos nuestra carga barrió por encima de su línea de flotación dejando parte del casco al descubierto, lo que retrasó el siguiente ataque de la batería inferior enemiga.

Pero cargan sus cañones con metralla, además de con algunas palanquetas, y azotan la cubierta con tal profusión de proyectiles que fulminan a los quince marinos sobre el combés y el castillo, el contramaestre incluido, y hieren en tres sitios al capitán, al que tienen que ayudar a bajar a la batería. Entonces pienso en el vigía y en el saboteador, así como en el otro barco, los repentinos fallos de la radio y del generador, o de la transmisión del timón, y dudo de si no recordará mi cara, de si no pretenderá hundir también este barco, pero un tortazo para hacerme reaccionar me saca de mis pensamientos.

Cargamos los cañones con más de lo mismo mientras nuestros enemigos retiran a hachazos los paneles deformes que les impiden disparar; deberíamos ganar esta ronda al menos, pero no contamos con que su tripulación es también más numerosa que la nuestra y que preparan su artillería al mismo tiempo que nosotros. En ambas naves gritan al ataque y unos sesenta proyectiles se cruzan sobre el mar abriendo brechas por doquier. Caen la vela mayor y el resto del velamen, se agrieta zigzagueante la cubierta alumbrándonos con una lluvia de astillas, los palos de mesana y de trinquete caen uno a babor y otro a estribor dejando el combés al descubierto sin arboladura. El bauprés literalmente ha desaparecido, y ahora somos nosotros los que echamos abajo los escombros del casco agrietado para despejar las troneras. Han muerto también varios de los nuestros, y quedado inutilizada parte de la artillería por los impactos. Pero nosotros también les he hemos dado duro, eliminando al menos a un tercio de la batería bajo cubierta y partiendo su palo de trinquete.

La esperanza me es pronto truncada cuando el capitán grita entre espumarajos de sangre «¡Ha llegado la hora de morir, muchachos! ¡Cargad lo que nos queda y... procurad que se hundan junto a nosotros!». Cebamos el cañón con los últimos proyectiles, pero no conseguimos ni disparar la mitad de la batería cuando el enemigo parte la techumbre, deshilachando la cubierta en miles de retazos, desintegra el castillo de proa y la toldilla, volatiza los cañones junto con unos amasijos de sangre, abre numerosas brechas entre las cuadernas, por las que se cuelan inexorablemente grandes torrentes de agua, y nos condenan definitivamente. Hasta al capitán le dan una muerte rápida. Nosotros apenas herimos a algunos de los suyos, un precio insignificante el que pagan para ganar la batalla.

Apenas quedamos media docena vivos, y tres o cuatro no llegarán a darse el baño con esas heridas. Me pregunto dónde estará ese maldito traidor, si por fin habrá muerto, y le veo trepar a las ruinas del castillo de proa con el pecho desnudo y una camiseta blanca en la mano. ¡Nos va a entregar! Me muevo entre los escombros intentando no caerme entre las grietas, ni pisar los restos de nadie. Recojo un puñal de uno de los cadáveres. Él ya agita la bandera blanca, me mira sabiendo que sé lo que pretende y me tira un trozo de madera para detenerme, pero lo esquivo y me agarro a los restos de un bao; hago un gran esfuerzo para subir y entonces veo que varias astillas me atraviesan el muslo, pero lo consigo pese al dolor y me pongo de pie delante suyo, blandiendo el cuchillo.

La fragata enemiga está virando lentamente. No nos va a dar el toque de gracia, nos permitirá vivir a los que seamos útiles, pero el traidor nos venderá a todos para sobrevivir, para poder hundir también su barco. Me arrojo sobre él con el cuchillo pero me agarra la muñeca mientras hunde su otro puño bajo mis costillas; mis ojos rojos se clavan en los suyos. Recuerdo su cara siniestra con la tubería, la mano del capitán, la radio, el generador, el timón, el vigía, el cañón, la bandera, le parto la cara de un gancho, liberando la muñeca, y clavo la daga, una, dos, tres veces, y otras tres veces más hasta que deja de respirar.

Y los recuerdos se entrecruzan en mi mente. Recuerdo cómo fundí la radio, cómo usé las tenazas para cortar los cables cuando creía que nadie miraba, cuando partí la transmisión del timón estando el capitán en la bodega comprobando qué pasaba, y los desajustes de tornillería que hice por todo el barco, cómo lo preparé todo, porque odiaba la vida en el mar, me resultaba repulsiva. Me embarqué para huir del tedio que sentía en tierra y se acrecentó al estar rodeado únicamente de agua por todas partes. No lo aguantaba, no quería seguir soportándolo. Todo eso recordaba mientras seguía acuchillando su cuerpo muerto.

Sin duda había ido a algún infierno por lo que hice y por lo que estaba haciendo. Ya no tenía ningún sentido, tendría que haber muerto hace mucho tiempo y lo último que quería es alargar esta tortura que es la vida. Unto la camiseta en la sangre del cejijunto para que tome el color que me he ganado a pulso, la enrosco en un palo y la bandeo de forma que nuestros enemigos puedan verla claramente. La señal no da pie a equivocación: no nos rendimos. La nave enemiga se detiene lentamente a menos de cien metros. Grita el esqueleto quejumbroso de nuestra nave yéndose a pique, los cuerpos empiezan a hincharse un par de metros bajo mis pies.

Veo la silueta de un capitán levantar sobre su barco mutilado lo que parece un catalejo, pero justo después oigo un disparo, me falla la pierna y me precipito a un mar rojo. Después sólo recuerdo agua, ruido y oscuridad.

 

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Patapalo
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Me ha gustado mucho el relato. Quizás algo enrevesada la parte del combate, con demasiados términos náuticos que ralentizan la acción, pero bien llevado en cualquier caso. Me ha gustado el tono y la estructura circular.

Eso sí, te he corregido unos cuantos gerundios. Creo que es algo que tienes que revisar, compañero.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Félix Royo
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Lo revisaré a fondo, aunque recuerdo que cuando hice el relato me lié poniendo en presente algo que iba en pasado o al revés y lo tuve que cambiar, así que seguramente, entre eso y algún despiste más, se me hayan colado bastantes cosas. Además no soy muy proclive al gerundio, salvo lo de formar "estando + participio/adjetivo". De todas formas le daré una buena ojeada, que siempre se comenten errores que no ves en el momento.

El genio se compone del dos por ciento de talento y del noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación ¦

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Léolo
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Un relato muy entretenido y dinámico. Grotesco unas veces, gracioso otras...

La acción está muy bien llevada y me ha resultado ameno e inquietante. Además, los términos náuticos, si bien me sobrepasan, ayudan mucho a crear ambiente. Muy bueno.

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Nachob
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Me parece una gran historia y un relato muy bueno, por lo que voy a machacarlo.

Es broma... a medias

Cuando leo un cuentecito, un relatillo simpatico sin pretensiones, una historia amena, suelo ser condescendiente, dado que consiguen su proposito, que es entretener. No se pide a un niño que conquiste el everest.

Pero cuando veo un relato que tiene algo realmente bueno, que promete, que es de liga de honor, soy más exigente.

Me ha encantado la historia, y creo que merece un par de vueltas y pulidos. Acentuar incluso graficamente los cambios de situación, descargar los cultimos, que quedan estupendos siempre que no se abuse de ellos, limpiar y clarificar la acción para que transcurra fluida, más aún si cabe, y redondear ese final intuido de circulo infinito, de condena infernal a vagar de un buque maldito a otro, de historia que no acaba, de maldición marinera.

El buque fantasma del holandés errante no es un barco en sí, sino todos aquellos que se hundieron, que se hunden, que se hundiran. A todos ellos acuden las almas perdidas de los que envilecieron con sus pecados el mar, a naufragar una y otra vez por toda la eternidad.

Gran idea, gran historia, haz que brille más.

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