Craso error

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Pasarse de parada era un riesgo que ella corría a diario. La visión de las miradas vacías de los otros, con sus ediciones de bolsillo de Twilight y sus cabezadas eran sólo el último recurso, en caso de no encontrar asiento junto a la ventanilla.

El asiento junto a la ventanilla era la primera opción, la cabeza apoyada en el plástico sucio, los ojos entrecerrados lo bastante para dejar de ver y lo bastante para no dejar de ver el amanecer. Día tras día el asiento junto a la ventanilla, las breves apariciones en sueños del padre, del ex, de una desconocida, de alguien que murió, de la madre sacando la basura, “¿ya has sacado la basura?”; escuchada la frase se producía el clic, la frase exacta lo bastante descontextualizada como para percatarse ella de que los ojos ya no estaban entrecerrados sino cerrados sin remedio, la cabeza descolgada sin decoro alguno. Próxima estación: Las Margaritas.

Ese día el riesgo corrido hizo que la palabra riesgo cobrase significado, la proximidad del daño se tornó realidad y mientras la voz fémino-mecánica recitaba “próxima estación: Las Margaritas” la máquina de sueños de ella funcionaba a baja velocidad y la situación onírica “¿es que no quieres besarme?” dejaba de ser inverosímil y se convertía en algo así como un deseo, un deseo sin movimiento afectivo, estático y reprimido, como los primeros rayos de luz contaminada en Madrid a través de unos ojos entrecerrados o entreabiertos, viendo el vaso medio lleno, algo molestos pero calientes, ergo agradables. El deseo se convertía en idea difusa, la idea en voluntad, la voluntad actuó como una especie de ausencia de voluntad, “me paso la parada”.

El que hasta entonces había sido un sueño hermano de la muerte, pesado, fatal, ineludible y hasta cómico, se convirtió en consciencia y la consciencia en curiosidad. Como nunca había pasado de aquella estación, podría decirse que su subconsciente más estrecho estaba convencido de que tras Las Margaritas no venía nada, tal vez una suerte de fin de un mundo plano, su mundo, una cascada a la que iban a parar los descuidados y los indecisos.

La música seguía sonando en los auriculares y, después de unos diez años de dejar atrás lo que había sido, de repente se descubrió de golpe en una canción, tan tonta como ella misma, capaz de volver simpático al estúpido y relevante al olvidado. “Era la música la rebelde y no yo”, pensó ella con pena, y la canción despechada volvía con renovada sensualidad, las notas facilonas se hacían dueñas y señoras de su cintura, sus vaqueros desgastados y su mirada reflejada en la ventanilla.

“Sabía que el tío del café vendría más allá de Las Margaritas”, concluyó repasando el interior de su vagón. Se sonrió al descubrirlo dormido, con su vaso de Starbucks en la mano, como todas las mañanas, con las gafas de sol puestas. Se trataba probablemente de uno de esos tíos que saludan a los camareros con confianza y dicen “lo de siempre” o tal vez de uno de ésos que convierten un café en un complemento y un complemento en una personalidad y una personalidad en un carácter y en un destino. Sabía que si ella se había pasado de parada, necesariamente el tío del café y las gafas de sol se habría pasado también de parada.

La ventanilla atrapaba de nuevo su atención, aunque el paisaje era cada vez más difuso y el tren circulaba cada vez más deprisa. Cuando llegó la primera parada tras Las Margaritas resultó que sólo había dentistas. Lo desconocido parecía estar lleno de conocidos. Entre los que pudo divisar en el andén se encontraba el que la había estado atendiendo los últimos meses. Aunque el dichoso aparato era relativamente sencillo de hacer, dijo la enfermera “sólo serán dos sesiones: el molde y recogerlo”, la segunda sesión dio lugar a una tercera y la tercera a una cuarta. El aparato no encajaba. “Es tu boca”, decía él, “tiene una forma muy original”. La quinta vez ella había olvidado el motivo por el que quería hacerse el aparato. “No quiero ponerme eso todas las noches de mi vida y sentir que no encaja”, decía; “No encaja”, contestaba él y le pedía que regresara una y otra vez sólo para escuchar sus contestaciones cuando le pedía que regresara.

—¿El lunes?

—No podré, tengo la tarde ocupada.

—¿El martes?

—Tengo un viaje.

—¿El miércoles?

—Es que no sé si voy a poder por las tardes…

Desde el andén el dentista la saludó con la mano mientras con la otra le mostraba el aparato dental, pero como ella no contestó a su gesto, él no quiso subir y el tren continuó su marcha.

Después de la parada de los dentistas llegó la de las cosas estúpidas. Allí estaban los platos por fregar, los recibos de la luz, las excusas, el grifo sin presión, la lista de la compra, los comentarios irreflexivos, los proyectos abandonados… No había ninguna persona entre esas cosas, pero se oían algunas voces recriminatorias. Ella pensó que todas esas cosas por separado no valían nada, aunque juntas eran una terrible mole de nimiedades separándola sin remedio de todo lo que le hacía sonreír antes. ¿Antes? Allí no podía bajarse, pero todas esas nimiedades le recordaban sus “debería”: “debería volver”, “debería bajarme”, “debería encontrar la forma de no dejar que estas cosas me quiten la ganas de reír”. Mientras pensaba si “debería” bajarse y dudaba, el tren se puso de nuevo en marcha hacia lugares también conocidos.

La siguiente parada fue larga y penosa. Subió al tren toda esa gente conocida que vivía en la misma ciudad que ella pero a quien nunca se encontraba ni quería encontrarse. Todos querían que se bajara del tren para “ponerse al día”, pero ella se negó y ellos decidieron volver al andén antes de que el tren continuara su ruta. “¡He estado muy liada!”, gritó a través del cristal, porque las mentiras por cortesía son fáciles y hasta necesarias, pero ya no la oían ni les importaba.

Después pasaron varias horas sin que hubiera paradas en ninguna parte. Y ella deseaba eso, encontrarse en ninguna parte. Quería quedarse en el vagón medio vacío, dormitando y preguntándose cosas, contestándose las mismas cosas y repitiéndose que, al menos, cuando te propones ser infeliz no hay lugar para las decepciones. Ya estoy tan lejos de Las Margaritas que nadie podría venir a decirme que no me bajé en Las Margaritas. “Ya estás llegando”, la despertó una voz, y el miedo sustituyó a la curiosidad. “No pensaba que tuviera que bajarme ya”, pero ya no había lugar para excusas porque la parada de las excusas quedaba ya muy lejos. Ella pensó que no iba vestida para la ocasión, aunque arreglarse para él era como mentir a los padres: innecesario, estéril y vergonzoso. ¿Acaso creía realmente que sería tan fácil escapar a esa especie de control autoimpuesto?

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Patapalo
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Un relato muy de metro mañanero. Me ha gustado mucho como se concatenan los sentimientos y reflexiones de la narradora con las paradas de metro, como si fuera una ensoñación de viajero mal despertado.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Léolo
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Relato reflexivo y metafórico, trascendental a esas horas intempestivas, crucial para dejar de tomar decisiones. Muy cálido y conseguido. Mi enhorabuena.

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Nachob
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Me ha gustado el principio de metafora cotidiana, de sueño mal llevado, de vigilia mal soñada.

Ese tono emotivo y cercano, lírico y onírico, como las esperanzas que dormitan en nuestro interior.

Pero al final se me pierde, y no me acaba de cuajar. Me deja un poco, ligeramente, la sensación de melancolía que debería, pero no el regusto en la boca que me haría recordarlo la proxima vez que cogiera el metro.

Aún así, enhorabuena por las emociones despertadas

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