La visión III

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Tercera entrega de esta novela corta de Manheor

 

CAPÍTULO VII: La dama de “El Río”

Coros. Música que surgía de ninguna parte. Pesados tapices movidos por una corriente invisible. Ondas afelpadas de grueso terciopelo azul. Y peldaños. Peldaños y peldaños. El río.

Soñaba. Andrew no lo creía. Y, sin embargo, no podía estar despierto. Cómo había llegado allí después de haber dejado a Ezequiel al pie de su reino estaba envuelto en una oscura bruma. Recordaba haber fijado su destino en el GPS, tras echar un vistazo a la garabateada nota que el Dragón le había dado. Recordaba el resplandor de las farolas inundando la cabina en una monótona cantinela luz-sombra, luz-sombra. Recordaba una luz anaranjada, la del cigarrillo en la comisura de sus labios, y recordaba el interior del cenicero con sus cenizas aplastadas. Pero, ¿dónde había aparcado, cuál era la fachada del club, quién lo había salido a recibir? Nada. Sólo los peldaños, los pesados tapices, el suave terciopelo azul, los coros, la música y la desnuda y enjuta espalda de su guía, un joven y pálido eunuco cuyo único atavío era un torque metálico color zafiro prendido a su cuello.

Volvió a mirar los tapices, pesados mantos de tela que flanqueaban el pasillo sin dejar espacio entre sí. El ondular de sus faldones le había permitido vislumbrar, de vez en cuando, extrañas escenas que no comprendía. Una habitación brillante, tallada de cristal, con hombres y mujeres desnudos ejecutando complicadas figuras geométricas con sus cuerpos flexibles. Un delirio invertido, hombres y mujeres vivos eran las cariátides de un patio interior de mármol sobre el que se alzaban estatuas; detrás de cada cariátide, aguardaba una enorme fila de sustitutos; entre las estatuas de la plaza, yacía una alfombra de cadáveres, las articulaciones torcidas por el esfuerzo. En otra, oscuridad, y una voz juguetona cantando una alegre canción; a veces se detenía y reía con una voz alegre e infantil. Pronto, las imágenes lo habían perturbado tanto que decidió centrar su atención en los tapices. Eran gigantescos murales de motivos históricos y mitológicos entrelazados que compartían una misma edad. Zeus, Hera y los Titanes compartían espacios con Platón, Arquímedes o Aristóteles. Lo mismo ocurría con sus gemelos romanos y los Julio César, Marco Antonio o Cleopatra, quien traía consigo imágenes sumisas de las deidades egipcias, empequeñecidas frente a sus homólogos romanos porque su tiempo de ser adorados ya había pasado. Ahora, contemplando una inmensa locomotora en escorzo abalanzándose hacia el plano del dibujo y las extrañas criaturas anfibias que trepaban por sus flancos de hierro, comprendió. La escalera era el río, por eso seguía ascendiendo una y otra vez, remontando su curso, acercándose a la fuente de la que manaba. Y los tapices, las puertas a las secretas estancias, contaban la historia del hombre dos veces; la historia de sus hechos y la historia de sus sueños. Y las fundía en una.

Andrew sonrió, alcanzando un nuevo rellano cuadrado que marcaba la aparición de un nuevo tapiz y el cambio de curso de la escalera, que giraba ahora abruptamente hacia la izquierda por otros diecinueve peldaños. Sí, eso era. Los sueños y los hechos. ¿Y al final del camino? Ya vería.

El final del camino lo recibió. Un lienzo blanco tremolaba en bellas ondas de seda, extendiéndose hacia la sala de la cúspide, el manantial del que manaba el río. Pero Andrew no estaba mirándolo. Sus ojos, desorbitados, se clavaban en el último tapiz a su izquierda. Allí estaba su corte y Ezequiel, alzando la hoja negra del arce. Allí estaba su lecho cubierto por el dosel púrpura, y los lienzos y lienzos que lo rodeaban desde todas direcciones, excepto por un angosto pasillo que serpenteaba desde la puerta hasta el faldón del baldaquino. Allí estaban él y la cortesana de esa noche, Shana, desnudos sobre el mullido colchón, cruzando miradas y sonriendo con la cáliz rebosante de oscura poción entre ellos. Allí estaba él sobre el otero de Mullholand Drive, y la tracería anaranjada que era Los Ángeles en la noche. Allí estaba el dragón y su princesa, el brillo malévolo del rubí en su ojo de plata captado con una viveza que estremecía. Y allí estaba también Ezequiel, solo al pie del 611, mirando al Ferrari 458 Italia que se perdía al fondo de la amplia avenida.

—Majestad, tiene que pasar.

Andrew dejó escapar un gemido. Miró al paje. Unos ojos blancos, ciegos, lo miraron fijamente. Blancos y grandes dientes asomaron de los finos labios del eunuco. Bajo su cintura, el muñón mutilado de sus genitales era ahora bien visible.

—Ya es la hora.

Sudoroso, apartó la vista de su guía y la volvió al blanco lienzo. Una vez más, agitado por un viento imposible, la tela tremoló y su faldón apuntó al interior de la estancia, donde reinaban, en contraste, unas profundas tinieblas.

Andrew cerró los ojos. Se sumergió en su interior. Dejó atrás el batiburrillo de pensamientos, los deseos, las terribles lujurias y violencias de su bestia más oculta y, tras el velo de tinieblas, palpó el núcleo duro y liso, el centro de su ser. Allí estaba, el acero del rey. Sólo tenía que palparlo para saber quién era y qué significaba serlo. Era un rey. El rey Andrew.

Sus poros dejaron de exudar. Sus músculos se relajaron. Y sus ojos se abrieron, limpios, penetrantes, y tranquilos.

Sin una duda más, Andrew apartó el retazo de seda y se perdió en las tinieblas.

Hubo sombras. Campanas tintineando. A cientos. A millares. De mil metales y resonancias. Hubo formas temibles apenas intuidas. Hubo frío, la caricia del infierno. Y hubo silencio. Y oscuridad.

Y después…

—Vaya, por fin. Creía que, después, de todo, aun te echarías atrás.

Una joven, no podría tener más de dieciséis, se sentaba de rodillas en un suelo frío. Su mano removía con una cucharilla la cálida poción de un humeante cáliz, calentado por la azulada llama de un camping gas. Pero Andrew estaba fascinado por su pelo, una melena rizada de bucles elásticos y brillantes, y de color esmeralda.

La joven sonrió.

—Anda, siéntate majestad. Frente a mí —su mano libre se agitó graciosamente, indicándole el lugar—. Has recorrido un largo camino para hallar las respuestas. Y aquí te esperan —unas profundas arrugas surcaron su pálida frente cuando frunció el ceño. ¿Dieciséis? Andrew ya no estaba nada seguro—. Tal vez demasiadas.

Andrew se sentó frente a ella. La miró en silencio un instante, saboreando su tranquila expresión y la serena belleza que emanaba de sus párpados cerrados, de su ambigua sonrisa, del constante agitar de la mano que aferraba la cucharilla y de su nívea y suave palidez, como si más que de carne y hueso, la joven fuera de nieve.

—Si contienen la verdad, nunca serán demasiadas.

La sonrisa de la joven se acentuó. De pronto, abrió los ojos. Andrew perdió el aliento.

—¿De veras?

No contestó. No podía. En sus órbitas níveas, no surcadas por la más leve venilla, dos pozos de fuego verde ardían. Sin pupila. Sólo fuego verde, en un disco de llamas fluctuantes. Duró un instante, porque, en un parpadeo, los pozos se apagaron y unos ojos, profundamente verdes, sí, pero humanos, lo observaron.

Andrew, boquiabierto, tragó saliva.

—«Entonces, blanca como las nieves de las tierras altas, ligera de pies como una sombra nocturna…».

—«…Emerge y, sobre la ribera, se sienta, silente y desnuda, una ninfa».

Andrew sonrió embelesado. Ella también acentuó la suya, dejándole ver sus blancos dientes.

—Pero se decía de ella —continuó Andrew—. Que sus ojos eran de fuego esmeralda. Y su risa, la muerte de varones.

—Entonces, —replicó—, cuídate de que no ría.

Y sus labios volvieron a encogerse en una media sonrisa, una media sonrisa casi idéntica a la que Sasha, la pobre cortesana, había vestido casi constantemente en su breve noche con el rey. Andrew estaba seguro de que, esta vez, nada malo le pasaría a su compañera. De lo que le ocurriría a él, sin embargo, no estaba tan seguro.

—¿Nada familiar? —la joven había vuelto a agitar la mano graciosamente, señalando el cuarto. Sus ojos, entrecerrados, volvían a apuntar hacia la humeante poción.

Andrew miró la estancia. Era de planta cuadrada, y tanto el suelo como el techo estaban cubiertos con un mosaico que emulaba las aguas calmas de un lago, esponjosas nubes reflejadas sobre su faz de diminuta pedrería azul; la imagen se repetía idéntica tanto arriba como abajo, siendo imposible afirmar cuál era el cielo y cuál su reflejo. Cuatro tapices cubrían sus cuatro lados. A la espalda de Andrew, estaba el blanco. En los otros tres, una obra conocida; su favorita. El jardín de las delicias y sus tres estaciones.

—Aún recuerdo la primera vez que la vi. De la mano de mi madre en el Prado —Andrew se deleitó por un instante en la perfecta reproducción de cada lienzo de seda, en el que cada color era exactamente el que recordaba. Pero lo que más lo fascinaba era el que había a su espalda—. ¿Por qué el blanco?

—Hay una cuarta estación del jardín —contestó la joven y calló un instante, golpeando ligeramente el borde del cáliz con la cucharilla para desprender el pegajoso y oscuro líquido— O, mejor dicho, una tercera. El otoño. Y ya es hora de que la veas.

Alzó la copa y abrió los ojos. Sonriendo, detuvo la copa humeante bajo sus carnosos labios.

—No me has preguntado mi nombre, a pesar de que ya te lo han dicho.

Andrew le devolvió la sonrisa.

—Nombrar a alguien sin su permiso no es cortés —repuso Andrew—. Y un rey debe ser la bandera de la cortesía.

Semik siguió sonriendo, pero no rió. Sus ojos brillaron.

—Me alegra no haberte matado en cuanto llegaste aquí —dijo tranquilamente—. Dragón juzgó bien. Si no, él también habría caído.

Andrew leyó profundamente en sus ojos esmeraldas. No bromeaba.

De un trago, Semik vació la mitad de la copa. Luego se acercó a Andrew, lo rodeó y lo obligó a recostar la cabeza en su regazo.

—Esta vez, el viaje será completo. No temas. Creo que volverás.

Y le dio de beber.

La copa tintineó sobre el empedrado, vacía. Andrew, sintiendo el potente y a la vez adormecedor calor difundiéndose en su cuerpo, parpadeó pesadamente. Allí estaba aquel rostro perfecto, de bucles y ojos esmeraldas, sonriendo. Allí estaba, enmarcado en blanco por el ligero y brillante tapiz de seda blanca, una visión angelical bajo un umbral etéreo. Allí…

Sobre la seda, lentamente, emergieron líneas. Figuras y colores. Un lienzo.

Andrew jadeó. Su pulso se desbocaba. La imagen se iba definiendo. Panales de cristal y hormigón alzándose al cielo; amplias avenidas en las que hormigueaban miniaturas humanas, cada una definida con primoroso trazo y detalle, desde el hombre de negocios con su flamante maletín al desastrado pordiosero durmiente bajo cartones; un río de ojos rojos en un sentido y blancos en el contrario, luminosos, buses, taxis y automóviles; y en el cielo, atardecer. Semik le tomó una mano y la apretó, queriendo sosegarlo. Pero Andrew no podía calmarse. Comprendía. Comprendía cuál era la tercera estación. El otoño.

—Dios mío, es ahora —susurró, los párpados más y más pesados, los pensamientos, agua fluyendo de una vasija rota—. Ahora.

Y entonces, hubo oscuridad.

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Patapalo
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Un buen capítulo de transición, con escenarios sugerentes y buenos personajes de enganche. Ahora a ver hasta dónde nos lleva.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Susana Eevee
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 Esta tercera parte es realmente inquietante. Alguna escena me ha sobrecogido un poquito 

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Manheor
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No es el típico final previsible y de cierre absoluto. Es algo más onírico. Antesala a algo más grande...

A ver si os gusta ;).

Podria estar encerrado en una cascara de nuez y sentirme dueño de un espacio infinit

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Douglas
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Loco por saber como continua...

El primer párrafo es el último disfrazado.

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Manheor
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Vaya, pues muchas gracias, Douglas.

Tremendo halago tanta ansiedad por saber ;D.

Podria estar encerrado en una cascara de nuez y sentirme dueño de un espacio infinit

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Nachob
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Bueno, me he tenido que ir a leer el final para ver por donde acababas para poder comentar adecuadamente este capítulo.

Respecto del mismo simplemente señalar que sigue siendo perfecto en forma, y que al ser efectivamente de transición, tampoco cabe mas comentario por mi parte.

Dejo mi impresión final en la última parte.

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