Aquelarre

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Reseña de la antología de varios autores recopilada por Salto de Página como muestra del terror literario nacional

 

Aquelarre es un proyecto tan ambicioso como bien realizado. Su intención era dar una panorámica de lo que están haciendo los escritores que se dedican al terror en España y, aunque la completitud absoluta es imposible, nos brindan una muy completa.

En el libro, algo muy de agradecer, no nos encontramos con una predominancia de autores “de la casa”. Bien al contrario, si observamos las biografías veremos sus variadas procedencias (en cuanto a sellos editoriales se refiere). También podremos constatar que algunos de ellos tienen un currículum relativamente modesto, aunque, a juzgar por cómo escriben, no tardarán en aumentarlo. La labor realizada por los antologistas es encomiable. Se percibe un trabajo de investigación y búsqueda real.

Sobre la edición, poco que comentar: como el resto de la Colección Púrpura, resulta cómoda y agradable, y el prólogo de los antólogos, si bien no profundiza demasiado en el terror en sí, funciona bien y sirve de preámbulo para lo que vamos a encontrar. A destacar el título, Aquelarre, (no se me ocurre ninguno más adecuado) y la curiosa idea de haber ordenado los relatos en función de la edad de sus autores, lo que permite seguir, más o menos, una evolución en cuanto a cómo se ha abordado el terror en nuestro país.

Echemos un breve vistazo a las obras por separado:

La mancha (Juan José Plans): Se trata de un relato que reposa en el diálogo. El elenco de personajes es muy reducido, la prosa es sencilla, el escenario, cotidiano, y el elemento perturbador igualmente simple y, hasta cierto punto, arbitrario. Es una obra que juega con la cercanía con el lector, en la línea del realismo mágico, y que se vale del minimalismo para realzar la inquietud.

El ángulo del horror (Cristina Fernández Cubas): Uno de mis relatos preferidos de la antología. La autora crea con acierto un espejismo onírico en el que el lector se sumerge hasta sentir vértigo. Lo palpable de las relaciones familiares que sirven de marco al fenómeno imposible (quizás un guiño a Lovecraft) y la fuerza que adquiere la noche, que deviene casi un personaje propio, hacen de este relato una experiencia inquietante que deja un fuerte poso de desasosiego.

Instantáneas (José María Latorre): Un relato sencillo pero solvente. Integra con acierto el absurdo dentro de lo cotidiano y consigue implicar al lector con el protagonista al apoyarse en sentimientos muy humanos, como la curiosidad o la inercia.

Mascarilla (Pilar Pedraza): Esta obra se apoya en la ausencia y en lo directo. Nos presenta en primer plano el elemento inquietante dentro de un escenario banal (un centro comercial, el mundo de los cosméticos) y lo deja en vilo (como si el horror no necesitara hacer acto de presencia propiamente dicho para existir). El propio lector es quien se angustia sin necesidad siquiera de un pequeño empujón.

El banquete del señorito (Norberto Luis Romero): Relato peculiar sobre las perversiones humanas, basa su fuerza en el elemento estético, en el escenario y el marco. La acción casi es secundaria frente al ambiente que consigue recrear, en el que las depravaciones culinarias, como apunta el título, son las protagonistas. La prosa, que interpela al lector directamente, prescindiendo de algunos convenios, facilita que este se sumerja en la particular mansión retratada.

La luz de la noche (José Carlos Somoza): Una historia sencilla y elegante, que gracias a la prosa y al ritmo que le imprime el autor resulta tan sugerente como poética. La muerte, la noche y los aparecidos adquieren un nuevo tinte, clásico pero fresco, en sus páginas.

El espanto y otros microrrelatos (Ángel Olgoso): Un buen ejemplo de las posibilidades de este modo de abordar la creación literaria. Los microrrelatos aquí reunidos, apenas media docena, nos presentan un imaginario complejo y perturbador con una fuerza inusitada gracias a la precisión del autor a la hora de plasmar ideas.

Carroñeros del miedo (David Jasso): Una de las obras que más me gusta del autor y quizás la menos representativa de su trabajo. En este relato se percibe una ternura y una poesía especial bajo una capa fantástica (fantasmas en un viejo cine, como si fueran recuerdos perdidos) que llama la atención en un escritor que suele dar más protagonismo al narrador cotidiano.

El escombral (Juan Ramón Biedma): El relato nos trae uno de los escenarios más originales de la antología. Contemporáneo y urbano, sí, pero con unos matices que lo acercan a un circo de los horrores o a un capricho grandguiñolesco. Resulta descorazonador y desazona. Yo me llegué a sentir un poco enfermo leyéndolo.

Palabras para Nadia (David Torres): Aquí se nos presenta una de las prosas más exigentes del libro. El relato tiene algo de monólogo interior y quiebra su estructura para introducirnos de lleno en los inquietantes dominios de sus personajes. Un viaje a la tierra de los vampiros, pero contemporáneo, donde la acción aparente flota sobre oscuros manantiales subterráneos.

Los arácnidos (Félix J. Palma): La elegancia formal de este relato es quizás su aspecto más remarcable. Gracias a ella se disfruta sobremanera del original escenario dispuesto, una mansión señorial contaminada y saturada, literalmente, por los oscuros secretos de una familia perversa.

Círculo Polar Ártico (Care Santos): Un relato peculiar en el que no se sabe muy bien qué es lo que produce la inquietud, pero en el que esta es palpable. De alguna manera, la percibimos como una sombra en el rabillo del ojo, entrelazada con esa sensación de inseguridad que provoca adentrarse en un terreno ignoto y exótico.

Cosecha de huesos (José María Tamparillas): Creo que este relato condensa las dos principales virtudes que veo en el autor: su capacidad de hacer un retrato “costumbrista” e inquietante, castizo e impregnado de desasosiego, y su habilidad para generar el escalofrío. Pero no un escalofrío estético o metafórico, sino real.

Medusas (Ismael Martínez Biurrun): Un buen ejemplo del terror parental. También una buena muestra de lo que podemos encontrar en sus últimas novelas: una trama sólida que se desarrolla con suavidad, unos personajes originales pero palpables y unos cierres en los que la tensión sube de un modo impresionante. De los pocos autores que me ponen el corazón en un puño.

Huerto de cruces (Santiago Eximeno): Antes de que el género zombi triunfara en nuestro país, este relato cosechaba sus éxitos. En él hay epidemia Z, sí, junto a un retrato de la castilla rural tan realista que resulta estremecedor. Quizás no sea la obra más representativa del autor, pero sí una que tiene todas las virtudes de un género a día de hoy sobreexplotado, y ninguno de sus defectos.

La cotorra de Humboldt (Lorenzo Luengo): Una obra peculiar. El tono humorístico y el escenario abracadabrante que se nos presenta hacen dudar de si se trata de una obra de terror. Su final surrealista pero coherente con el conjunto trae la respuesta: sí. Una apuesta tan atrevida como entretenida.

El hombre revenido (Emilio Bueso): Otro peso pesado de la antología. Con una prosa rica y aventurera, el autor nos trae una historia que se sumerge en las raíces de uno de los clásicos del terror (el muerto viviente) por vías nuevas. Establece, además, un diálogo interesante entre distintos elementos de la mitología macabra. Como ambientación, los tiempos de la peste.

La cirugía del azar (Alfredo Álamo): Volvemos a los escenarios contemporáneos con una de las obras más duras de la antología. La escritura precisa el autor va en consonancia con la macabra cirugía que se nos plantea como elemento central del relato y como excusa para indagar en los rincones del alma humana, en concreto, sobre las facetas creativas.

Nox Una (Marian Womack): Una historia misteriosa y sugerente llevada con acierto, donde pesa más la atmósfera que la propia narración, la cual queda más desdibujada. Esto no resta un ápice de inquietud. Único punto oscuro, los gerundios.

La mercancía (Alberto López Aroca): Con un estilo directo, oral pero al mismo tiempo rico, fiel al personaje narrador pero no por ello coartado, este relato nos acerca a un drama contemporáneo (el del tráfico de inmigrantes) a través de mitos antiguos, y lo hace con un resultado demoledor. Es imposible no sentir simpatía, por lo campechano del narrador, y, al mismo tiempo, un horror profundo.

Gatomaquia (Marc R. Soto): Otro de mis relatos preferidos del libro y de mis lecturas en general. Estamos ante una pequeña obra de arte: personajes vívidos, escenarios palpables, ritmo sostenido y un trabajo de relojero que nos lleva a un final inolvidable.

Caries (Miguel Puente): Una revisitación de un clásico del terror, el vampiro, que combina con acierto humor, tensión y un anecdotario que seduce y engancha al lector. Tampoco me parece la obra más representativa del autor, a quien vinculo más con un terror más puro e implacable, pero sin duda es una magnífica lectura.

La luz encendida (José Miguel Vilar-Bou): Una buena muestra de la suave elegancia que tiene la prosa de este autor y de la capacidad de fascinar y estremecer que se esconde entre sus líneas. Personajes cercanos confrontados a hechos extraordinarios pero, al mismo tiempo, delicados, casi inasibles, como tiene que ser la materia espectral.

Exploradores (Matías Candeira): Un relato que hibrida con acierto la parafernalia de la ciencia-ficción con los recursos del terror. Una buena muestra de un tipo de literatura que se sale de hormas para buscar, sobre todo, estremecer a un lector habituado a coquetear con todo tipo de ficciones.

 

En definitiva, un libro muy recomendable para los que quieran echar un vistazo general a lo que se está cociendo en el fantástico siniestro español. Incluso los aficionados al mismo encontraremos nuevos caminos por explorar. Yo, al menos, lo he hecho.

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LCS
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Lo tengo en casa, en el montón de libros pendientes.

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Sechat
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 Tiene muy, muy buena pinta. Seguro que lo compro y lo leo en breve. Acabo de pasarme por la web de "Salto de página" y bueno... es una editorial que desconocía, pero que promete títulos interesantes. 

Si lo leo os lo comento.

Espacio patrocinado por

Nocte - Asociación Española de Escritores de Terror

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