Dientes negros

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Otro relato de Patapalo sobre piratas y monstruos.

 

Hay rincones del Caribe en los que habitan las sombras por mucho que brille el sol. El almacén de “Dientes Negros”, el viejo traficante holandés, es uno de los más oscuros.

Una enorme araña negra se descolgaba con parsimonia del desvencijado techo de la trastienda. Imbuido de una cierta aprensión, Petit Jean Pierre no la perdía de vista. El grumete de la pinaza del capitán Lucius Sang-de-fer odiaba aquel lugar.

El cubil de Dientes Negros, el traficante holandés, tenía la extraña cualidad de parecer una vieja ruina a pesar de que la propia colonia de Santa Marta no contaba con diez años de existencia. De los travesaños de su techumbre maltrecha colgaban, como densos cortinajes, las telas de araña de aquellos impresionantes especímenes tropicales. Mezcladas con sus sedosas superficies, cabezas de ajo, cadenas, cabos, pieles de animales, cuernos de pólvora y cualesquiera otros improbables elementos que se pudieran imaginar contribuían al desorden general. A pesar del caos, según decían, nada escapaba a Dientes Negros. Por ese don, por esa memoria infinita y esa perspicacia de zorro, decían, había cambiado sus dientes verdaderos al Diablo.

—Son quince toneles de cacao —decía, con una sonrisa pícara, Lucius.

—¿Y qué más…? —suspiraba sibilino el traficante.

—Nada más, solo quince toneles de cacao.

—Nadie viene hasta aquí por quince toneles de cacao. —Cuando Dientes Negros hablaba, una especie de hedionda brisa cálida llenaba la estancia. Parecía que susurrase, pero, al mismo tiempo, su voz era inmensa. No dejaba un resquicio libre. Era como si no se pudiera evitar oírla—. Dime qué más.

—Son quince toneles de cacao —repitió con obstinación el pirata.

A Petit Jean Pierre no le gustaban aquellos intercambios. Siempre que iban a ver a Dientes Negros ocurrían cosas extrañas. Hubiera querido decírselo al capitán, pero sabía que este no hubiera apreciado la interrupción. En el fondo, a él tampoco le gustaba el holandés, pero no era fácil encontrar comerciantes dispuestos a introducir la mercancía robada en las rutas españolas. Al menos, eso era lo que había oído decir en las tabernas de Tortuga y Saint Kitts.

—El niño me lo dirá —continuó Dientes Negros y, al ritmo de su voz, las telarañas se mecieron.

—Los negocios los haces conmigo —intervino Lucius intentando mostrarse autoritario; sin embargo, había una nota en su voz que desmentía el aplomo de su pose—. Son quince toneles de cacao.

Dientes Negros sacó una cajita polvorienta de debajo del mostrador y, con una llave que pendía de su cuello, abrió con cuidado la cerradura, inclinándose sobre ella. De su interior sacó un medallón de oro que depositó en la mano de su cliente.

—Quince toneles de cacao y el chico —susurró con su fantasmagórica voz.

Petit Jean Pierre se estremeció, envarado, y se volvió hacia su capitán. Con ojos desorbitados vio cómo este abría el medallón y cómo sus ojos se cuajaban de lágrimas. Sin pronunciar una palabra, para su desolación, el pirata apretó con fuerza el objeto en su puño y se dio media vuelta, dándole la espalda. Con paso abatido abandonó el negocio, sin mirar atrás.

El grumete pensó seguirle, pero la súbita presencia de decenas de enormes arañas, que asomaban por todos los rincones de la trastienda, lo paralizó en el sitio. Como cuando en una pesadilla las piernas se vuelven de plomo, el chico hubiera seguido allí, parado, el resto de su existencia. Solo la voz del traficante, acariciante y densa, repugnante como un mar cubierto de sargazos en descomposición, pudo sacarlo de su ensimismamiento.

—Ven a mi lado, chico.

Petit Jean Pierre se volvió hacia el holandés. Este lo observaba con sus malignos ojillos cuajados de brillos, mostrando aquella sonrisa negra como el alma de un asesino. Sus dientes eran como carbones extraídos del infierno. Su naturaleza no era sucia, sino obscena.

—Acércate a mi lado…

El chico comenzó a avanzar hacia Dientes Negros, subyugado por la voz. La repulsión que siempre le había causado aquel personaje se había incrementado hasta el infinito, pero a pesar de ello era incapaz de dar media vuelta y salir corriendo.

—Justo hasta aquí, hasta mi lado…

Las enormes arañas negras descendían de sus palacios en la techumbre. Conjurada la presencia extraña, el peligro implícito que suponía el pirata, salían de sus escondites. Ahora solo estaba su amo; él y el chiquillo que seguía su voluntad. Un ejemplar particularmente grande se encaramó al hombro del traficante. Sus patas delanteras se movían ondulantes, como si anhelaran tocar el rostro del chico, quien se encontraba cada vez más cerca.

—¿Vas a matarme? —preguntó Petit Jean Pierre casi al borde de las lágrimas.

El vello de las negras arañas pareció erizarse al escuchar aquella voz infantil tomada por el miedo. La respuesta de Dientes Negros, por el contrario, no mostró emoción alguna. Únicamente esa peculiar modulación sibilante, suave como un susurro exhalado por un ahorcado.

—¿Cómo podría matar a una araña tan hermosa?

Con el cabello erizado por un horror más allá de lo imaginable, Petit Jean Pierre lanzó su brazo izquierdo, armado con su navaja, directo hacia el cuello de Dientes Negros. Un agudo chillido llenó la trastienda.

 

A la mañana siguiente, Lucius Sang-de-fer entró, con una pistola cargada en cada mano, en esa misma trastienda. De su cuello pendía el medallón de oro que el holandés le había dado la noche precedente. En sus ojos se podía leer una determinación: recuperar parte de la mercancía de aquel impío trato.

Al poco rato, la decepción fue el único sentimiento que pudo leerse en sus ojos acerados. Dientes Negros estaba tumbado en el suelo, cadáver, cubierto por una tela de araña tan densa que cualquiera la hubiera tomado por una sábana. En el cuello tenía una enorme picadura que todavía supuraba, el beso de una de sus arañas.

Al ver al muerto, Lucius Sang-de-fer pensó, acertadamente, que localizar a su grumete iba a resultar muy complicado.

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LCS
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Poblador desde: 11/08/2009
Puntos: 6621

De nuevo la ambientación es fantástica y de nuevo, creo que me chirría el final. Aunque creo que si lo leo ya en sintonía con el otro relato de piratas, creo que ya chirría menos. ¿Parece que va a ser una saga, no?  Similiar inicio, similar final. Me gustan los relatos así, que se relacionan unos con otros.

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Patapalo
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Poblador desde: 25/01/2009
Puntos: 196415

En efecto, es una serie de relatos interconectados con los que estoy calentando antes de lanzarme con la novela. Tengo muchas ideas pero todavía tengo que encontrar el tono.

Gracias por el comentario, compañero.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Aldous Jander
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Poblador desde: 05/05/2011
Puntos: 2167

Pues ánimo, si la escribes creo que ya tienes un lector. Me están encantando el tono y la ambientación, y creo que podría encariñarme con los personajes. Sin embargo, leyendo estos dos y el siguiente (El niño que tenía ocho patas) todavía me he quedado con muchas dudas, espero que las resuelvas en los relatos siguientes y no nos dejes con cabos sueltos .

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Patapalo
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Poblador desde: 25/01/2009
Puntos: 196415

Haré lo que pueda. Muchas gracias por los comentarios

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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