Los 27 errores del rey Rodrigo I

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Primera entrega de este relato histórico de Maundevar

 

Prólogo

E él sin ninguna detenencia fue a las puertas de la casa e fizolas quebrantar, mas esto fue por muy gran afan, e tantas eran las llaves e los canados que era maravilla. E después que fue abierta entró él e fallaron un palacio en quadra tanto de una parte como de la otra, tan maravilloso que non ha ombre que lo pudiese dezir...e avía hy en él una puerta muy sotilmente fecha e asaz pequeña, e enzima della letras gruesas que dezían en esta guisa QUANDO HERCOLES FIZO ESTA CASA ANDAVA LA ERA DE ADAM EN QUATRO MIL E SEIS AÑOS. E despues que la puerta abrieron fallaron dentro letras abiertas que dezian: ESTA CASA ES UNA DE LAS MARAVILLAS DE ERCOLES. E despues que estas letras leyeron vieron en el esteo una casa fecha en que estaba una arca de plata e ésta era muy bien fecha e era labrada de oro e de plata e con piedras preciosas e tenía un canado de aljofar tan noble quie maravilla es, e avia en él letras griegas que dezian: O RREY EN SU TIEMPO ESTA ARCA FUERE AVIERTA NON PUEDE SER QUE NON VERA MARAVILLAS ANTE QUE MUERA. E ese Ercoles, el señor de Grecia, supo alguna cosa de lo que avia de venir”.

Al-Razi (Ajbār mulūk Al-Andalus)

 

–1–

La luz del Sol avanzaba con velocidad pasmosa por el valle, venciendo las sombras de la noche. Aquellos primeros rayos animaron las brisas matutinas que a mediodía acabarían azotando la frontera natural de la sierra, atravesándola para esparcirse por la meseta. Khindas tenía costumbre de madrugar con anterioridad al alba; disfrutaba del frescor de la mañana. Aquel ligero frío le aclaraba las ideas, le hacía menos pesado el despertar. Tras orinar sobre la tarima de roble que servía de plataforma tras la muralla, oteó de nuevo el valle, asomando sobre los sillares de las almenas. Lo que años atrás fue fuente del mejor aceite del sur de la península, era ahora un secarral muerto y estéril. Sequías, hambrunas... Multitud de males transformaron las fértiles tierras del valle. Parecía que Dios los hubiera abandonado. Quizás las viejas historias de una Roma lasciva y avariciosa aniquilada por sus pecados maldecían ahora la tierra de los godos. Pero él pertenecía a una tribu fuerte; era descendiente de un pueblo de guerreros, de grandes líderes que vivían de la tierra y respetaban a Cristo, así como respetaban los designios de Dios.

Pero todos aquellos pesares quedaron enmudecidos con la marcha de su señor. Rodrigo era ahora el rey de los godos, cabeza visible del reino, y como tal tuvo que marchar de los valles de la Bética, y dirigirse a la capital para tomar el mando de la Sala Regia.

Khindas le previno. La corte no era lugar para su carácter; él era justo y sincero; no existían segundas intenciones en sus palabras; era como su difunto hermano Teodofredo. Por algo lo expulsaron de la asamblea durante el reinado de Witiza. Investigó las aventuras amorosas del rey con su sobrina, Favila, así como su implicación en las falsas acusaciones de traición por las que el rey decidió ejecutar al anterior duque de la Bética, el gran Teodofredo; confirmó con ello su fama de lujurioso y deshonesto, así como su entorno de condes palatinos corruptos y traidores. Todo ello con la intención de mostrar al resto de miembros del consejo el oscuro camino que el reino estaba tomando. Arriesgó su propia vida con aquel ataque directo al rey, y el grueso de nobles, clientes del gobernador de la Tarraconensis, votaron por su expulsión y vuelta a sus tierras de la Bética.

—¡Nido de víboras! —maldijo Khindas—. Culos gordos sobre asientos de oro. Eso es lo que son. Mi rey, deberíais volver a vuestra tierra, junto al pueblo que reza por el regreso de su señor.

Aquella súplica enmudeció entre los vendavales que ya generaba el ardiente aire del valle. Ascendía con fuerza por la loma de la montaña, y pronto se acumularía hasta alcanzar su único punto de descarga hacia la gran meseta. Cruzaría el angosto collado con terribles ráfagas. Torbellinos capaces de lanzar a un hombre desde las almenas precipicio abajo; pero el sayón esperó; se quedó musitando unas súplicas mientras alzaba su mirada al cielo.

—Ayúdanos, Señor. Sé misericordioso con nosotros. Haz que la semilla brote; salva a tu pueblo del hambre y libera nuestras almas.

Se quedó allí plantado unos instantes más, esperando la llegada de algún mensaje. Pero el siseo del viento colándose por los huecos de los grandes bloques de piedra fue el único sonido que le llegó.

—Gracias por nada —sentenció.

Bajó las escaleras de madera hasta llegar a la plaza del pueblo. Se trataba de una fortificación antigua, decían que anterior a la llegada de las tribus, construida con sólidos y trabajados sillares de caliza. Algunos sectores tuvieron que ser reconstruidos, y estas áreas conformaban los puntos débiles del sistema defensivo. Remodelados con rocas del lugar sin pulimentar ni preparar, su estructura se levantaba con dos finas hojas de rocas y un relleno de argamasa y desechos. En ocasiones, el fuerte viento agrietaba esas zonas hasta derribar el débil conjunto de nueva planta.

Hacía ya dos noches, uno de estos muros cayó sobre las caballerizas aplastando el edificio de adobe. Por fortuna o desgracia, ningún caballo pereció en el accidente. De todos ellos se aprovechó hacía mucho tiempo la carne para racionarla entre los pobladores. La comida escaseaba y el hambre debía ser saciada con las reservas de la fortificación.

El guerrero observó el enorme hueco de la muralla. El viento se colaba con fuerza y penetraba entre las casas de madera del interior.

—Buenos días, señor —oyó Khindas tras él.

Se trataba de Gontrodo, un joven alto y corpulento, la mano derecha de Khindas, y soldado de confianza. Era hijo bastardo del rey Rodrigo y, aunque ello le alejaba de cualquier pretensión al trono o la Sala Regia, posibilitó su cuidada formación militar. Heredó el vigor y energía de su padre, así como su fuerza y envite. Khindas hizo de él su segundo tras la marcha de Rodrigo a las tierras del norte y el traslado de su primogénito a la capital.

—Sisberto dio caza ayer por la tarde a un gran número de estorninos que estaban revoloteando por el tejado de la Casa Grande.

—Se agradece alguna buena noticia —sonrió el sayón.

—Hoy los prepararán y podremos comer como hace días que no hacemos.

—No. Debemos guardarlos. Haced uso de la sal que tenemos en el almacén para conservarlos. Prefiero muchas comidas ligeras, a un solo banquete aislado.

El joven se quedó callado con el ceño fruncido.

—Suéltalo. ¿Qué pasa por esa cabezota?

—Todos saben de la noticia. Sisberto lo anunció a muchos de ellos esta mañana. Creo que tanto a la tropa como al pueblo no les gustará tu decisión.

—Lo sé, Gontrodo —respondió el viejo sayón acercándose al soldado—. En la mayoría de ocasiones las buenas decisiones no son las más fáciles o apetecibles. ¿Entiendes? Pero acaban siendo las mejores por ser las que mejor resultado dan.

El joven torció el rostro aún más confundido.

—Lo que necesito que entiendas es que lo que define a un buen líder es su capacidad de sacrificio por el bien de su pueblo. ¿Comprendes? —El sayón avanzó con el soldado a través de la plaza en dirección a la Casa Grande—. Llevo muchos años sirviendo a tu padre; el peso de la edad hace que ya no tenga la fuerza de antaño.

—Eso no es cierto, y lo muestras todos los días.

—No busco tus halagos, joven. Cuando tu padre vuelva tengo pensado hablar con él sobre tu evolución. Que piense sobre la posibilidad de que tú ocupes mi puesto.

—¿Sayón de la Puerta Sur? —Al joven se le iluminó el rostro. Lo que le proponía Khindas suponía alcanzar uno de los puestos más importantes de la Bética. Estar al lado del gobernador, ser su brazo derecho y sustituirlo en su ausencia. Y en un futuro, poder estar al lado de su hermanastro cuando volviera de Toledo. Seguiría siendo un bastardo del rey, pero la gente dudaría mucho más en recordárselo—. Es mucho lo que me ofreces. Hay muchos candidatos, no sé si yo…

—Mierda, lo serás y no se hable más. Deja a este viejo descansar. —El sayón frenó en seco señalando más allá de la muralla norte. Su mirada se tornó nostálgica, rasgado por viejos recuerdos—. Tengo ganas de volver a mi tierra. Querría morir en ella.

—¿Las tierras del norte? —consultó Gontrodo extrañado—. Allí gobiernan los tres niños traidores. Si descubrieran quiénes sois, lo más probable es que vuestra cabeza acabara colgada de una pica.

—Pero amigo mío, ¿cuántas furcias vasconas habría colgado yo con la mía antes? —respondió Khindas entre risas mientras sujetaba su entrepierna.

—Eres muy atrevido queriendo compartir lecho con una norteña.

—Chico, hay burdeles en el norte donde les enseñan desde niñas a dar placer a los hombres. Amansan su fiereza, pero dejan un hálito de su rabia y fuerza para centrarlas en el placer. Las capturan en los poblados de montaña donde sus tribus se esconden. Cuando esté en el norte, bien seguro que vendrás a visitarme, y dejarás de pensar esas tonterías cuando cates una.

El joven sonrió con una mueca forzada. Había escuchado muchas historias sobre la fiereza de los vascones, y no creía que llegara a disfrutar con una prostituta de esa tribu. ¿Dormir en el mismo camastro? Un suicidio sin duda, pensó.

—¿Y sobre Akhila, Ormundo y Ardabasto? —insistió Gontrodo—. Somos enemigos del duque Akhila, y aunque los tres son simples niños de teta, muchos nobles del norte y la Tarraconensis se alimentan de la mierda que mana de sus blancos culos. ¿Cómo piensas volver a tu tierra?

—Confías poco en la fuerza e inteligencia de tu padre. No tardará mucho en acabar con sus enemigos y aplastar la rebelión. Y yo llegaré allí para follarme a las furcias que no hayan desvirgado sus soldados.

—Así sea entonces —concluyó el joven sonriendo a su maestro de armas.

Ambos llegaron a la Casa Grande, un edificio que destacaba de los demás por su tamaño y altura. Se distribuía en una planta de nave única terminada en un ábside y estaba realizada con sillares reutilizados de la misma muralla. La hiedra que se alzaba desde los cimientos estaba reseca, muerta y sin vida. Ambos llegaron a la entrada y el sayón se quedó parado observando aquella planta trepadora; había tomado un color gris, casi blanco; y cuando Khindas fijó su vista en las hojas marchitas, captó una figura borrosa ocultándose tras la esquina del edificio. El viejo se desplazó y nada encontró junto a la pared exterior de la Casa Grande.

—¿Sucede algo? —consultó Gontrodo extrañado.

—Nada. Vamos para adentro.

Al entrar al interior del edificio sus pasos rebotaron por el eco de la enorme estancia. Una bóveda de cañón y cúpulas sobre los cruceros posibilitaban que el peso del tejado se distribuyera en unas pocas columnas de capiteles con una tosca decoración herbácea. El ambiente fresco y el silencio se sumaban a una iluminación tenue proveniente de las pequeñas ventanas que daban acceso al exterior; el conjunto ofrecía una atmósfera serena y contemplativa. Las paredes estaban decoradas con frescos que representaban escenas religiosas: figuras humanas hieráticas; frías imágenes que seguían un canon de pureza representativa.

Al fondo de la gran sala, dos hombres esperaban sentados en una mesa de espesos tablones de madera, mientras Sisberto repartía unos platos con pequeñas raciones de garum.

—Buenos días, compañeros —alzó la voz Khindas sentándose frente a los otros dos godos. Revolvió con una cuchara de madera la pasta salada y humeante de pescado que Sisberto dispuso frente a él—. ¿Cuánto garum nos queda?

—Para un mes más señor —contestó el sirviente.

—Pues tendremos que disfrutar de estas delicias unos cuantos días más —bromeó el sayón.

Aquellos dos hombres sentados frente a los dos guerreros representaban a los pobladores de la fortificación. Hombres y mujeres que mantenían las pequeñas terrazas agrícolas del interior del recinto con las que lograban algunos productos frescos con los que abastecerse durante los ataques al valle, y los asedios del exterior.

A Khindas le gustaba realizar cada siete lunas aquella reducida asamblea para conocer los ánimos de la gente, así como tratar asuntos que necesitaban de la colaboración de la misma población. Y entre aquellos temas a tratar estaban el derrumbe de la sección del muro sur y la reconstrucción de las caballerizas.

Argilo era un hombre enjuto; viejo de barba rizada y blanca, que vestía con un sayo de invierno durante todo el año. Era el poblador de mayor edad, y por ello lo eligió el pueblo como representante ante el sayón. Masticaba el garum con su boca desdentada, rumiando la masa de alimento como una res bobina. Pero aquel aspecto débil e inofensivo ocultaba una inteligencia y sabiduría que Khindas jamás menospreció. Su dialéctica era atrayente, y sabía con su lengua atraer al pueblo y la mayoría de soldados con sorprendente facilidad.

El otro hombre, Godosteo, era un personaje de una rectitud y pose extrañas al pueblo godo. Se jactaba de proceder de una familia antigua, de linaje hispano remoto, que miraba al resto de habitantes de la fortificación con mirada altiva. Gontrodo solicitó su presencia ante el sayón por sus conocimientos en las artes constructivas, y ante la posibilidad de dirigir los trabajos de reconstrucción de la muralla.

—Ha comentado Sisberto que tenemos unas delicias con plumas esperando en la cocina —dijo Godosteo mientras observaba asqueado la masa fibrosa de su plato—. Podríamos aprovechar esta ocasión para probar…

—No —le cortó Khindas.

—…algo de carne recién… ¿Perdón sayón?

—Pues que no. Esa carne se salará y guardará. Está decidido.

—Creo que…

—No se te ha invitado a esta reunión para hablar de la intendencia —le interrumpió Gontrodo—. Como ya sabrás esta noche cayó el refuerzo del muro de la puerta sur y necesitamos saber cómo podemos repararlo y los hombres que necesitarás.

Khindas miró extrañado a Gontrodo por su comentario, pero dejó que el diálogo continuara.

—Pues con el material que tenemos es imposible que reconstruya algo que resista las ventiscas —dijo mientras apartaba el plato—. Debemos salir al exterior para alcanzar la cantera de la sierra; es la única opción que se me ocurre.

—No podemos arriesgarnos a abrir las puertas. Los witizanos podrían aprovechar la ocasión —reprobó Gontrodo mirando al sayón en espera de su aprobación.

El viejo estaba confuso y ausente.

—¿Sayón? —consultó el soldado.

—Podéis idear una estructura con las maderas que hay resguardadas en el almacén. Vigas de madera verticales con refuerzos… en cruz —comentó Khindas con la mirada perdida.

—Esto… Sí… —contestó el artesano confundido—. Sería una opción; los refuerzos en cruz aumentan la resistencia del conjunto y nos serviría como alternativa temporal a la piedra. Pero me sorprenden sus conocimientos de carpintería, sayón.

—A mí también —le reconoció Khindas. El viejo guerrero se levantó de su asiento mareado y aturdido—. Gontrodo, sustitúyeme. Voy a mis aposentos.

—Por supuesto, señor, pero, ¿te encuentras bien?

—Sí. Confirmad los peones necesarios para el trabajo del muro.

Los tres hombres miraron extrañados como Khindas se marchaba por la salida lateral que daba acceso a las dependencias del duque ausente y del mismo sayón. Tras acabar de organizar las tareas de reconstrucción, el soldado dio por terminada la reunión.

—Hablaré entonces con los soldados para que me den acceso al material que necesito —concluyó Godosteo levantándose de su asiento. Marchó con pasos ligeros hacia la salida de la Casa Grande. El viejo Argilo permaneció sentado, observando a Gontrodo que recogía su espada de un armario cercano donde habían depositado sus armas.

—Joven —alzó la voz el anciano.

—Dime, Argilo; no tengo mucho tiempo; debo reunirme con la guardia para ver qué sabemos del espía que capturamos.

—Son tiempos difíciles, Gontrodo, sé que lo comprendes. Eres ya un hombre y también un buen líder.

—Y espero que no pienses que un necio tonto.

—Por supuesto que no, ¿por qué lo dices?

—Veo tus intenciones, Argilo, y mi posición en esta fortificación es más que suficiente para mí.

—Lo sé, pero deberías considerar lo mejor para la gente que depende de ti. La mente del sayón titubea, está desordenada; los soldados lo saben; la gente chismorrea sobre su posición, y lo último que necesitamos es una rebelión desde el interior. Nueva sangre aliviaría sus dudas.

—Me hablas de traición, viejo. Sabes que tan solo el duque o el rey pueden decidir algo así: sustituir al sayón.

—Puede que te interese entonces una idea que ronda por su cabeza.

—Cuéntamelo, pero cuida tus palabras si no quieres que te cuelgue de una pica.

El anciano sonrió ante la amenaza del joven.

—Piensa en marchar. Huir al norte.

—¡Eso es mentira! —gritó en un eco Gontrodo asiendo su puñal—. Conozco a mi maestro y jamás huiría. No es un cobarde.

—¿Eso creéis? —insistió Argilo alzando la mirada—. ¿No le notáis la nostalgia por su tierra de paganos? Pensad en el witizano que entró en la fortificación haciéndose pasar por un emisario franco. ¿Quién le dio paso?

—Khindas —respondió el joven bajando la mirada.

—¿Alguien estuvo de acuerdo con su decisión?

—No, pero es el sayón y sus palabras son órdenes para la tropa.

—Ya, pero cuando descubrimos al espía mandando señales de luz por la noche más allá de la muralla sur, debimos pasarlo a cuchillo.

—Sí —siseó el joven.

—Y no se hizo así, sino que dejamos que siguiera vivo, alimentándose con la poca comida que nos quedaba.

—Khindas busca obtener pistas sobre los witizanos que atacaron el valle. Puede que se hayan marchado; no hemos visto movimientos en el sur desde que concentramos a los campesinos en la aldea fortificada del collado.

—Pues yo digo que nuestro sayón está aliado con el enemigo.

—Pues yo digo que demuestres tus acusaciones antes de sisear con esa lengua bífida.

—¿Para qué el sayón madruga tanto? ¿Por qué busca la soledad en la muralla sur? Siempre en las mismas almenas donde encontramos al witizano mandando mensajes. Yo no acuso, joven soldado; yo tan solo ordeno los acontecimientos y observo su significado.

—No… —titubeó el joven—. No sabría… No creo…

El viejo se levantó con esfuerzo de su asiento y se dirigió hacia Gontrodo murmurándole al oído.

—Hay que pensar en el pueblo, joven soldado; hay que defender la Casa Grande, el símbolo del duque de la Bética; esa es nuestra misión; y para el pueblo, esa tarea recae ahora en un nuevo sayón que lo es por la fuerza de los hechos. Debemos continuar con la defensa de esta plaza y no abrir las puertas bajo ningún concepto. Vos, Sayón Gontrodo —le sonrió Argilo—, lo sabéis más que yo.

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Patapalo
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Arranca bien el relato. La ambientación es interesante y se entra bien dentro del escenario. De momento, quizás le falta algo más de particularidades. El personaje del sayón es el que mejor dibujado queda y eso quizás eclipsa en algo al bastardo. Ya veremos cómo evoluciona.

Sobre el apartado formal, te he corregido alguna coma y algún gerundio, pero venía muy limpio el relato, así que no creo que eso influyera demasiado en el concurso.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Maundevar
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Gracias por tu comentario Patapalo.

Ya me comentarás qué tal con la segunda parte... Me imagino algo de tus siguientes impresiones, pero me quedo con mis augurios en espera del comentario definitivo.

Un saludo!

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