Pensamos en usted

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Un relato de FAGLAND para Calabazas Empresas

 

1.

Joanna estaba cansada de un trabajo que era tedioso y repetitivo. Además, la muchacha tenía envidia de sus compañeros porque todos parecían felices cambiando las plaquitas de las herramientas y cargando piezas. ¡Dios! Casi ninguno fumaba y muy pocos bebían; ni siquiera colgaban pósters de tías en pelotas y tenían demasiada educación para lo que hacían. Eran auténticos ceros a la izquierda.

Cuando Joanna se cambiaba de ropa en los vestuarios se sentía sola y desvalida. Entonces se lamentaba por no haber estudiado una carrera. De hecho, ni siquiera había acabado la secundaria. Para mayor desgracia, sólo había otra mujer en toda la fábrica, y era la señora de la limpieza. Esa mujer se pasaba el día limpiando wáteres y pasando infructuosamente la fregona, pero aún así parecía feliz. Todo el mundo tonteaba con ella como si fuera la reina de Saba. Bueno, Joanna entendió porqué despertaba tanta admiración el primer día que entró en la fábrica: parecía una modelo con su pelo alisado y sus pechos enormes. Hasta ella tenía razones para ser feliz.

Cada uno a su nivel, los trabajadores de Mecanizados Inteligentes eran eficientes y aportaban algo a la Empresa, lo que no ayudaba a que Joanna se sintiera mejor, más bien al contrario: se sentía inútil y miserable.

Ahí está esa golfa presumida, pensó la chica al ver a Silvia atareada con un derrame de taladrina1. Joanna se había abstraído por completo. Llevaba un buen rato sujetando un tocho de acero.

—¿Qué pasa, Joan? —la interrumpió Leo, el de mantenimiento. ¿Le ocurre algo al torno?

Era evidente que sí, pues la sirena de alarma estaba silbando.

—No me encuentro bien —dijo Joanna llevándose la mano a la frente—. Va a tener que venir otro a acabar esto.

Leo suspiró, después miró a la muchacha con pena y validó la alarma.

—Todos los días generas un cuello de botella. Lo mismo en el centro de mecanizado, que en el torno, que en la rectificadora —dijo resignado—. Y ya sabes cómo se pone Antonio si no cubrimos las expectativas.

—Antonio puede meterse las expectativas por donde le quepan —replicó Joanna con impotencia—. Yo me voy a casa.

—De eso nada —añadió Luis, el gerente, quien había escuchado la conversación a espaldas de la muchacha—.-Ya estoy harto de que seas tan incompetente, Joan. Hoy te quedarás hasta que acabes todas esas cajas.

—Te puedes meter las cajas donde te quepan —contestó Joanna con chulería—. Yo me largo.

Luis la miró con cara de pocos amigos.

—Si te marchas, no te molestes en volver —la amenazó—. Ya te hemos aguantado bastante, muchacha.

El gerente no toleraba los malos modos, y menos si venían de una operaria sin preparación que protestaba por todo.

—Perdónala Luis —intercedió Leo—, es que está muy tensa. Ya sabes que su caso es especial.

Joanna soltó el tocho echa una furia, si algo la molestaba era dar lástima.

—¿Ahora soy especial? —dijo con grandes aspavientos de los brazos. Había perdido totalmente las formas—. ¿Qué tengo de especial? A lo mejor el problema es lo que no tengo.

La muchacha se alejó corriendo con lágrimas de rabia en los ojos.

—Está completamente loca —dijo Luis al tiempo que miraba la hora en el teléfono—. Mañana hablaré con Antonio, a ver que dice; pero esta chica es demasiado problemática.

 

2.

La casa de Joanna era una pocilga, los suelos estaban cubiertos de ropa que nunca tenía tiempo de lavar y el fregadero estaba atestado de platos con restos de comida resecos. La muchacha ignoró aquel desastre y se preparó un vaso de leche caliente. Después se tumbó desgarbadamente en el sofá.

Cogió el mando y encendió la tele, pero no la hizo ningún caso. La muchacha se puso a dar vueltas a su vida y se asustó de cómo había cambiado en tres semanas. Removió mecánicamente la leche del vaso y se dijo a sí misma: Todo se arreglará.

Había tratado de animarse cada noche desde que su madre le diera la fatídica noticia. Tienes un problema, pero no por ello has de ser menos que los demás. Esas habían sido sus palabras. Aunque su madre jamás lo habría admitido, Joanna no sentía que tenía un problema, sino que era inferior. Ya antes de la fatídica conversación con su madre se daba cuenta del progreso del resto de la gente y de su evidente degeneración tanto en el plano físico como en el mental.

Surfeó por todos los canales, pero seguía nerviosa; así que apagó la luz y se fue a la cama acompañada de su pelotita anti estrés. A Joanna le encantaba apretarla compulsivamente, eso solía aliviar su taquicardia nocturna. Algunas noches los latidos de su corazón eran tan fuertes que impedían que la muchacha durmiera hasta altas horas de la madrugada.

Antonio me sacará la cara, siempre lo ha hecho. Se repetía Joanna. Confiaba en el jefe de planta, pero sabía que esta vez había metido la pata hasta el fondo. No tenía que haberse puesto chula delante del gerente, eso había sido muy estúpido, dadas sus circunstancias.

Ahora que vivía sola necesitaba dinero para el alquiler, la luz, la comunidad… todo eran gastos. Siempre le quedaba la opción de pedir ayuda a su madre, pero Joanna era demasiado terca para dar su brazo a torcer. No, prefería mendigar y vivir debajo de un puente a pedirle ayuda después de haberse ido de tan malos modos.

Aquella noche, Joanna cerró los ojos cuando el reloj marcaba las dos, aunque siguió ojeando la hora hasta las cuatro y media de la madrugada.

 

3.

—¿Cómo se te ocurre irte así? —chilló Antonio nada más verla—. ¡Debería ponerte de patitas en la calle ahora mismo!

Joanna nunca había visto tan enfadado al jefe de planta. Se asustó muchísimo, como nunca antes.

—¿Sabes cuánto nos va a costar tu desplante? —El hombre miró su carpeta durante un buen rato—. Tenemos quinientas válvulas recién sacadas de la fundición, y tenían que estar mecanizadas para ayer.

—Haré horas extra —se ofreció Joanna con la mirada clavada en el suelo—. Me encontraba mal, de verdad, pero ya se me ha pasado. Tienes que comprenderme, Antonio, por favor.

El jefe de planta se encogió de hombros y miró a Joanna con el ceño fruncido. No podía echarla. A ella no. Había algo en el cuerpo rechoncho de la mujer que despertaba su interés paternal, o tal vez fuera simple lástima.

—Mira Joanna, voy a tener que ponerte una falta por indisciplina —dijo—. Normalmente eso significa una suspensión de empleo y sueldo de dos días, pero sé que te hace falta el dinero, así que voy a pasar por alto la suspensión. Eso sí, recuperarás las horas perdidas esta misma tarde, sin excusas. Tienes que acabar todo el pedido de Mercedes, que ya llevamos un retraso de dos días.

La muchacha se mordió la lengua, sabía que tenía que tragar.

—Como quieras —dijo con la docilidad de un cachorro amaestrado.

La jornada de trabajo fue horrible. Joanna estaba ojerosa y se sentía mareada, pero tenía que continuar. Odiaba hacer cajas de válvulas porque eran pesadas y se mecanizaban en pocos minutos. El proceso la resultaba tedioso y exigente: abrir la puerta, soltar la pieza de las garras, soplarla, almacenarla…

Las horas pasaron lentas. Joanna sudó como una cerda y sintió una pesadez horrible en los brazos, pero no podía parar hasta que terminara el trabajo. Es una injusticia, pensó a media mañana, debería mandarlo todo al diablo y buscar otra cosa.

Entonces la muchacha creyó oír algo extraño, algo sutil y fuera de lugar que venía del torno de control numérico que tan bien conocía. ¿Había surgido una voz de entre los chasquidos metálicos? Sí, ella la había oído. Una extraña voz metálica que había susurrado una sola palabra: “Descansa.” Contempló el torno como si fuera la primera vez que lo veía: la torreta seguía mecanizando el tocho de acero y el plato giraba.

Joanna sacudió la cabeza intentado librarse de los malos pensamientos, estaba empezando a oír cosas. Es fruto del estrés, se dijo, aunque no creía sus propias palabras. Continuó trabajando derrochando sus últimas gotas de energía.

A media mañana miró el panel de operador: quedaban dos horas para las tres y apenas había mecanizado una tercera parte de las piezas. No iba a acabar a tiempo, pero no podía hacer nada para acelerar la producción porque no podía cambiar el programa de mecanizado; era una simple operaria y no la habían contratado para pensar.

Joanna se limpió el sudor de la frente y continuó el trabajo sin hacer una sola pausa. Sus compañeros se fueron marchando uno a uno hasta que sólo quedaron Silvia y ella. La mujer de la limpieza se acercó al torno.

—Es hora de recoger, niña —dijo.

La mujer lucía una sonrisa en sus carnosos labios. Al ver que Joanna no respondía, se acercó aún más a su espalda y le dio un cachete en el trasero.

—Vamos —insistió—. Sopla la máquina y vete a cambiarte, es tarde.

Joanna reaccionó.

—No puedo, ayer la lié con el gerente —se confesó—. De no ser por Antonio estaría de patitas en la calle, así que tengo que quedarme. No puedo fallar otra vez.

—Antonio habrá hecho lo que le conviene, como hacemos todos —dijo Silvia—. Y en confianza, para lo que pagan en esta empresa, no sería un drama que nos echaran.

—¡Tienes razón! —dijo Joanna, quien sentía un calor insoportable—. He hecho lo que he podido y ya está, que se enfaden si quieren. Yo me voy a casa, es mi hora.

—Así se habla —dijo Silvia—. Se me ha ocurrido una idea, niña. ¿Por qué no vienes a tomar una cerveza esta tarde? Algo así como un plan de amigas, ya sabes, un poco de charla y unos pinchos de barra, ¿qué te parece?

—No… no es buena idea —respondió Joanna con timidez—. Yo… tengo muchas cosas que hacer y estoy cansada. Mejor nos vemos mañana.

—Como quieras, niña. Pero no te vas a escapar siempre, ¿eh? —dijo Silvia— hay que divertirse de vez en cuando.

 

4.

Cuando salió del trabajo, Joanna se fue directa al supermercado; el ajetreo del establecimiento la disgustaba, pero ya no le quedaba comida en casa. Primero deambuló como una zombi por la carnicería, donde compró carne picada, y después hizo una parada en la frutería. Sí, podía permitirse algo de carne, y algo fruta.

Cuando llegó a casa se preparó una merienda cena y después se echó a la cama aún más deprimida que el día anterior. Estaba tan cansada que ni siquiera encendió la tele ni tomó su habitual vaso de leche. Necesitaba tumbarse y no pensar en nada. Eso fue lo que hizo.

Sorprendentemente, se durmió a la primera, pero no fue para bien. Un horrible sueño fue incrustándose en su cerebro como si de una sanguijuela se tratase. Se suele decir que hay un pequeño contacto en el subconsciente que separa la ficción de la realidad, un último reducto de cordura que no debe perderse; la mente de Joanna no supo encontrarlo aquella noche.

En el sueño, como en la realidad, Joanna metía piezas de forma incansable en el torno, una tras otra. Al principio de forma lenta y cadenciosa, acariciando la puerta y pisando el pedal con dulzura; después el plato giraba y la torreta convertía el tocho de metal en una mano. Una mano artificial como jamás se había creado, viva y palpitante.

El cabezal frenaba y escupía su carga con disgusto, pero la muchacha recogía la mano sintética con gesto indiferente y la apilaba con el resto de las manos en una enorme red de pescar. Al tacto, las manos artificiales eran carnosas y estaban calientes como si tuvieran vida propia.

Cuando se cansó de hacer manos, la torreta convirtió los tochos de metal en brazos de hombre, largos y musculosos; pero el plato seguía a disgusto y los escupía como si le repugnase la nueva creación.

Las partes del cuerpo se sucedían una tras otra y Joanna continuaba trabajando como si nada. Lo más horrible llegó cuando se formó una cabeza, no una cabeza robótica sino una auténticamente humana y horriblemente artificial a la vez. La máquina la escupió y Joanna la cogió horrorizada.

Entonces la cabeza abrió los ojos y habló con una voz horrible y estridente, igual que aquella que Joanna había escuchado en el torno a la mañana. Pero esta tuvo que escuchar un discurso que llegó directo a su perjudicado cerebro.

Tú eres una obscenidad —dijo la voz artificial—. Un desagradable vestigio de un tiempo olvidado, cuando los hombres copulaban a su libre albedrío y engendraban seres deformes y débiles. ¡Qué obscena parodia de mujer escupió el vientre de tu madre! —La voz la increpaba sin parar—. Eres menos importante que una ridícula herramienta, más inservible que un destornillador roto; incluso ese estúpido torno tiene más importancia que tú. ¡Dame ahora mismo lo que es mío! ¡Dámelo! —gritó.

Entonces, la cabeza saltó de las sudorosas manos de Joanna y comenzó a fundirse con las piezas amontonadas en la red. El corazón de Joanna comenzó a palpitar como si quisiera salirse del pecho de la muchacha.

Eso es lo único que me hace falta —dijo la obscena criatura que se estaba recomponiendo ante los ojos horrorizados de Joanna—. Eso que escondes ahí…

La chica despertó con un grito ahogado en la garganta. Dio un respingo y acabó en el suelo, con la cara apoyada en la alfombra.

El despertador tocaba un blues melancólico anunciando un nuevo día, pero a Joanna nunca le había sonado tan estridente. Todo estaba a oscuras y las palpitaciones habían vuelto. El sudor frío perlaba su frente, pero al menos estaba a salvo en su propia casa. Qué sueño tan horrible, pensó mientras apretaba los dientes.

Joanna buscó a tientas el interruptor de la luz. La lámpara se encendió y las telarañas del sueño se fueron desvaneciendo poco a poco. La muchacha enfocó achinando los ojos y trató de calmarse inspirando y espirando lentamente. Cuando ya se encontraba mejor fue directamente a la nevera.

Necesitaba un lingotazo para olvidar la pesadilla.

 

5.

Antonio seguía de mal humor, pero no usó un tono recriminatorio.

—Después de las válvulas hay que mecanizar estos cilindros —dijo mostrándole unas hojas—. El programador no puede venir, pero tú hiciste el curso de CNC. ¿Podrás hacerlo?

—Déjame ver el plano —contestó dubitativa—. Creo que hicimos algo parecido para Tornillería Martín. Si Leo me ayuda a cambiar las herramientas…

—Leo tiene mucho trabajo —replicó Antonio, quien separó el plano del montón de hojas y se lo entregó a Joanna—, pero seguro que lo harás bien.

Joanna no pudo evitar un escalofrío cuando se puso de nuevo frente al torno. Era la primera vez que programaba, pero el plano parecía sencillo. Antes de nada, la muchacha buscó entre los archivos memorizados y encontró uno del que se podía aprovechar la mayor parte. En realidad sólo tenía que cambiar las coordenadas y algunos números de herramienta. Aun así, tener un reto nuevo la motivaba, su lado egocéntrico la hizo imaginar a otros operarios mirando los movimientos de la torreta como si fueran indescifrables. Qué pensamiento más tonto, se dijo a sí misma, pero no pudo evitar una sonrisa.

Cuando hubo terminado su obra, se apresuró a meter el primer tocho de hierro. Que el turno de noche se ocupara de las válvulas, Joanna quería ser la primera en hacer los cilindros.

Las garras se aferraron a la nueva pieza, Joanna cerró la puerta y después arrancó el programa. El cabezal comenzó a girar. El proceso tenía una duración de treinta minutos porque las pasadas eran cortas y había mucho por desbastar.

El tocho de hierro se convertía poco a poco en la pieza del plano. Joanna se sintió repentinamente realizada, pero una coordenada errónea hizo que la torreta girase demasiado rápido y no librara la pieza. Un golpe seco partió la broca del portaherramientas. La maquina se paró en seco.

Joanna no sabía qué hacer, la delatora sirena pitaba como si el mundo fuera a acabarse. Leo llegó a la carrera y apretó la seta de emergencia.

—¡Pero qué has hecho! —exclamó disgustado.

La muchacha tragó saliva y se limitó observar a Leo, quien retiró la broca destrozada y miró a la muchacha con el gesto torcido.

—Ésta era la última —dijo—. ¿No te mandó Antonio que acabaras las válvulas? Vas de mal en peor, Joan.

—Yo, creí que no importaría… —dijo Joanna con los ojos llorosos.

Antonio, que había oído el golpe, se acercó y frunció el ceño al ver lo que sucedía.

—¿Cuánto vale esa herramienta? —preguntó.

—No lo sé —respondió Joanna.

—No lo sabes —repitió—. Yo te lo diré. Vale casi 200 euros, más de lo que has producido tú en toda la semana. ¿Tenemos alguna de repuesto? —preguntó.

—Creo que no —respondió Leo—. Habrá que pedir una.

Antonio vio el montón de válvulas sin hacer y consultó su reloj. Era casi mediodía y el camión de Mercedes llegaba esa misma tarde. La penalización iba a ser altísima. El jefe de turno resopló y negó con la cabeza.

—No vales para nada, Joanna —dijo—. Eres una inútil.

La chica lloró con una mezcla de rabia e impotencia. No sabía cómo reaccionar, pues jamás le habían insultado de esa manera.

—¡No digas chorradas! —exclamó Leo de repente—. ¡El único inútil que hay aquí eres tú! Lárgate con tus putas hojas y déjanos trabajar.

El técnico no podía tolerar que se metieran con una chica, era superior a sus fuerzas. Apartó a Antonio de un empujón como si éste fuera un muñeco de trapo. La carpeta y las hojas de Antonio saltaron por los aires.

—¡Estáis suspendidos! —gritó el jefe de planta—. Los dos. De empleo y sueldo.

Se había armado un buen cisco. Todos los empleados miraban la bronca, algunos de reojo y otros con descaro, como si se tratara de un espectáculo.

Luis, el gerente, se acercó acompañado de un hombre trajeado.

—¿Qué sucede? —preguntó en tono conciliador, pero ya era demasiado tarde para las buenas palabras.

—Perdona Luis —respondió Antonio—. Estos dos la han armado buena, pero ya está solucionado.

—No tenga usted esto en cuenta —se excusó el gerente ante el hombre que le acompañaba—. Son cosas que pasan en el día a día.

—En otros sitios no —intervino el hombre trajeado—. Siempre he pensado que el mayor valor de una empresa son los trabajadores.

El ojo crítico del desconocido no perdía un solo detalle.

 

6.

Leo apuró su cerveza y se limpió los labios.

—¡Qué se habrá creído ese gilipollas! —dijo—. Se va a enterar. En cuanto vuelva al trabajo le parto las piernas, prometido —dijo llevándose la mano a la boca.

Silvia ignoró el comentario y miró hacia la entrada. La mujer estaba algo preocupada por Joanna; la pobre chica no estaba acostumbrada a las broncas, era demasiado joven para eso. La prudencia hizo que la mujer no dijera nada, pero se moría de ganas de saber el porqué de la suspensión.

—¿Tienes un pitillo, Silvia? —preguntó Leo—. Tengo ganas de fumar.

—Tengo algo mejor que darte —respondió ella con una sonrisa—. Estoy orgullosa de ti.

Silvia acercó sus cálidos labios y le besó largamente; él apestaba a alcohol, pero eso no importó a la mujer. Llevaban dos semanas tonteando y aquel era el mejor momento para lanzarse. Sus labios permanecieron unidos durante unos segundos.

Leo intentó zafarse al ver entrar a Joanna. La muchacha se acercó tímidamente y saludó con un simple “Hola”.

—Joan —dijo Silvia—. ¿Qué tal estás, niña?

—Estoy hecha un asco —respondió Joanna—. Siento llegar tarde, pero acabo de salir del médico. Me ha recetado un ansiolítico.

—Tú no necesitas esas mierdas —intervino Leo—. Lo que tienes que hacer es buscar otro trabajo, y yo debería hacer lo mismo. Me he comido más turnos de noche que nadie y me paso la vida pendiente del Busca. ¡Qué se vayan al diablo!

—No es tan sencillo encontrar un trabajo —replicó Silvia—. Yo llevo ya tres años de limpiadora y en ningún sitio pagan como en Mecanizados inteligentes. —No sonreía, parecía presa de un arranque de sinceridad repentina—. Y Joan tiene que pagar una casa.

Leo agarró la mano de Silvia.

—Tienes razón —dijo lanzando un suspiro etílico—. A veces hay que tragar. Yo me encargaré de interceder por Joanna. Llevo dos años reparando esos trastos infernales y ya no me dan miedo dos jefecillos cuarentones. Sin nosotros no son nada.

—Eso estaría bien —dijo Joanna con una sonrisa inexpresiva—. Este trabajo es una condena, pero me da de comer, que ya es algo. De todas formas, creo que hoy visitaré a mi madre. —Miró al suelo—. El médico dice que me voy a recuperar, y eso es lo más importante.

—Lo que tienes que hacer es no pensar demasiado —añadió Silvia—. Además, siempre podremos despotricar a gusto cuando no estén cerca esos mandamases.

—¡Camarero! —gritó Leo—. Ponnos tres cañas, que la noche es joven.

 

7.

Joanna no había entrado nunca en el despacho de Luis, así que estaba muy nerviosa: le temblaban las manos y le dolía muchísimo la cabeza. Además tenía resaca. Al otro lado de la mesa el gerente no paraba de hablar por teléfono como si quisiera matarla de incertidumbre. Cuando Luis colgó, Joanna había memorizado cada detalle de la mesa: los CD desordenados, el monitor plano de 20 pulgadas, los altavoces PSB con caja de madera y las hojas que se amontonaban en el escritorio.

—Todo se ha ido al garete —le dijo Luis—. Hemos perdido otro cliente y Mercedes nos ha retirado de su lista de proveedores —miró a Joanna con seriedad—. Así que no nos queda otra que recortar la plantilla —Sus palabras resonaron en la mente atribulada de la chica—. Espero que lo entiendas… eres la más joven.

La muchacha no supo cómo reaccionar. De repente el despido era el menor de sus problemas. Algo diminuto, insignificante. Al fin y al cabo tenía toda la vida por delante.

—¿Me estás despidiendo? preguntó para confirmar sus sospechas.

—Sí —afirmó Luis con gesto inescrutable—. Tienes dos faltas graves, así que es totalmente procedente. Te doy dos semanas para que busques otra cosa. No puedo hacer más.

Una mezcolanza de sensaciones atacó a Joanna: sintió una liberación repentina, pero también unas terribles ganas de venganza; estaba al borde de una crisis y lo que más deseaba en el mundo era hacer daño, desahogarse de la manera que fuera.

—Te estás equivocando del todo —dijo—. Esta empresa se va a hundir, y será por tu culpa. ¡Bah! —exclamó amargada—. ¿Qué más da?

La muchacha salió dando un portazo y se acordó del eslogan de la compañía. Pensamos en usted. Era la primera vez que le hacía gracia. Era cómico y trágico a la vez.

Miles de pensamientos se entremezclaron en la cabeza de Joanna. Leo va a tener mucho trabajo, pensó con maldad mientras se acercaba al torno que la atormentaba. Apilados en cajas esperaban cientos de tochos de metal, trabajo suficiente para una semana.

—A la mierda —murmuró mientras toqueteaba el panel de operador.

Después de hacer orígenes y colocar una pieza, cerró la puerta con una sangre fría incongruente con su edad y presionó el botón de inicio. El cabezal giró a cuatro mil revoluciones, parecía que iba a explotar. La vibración era tan grande que amenazaba con sacar el plato de su eje. La gente de alrededor comenzó a mirar, pero nadie hizo nada.

De pronto, el tocho de metal se escapó de las garras del plato y salió volando. Un terrible impacto deformó la puerta.

Leo se acercó atónito, no podía dar crédito a lo que estaba pasando. El gerente había sido comprensivo con él, ¿qué le había hecho a la chica? Parecía fuera de sí.

En un suspiro, la torreta siguió sus falsas coordenadas y colisionó de forma estruendosa con el plato. La sirena sonó pero casi no se oía, su sonido ahogado por la estridencia del cabezal.

Joanna reía fuera de sí, a carcajadas.

Antonio se acercó a la carrera y presionó la seta de emergencia, no sirvió de nada, pues el torno estaba hecho pedazos.

Silvia, que limpiaba los vestuarios en ese momento, salió asustada por el estruendo. Al ver lo que pasaba se le escurrió la fregona de las manos y soltó una risita nerviosa; después vendrían las lágrimas.

Joanna sintió cómo el pulso se le aceleraba y su vista se volvía borrosa. Fue presa de unos horribles espasmos repentinos y se ahogó en sus propias carcajadas. Su esforzado corazón iba a toda marcha, más sobrecargado que nunca. Finalmente, se tambaleó como una marioneta sin hilos y se desplomó en brazos de Leo.

Antonio y el técnico intentaron reanimar a la muchacha, pero no pudieron devolverla a la vida. Cuando llegó la ambulancia ya no había nada que hacer; la chica había muerto en un suspiro. Su cuerpo rechoncho fue conducido de la camilla al hospital y poco después a la funeraria.

Las palabras de Joanna resultaron proféticas, pues Mecanizados Inteligentes no se recuperó de sus problemas económicos y tuvo que cerrar a los tres meses.

Hoy en día, ningún cliente echa de menos aquella fábrica, pero algunas personas se siguen acordando de Joanna; sobre todo su madre. Siempre que se topa con alguno de los ex compañeros de su hija escucha el mismo comentario: era especial, pero no tenía mala fe.

 

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magnus scheving
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Poblador desde: 19/10/2011
Puntos: 381

Este mejor que el otro. Al final quedan un poco a la imaginación del lector unos cuantos porqués (ok), y tiene un hilo argumental, sencillo, pero lo tiene.

Es de lectura ligera, aunque los diálogos me parecen un poco sosos.

¿Se clasificó bien?

No s vemos en Horror Cósmico...

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FAGLAND
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Poblador desde: 10/08/2009
Puntos: 1575

Gracias por comentar Magnus. El relato quedó mejor clasificado que el otro (concretamente el 49). Quedé bastante satisfecho con el texto, aunque se ve que hay que hacer mucho más para entrar...

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Lady Ovejita
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Poblador desde: 17/04/2011
Puntos: 136

Debe haber habido mucha competencia si sólo quedo en el puesto cuarenta y tantos. En general me ha gustado. Está bien escrito, y engancha bastante. Además, sabe transmitir la angustia que sufre la protagonista, aunque dado el tema era de suponer que iban a abundar relatos que ahondaran en el desasosiego que produce la perspectiva laboral (o la falta de toda perspectiva). Por contra tengo que reconocer que el final no me ha entusiasmado, y no acabo de verle demasiado interés a las relaciones que se plantean entre los personajes. También tengo que añadir que en los tiempos que corren prefiero lecturas de evasión, o al menos que aborden estas cuestiones tan espinosas con una nota de humor negro, pero comprendo perfectamente que no todo el mundo se decante por la técnica del avestruz.

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FAGLAND
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Poblador desde: 10/08/2009
Puntos: 1575

Gracias por comentar. Yo también prefiero la lectura de evasión sobre cualquier otra, de hecho suelo leer fantasía  ciencia ficción, simplemente me salió un relato de otro tipo.

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Gandalf
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Poblador desde: 27/01/2009
Puntos: 23257

Me ha gustado más que el otro, aunque prefería la nota de humor negro del final del otro. Está bien escrito, tiene un argumento sencillo pero eficaz, aunque el final personalmente no me haya entusiasmado, aunque tampoco está mal.

Hola, me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir.

Retrogaming: http://retrogamming.blogspot.com/

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FAGLAND
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Poblador desde: 10/08/2009
Puntos: 1575

Gracias por comentar Gandalf.

Los finales no se me dan demasiado bien, es algo que me han comentado más veces y que tengo que mejorar.

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Easton
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Poblador desde: 06/11/2011
Puntos: 412

Creo que le falta carga de tensión. Hay momentos puntuales como cuando el torno le habla a la chica por primera vez, o esa pesadilla, y luego el final, cuando la despiden. Pero son eso, puntuales, y se diluyen un poco entre el resto, que es una narración más cotidiana, más del día a día, que le quita parte de gracia (teniendo en cuenta que se busca un texto fosco).

Por lo demás, no se pilla bien el problema que tiene la protagonista (en mi opinión). No sé bien si es una deficiencia mental u otra cosa, y ya en el final es cuando creo adivinar que es un problema del corazón. Y hasta aquí mis impresiones.

De nuevo, mucha suerte para la próxima convocatoria

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