Moscas

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Era un frío día de invierno. Frío y con temporal. Una gran tormenta de viento y nieve había bloqueado las carreteras, pero esto no preocupaba lo más mínimo a Tomás Pereira.

Su casa era inaccesible por los altos niveles de nieve, pero a él no le importaba. Ya estaba dentro, con la calefacción puesta, y no tenía necesidad de salir. Ya había completado su último trabajo, y ya había cobrado por ello. Porque Tomás Pereira era asesino a sueldo.

 

Su último trabajo había sido acabar con la mujer de un conocido empresario llamado Javier Espinosa y de su amante. Espinosa tenía fama de no ser un tipo demasiado legal, promovedor de contratos basura y de ser un auténtico cacique. Tomás sabía que la fama no era diferente de la realidad. En la reunión que tuvo con el rico empresario, éste se mostró reticente a hablar de sus actividades al margen de la ley, que incluían algún que otro asesinato por encargo, pero todo eso le daba igual a Tomás. Ya había matado a más de cien personas, por lo que tenía más que perder él que Espinosa. Por lo demás, había sido un trabajo típico.

 

Había encontrado a la mujer y su amante juntos en un hotel de París, en posición algo desagradable, en opinión del asesino. Un par de tiros en la cabeza habían bastado para completar el trabajo. Después de eso, había cogido un avión hacia A Coruña y de allí un autobús que lo dejó en su casa de campo, a las afueras de Ferrol.

 

Era una nevada espectacular, impropia de la zona. Casi no podía recordar la última vez que había nevado allí. Veinte años antes, más o menos. A sus veintiocho años, recordaba un día en el colegio que se habían suspendido las clases debido a la nieve. No porque fuera peligrosa, sino porque era muy infrecuente. En aquella época, tendría unos ocho años.

 

Pero no tenía nada que ver con aquella tormenta. Eso sí que era un temporal, pero a Tomás Pereira seguía sin importarle. Él estaba muy cómodo en su casa, sin pasar frío y viendo la televisión. En la pantalla, Jesús Vázquez presentaba el concurso “Allá Tú”, y el asesino lo miraba con atención, mientras llevaba la mano a la bolsa de panchitos que se estaba comiendo. Una chica había escogido una de las cajas, y el que la abría sacó de ella la tarjeta de los cien euros. El público empezó a aplaudir como si ya hubiese ganado el concurso. Pero el asesino sonreía. Imagínate que al final tuviese un premio de mierda. Fuera de la casa, el viento aullaba con furia, y la nieve caía con terrible fuerza. Al día siguiente encontrarían varios árboles derribados, y vallas arrancadas.

 

Y entonces, la vio. En la pared donde estaba apoyado el televisor, una mosca reposaba cómodamente. Tomás la miró y sonrió. Nunca había soportado a aquellos pequeños insectos. Se levantó lentamente del sillón que ocupaba y se acercó, también despacio. Después acercó su cabeza al insecto y ensanchó su sonrisa. Esa asquerosa criatura había escogido mal la casa donde habitar.

 

-No tengo ni idea de cómo has entrado aquí –dijo el criminal-. Probablemente entraste antes de que empezase la tormenta. Eso quiere decir que entraste anteayer. Ya tienes dos días de vida, es momento de jubilarse.

 

Con un rápido movimiento, aplastó la mosca con la mano derecha. Después volvió a su asiento y continuó viendo el concurso. El concursante había perdido la caja de los seiscientos mil euros, pero aún así le quedaban premios muy respetables. Tomás meneó la cabeza, cogió una cajeta de Ducados que guardaba en un bolsillo del pantalón y se llevó uno de los cigarrillos a la boca. Prendió el cigarro con su Zippo y dio una profunda bocanada. Miró de nuevo la pantalla y vio cómo Jesús Vázquez daba paso a la publicidad. Entonces, aprovechó para levantarse y estirar un poco las piernas.

 

Mientras fumaba, paseaba alrededor de la mesilla donde tenía el cenicero y lanzaba esporádicas miradas al televisor, donde la publicidad todavía no había acabado. Mientras caminaba, hacía aros con el humo que expulsaba por la boca. También pensaba en nuevos encargos que había recibido en los últimos días.

 

Y entonces, vio otra. Junto la puerta del salón, otra mosca se limpiaba las patas delanteras, mientras se enganchaba a la pared. Volvió a sonreír y miró al insecto con repulsión. Se acercó lentamente y apoyó la mano en la pared, verticalmente y cerca del bicho. Rápidamente, movió el brazo hacia la mosca y cerró la mano en torno a ella. Se llevó el pitillo a la boca y, mientras sostenía el insecto con una mano, le arrancó las alas con la otra. La depositó sobre la mesilla y empezó a mirar el inútil avance del insecto, impidiendo que cayera por los bordes bloqueando el camino con las manos.

 

-Debes ser amiga de esa desgraciada de la pared –dijo-. Tú también debes ser muy mayor. Bueno, calmaré tu dolor.

 

Cogió el cigarrillo y achicharró a la mosca con la parte incandescente de la colilla. Sacudió la mesa para tirar de ella el cadáver y después apagó la colilla en el cenicero. Volvió al asiento y miró la pantalla. En ese momento, anunciaban un perfume. El asesino resopló. Seguro que todavía quedaban siete minutos de publicidad. Hizo un poco de “zapping” para entretenerse mientras tanto, pero en muchos de los canales también daban anuncios. Justo cuando parecía que iba a acabar la publicidad, la programación se vio interrumpida por un avance informativo. Tomás volvió a gruñir, pero se quedó sin habla al ver la noticia. El empresario Javier Espinosa había muerto. Habían encontrado su cuerpo dentro de su chalet, sus negros cabellos ahora blancos y su tez tostada por el sol completamente pálida.

 

Tomás se quedó de piedra, incluso cuando Jesús Vázquez dio paso al concurso. ¿Qué le podría haber pasado a su cliente? Meneó la cabeza, quitándole importancia al asunto. ¿Qué le importaba lo que le sucediera a Javier Espinosa? Seguro que el empresario tenía muchos enemigos, y era lógico pensar que alguien le había matado, aunque se desconocían las causas de la muerte. Personalmente, el criminal prefería un buen tiro. Era más efectivo.

 

Además, ya le había pagado, y si alguna vez se hubiera arrepentido, ya no le podría delatar. Así que continuó viendo “Allá Tú”, hasta que acabó con el concursante aceptando la oferta de la banca. Después del programa, empezó el telediario de la noche, donde Tomás consiguió más información sobre la muerte de Javier Espinosa. Todavía no estaban claras las circunstancias, pero la puerta de su mansión estaba forzada, lo que daba más fuerza a la hipótesis del asesinato.

 

-El que juego con fuego, acaba quemándose –murmuró Tomás con una sonrisa torva.

 

Este comentario le hizo reír y, mientras soltaba una carcajada, alcanzó a mirar al techo. La risa se le cortó de repente y empezó a toser. Algunas pegadas y otras revoloteando alrededor de la lámpara, un total de siete moscas danzaban ante los ojos de Tomás. El criminal se levantó asqueado y miró con repulsión a los insectos.

 

-Hijas de puta… -murmuró-. ¿Cómo coño habéis entrado aquí? ¿Es que tengo un puto nido de moscas o qué?

 

El asesino salió del salón y corrió rápidamente hacia la cocina. Era una cocina grande y espaciosa, con muebles de madera y grandes adornos, todos caros. Cogió el insecticida que guardaba en la alacena que estaba bajo el fregadero. Después volvió al salón y usó el spray. Salió de nuevo y cerró la puerta. Esperó unos minutos para que surtiera el efecto. Cuando entró, de las moscas sólo quedaban sus cuerpos, moribundos y temblorosos. Entonces, se sentó en el sillón y continuó viendo la televisión. Barrería los cadáveres de aquellos bichos por la mañana.

 

Después de ver las noticias, Tomás puso una película de DVD y, cuando terminó, regresó a la cocina para cenar algo deprisa. Buscó en el frigorífico y encontró un plato de macarrones que había sobrado del almuerzo de ayer. Los calentó en el microondas y los comió sentado ante la mesa de la cocina. Después se dirigió al cuarto de baño para lavarse los dientes. Cuando encendió la luz del espejo, se encontró con otra mosca pegada a éste.

 

El asesino no entendía nada. Por lo general, en invierno había muy pocas moscas rondando por aquel paraje, y menos con una tormenta como aquélla. No podía concebir que un total de diez moscas hubieran atravesado un inexpugnable muro de nieve y viento y entrado en su casa. Recordaba haber echado insecticida en todas las habitaciones antes de partir hacia París y ocuparse de sus negocios. Se encogió de hombros y presionó al insecto con el pulgar contra el cristal. Limpió los restos con un poco de papel higiénico y después se lavó los dientes. No tenía importancia nada de eso. Después de todo, tampoco era muy común que nevara en Ferrol, ¡y mira qué tempestad!

 

Subió las escaleras que llevaban al nivel superior de su vivienda, donde estaba su habitación. Antes de entrar en su cuarto, programó el control de la calefacción para que se desconectase automáticamente a las cinco de la mañana. Entonces, fue a su dormitorio y se puso el pijama. Desconectó el despertador que tenía sobre la mesilla de noche, porque no pretendía levantarse temprano. A continuación, se metió dentro de la cama y cerró los ojos. Tras unos cinco minutos, el asesino se quedó dormido.

 

Se despertó de golpe. No sabía por qué lo había hecho, pero en sus sueños oía un sonido junto a su oreja que se acercaba y se alejaba. Miró el reloj que llevaba a la muñeca. Era un vulgar Casio, pero al que tenía mucho cariño, pues llevaba en su muñeca más de quince años. Apretó el botón de la luz y vio que todavía eran las dos y media de la madrugada. Se recostó en la cama y pensó en el sueño. Había sido tan real que no sabía si el sonido había ocurrido de verdad o sólo era una fantasía. Finalmente, decidió que nada había ocurrido. Volvió a cerrar los ojos y se preparó para dormir, pero de repente, oyó claramente un zumbido que pasaba junto su oreja.

 

Eso sonaba como un insecto volador, y en su mente vio la figura de una mosca. Se incorporó, escuchando la oscuridad y tratando de captar de nuevo el zumbido. El insecto volvió a pasar junto su oído, y el asesino meneó la mano para ahuyentarlo. Oyó cómo la mosca se alejaba y aterrizaba en algo, probablemente la pared de su derecha, al lado de la ventana. Tomás estaba demasiado cansado para ocuparse de ella, así que decidió dejarla en paz e intentar dormir. Se recostó y cerró los ojos. Justo cuando parecía que iba a conciliar el sueño, la mosca voló de nuevo alrededor de su cabeza. La fatiga del asesino se convirtió en irritación, así que estiró el brazo derecho y encendió la luz de la habitación.

 

Entonces, descubrió que en su cuarto no había una mosca, sino hasta cinco, todas ellas revoloteando alrededor de su cama. Cuando una de ellas pasó junto a él, el asesino la atrapó con un movimiento veloz del brazo derecho y la aplastó cerrando con fuerza la mano. Siguió con la mirada el vuelo de las demás. Cuando vio una descansando en la pared, salió muy despacio de la cama y se acercó lentamente a la mosca y la atrapó del mismo modo que a aquélla que se limpiaba las patas al lado de la puerta del salón. El asesino alzó el brazo con que la tenía retenida y lanzó con fuerza al insecto contra el suelo. El bicho cayó con las alas hacia abajo, por lo que Tomás aprovechó para pisotearlo. La siguiente víctima fue la mosca que había aterrizado al lado de la ventana, y acabó como las otras dos. El asesino corrió hacia el armario y cogió de su interior una toalla de baño. La enrolló, la estiró un poco y la usó para azotar a los dos insectos que quedaban. Uno de ellos murió al instante, y el otro cayó al suelo, atontado. Entonces, el criminal lo aplastó con el pie. Se sacó las zapatillas para limpiar los restos de los bichos con la toalla y volvió a la cama.

 

Sin embargo, después de unos veinte minutos, un nuevo zumbido pasó junto su oreja. Encendió de nuevo la luz y vio cinco moscas volando y chocando entre sí. El asesino tuvo que pellizcarse la mejilla para comprobar que no estaba soñando. Siempre se preocupaba de mantener a esos asquerosos bichos fuera de su casa. En todo el invierno, llegaban a molestarle dos o tres moscas, cuatro como mucho. Pero aquel día, por lo menos veinte moscas habían conseguido entrar en su morada. De repente, empezó a pensar en la extraña muerte de Javier Espinosa.

 

Tú eres el siguiente, dijo una voz dentro de su cabeza. Ahora van a por ti .

 

-Pero, ¿quiénes son? –preguntó Tomás en voz alta.

 

¿Quiénes van a ser?, exclamó su voz interior. ¿Qué relación hay entre ti y Javier Espinosa? ¿Pensaste en su mujer y su amante?

 

-Pero están muertos –replicó Tomás-. Yo vi cómo morían, yo los maté.

 

, están muertos, dijo la voz, eso es innegable. Pero, ¿y si han vuelto?

 

-¿Qué? –repuso Tomás-. ¿Fantasmas? ¿Zombies? ¡Eso es una tontería! ¡Esas cosas no existen!

 

El asesino alzó la cabeza y lanzó una carcajada, avergonzado por las cosas que había pensado. ¿Cómo se le podía haber ocurrido pensar que los amantes hubieran resucitado? Era algo ridículo. El único problema que tenía era la plaga de moscas, y eso era algo que podía solucionar rápidamente. Se levantó, se puso las zapatillas y una bata y bajó al piso inferior. Entró en la cocina y abrió la alacena que estaba debajo del fregadero para coger el insecticida. No estaba allí. El mundo se le vino abajo. Siempre lo guardaba allí, alguien lo tenía que haber cogido. ¿Pero quién? ¿Para qué? Fue entonces cuando recordó que lo había usado en el salón.

 

El criminal fue rápidamente al habitáculo y lo encontró encima de la mesa. La puerta estaba abierta, aunque Tomás creía haberla cerrado. No importaba, tal vez se hubiera despistado. Ya le había ocurrido eso más veces. Cuando cogió el insecticida, a la luz de la lámpara que había encendido, vio que más moscas habían entrado, y Tomás usó el spray con furia. Cerró la puerta, memorizando el acto para que no hubiese confusiones, y después subió a su habitación. Allí volvió a evaporar el insecticida y también cerró la puerta para que el veneno hiciese su efecto. Volvió a la cocina y guardó el spray en su sitio. Cuando estaba a punto de salir al pasillo, un extraño sonido llamó su atención. Parecía provenir del interior del frigorífico. Sonaba como un numeroso conjunto de zumbidos. El asesino suspiró. Parecía que el frigorífico volvía a estropearse. Era la cuarta vez en lo que iba de año. De repente, sintió un agujero en el estómago y una imperiosa necesidad de comer se apoderó de él. Jamás había sentido tanta hambre como en aquel momento. Los macarrones ya los había comido, pero aún quedaba algo de ensalada y de fiambre todavía tenía queso, jamón cocido, jamón serrano y algo de pavo. Entonces, abrió la puerta de la nevera.

 

Una avalancha de moscas salió del interior del frigorífico con tal fuerza que empujó levemente a Tomás. Ante los incrédulos ojos del asesino, las alacenas de la cocina se fueron abriendo violentamente y de ellas brotaron más moscas. Se apresuró a cerrar la puerta del cuarto para no dejar escapar a ninguna y fue hacia el fregadero para coger de nuevo el insecticida. Su carrera se hizo más lenta de lo que esperaba, porque el muro de moscas era casi impenetrable, y además tenía que pararse a escupir las que le entraban por la boca. Pero al final consiguió su objetivo y volvió a la entrada disparando con el spray y aplastando con las manos a las moscas que se cruzaban con él. Entonces, espolvoreó el insecticida hasta dejarlo casi vacío y salió de la cocina, cerrando la puerta tras él.

 

Acabó agotado, por lo que se sentó en el suelo del pasillo, apoyando la espalda y la cabeza en la puerta de la cocina, y dejó caer el spray, que se alejó rodando unos metros y se detuvo cerca del armario del pasillo. El asesino cerró los ojos y respiró profundamente. Su corazón latía a mil por hora, y su cerebro no cesaba de pensar en lo que había ocurrido. Estuvo así durante veinte minutos, que pasaron sin que apenas se diera cuenta, hasta que se percató del sueño que tenía. Se obligó a sí mismo a levantarse y se golpeó las mejillas para desperezarse un poco. Abrió la puerta del salón, entró y la cerró. Quería asegurarse que no quedaba ninguna mosca con vida. Encendió la luz y paseó la mirada por la habitación. Parecía que ya no quedaba ninguno de los bichos en pie. Se acercó a la ventana y abrió la persiana. La tormenta estaba empezando a amainar, pero el viento y la nevada todavía eran fuertes. Suspiró y bajó la persiana. Salió del salón, asegurándose de mantener bien cerrada la puerta. Permaneció unos momentos de pie, en medio del pasillo, pensando qué hacer. Junto al armario había un teléfono, sujeto a la pared. Era un modelo antiguo, de color negro y con una rueda con los números para marcar. Descolgó el auricular y se lo llevó a la oreja derecha. No había señal.

 

Al principio, el miedo se apoderó del asesino, e incluso estuvo a punto de perder el control. Luego pensó en la tormenta. Era posible que el viento y la nieve hubiesen afectado a las líneas telefónicas. Dejó el auricular, se encogió de hombros y fue hacia la cocina. Había muchas moscas muertas, pero muchísimas más volaban de un lado para el otro. Jamás se había sentido tan asqueado. Tendría que esperar a la mañana para contratar a un exterminador para acabar con esa plaga. Cuando estaba a punto de subir las escaleras para ir a su dormitorio, oyó un golpe sordo que venía del armario del pasillo. No sonaba como los zumbidos de las moscas, sino como si alguien hubiese golpeado una puerta con los nudillos. Se acercó con paso inseguro, sin atreverse siquiera a tocar la llave que abría el armario. Pensó en irse simplemente a su habitación y dormir, pero tenía que saber qué había producido ese ruido, tenía que saberlo. Oyó otra vez esa voz que parecía provenir de lo más recóndito de su cabeza.

 

Tomás, no lo hagas. ¿Quieres acabar como ese desgraciado de Javier Espinosa?

 

-Tengo que hacerlo –dijo el asesino-, lo necesito.

 

La temblorosa mano derecha del criminal agarró la llave y la giró. Se oyó un leve chasquido y la puerta empezó a ceder. Cerró los ojos y mantuvo las portezuelas cerradas durante unos momentos, empujándolas con las manos. Entonces, abrió los portones.

 

Del mueble salió una legión de moscas que se lanzaron directamente hacia él. El asesino se protegió con los brazos, tapándose la cara y el torso, pero aún así no pudo evitar que alguno de los insectos le entrase por la boca, lo que le hizo toser. Miró entre los dedos pegados a sus ojos y vio que las últimas moscas rezagadas salían del armario. A parte de eso, en el mueble no había nada más. Un par de chaquetas y un chubasquero colgaban de las perchas, y en un estante a la izquierda estaban las toallas de baño.

 

Encendió la luz del armario y se le cortó la respiración cuando vio unas huellas de pies humanos en el suelo. El asesino tocó las huellas y sintió el viscoso tacto del barro. Sin embargo, allí no había nadie. Estaba cada vez más aterrorizado. Esas huellas tenían que haber salido de algún pie. Había dos pares de marcas de pies, unos más grandes y otros más pequeños. Cerró el armario y pensó durante un rato. No se atrevía a darse la vuelta y subir a su cuarto, quería estar así, en esa posición, para siempre. Pero sabía que tenía que subir.

 

Entonces, se dio la vuelta y se encontró cara a cara con un hombre y una mujer. Ambos estaban desnudos y presentaban sendos agujeros de bala en medio de la frente. Los reconoció al instante. Eran la mujer de Javier Espinosa y su amante. De algún modo, habían conseguido volver. Extrañamente, pensó en lo bonito que era el cuerpo de la chica. Se obligó a reaccionar meneando violentamente la cabeza, y trató de correr hacia la derecha, pero la mujer le bloqueó el paso. Miró hacia la izquierda para encontrar otra vía de escape. El canto de la pared le impedía el paso. El amante de la chica abrió la boca, como para hablar, y más moscas salieron de su interior, lo que hizo perder la cordura al asesino. Entró en el armario, aullando como un loco, sin poder quitar ojo a los dos seres que le miraban con ojos muertos. Gritó y gritó hasta que se le quebró la voz. Su último pensamiento medianamente cuerdo fue que el terror puro se había plantado ante él. Entonces, sus gritos se convirtieron en fuertes carcajadas. Cuanto más se alejaba la cordura de él, sus cabellos y su tez eran más blancos.

 

Unos días más tarde encontrarían su cuerpo, todavía dentro del armario, en semejante estado a Javier Espinosa. Pero, además de la tez pálida y el pelo blanco, el asesino tenía dibujada en su semblante una amplia y espeluznante sonrisa que enseñaba sus dientes en una mueca espantosa.

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jane eyre
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¡¡¡Anda hijo, qué asco !!!!! jajjaj pero eso es bueno porque es lo que intentabas transmitir ¿no?. En fin, nada que decir de este relato, me encantó y juro que no tiene nada que ver con que aparezca Jesús Vazquez.

Buena historia, bien contada y con un buen desenlace.

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Gandalf
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Muchas gracias por el comentario. Sí, quería transmitir esa sensación de asco, lo veo sugerente para una historia de terror. Me alegro mucho de que te haya gustado

Hola, me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir.

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Victor Mancha
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Sí que da asco, sí. Pero yo lo he valorado como algo positivo Escrito con muy buena mano. Me ha gustado.

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