Cuídate, lector

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Un relato sobre lectores de Bestia insana

 

Esta tarde mientras paseaba me paré a observar a un hombre que estaba sentado en un banco y sujetaba en las manos un libro, nuevo, brillante, recién comprado. No me costó reconocerlo, el libro; por muchos motivos, siento por él un particular afecto. Mientras miraba, el hombre dio comienzo a un fantástico rito: dio al volumen vueltas en la mano, tomándole las medidas; lo sopesó calculando su peso, lo acercó a su oído, tomándolo tal vez por un reloj de cuerda, acechando su diminuto pulso; lo abrió y hundió en él la nariz buscando en el papel el rastro fugitivo de perfumados bosques; luego, con los ojos cerrados, pasó el dedo por los cantos como buscando la irregularidad que esconde el resorte de una puerta secreta, leyó acto seguido, abandonando la actitud de ensoñación, el texto de la solapa, averiguó el número de páginas, se fijo desde varios ángulos en la ilustración de la cubierta, leyó en la solapa posterior y en la contracubierta; por fin lo abrió por la primera página y, tras leer divertido la dedicatoria, dio inicio a la lectura, al tiempo que se ponía a buscar algo en los bolsillos, quizás un lápiz con que subrayar alguna frase especialmente inteligente; al poco estaba tan absorto en la novela que se olvidó de todo lo demás (una mano quedó olvidada en el bolsillo en una postura un tanto forzada). Ni que decir tiene que ni siquiera me vio.

En fin, reanudé mi paseo, y a la vuelta, como media hora después, ya atardeciendo, volví a pasar por delante, y el hombre seguía ahí, no se había movido, igual de concentrado. Una paloma se había cagado en su hombro, y no se había enterado. El rastro de mierda le bajaba por la manga y, aparte de eso, en su coronilla se había enredado nada menos que una aguja de pino.

«Eso es leer», me dije, admirando la concentración extraordinaria, «eso es leer, no sólo con los ojos, sino con todo el cuerpo, volcado sobre el libro.»

Me acerqué. Un balón perdido rebotó en la pata del banco; enfrente, el sol chilló, atrapado en el cristal de una ventana. En vano; nada podía distraerle.

Después de guardar la navajita con la que, según mi costumbre, jugueteaba, me senté a su lado y le abordé.

—Qué le parece —dije poniendo un dedo en el libro abierto en su regazo.

—¿El qué? —dijo y se sobresaltó. ¿No debería haber sido al revés: sobresaltarse y después preguntar?, pensé, pero luego caí en que, en realidad, el hombre no leía: se había quedado dormido.

—El libro, naturalmente —dije paciente.

El tipo se lo pensó, mirando hacia arriba como si la respuesta estuviera en la copa de los árboles

—Pues no mucho.

—No mucho qué —dije y pasé mi zapato por encima de una hormiga solitaria.

—Que no me gusta mucho. Vamos, no me gusta nada.

Sólo ahora el tipo se volvió y me miró. Su cara me desagradó: un globo de carne fofa; me entraron ganas de pincharle en las bolsas de los ojos.

—Dígame exactamente qué es lo que no le gusta —dije impasible.

Me miró detenidamente, y no sé que extraño camino tomaron sus pensamientos, pero acabó preguntándome:

—¿No será usted policía?

—¿Policía? ¿Lo dice por las gafas? —dije haciendo ademán de quitármelas pero dejándolas donde estaban—. No, soy agente literario.

La respuesta pareció satisfacerle.

Me presenté.

—Su nombre me resulta familiar —observó al cabo de un rato.

—Ya lo creo.

—¿Perdón?

—Adelante, qué no le gusta del libro.

—Primero —dijo tomándolo y abriéndolo por la mitad, más o menos como si fuera un bocadillo—, la edición es muy mala.

—Bueno, si sólo es…, pero… ¡no haga eso, por dios!

Le di un seco golpe en la muñeca.

—Ve, una pésima edición, las hojas se caen solas.

—Bueno, me parece que usted las ayuda a caer. También pudo haber comprado una edición mejor, en tapa dura.

—Fue un regalo, como puede suponer —dijo repentinamente asqueado.

Le miré, me pareció tan obtuso que me pregunté si sabría leer.

—Después, el argumento —continuó—, disparatado. Por una grieta del cielo de Madrid, figúrese, penetra un enjambre de naves…

—Un planteamiento interesante.

—…manejadas por escarabajos, insectos que no sólo resultan ser excelentes mecánicos, sino que son capaces de expresarse en el más perfecto castellano.

—Qué me dice, qué imaginación desbordante.

—No para ahí la cosa. También hay buenos jefes de obra. Alguno destacará en la política y llegará a despachar los asuntos de la alcaldía desde un asiento adaptado a su grueso caparazón. Lo que le digo, un formidable sinsentido —concluyó golpeando el libro con un carnoso puño.

Me pregunté si en otro tiempo esas manos no habrían manejado una pesada herramienta agrícola, antes de que la edad las redujera a groseros vegetales incapaces de sostener siquiera un lápiz.

—Y si por lo menos escribiera bien, pero este tío piensa con el culo y escribe con los pies. Un momento —saltó, los ojos fijos en la cubierta—, ¿cómo dijo usted que se llamaba? —Él mismo ató el último cabo—: Maldita sea, usted es el autor.

Por lo que fuera, el descubrimiento le puso de mal humor. Quiso levantarse, pero yo se lo impedí.

—Suélteme —forcejeó.

—De ninguna manera —dije empujándole contra el respaldo—. No hemos acabado.

Saqué mi navaja y le hice un corte en la ceja. Chilló como un cerdo. Fue sólo el principio.

Escapó sangrando por la nariz, el labio y una muñeca. No fue muy lejos. Caí sobre él con todo mi peso (casi 80 kilos), le retorcí el brazo y, agarrándole del pelo, le golpeé la frente contra el suelo hasta que me cansé.

Por fin me levanté; un grupo de espectadores había tomado posiciones alrededor.

—Este hombre me ha ofendido gravemente —dije a modo de explicación y, ajustándome las gafas de espejo, me alejé.

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Patapalo
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Puntos: 197120

Un relato entretenido, pero al que quizás le falta una vuelta de tuerca. Está claro cómo va a terminar y tampoco veo que saques ninguna idea inesperada a la palestra. Por el contrario, creo que es un acierto cómo está escrito: es lo que te mantiene pegado a la historia.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Bestia insana
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Seguramente tienes razón, Patapalo, igual el título anticipa demasiado, es algo en lo que suelo fallar. Gracias por comentar.

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Sanbes
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¿Supongo que si está aquí colgado es para comentar, no? Jej

El relato me ha enganchado. Está escrito de tal forma que empecé leyendo un par de párrafos por pura curiosidad, y aquí me tienes, sin haber podido escapar de él

La única pega ha sido el final. Esperaba un buen cierre, pero éste me ha dejado con un mal sabor de boca. Lo he encontrado poco original. Y considero que baja el valor del relato, que para mí ha sido bastante alto.

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Bestia insana
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Claro que sí, Sanbes, para eso está. Gracias por comentar, a ver si se me ocurre un final mejor

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