La soga, un homenaje

Imagen de Patapalo

Un relato de Patapalo inspirado en la película homónima

David y Samuel dejaron al Rastas recostado en el destartalado sillón que presidía el local. Con mano trémula por la emoción del momento, el primero disimuló con su palestino las marcas que la cuerda había dejado en su cuello al estrangularlo.

—¿En serio crees que no se van a dar cuenta? —inquirió, nervioso, el segundo al tiempo que le cerraba los ojos a la víctima.

David se volvió hacia él y le escrutó con ojos febriles. Sus finos labios esbozaron una sonrisa colmada de soberbia.

—Verás como no. Solo tenemos que mantener la calma. Tú ponle el porro en la mano y verás como todos disfrutan de la fiesta.

Samuel abrió la boca para protestar, pero el timbre de la puerta le indicó que no quedaba tiempo. Se encendió un cigarrillo para calmar los nervios y fue a abrir. Tal y como esperaban, el Kiko, el hermano mayor del Rastas, apareció por la puerta.

—¿Qué pasa, tío? —saludó estrechando la mano homicida—. He traído unas litronillas. ¿Ha llegado mi brother?

—Está todo empanao en el sillón —intervino David, dándole la mano, al ver que su cómplice dudaba.

—Pero si está sopa —dijo con una sonrisilla tonta el Kiko, que había fumado ya bastante.

Sin darle más importancia al tema, los tres se sentaron en los bidones que, a ambos lados del sillón donde reposaba el cadáver, circundaban una vieja mesa recuperada de un contenedor.

—Joder, si es que no se puede fumar tanto —dijo el Kiko lanzando la chusta de su porro al difunto.

Para horror de David, Samuel apretó involuntariamente su lata de cerveza hasta que el contenido le saltó a la cara. Al Kiko, por el contrario, aquello le hizo mucha gracia.

—Joder, macho. Cómo te has puesto.

Todavía tembloroso, y algo asustado ante la mirada asesina de David, Samuel tuvo que ir a abrir la puerta de nuevo: llegaba el resto de la gente. Media docena de jóvenes se fueron aposentando rápidamente por el local, liándose sus canutos o mezclando bebidas en botellas de plástico. Casi todos hicieron algún comentario jocoso sobre el Rastas quien, en apariencia, dormía la mona. No obstante, ninguno dio mucha importancia a su estado inerme. Aquello dio pie a David a lanzar uno de sus debates, rizando el rizo de la situación.

—En el fondo somos todos unos nihilistas. Mucha historia de sindicatos y hostias, y en el fondo lo único que nos interesa es autodestruirnos. La vida humana no importa una mierda, empezando por las nuestras.

—Anda y que te jodan —terció escandalizada la Trenci—. Te pasas de darle vueltas a las cosas. Una vida es una vida.

Samuel palideció ante la discusión. Normalmente ponía el contrapunto a las divagaciones de su amigo, o las llevaba hasta extremos sorprendentes, pero aquella noche no se lanzó a debatir sobre el valor de la vida humana. La conversación, no obstante, fue enrareciendo la atmósfera y, poco a poco, la mayor parte de los asistentes fueron abandonando el local para buscar entornos más animados en los que continuar sus fiestas.

Al final, cuando ya solo quedaron los dos asesinos con el cadáver, Samuel se derrumbó en un rincón y empezó a llorar. David se quedó mirándolo fijamente. Podía ver en el bolsillo de su pantalón militar cómo su teléfono móvil brillaba. Aquella noche podría fingir que no lo había oído, pero al día siguiente tendrían que dar la talla, sobre todo cuando se supiera la desaparición del Rastas. Y en sus ojos había leído que no podría hacerlo.

De lo que no se había dado cuenta era de que la Trenci, irritada con su comentario anterior, había decidido ir a buscar una ambulancia para llevarse al cadáver, a quien creía borracho, a recuperarse al hospital. La conversación había removido algo en su conciencia.

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LCS
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Siempre me gustó la peli. La obsesión por el crimen perfecto, un único plano en toda la película. Interesante homenaje.

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