De tu gato negro

Imagen de Patapalo

Un ejercicio epistolar que recupero del fondo de un cajón

 

Te quiero desde que me rompiste la nariz. Creo que lo sabes, que nunca lo has olvidado, pero por si acaso me voy a asegurar. Verano en la Puebla, un calor del demonio, camisetas de tirantes y un partido de baloncesto, un traspiés y un mangazo directo a mi cara. En tu vida habías pegado semejante puñetazo, y en tu vida lo has vuelto a pegar, por muy chico duro que te pretendas ahora. Siete años teníamos, y romperse la nariz era algo guay, como de prota de película. ¿Sabes lo que pensé en aquel momento? Que si alguien tenía que darme ese puñetazo, tú eras la persona ideal.

No te reiste de mí, ni te fuiste chuleando. Te preocupaste de verdad, y dabas hasta cierta ternura. Ternura... hace tiempo que no das nada del estilo.

Durante años pensé que fue una suerte que dieras ese traspiés -a pesar de la bronca que nos cayó, como si uno fuera rompiéndose las narices por capricho, por guay que fuera-, que gracias a eso tenía al mejor colega del mundo. ¡La de veces que nos hemos reído contándolo! Hacíamos un buen equipo, o al menos así lo recuerdo.

Ahora es otra historia, ¿verdad? Ya no soy tu gato negro, ni tú mi chico calabaza, ni te importan una mierda mis dibujos, ni mis historias, ni mis batallitas. Eso ya se acabó, porque ahora tienes otros colegas, esos “chicos malos” del instituto que van repartiendo hostias y favores a la humanidad a manos llenas y sin que nadie se lo pida.

No te puedes imaginar cómo te veo ahora. Es como cruzarse un fantasma del pasado: te has vuelto un monstruo, algo aterrador que va por los pasillos dejando un regusto frío y amargo. ¿Tanta vergüenza damos? ¿Tan ridículos son mis dibujos, mis sueños? ¿Tanto he cambiado? ¿O ése es el problema, que no he cambiado nada? Cada vez que hablas de mí a tus nuevos amigos es para mearte en nuestros recuerdos. Y, a pesar de todo, sigues siendo mi chico calabaza.

A mí me da igual que estés gordo, que te gusten los caballos -y el Gran National, que los gilipollas con los que vas no deben saber ni qué es- y resolver ecuaciones como pasatiempos. A ellos no. Pero a ti lo único que parece preocuparte es que no te relacionen conmigo, ese tío raro y escuchimizado que a veces habla solo en clase de tanto que se sumerge en su propio mundo. Nunca te había dado vergüenza mi mundo, ni tampoco el tuyo. O eso creía yo. ¿Qué ha pasado entonces?

Quizás, en el fondo, sí que seas ese matón vulgar en el que te has convertido. Quizás ahora seas libre de verdad, dando hostias y mirando culos de zorrones de barrio. La verdad es que me importa una mierda. Yo me largo. No volverás a verme nunca. Se acabó.

No te preocupes que no es que vaya a tirarme por una ventana, ni a cortarme las venas, que, aunque os guste la idea de ser el centro del universo, en realidad no lo sois, y yo no me olvido. Así que simplemente me piro, porque no quiero verte así. Me quedo con el chico calabaza de mis recuerdos, ese niño gordo y honesto que era capaz de soñar sin avergonzarse, al que se le podían contar mil historias y con el que podías tener secretos. No quiero ver más a esa mole homicida que ha robado tu cara y que atormenta mis días, y los suyos, y los de todos los que le rodean.

Lo hago porque, a pesar de todas las collejas que me has dado sin motivo, sigo creyendo que si alguien merece romperme la nariz, ése eres tú. Porque en el fondo no te vanaglorias de ello, o al menos así lo quiero creer. Seguramente sólo porque te quiero, aunque cada vez te tenga más miedo.

Hasta siempre, niño calabaza.

Tu gato negro por ahí estará rondando, si es que quieres volver a su lado.

 

Ps.- Y que no pases mucha vergüenza si tus nuevos “amigos” encuentran esta carta en tu mochila. Y explícales lo que quiere decir “vanagloriarse”, que seguro que no lo pillan.

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