Aquí no hay ratas

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Un relato de Torpeyvago para la vivisección de Criptozoología

Bajé con cuidado los primeros escalones tallados en roca arcillosa, iluminados con parquedad por un tragaluz que permitía pasar más niebla que sol. El olor a humedad y a macetas mojadas me entraba hasta por los oídos pero, por suerte, esa misma tierra humectada amortiguaba mis pasos. Como no tenía luz, me dejaba guiar por la que delante llevaba el chulo a quien perseguía. Él había pasado un recodo en la escalera y el resplandor que me orientaba se había parado. Bien, si pensaba seguirlo para ver lo que estaba haciendo, estaba en el sitio correcto pero, cuando me quedaban bajar tan solo tres escalones hasta el recodo, me dí cuenta de mi imbecilidad. ¿Qué iba a pasar en el momento en que él terminase sus labores y decidiese volver arriba? Pues que se iba a encontrar cara a cara conmigo.

El caso era de lo más sencillo. Una vieja loca podrida de dinero se había liado con un chaval y pretendía que éste le fuese fiel. Y me había contratado para seguirle y confirmar que no tenía demasiados cuernos. Ni demasiado grandes.

—Yo estoy segura de que mi «churri» me es no me la pega. —Era fina esa tipa de olor a romero seco y chinchón. Mucho dinero y poca clase.

—Señora, si descubro lo contrario, tendré que informarle.

—Estoy convencida de que no sucederá.

—¿Se da cuenta de que si tiene ese convencimiento no es necesario que me contrate? Se lo digo por experiencia. —No llegué a terminar la frase cuando ya la jefa comenzaba a agitar la cara y un brazo negando y exigiendo la palabra.

—Quiero dormir por las noches tranquila. Por eso le pago. —Y de esa manera, tan impertinente como le permitía serlo su dinero, zanjó la conversación. Le di la cuenta para que hiciese la transferencia por el móvil, esperó a que fuese yo el que se despidiese y se marchó.

Seguí a su chavalín ese mismo domingo, que era cuando decía la vieja que tenía la costumbre de desaparecer.

Por su modo de vivir, sacándole los cuartos a esa Matusalén, supuse, erróneamente, que era un cabrito que se gastaba el dinero en chicas diez años más jóvenes que él y cuarenta más que su novia. Pero no, no se fue derecho a un club a ponerme las cosas fáciles. Tomó dirección sur hacia la autovía. Llevaba un coche caro aunque no muy llamativo, al límite de velocidad y sin hacer ninguna tontería. Y ahí fue cuando supuse que el caso sería más interesante de lo que aparentaba: No es normal que un tío ande aprovechándose del dinero de una vieja rica para no lucir traje, coche y palmito de gimnasio en un bar de putas de categoría. Y menos para madrugar un domingo.

Salió de la autovía, transcurridas un par de horas, en un pueblo con molinos de viento, como los de Don Quijote. Nota mental: Traer a una casa rural de la zona a la morena de la biblioteca, ahora que se había quedado sin novio.

Después, giró hacia una comarcal hasta llegar a un polígono que me hizo las veces de recibidor de la localidad. Callejeó un rato y, con la soltura del conocimiento del lugar, aparcó en la plaza.

Hice lo propio y le seguí hasta el bar en el que se metió. Llevaba mis auriculares puestos, y una chaqueta muy discreta pero lo suficiente recia para hacer una persecución en moto incluso en ese día tan frío. Entré con desparpajo y, sin mirarle, pedí una caña y me fui a jugar a la tragaperras.

Los micrófonos direccionales de hoy en día son la leche. Antes tenías que ir cargado con un paraboloide del tamaño de un balón de baloncesto y toda la parafernalia asociada. Ahora basta con dos pequeños micrófonos: Uno se dirige a la conversación y el otro elimina la señal ambiente, o algo así. El caso es que lo puse debajo del sobaco, porque además son adhesivos, y apunté hacia mi nuevo compañero de aventuras, que departía con el camarero.

—¿Te convences? —dijo el camarero.— Aquí no hay ratas. Ni gatos.

—La verdad es que la cosa fue perfecta. —Dentro de lo que cabe, trataba de ser discreto, pero se le notaba a la legua que era un pijo bronca. Sólo el peinado debía costar lo que la máquina de café de ese barucho.

—Pues allí quedó, como la otra vez. Dame lo que hablamos por teléfono. —El camarero hablaba sin mirarle, mientras trajinaba con la bayeta y los cacharros. Mi amigo sacó una lata de las de botellas de «brandy Peinado, 12 años» de una mochila que le acompañaba y la puso al desgaire sobre la barra. El camarero, con un gesto también descuidado la tomó y la colocó en la estantería de los licores calidad. En la lata debían caber una centena o dos de miles de euros.

El chulo sacudió su melena castaño rubia peinada con raya en medio, se levantó y se fue. ¡Qué desperdicio de tortilla de patatas que se había dejado! Yo había tenido la precaución de pagar al pedir y de simular una llamada telefónica por la que salí a la calle cuando intuí que mi amiguito iba a terminar la conversación. Le precedí hasta el coche, dando voces a un compañero imaginario que, al parecer, se había equivocado de lugar de cita.

El sitio no era favorable para una persecución sigilosa. Una llanura interminable llena de caminos por los que sólo de manera esporádica veías algún tractor agrícola. La fuerte niebla era a la vez una ayuda y un estorbo. Cuando tomó el primer camino seguí su luz antiniebla trasera y apagué las mías. Los pequeños claros que aparecían me obligaban a retrasarme para mantener una buena distancia y mi invisibilidad, pero aumentaban el riesgo de perderlo.

Cuando desapareció la luz supuse que había parado. Tuve que dar un par de vueltas hacia adelante y hacia atrás hasta localizarlo en una casa de labor. Un caminito aún peor que los que ya había transitado me guió hasta una arboleda con una casa o almacén de aperos. Debajo de un árbol vi su coche. A su derecha había una alberca llena de agua sucia congelada y al lado una curiosa construcción, común en la zona por lo que me había parecido ver a pesar de la niebla, similar a los accesos a las azoteas de las casas antiguas, con la puerta, de madera mal pintada, entreabierta y en la parte superior un tragaluz sin cristal; era una casa estirada cuyo tejado parecía sumergirse en el suelo crujiente por el frío. Como sospeché, se trataba de una escalera de bajada hacia el subsuelo. Los muros eran de tierra encalada y la cal se había desprendido en varios lugares y caído por los escalones, que a su vez estaban labrados en la propia tierra. Rezumaban humedad y sólo se percibían los primeros con la escasa luz que reptaba desde la puerta y el ventanuco. Pero vi el fondo, muy abajo, iluminado; debía ser el interfecto laborando algo. Y me dispuse a seguirlo.

Puesto que ya me había arriesgado a que me descubriese, osé asomarme tras el recodo. A la izquierda había un par de motores eléctricos viejos, al fondo un hueco que debía ser del antiguo pozo, que ahora parecía entubado y a la derecha estaba nuestro protagonista, apartando unos ladrillos de un montón, dejando al descubierto un espacio donde había cuatro o cinco botes de aluminio, como del doble de una lata de cerveza.

Ese era un buen sitio para los intercambios. Un pueblo tranquilo, en el que la policía solo se preocupa de los altercados de los sábados por la noche, una llanura que te permite otear varios quilómetros a la redonda, y un pozo sin uso. Además, un domingo por la mañana sólo te toparías con un par de cazadores y algún agricultor despistado. Los botes de aluminio, del todo herméticos y anodizados, serían irrastreables por cualquier perro.

Por lo menos cinco quilos se llevaba el gachó en la mochila. Me apoyé para mirar un poco mejor y fue cuando se desprendió un trozo de pared. Eché de menos a mi «Hermenegilda, la convencedora», una H&K USP Compact 9 mm, porque el tío se revolvió como un gato con un uzi de defensa personal en la mano que no sé de dónde lo habría sacado.

La escalera era un mal sitio para defenderme y, aunque bloqueé el primer envite, me llevé un buen tajo en la cara que me dejo medio ciego. Solo que yo había proyectado antes mi rodilla, que le impactó en el abdomen haciéndole retroceder hacia el hueco. Me hubiese gustado poder escapar, estando desarmado como estaba; pero sin luz y medio tuerto no creo que hubiese llegado muy lejos, así es que, viendo su situación, avancé para rematar la faena con una buena patada. Pero el muy cabrón aún no estaba vencido; me bloqueó la pierna derecha y me clavó el uzi en el tobillo, sin embargo, no se si por el impulso o porque el borde cedió, o por ambas cosas, nos fuimos los dos para el hueco.

Tal hueco era en realidad el antiguo pozo, con un tubo más moderno en medio que se proyectaba desde el fondo hasta la superficie, allí, muy arriba. Unas escaleras estrechas y empinadas bajaban otro dos o tres metros hasta la base de piedra, ya sin agua.

Y conté todos los escalones con mi cuerpo, especialmente con mis costillas y con mi cabeza.

***

Eran los calmares de Helzm... o de Horst... o de Humb... y algo más de lo que no me acuerdo. Esos calamares, según contaba el documental, eran gigantes y relativamente mansos. Hasta que te confiabas y mostrabas tú también mansedumbre; entonces comenzaban a atacar a los submarinista empezando por el cuello y poniéndolo, si no tomaba las medidas necesarias, en un aprieto. Había que mostrarles que te podías defender.

Aunque tenía los ojos abiertos no era capaz de reaccionar. Veía la cabeza de mi oponente ensangrentada rodeada por unas ratas gigantes. ¡Decía el camarero que allí no había ratas! Y además carnívoras. Una de ellas estaba mordisqueando la mano izquierda de aquel mierda. Claro que, por la postura del cuello del mierda, me parece que le importaba poco que le jodiesen la manicura. Noté movimiento en mi chaqueta. Un bicho de aquellos, del tamaño de un gato grande, me tironeaba del cuero. Levanté la mano derecha... quiero decir, la intenté levantar, pero la tenía debajo del cuerpo. Levanté una piedra con la izquierda y le intenté sacudir un golpe: Ella, o él, fue más rápida. Pero yo había dejado claro que me iba a defender, no fuese que me pasase lo de los buzos con los calamares de Helzm... o de Horst... o de Humb... y algo más de lo que no me acuerdo. Comencé a ver la luz cenital del antiguo petril del pozo al final del tubo moviéndose en curiosos vaivenes. Cerré un momento los ojos, pero me daba miedo quedarme dormido, porque ya había rondando por allí una buena cantidad de bichos de aquellos.

Tomé aire, saboreé el regusto a tierra de maceta que se había alojado en mi boca y traté de moverme. Varias docenas de puntos de mi cuerpo chillaron su dolor, de otros tantos manaban sangre que no me dejaba ver o que hacía resbalar mi mano sobre el suelo. Varias de las bestezuelas se habían enzarzado con las manos y la cara del rubicastaño y otra había encontrado un tobillo desnudo. Una de ellas colocó sus ojos en una mirada demasiado fija y demasiado cerca en mí; abrió la boca y sacó una lengua puntiaguda que paso por unas manchas de la sangre que desprendía mi cara. El muy cabrón tenía un par de colmillos a lo Nosferatu y los lucía con soltura. Me volví para liberar el brazo y ahora sí me pude incorporar; esos animalitos ni se inmutaron, movieron ligeramente las orejas hacia atrás, chillaron un poquito, menearon sus cortas y poderosas colas y siguieron tironeando de los cueros y jirones carnosos que habían conseguido en las manos muertas de mi amigo. Fui desplazándome pegado a la pared, cojeando de los dos pies, medio tuerto por la hinchazón del pómulo que había recibido el impacto del uzi y por la sangre que goteaba de algún lugar de mi cuero cabelludo. Un pequeño desvanecimiento me hizo clavar las rodillas, con lo que terminé con la cara pegada a la pared, ya que con el brazo izquierdo sujetaba el derecho, que apenas podía mover; traté de soportar el infierno que era respirar y, de rodillas, llegué a los pies de la escalera. Ya había al menos una docena de bichos congregados ramoneando lo que quedaba de cara y cuello de mi acompañante en aquella aventura espeleológica, aunque me alarmó que un pequeño grupo se interesase en mí. Como pude, fui subiendo esa escalera empinada que parecía infinita, debajo de la cual aparentaban tener la entrada a la madriguera. Por fin, uno de ellos comenzó a subir rápidamente tras de mí; dos o tres, envalentonados por la actitud del primero le siguieron. Yo ya estaba culminando la escalera, con medio cuerpo en el descansillo; tomé un ladrillo con la izquierda y se lo arrojé al cabecilla. No le di a él, pero le rozó a uno de sus secuaces, con lo que éstos retrocedieron. El valiente paró y se quedó mirando; los otros esperaban acontecimientos en el arranque. A tientas, por miedo a que me atacase por la espalda, y tragándome todo el dolor del universo, logré coger otro ladrillo, pero esta vez apunté bien. Le di en pleno cuerpo, y no sé si del golpe o de un salto propio para esquivar, la rata despatarrada calló por el lateral. Los de abajo consideraron la situación y empezaron a proponerse otras actividades alternativas. Yo seguí reptando hasta el arranque del tramo en el que me había descubierto. Vomité y me volví a desvanecer.

Cuando me recuperé, me sentía mejor, a pesar del sabor de la regurgitación y el tacto áspero de los dientes. Miré en el bolsillo derecho con la mano izquierda y saqué el móvil: Funcionaba, pero no había cobertura. Bueno, y tendría que cambiar la pantalla. O todo el móvil.

Seguí ascendiendo, no sé como. Volví a vomitar. El tobillo derecho era un conjunto de dolores que pinchaban con cada latido y que no sangraba más porque debía tener un trozo de uzi clavado a modo de tapón, respirar y moverme era un calvario, el brazo me dolía hasta hacerme llorar, y cada vez veía menos.

Cuando tuve cobertura, en los escalones finales cerca ya de la entrada, envié un mensaje a mi poco cariñosa abogada, Amelia, diciéndole donde estaba. Que ella llamase al 112 o a quien quisiese. Traté de coger una postura cómoda y me puse a esperar, saboreando el aroma a vómito, el sabor a sangre y el tacto húmedo de mi espontáneo asiento. En menos de media hora, eterna, eso sí, llegó la ambulancia y la Guardia Civil.

—Sabes que has tenido mucha suerte. —Estábamos en el despacho de Amelia. Yo permanecía de pie sólo por llevarle la contraria, pero el tobillo aún me dolía y apenas podía apoyarlo. Me volví despacio para no sentir el aguijón doloroso en mi pecho y le contesté.

—Puntos en el tobillo, en el pómulo y en la cabeza como para cambiarlos por tres móviles y una cacerola. Una conmoción grave, fisura en el epicóndilo derecho, tres costillas rotas y dos fisuradas. Sí, mucha suerte.

—Tu compañero quedó bastante peor. Además, lo digo por las denuncias. Te extralimitaste. Tu licencia te da permiso para seguir a alguien por encargo, legal, de un tercero. No a penetrar en una propiedad privada y atacarle sin previo aviso. —Toda esta parrafada la emitió con un tono de suficiencia que me exasperaba. Y, mientras, miraba a unos papeles, en lugar de a mí, sólo para darse importancia.

—Fue en defensa propia. Él me atacó primero.

—¿Sí? No es eso lo que dice la acusación. Especialmente la particular. —Hizo un mohín asqueroso cuando iba a contestarle.— Pero has tenido la suerte de recuperar cuatro quilos y medio de pasta de coca, y de que la Guardia Civil haya atrapado a media banda. Suerte, te lo he dicho antes. —Aún más suficiencia. La podría haber matado con el pesado cenicero de cristal de la mesa de no haberme dolido tanto el cuerpo.— Y queda el asunto de tu cliente...

—Ya le devolví el dinero cuando salí del hospital, hace tres días. Fue lo primero que hice; y no hace ni una semana que estaba haciéndome el encargo. El recibo está entre los papeles que te he traído. Por cierto, que tuve que hablar con su secretario, ella no quiso ni verme. —Supongo que estuvo buscando el recibo porque me dejó en paz un rato que aproveché para ver el atardecer desde un balcón de un edificio histórico de la ciudad, un balcón en uno de los pisos más altos, y más caros, de la construcción. Las temperaturas ya habían subido y una suave neblina embellecía la tarde reflejando el rojo sol poniente. La calle emanaba perfumes, sonidos y vaharadas que llegaban hasta aquellas alturas para formar un decorado urbano perfecto.

—Te tengo que pedir un favor —dije.

—¿Otro?

Tras la conversación, salí a la calle con mi portafolios debajo del brazo. El dolor había remitido bastante gracias a las curas y a los analgésicos, pero aún estaba presente, sobre todo en el pie. Y eso creo que me salvó. Puse el pie izquierdo con soltura, pero me retuve cuando fui a poner el derecho.

Hay tres maneras de ganar una pelea a navaja. La primera es pegarle un tiro al desgraciado que te amenace. La segunda es huir cuanto antes. La tercera, y mejor, es que no te ocurra. Si no, en el mejor de los casos, te llevas un puyazo en un brazo. Del peor, ni hablamos.

Aquel interfecto me lanzó un navajazo de izquierda a derecha para barrer y lograr un primer daño rápido y luego rematar. Como me quedé corto en el paso, y lo vi, no me alcanzó. Un segundo ataque parecido me hizo abrirme de brazos y dar un salto hacia atrás sacando el culo, y dí contra la pared, al lado de la puerta. Estaba perdido. O me tiraba a la cara o al pecho. Puse la carpeta de cuero delante del pecho y acerté. Trató de hundirme la navaja en pleno abdomen.

Lo malo de las navajas de mariposa es que no tienen guardamanos. Cuando el cuchillo fue interceptado por la carpeta, su palma avanzó sobre el filo y se cortó a sí mismo. Se lo pensó poco y salió huyendo. Debía haber sido una saja importante.

No tenía claro a qué se debió el atentado. Un robo no parecía, ni tampoco una venganza de los narcos. Estaban todos, creo, «reinsertándose» por años. Y no habrían mandado a un chapuza de navaja floja.

—Y ¿dice que eran rechonchos, con las patas hacia afuera?

—Sí.

—Y ese andar raro, ¿lo era porque alternaban las patas como un lagarto?

—¡Eso es!

—Pero que, básicamente, eran ratas peludas carnívoras, como todas, por cierto, con dos largos colmillos frontales en lugar de dientes de roedor, del tamaño de un gato grande. Resumiendo, un roedor con cabeza de perro de presa y dientes de vampiro de película añeja.

—Sí.

—Espere un momento. —Tras una breve espera, la bióloga me enseñó una foto. —¿Se parece?

—Sí, bastante, pero la nariz no era tan puntiaguda ni las orejas tan pequeñas, ni el color. Pero el de la foto es su primo hermano...

—... que desapareció junto con toda su parentela hace más de sesenta millones de años. No queda ni un solo triconodonto en todo el universo conocido. Y me atrevería a decir que, en el desconocido, tampoco. ―Me quedé mascando lo que acababa de decir y, supongo, con cara de tonto.— Le he recibido por venir recomendado por Amelia, pero le aseguro que no me gustan nada estas tonterías.

—Pe... pe... pero si los vi, y la policía tiene las pruebas de las mordidas... y habrá ADN y algo, que sé yo...

—El informe que ha conseguido Amelia con sus artes de bruja dice claramente que nuestro común amigo fue parcialmente comido por alimañas desconocidas. Punto. Y no vamos a pedir una prueba de ADN porque un loco, que está a punto de salir de mi despacho, lo pida. —¡Claro que era amiga de Amelia!, y tan poco gachona como ella.

—¿Está segura de que son esos animales?

—¿Qué parte de «va a salir de mi despacho» no ha entendido?

—Bueno, como guste, ya le daremos ambos las gracias a Amelia. —Y, cuando iba a cumplir su deseo de abandonar la habitación, y a modo de mordaz despedida, le dije:—¿Ni siquiera tiene curiosidad por ver uno de esos bichos? —Me volví y seguí el movimiento de salida, que iba a ser breve porque el despacho también lo era.

—Consígame un pelo, uno solo, aunque sea de un animal muerto; usted tendrá su análisis de ADN y se hará famosete y tertuliano. Y yo tendré algo que me saque de esta puta universidad.

—De acuerdo, buenas tardes.

Por eso hice el viaje de vuelta a aquella finca que fue predio del dueño del bar y ahora lo es de un banco. Lo que me importaba quién era el amo y señor de aquello no se puede transcribir sin incurrir en alguna falta de educación o incluso en alguna ilegalidad, como también lo era el hecho de que iba a meterme otra vez en una propiedad ajena. Esta vez iba bien pertrechado. Me acompañaba Hermenegilda, con bastante munición, porque me había vuelto un paranoico; además acarreaba linternas y lámparas portátiles de varios tipos. Y ciertos aperos para la captura de esos horribles bichejos, como jaulas trampa y cebos de diversa índole. De diversa índole no es correcto: Todo era variado, sí, pero variedades de la misma índole: casquería. Sobre todo, sanguinolenta; aún soñaba con aquel espécimen que lamió mi sangre mientras me enseñaba sus colmillos vampirescos.

Tuve que dar un par de viajes desde el coche al final de la escalera, y empleé el descansillo de los motores como base. Una vez allí, encendí un par de lámparas que alumbraban el fondo y comencé a aprestar las trampas con otra linterna colocada en mi cabeza.

Cuando lo tuve todo preparado, me asomé al vacío. Me iba a dar cierto miedo volver a bajar. Bastante miedo. Me arrepentí de no haber traído una cámara para filmar a las alimañas malditas en lugar de tener que cazarlas, pero confiaba en llevarle al menos uno vivo a la bióloga. ¿Quería un pelo? Pues se los iba a llevar todos. Y moviéndose.

El estampido me sorprendió asomado al hueco, y la bala me empujó hacia delante.

Caí, por segunda vez. Ya me conocía el camino.

El pitido que sonaba a todo volumen dentro de mi cabeza podía deberse al ruido del disparo, pero también a la lesión por la que sentía gotear sangre en mi oído. O desde mi oído; tenía una idea muy concreta de cuál de aquellos monstruitos iba a remover toda mi oreja con su lengua para conseguir ese zumo humano. No podía moverme en absoluto y el dolor era más un estado que una sensación, sobre todo, de cintura para abajo. Quizá la bala había pillado un cable importante a esa altura. Seguro que la vieja bruja me estaba gritando mientras me moría, pero la oía en la lejanía de mi sordera parcial y mi consciencia casi ausente, como si me susurrase:

—¡Te dije que lo siguieras, no que me lo matases! ¡Cabrón!

Si quería consumar su venganza, sólo tenía que esperar a que llegasen los comensales, porque el almuerzo estaba listo y bien iluminado.

 

Francisco Torpeyvago

En Daimiel, a 21 de Junio de 2016

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Buen relato, dentro del genero negrifosco, bien perfilado y bien contado. Tiene momentos brillantes como el de la pelea a navaja (¿te inspiraste en la peli "Fuga de Alcatraz"?) y destila un humor fino perfectamente integrado en la historia.

Cosas que me han gustado poco: las transiciones entre escenas. Son bruscas y confusas. La confusión viene de que no usas separadores entre  ellas (ya te lo comentó Dr. Ziyo), la brusquedad se podría solucionar situando la escena y describiendo el escenario de modo unívoco.

Tampoco me gusta la facilidad con la identificas al críptido a partir de una descripción somera. Esa biologa vale su peso en oro.

Alguna frasecilla algo recargada hay por  ahí, pero en general el relato tiene futuro, solucionando lo de las transiciones mejoraría mucho. Merece una segunda oportunidad. Y eso que en su primera me ha gustado mucho.

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Me alegro de que te gustasen esos detalles del relato. En concreto, la pelea a navaja la hilé a partir de vivencias propias —lo suficientemente lejanas, menos mal— y del blog de Ana Katzen y sus (in)creíbles peleas.

Lo de las transiciones es algo que llevo trabajando hace tiempo, porque me lo decís muchos lectores: es un punto débil, en especial en mi caso, que me gusta mucho lo de dar saltos adelante y atrás en tiempo y dimensiones. de hecho, me he propuesto, y lo habrás notado en los últimos, comenzar cada «capítulo» con una referencia clara de espacio y tiempo, a raíz del comentario a uno no publicado de Guillejicán. Pero me queda aún mucho por delante. Y llevas razón, con poco pasa un relato de ser perfectamente inteligible a un truño ininteligible.

Lo de la bióloga, metedura «da gamba», a corregir en una edición ulterior si la hubiere. Gran genio, sí, la señora no.

¿Y dices que hay alguna fracesilla recargada por ahí? ¿En algo que haya escrito yo? ¡No me lo puedo «de creer»! indecision Si yo no soy de esos escritores, ¡por favor! angry Bueno, para eso ya me estoy medicando.

En serio, gracias por la atenta y detallada lectura, y por los utilísimos cometarios.

 

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En un lugar de La Mancha de cuyo nombre me acuerdo perfectamente...

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Ya he podido acabarlo. El relato me ha gustado mucho, la verdad. He disfrutado mucho con el tono del mismo, esa narración en primera persona salpicada de ciertos toques de humor me daba la impresión de estar leyendo una novela negra. Y si no fuera por el asunto de las ratas, casi podría considerarse un relato de ese género. Se lee fácil, a pesar de algunas cosas que luego comentaré.

Me ha encantado lo de "Hermenegilda, la convencedora", genial. enlightened Al igual que ciertas frases salpicadas a lo largo del relato, muy en la línea del género negro, o yo así lo percibo, como en este párrafo, en el que casi hasta me parece escuchar una voz en off que me lo cuenta:

Hay tres maneras de ganar una pelea a navaja. La primera es pegarle un tiro al desgraciado que te amenace. La segunda es huir cuanto antes. La tercera, y mejor, es que no te ocurra. Si no, en el mejor de los casos, te llevas un puyazo en un brazo. Del peor, ni hablamos.

He encontrado algunos errores como en la frase:
 

—Yo estoy segura de que mi «churri» me es no me la pega.

Es evidente que sobran palabras. Lo más probable es que dudaras entre "Yo estoy segura de que mi 'churri' me es fiel" y "Yo estoy segura de que mi 'churri' no me la pega", y hayas acabado haciendo una mezcla de las dos.

También hay por ahí alguna letra o letras que faltan en alguna palabra, como en el párrafo donde explicas lo de los calamares y el documental. Échale un repaso y los verás.

Una cosa que me molestaba al leer era la falta de separación entre párrafos que no tenían continuidad alguna, y me obligaban a releer. Poniendo una separación con tres asteriscos, como has hecho casi al principio, lo dejarías claro del todo. Te pongo un ejemplo:
 

Cuando tuve cobertura, en los escalones finales cerca ya de la entrada, envié un mensaje a mi poco cariñosa abogada, Amelia, diciéndole donde estaba. Que ella llamase al 112 o a quien quisiese. Traté de coger una postura cómoda y me puse a esperar, saboreando el aroma a vómito, el sabor a sangre y el tacto húmedo de mi espontáneo asiento. En menos de media hora, eterna, eso sí, llegó la ambulancia y la Guardia Civil.

—Sabes que has tenido mucha suerte. —Estábamos en el despacho de Amelia. Yo permanecía de pie sólo por llevarle la contraria, pero el tobillo aún me dolía y apenas podía apoyarlo. Me volví despacio para no sentir el aguijón doloroso en mi pecho y le contesté.

Los dos párrafos pertenecen a lugares y acciones distintas, pero no hay nada que lo indique, dando en principio la engañosa sensación de que la frase la dice algiuen de la Guardia Civil. Tienes que seguir leyendo más adelante para sacarte del error.

Otra cosa, después del guión de diálogo no se escribe en mayúscula por la sencilla razón de que se puntúa después, al acabar la frase. Esto lo puedes ver en cualquier relato de los que se están publicando en el Polidori. Te copio una frase y te dejo luego su forma correcta, esperando que te sea de ayuda.
 

—¿Sí? No es eso lo que dice la acusación. Especialmente la particular. —Hizo un mohín asqueroso cuando iba a contestarle.— Pero has tenido la suerte de recuperar cuatro quilos y medio de pasta de coca, y de que la Guardia Civil haya atrapado a media banda. Suerte, te lo he dicho antes. —Aún más suficiencia. La podría haber matado con el pesado cenicero de cristal de la mesa de no haberme dolido tanto el cuerpo.— Y queda el asunto de tu cliente...

—¿Sí? No es eso lo que dice la acusación. Especialmente la particular —hizo un mohín asqueroso cuando iba a contestarle—. Pero has tenido la suerte de recuperar cuatro quilos y medio de pasta de coca, y de que la Guardia Civil haya atrapado a media banda. Suerte, te lo he dicho antes —aún más suficiencia. La podría haber matado con el pesado cenicero de cristal de la mesa de no haberme dolido tanto el cuerpo—.Y queda el asunto de tu cliente... 

Y eso es todo por mi parte, quitando esos detalles, un relato que he disfrutado mucho, como ya te he dicho. blush Mis felicitaciones, don torpeyvago.

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Estimado Dr. Ziyo:

No puedo sino estar de acuerdo en todos los errores que usted ha señalado. Y que habré de corregir, por supuesto.

Como excusa puedo decir que es el relato de calabazas que más deprisa he escrito —el día antes de la convocatoria y a toda leche— y lo mandé junto a otros dos. Cosa curiosa, de los siete enviados en distintas convocatorias, es el que mejor ha quedado. Ahora bien, mucha excusa y poco trabajo, porque al enviarlo a Patatalo para la vivisección lo podría haber revisado un poco siquiera. Ahora he visto un «éstos», unas mayúsculas tras dos puntos... y por supuesto todo lo que usted diligentemente ha indicado. Y acertadísimo lo de las palabras sobrantes, lo ha clavado usted. Lo de los espacios entre párrafos le juro que los pongo, pero una maldición familiar me los quita 8O . Y sin ellos, como dice, es difícil saber por dónde va el hilo. Últimamente pongo tres asteriscos centrados. Se me hace muy contundente, pero si funciona...

Sólo me queda darle las gracias por haber disfrutado siquiera un poquito del relato y por haberse tomado la molestia de leerlo y comentar.

Patapalo:

Gracias por permitirme quedar a merced de los merodeadores de OcioZero publicando mi relato.

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En un lugar de La Mancha de cuyo nombre me acuerdo perfectamente...

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