Interés enciclopédico

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Un relato de Patapalo para la vivisección de Criptozoología

 

El puñal era una exquisitez. Aunque no era su campo de trabajo habitual, no le costó darse cuenta de su interés no solo antropológico, sino de la calidad de la factura, la riqueza de los materiales y la originalidad del diseño. Desde luego, era un obsequio halagador, casi tanto como el interés que aquel desconocido mostraba por su trabajo. Después de haber pasado varias semanas recluido en la biblioteca para la puesta a punto de su última publicación divulgativa, aquella visita había sido todo un soplo de aire fresco, uno que, además, henchía la velas de su vanidad.

—Y dice que viene usted desde París... —terció sin apenas levantar la vista del puñal.

—En efecto —confirmó el desconocido con un acento razonablemente neutro para un extranjero; ni dudaba cuando construía sus frases ni parecía tener problemas para encontrar el vocabulario adecuado—. El viaje merecía la pena. Su investigación sobre el kongamato reviste un gran interés para mí y mis corresponsales.

El profesor McArdle restó importancia a su comentario con un vago movimiento de la mano, pero su sonrisa complacida denotaba hasta qué punto el elogio implícito le afectaba. Risueño, siguió con los preparativos del té. Había sacado su reserva especial, una olorosa y fuerte mezcla que reservaba para los últimos compases de sus proyectos y que, por lo general, disfrutaba en solitario aunque, eso sí, en la tetera de porcelana china que le habían ofrecido sus colegas de la Universidad de Cambridge.

—La verdad —confesó—, no esperaba que el ensayo suscitara tanta expectativa. Confiaba, por supuesto, en que el artículo en el que adelantaba mis hipótesis fuera objeto de controversias, ¡pero por no ser tomado demasiado en serio! Que haya venido un investigador desde el continente incluso antes de la publicación del trabajo completo... digamos que me sorprende.

—No debería, profesor —replicó el tipo con la cabeza hundida en su taza, cuyo contenido aún humeaba cercano al punto de ebullición.

—Bueno —se rascó este la cabeza con un gesto algo desconcertado, pues a él le costaba incluso sostener la suya; la tarde era calurosa—, no me negará que la hipótesis es osada. ¡Un peterodáctilo avistado en pleno siglo XIX! Suena a locura, lo sé, pero explicaría todas las leyendas en torno al kongamato. Bueno, e incluso sobre criaturas mitológicas como el sasabonsam de los ashanti. Mi colega, el profesor White, sostiene que ese ogro-vampiro volador que anda robando bebés podría ser nada menos que nuestro reptil antediluviano extraviado fuera de su territorio habitual. No es raro en estos casos que los animales recurran a las presas más vulnerables. ¿Se da cuenta de las implicaciones? Después del terremoto ocasionado por las teorías sobre la evolución de las especies de Darwin, nuestra investigación podría ser un segundo vuelco al mundo de la zoología. ¡Los trabajos de campo a realizar con una criatura de estas características tienen un potencial inimaginable! —se exclamó lleno de entusiasmo.

Su visitante, por el contrario, no parecía tan emocionado con la perspectiva. De hecho, para su decepción, centró su interés justo en el punto que hubiera preferido obviar.

—Así que está trabajando ya en equipo con otros investigadores... ¿Cree que podría concertarme una entrevista con ese profesor White? Con una tarjeta de presentación sería suficiente.

McArdle torció el gesto algo disgustado y dio un sorbo a su taza, cuyo contenido le quemó los labios. Con un desagradable hormigueo en la punta de la lengua, contestó:

—Tampoco diría que estemos trabajando en equipo, si me permite la franqueza. Tan solo hemos comentado algunos aspectos preliminares porque tenía interés en valorar el posible impacto social que tendría la existencia de un vestigio así en Jiundú. El profesor White es antropólogo y folclorista y sirvió a la Corona en las guerras contra el Imperio Ashanti, así que conoce de primera mano algunas leyendas que podrían encajar con avistamientos puntuales de la criatura que recogió en un interesante libro de cuentos; en sus ratos libres, es escritor diletante. De ahí que me entrevistara con él. Sin embargo —concluyó con un guiño cómplice—, él no ha visto el daguerrotipo. De hecho, nadie lo ha hecho... hasta hoy —aseguró al tiempo que, con un gesto teatral, ponía sobre la mesa un cuadro cubierto por un lienzo.

El desconocido apenas cambió de posición, pero un movimiento casi imperceptible de sus espaldas, que revelaba una tensión contenida, delató hasta qué punto le interesaba lo que estaba a punto de contemplar. El profesor McAdler volvió a sonreír, complacido. Por fin alguien mostraba el interés debido por sus trabajos. Incluso el amor al arte tiene un límite, y décadas encerrado en su propia biblioteca amenazaban con haber colmado el suyo.

Con movimientos delicados, casi reverenciales, el erudito retiró el lienzo para dejar al descubierto el daguerrotipo. La imagen fijada en este no era de una gran nitidez, pero sí lo suficiente para cortar el aliento: sobre un peñasco engalanado por alguna especie exótica de orquídea que caía en cascada por su falda, y que seguramente era el objetivo original de la toma, se erguía una bestia reptiliana dotada de un largo pico salpicado de dientes puntiagudos como gruesos clavos. Aun en blanco y negro, se podía percibir con claridad la piel escamosa decorada con manchas y rayas más oscuras. Y también algo más: aunque borrosas y superpuestas a causa del prolongado tiempo de captación, era evidente que la criatura estaba dotada de un par de alas membranosas como las de un murciélago. Sin ser determinante, la instantánea era todo un triunfo para la teoría del profesor McAdler. No era de extrañar que sonriera con un cierto deje pueril.

—Es espléndida, profesor —concedió el desconocido sin mudar, no obstante, su expresión severa—. Sin duda, un magnífico trabajo. ¿Quien la realizó es de su entera confianza?

McAdler parpadeó, confundido con aquella puya.

—¿Qué quiere decir? —replicó.

—No pretendía sonar descortés, profesor. Solo quería asegurarme de la autenticidad del daguerrotipo. Ya sabe que es una técnica que se ha prestado a manipulaciones por parte de falsos espiritistas, por mencionar solo algunos de sus usos fraudulentos...

La sorpresa comenzó a dejar paso a un tono abiertamente ofendido.

—El señor Larroux es de mi entera confianza, caballero. Jamás se le hubiera ocurrido enviarme una falsificación. ¿Cuál sería el interés? ¡No tardaría en descubrirlo! Larroux sabe que el siguiente paso será enviar una nueva expedición a Jiandú, que espero poder encabezar yo mismo, para capturar a un ejemplar del kongamato, a poder ser con vida. Tan solo necesito los fondos necesarios, que espero obtener de la Sociedad Geográfica. Esas regiones perdidas del Zambeze no son de gran interés para la opinión pública, pero con el debido acicate... ¡incluso se podría establecer una base permanente! —añadió intentando adelantarse a la próxima objeción del desconocido. No obstante, este no parecía poner en duda ese particular, sino otro que él ni siquiera había contemplado.

—¿Le parece prudente embarcarse en semejante aventura, profesor?

Este parpadeó de nuevo, sin aliento, incrédulo pero, al mismo tiempo, conmocionado.

—¿Q-qué... qué quiere decir? —repitió sin conseguir imprimir en esta ocasión una exigencia en su pregunta; más bien sonaba como una súplica.

—Un largo viaje por mar, un desembarco en territorio ashanti, quienes no han olvidado todavía los abusos cometidos por los británicos —McAdler no logró concretar el conato de protesta ante aquella impertinencia—, luego una travesía por la jungla, lejos de la civilización... Son muchos peligros para un ratón de biblioteca como usted. ¿Está seguro de querer afrontarlos? ¿Para qué? Créame: Jiundú no es lugar para su expedición, ni para ninguna otra de la Sociedad Geográfica. ¿Qué interés puede tener realmente en un proyecto de estas características? No sería el primer explorador que se pierde en el África Negra.

El profesor no era ningún necio. Además, aunque estaba más acostumbrado a escrutar en los libros que en las personas, no le había pasado por alto la dureza que encerraba aquella reflexión; tampoco la que se reflejaba en la mirada del desconocido. ¿Cómo había dicho que se llamaba? Con la excitación, ni siquiera recordaba dónde había puesto su tarjeta de visita.

—El mío —suspiró— es un interés enciclopédico —declaró como el que confiesa un pecado venial que pesara ya demasiado en la conciencia—. Mi sueño siempre ha sido seguir los pasos de Linneo, nada más.

Su visitante se puso en pie, pero con ambas manos apoyadas sobre el escritorio. Ahora su mirada no se perdía en la taza de té, sino que permanecía clavada en su anfitrión.

—Entonces le sugiero que los siga... desde su biblioteca —le espetó—. Deje que me ocupe yo del trabajo de campo, madure con calma su investigación, no la divulgue todavía. Espere a que le traiga más material con el que sustentarla, no vaya a dar un paso en falso.

McAdler deseó ponerse en pie y enfrentarse al desconocido, abroncarlo como hacía con el servicio doméstico o con sus estudiantes más incompetentes, pero sus piernas le fallaron. También la voz. Apenas consiguió arrancar un hilo para lamentarse.

—¿Va... va a llevarse el daguerrotipo?

Por primera vez, el tipo sonrió. Y McAdler hubiera deseado que no lo hiciera: había algo depredador en su gesto que le heló todavía más la sangre.

—No, no será necesario —le dijo alargando una mano hacia el puñal que le había traído de regalo—. Usted lo necesitará más para ahondar, sin prisas, en su ensayo. Por el contrario, si no le importa, esto —añadió empuñando el arma— sí que me lo voy a llevar. Me parece que encajará mejor con su amigo el folclorista. El profesor White, me había dicho, ¿verdad? Creo que le haré una visita hoy mismo. Le diré que voy de su parte —concluyó ya de espaldas, frente a la puerta del despacho.

El profesor McAdler no acertó a articular una respuesta. El desconocido tampoco la esperaba. Un par de latidos después, densos como la melaza, estaba por fin fuera de sus dominios y, al menos lo deseó con todas sus fuerzas, también de su vida. Sobre la mesa, el té estaba helado. También las manos crispadas del profesor. Ahora su biblioteca ya no le parecía tan asfixiante; era el mundo exterior el que le cortaba el aliento.

Miró el daguerrotipo sin atreverse a tocarlo y el kongamato se le antojó más feroz que en otras ocasiones, no solo una curiosidad de la naturaleza, sino una bestia aterradora. Una más de las que, a todas luces, acechaban todavía en las sombras, ocultas, celosas de sus secretos.

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Bestia insana
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Muy agradable relato, Pata. Me ha traslado con toda facilidad a lugar y tiempo, Y comparto la facinación por el pterodáctilo. Cuando salga, me haré con ese volumen del calabazas, que me apetece mucho.

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Patapalo
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Muchas gracias, compañero. He de confesar que casi más que un relato es una atmósfera, así que me alegra que te haya transportado. En estos momentos he conseguido, por fin, volver a ser escritor un poco y estoy con una novela que tenía pensada desde hace años, así que ando desanquilosando los dedos para encontrar el tono adecuado.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Dr. Ziyo
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Tengo que decir que el relato está escrito de manera impecable. Se te nota que llevas tiempo metido en esto. Diálogos acertados y naturales que hacen fluir la narración sin problema, los personajes quedan claramente definidos en estas líneas y hay un evidente misterio de fondo.

La pega que le encuentro es que me siento como si estuviera mirando por una rendija del vestuario de las chicas y alguien me cerrara la puerta de repente en las narices. Es decir, me he quedado con ganas de más. Es como si no fuera un relato, sino el primer (y prometedor) capítulo de una novela sobre el tema.

A propósito, conozco bien el tema de los críptidos y no recordaba haber leído nunca el nombre del kongamato, aunque sí que he leído de avistamientos de reptiles voladores tipo pterodáctilo, incluso en pleno siglo XXI. Pero el nombre en cuestión no me sonaba.

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Patapalo
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Muchas gracias, compañero. Fue, en efecto, el problema que le vieron los jueces, que parece más una parte que un todo. A mí me vino bien para retomar el ritmo de escritura, que no es poco, pero me parece que sí, que es una pieza suelta de un puzle mayor (el de Espejo Victoriano). Muchas gracias por el comentario.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Dr. Ziyo
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No hay de qué, siempre es un placer leer historias tan bien escritas. Y yo creo que si lo alargas te puede salir un buen relato largo o novela corta, porque los mimbres los tiene. yes

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torpeyvago
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Un relato en el que lo mejor de todo es el ambiente. Las acciones y los diálogos se sucenden con una naturalidad «sobrenatural» y aunque, como tambiñen he leído en los comentarios, parece una parte —para mí el comienzo— de algo mayor, creo que incluso ese final no conclusivo queda estupendo: «Un par de latidos después, densos como la melaza, estaba por fin fuera de sus dominios». —Claro que yo, como ingeniero, hubiese empleado «espesos» en lugar de «densos» no, de hecho, denso pienso que es incorrecto.—

La prosa, genial. Salvo alguna cosilla como repetición de «reserva», lo demás muestra maestría en esto de escribir. Cuando sea grande, quiero escribir así surprise.

Los tres personajes, incluyendo el ausente Samuel White, perfectamente definidos, sin detalles de más, como corresponde a un relato de esta extensión. Realmente funcionales. Quizá el tercero en exceso misterioso incluso al final, pero gusta, gusta.

Eso sí, no he podido evitar rememorar «Mundo perdido» de Arthur Conan Doyle, libro y película, con esa imagen del pterodáctilo escapando por la ventana.

En un lugar de La Mancha de cuyo nombre me acuerdo perfectamente...

https://historiasmalditas.wordpress.com/

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LCS
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Está claro que tu fuerte son los diálogos. Son tan fluidos y creíbles que dan envidia. Sabes recrear muy bien las escenas. Son muy visuales. El problema que veo a este relato es que se limita a eso, a ser una escena. Supongo que no hace falta que insista, pero creo que, al igual que opinaron los jueces, necesita algo más, una continuación a este estupendo punto de partida que has escrito. 

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