Extraña justicia

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A la puerta del local un simpático perrito ratonero recibía a los visitantes entre saltos y pequeños ladridos de alegría. Incluso allí, mucho antes de entrar, ya se notaba el calor asfixiante de la fragua.

 

 

El vapor que emanaba del enorme horno creaba extrañas imágenes y a veces producía el mismo efecto que una lupa sobre los objetos que se miraban a su través. En pie, un hombre con piel tan oscura como el ébano, golpeaba sin descanso las piezas de metal, dándoles forma. Cerca de él, a unos metros, dos muchachitos de no más de nueve años cada uno, arrojaban carbón y madera al hogar alimentándolo como si de un enorme dragón se tratara.

 

Mi acompañante y yo nos adentramos en el recinto. Una cascada de sudor perlaba nuestros rostros y vestiduras. Alguien salido de no se sabe dónde se anticipó a nuestros deseos y nos ofreció una vasija con agua fresca. Invadido por el agobiante entorno y mi necesidad de satisfacer la sed, me aproximé atropelladamente a la jarra sin reparar siquiera en quién nos tendía aquel líquido refresco. Fue al devolvérsela cuando mi mirada tropezó con las cicatrices que surcaban su feo rostro. Reparé entonces también en sus manos. Unas uñas negras, poderosas, curvas y largas, como garras de halcón, las completaban. No pude contener un pequeño mohín de repulsa. El siniestro personaje, un auténtico nigromante, rió desdeñoso mostrando una desdentada boca con dientes putrefactos.

 

Un ruido repentino a nuestras espaldas, como de cortinas, hizo que nos girásemos. Ante nosotros apareció una figura de mujer. Tenía el pelo ensortijado. Vestía una túnica que le llegaba hasta los pies y, junto al llamativo maquillaje que llevaba en sus ojos, eso hizo que enseguida la identificásemos como una de esas pitonisas que ofrecen leer el futuro a los incautos que deciden pagarle unas monedas. La mujer portaba además un precioso reloj de arena, adornado con exquisito gusto.

 

—¿Dónde están los últimos? —dijo la mujer, sin mover sus labios.

 

—Son éstos, mi señora —respondió el terrible nigromante. Su respuesta me inquietó sobremanera: si aquel temible individuo mostraba tal respeto hacia ella, sin duda se debía a que era aún más poderosa que él; y también porque hablaban de nosotros como si fuéramos simples objetos.

 

Se nos acercó y nos miró de arriba abajo con detenimiento. Su mirada penetrante taladraba nuestras mentes y se filtró también… en nuestros corazones y almas. A continuación palpó nuestras piernas y brazos sin que pudiéramos protestar por más que quisiéramos, y giró aquel espectacular reloj de arena que llevaba consigo. De inmediato sacó un ábaco, aunque la expresión correcta sería decir que lo hizo aparecer, y desplazó dos de sus bolas. Entendí que esas bolas nos representaban a mí y a mi acompañante. Quise gritar, pero permanecí mudo e inmóvil.

 

El nigromante se acercó a la fragua y el gran hombre de ébano le tendió una enorme vara de acero (ya fría) afilada en uno de sus extremos. Éste la cogió y la ofreció a su ama.

 

—No querido, haz tú los honores, Trudëkl —le dijo ella.

 

El hombre deforme, sin mediar palabra, clavó en nuestros pechos aquella lanza y al hacerlo el aire salió de mi cuerpo en una dolorosa bocanada. No supe qué sucedió a mi amigo. La mortífera arma había atravesado carne, pleura y pulmones. Me supe muerto. Era cuestión de segundos, quizá de menos. Aún alcancé a oír las palabras de ella.

 

—Muy bien, Trudëkl, ya sabes qué hacer con ellos. Llévalos a nuestro museo. Son débiles, pero han durado más de lo que pensaba. De hecho uno de ellos aún nos está escuchando. Lástima que no le vaya a servir de mucho… Por la resistencia que ha demostrado, tal vez le nombre como un arcano mayor del tarot que tengo en proyecto. ¿Tú qué opinas?

 

Luego sólo percibí… el inconfundible sonido de la arena al caer.

 

(***)

 

La bruja se encaprichó de mí y decidió curar mis heridas con extrañas fórmulas mágicas. Así me convirtió en su amante durante siglos. Han sido décadas de sometimiento y lealtad ciegas a la mujer más despiadada, cruel y hermosa que puedan ver vuestros ojos, pero en el fondo jamás sucumbí del todo. Me dotó del don de la inmortalidad para poder cumplir con sus caprichos y sus sangrientos rituales y para poder compartir su lecho. Pero dejó tres maravillosas gotas de sangre original aún en mis venas, que han cobrado fuerza durante todo este tiempo y que me han devuelto la humanidad que perdí aquel día.

 

Erró en sus cálculos y jamás pensó que llegara a enamorarse de mí. Hoy sabiendo que el vínculo que ella creó conmigo, contra mi voluntad, ahora está de mi lado y se vuelve contra ella, voy a vengarme: Derramaré mientras duerme, sobre el cuenco de agua iluminada por la luna llena, seis gotas de su sangre y cortaré uno de sus mechones de cabello. Romperé previamente el maldito reloj de arena y esparciré su contenido sobre las setenta y siete piezas de que consta ya su tarot. Deberé hacerlo junto al “árbol del ahorcado” que hay sobre el espeluznante sótano donde se oculta el museo (allí fue donde indujo a su nigromante a la locura, forzándole a ahorcarse… Después lo convirtió en “El Loco” de su baraja).

 

Ellos, los sacrificados, recuperarán sus vidas aunque en otra época distinta. Y ella pasará a ser La Papisa de su querido tarot. Yo cerraré el círculo convirtiéndome en uno de los arcanos mayores, para vigilarla por toda la eternidad. Seré la carta de La Justicia.

 

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Patapalo
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Poblador desde: 25/01/2009
Puntos: 195604

Muy bueno. Me ha encantado la atmósfera -me temo que soy más autor y lector de atmósferas que de historias- y me ha resultado fascinante la idea del Tarot y la nigromancia. Muy conseguido. Un placer leerte.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Sechat
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Puntos: 747

Gracias, Patapalo, viniendo de ti esos elogios son aún más valorados. Espero que guste a los demás también. Un abrazo.

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_Pilpintu_
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Wow la idea me ha parecido brillante, y bien hilada.

Genial, enhorabuena.

...(...) "y porque era el alma mía, alma de las mariposas" R.D.

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solharis
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Me añado a las opiniones positivas. Siempre me fascinaron las cartas del Tarot, que no tanto las pitonisas... Bonito desenlace.

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Nachob
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Poblador desde: 26/01/2009
Puntos: 2197

La idea me ha parecido muy buena, y el relato mejora a medida que vas avanzando. Te quedas con ganas de más desarrollo, de que explotes más ese tema, lo que es el único punto flaco por lo demás de una historia tremendamente original que merece una reflexión y una continuación.

Enhorabuena.

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Raelana
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Poblador desde: 06/02/2009
Puntos: 1561

La idea resulta muy interesante, pero está contada de forma demasiado apresurada. Necesita un poco más de desarrollo, contar quien es el protagonista antes de que le suceda aquello y cuales son los motivos de la mujer para hacerlo.

El ambiente está bien conseguido, resulta agobiante y opresivo, pero los personajes necesitan más desarrollo para que los entendamos bien.

Mi blog: http://escritoenagua.blogspot.com/

Perséfone, novela online por entregas: http://universoca

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