Capítulo III: La humillación

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Tercera entrega de Elvián en Las intrigas de la corte

 

 

Fleck era el hermano pequeño de Elvián, como ya deberéis saber, y era muy joven, aún más que el heredero al trono. Tenía un aspecto mucho más alegre que su hermano, con divertidas mejillas sonrosadas, una sonrisa casi perpetua y movimientos ágiles, pero sin caer en la cursilería de Elvián. Sin embargo, Fleck no era una buena persona. Era cruel, huraño y vengativo, y ansiaba por encima de todo el trono de su padre. Por eso no le había sentado nada bien la reprimenda que había recibido del rey por maltrato de caballos y amenazas de muerte. Pero hacia quien sentía mayor odio era hacia su hermano. Sabía que Elvián le había contado a Brath lo sucedido con Trueno, y se las haría pagar todas juntas.

 

Al igual que Elvián, Fleck era muy hábil a la hora de empuñar la espada, aunque no tanto como su pariente. Sin embargo, él y su consejero, Zelius, habían maquinado un plan para humillarle. El aprendiz de Mago había consultado su manual de magia y había encontrado un hechizo que entorpecería los movimientos del heredero a la corona, dando ventaja a su hermano pequeño. Pero no contaron con que Astral se había enterado de los despreciables planes de Fleck y de Zelius, por lo que decidió hacer sus propias modificaciones al hechizo de su discípulo, empezando por cambiar los ingredientes necesarios y las palabras mágicas anotadas en el manual del aprendiz de Mago.

 

Y así fue como Fleck fue en busca de su hermano y lo encontró en las puertas del gran castillo de Parmecia, cuando éste volvía de las caballerizas, donde había estado cuidando de Trueno. Elvián había visitado con frecuencia al caballo y había tratado personalmente sus heridas, con lo que había surgido entre él y el animal una gran amistad. Junto con Fleck estaba Zelius, y ambos sonreían con maldad. El heredero a la corona no sabía lo que le esperaba.

 

-Elvián -llamó Fleck-, ven aquí un momento.

 

-¿Ahora? -replicó su hermano-. Preciso acudir al excusado.

 

-Es sólo un momento, príncipe Elvián -dijo Zelius.

 

-Pero, he de mingitar y de lavarme las manos.

 

Fleck sonrió ante la forma de hablar de su pariente y se acercó a él. ¿Qué podría significar “mingitar”? No lo sabía, pero se lo suponía.

 

-Eso puede esperar -dijo-. Quiero desafiarte a un combate con la espada.

 

-¿Qué? -exclamó Elvián-. Pero si no tengo mi tizona, y no sé si recordarás la forma en la que perdiste antes.

 

-Si por tizona te refieres a tu espada -replicó Fleck, visiblemente molesto-, no temas, que la tengo yo aquí. Respecto a lo otro, te diré que esta vez no voy a perder -miró de soslayo a Zelius, quien asintió con la cabeza-. Así que ¡a luchar!

 

Elvián se encogió de hombros y recogió la espada que le entregaba su hermano y se colocó delante de él. En ese momento, Astral apareció en el lugar, con su larga túnica azul oscuro, su sombrero picudo con una pluma y sus extensas barbas blancas. El heredero al trono lo saludó y se volvió hacia él, y el Mago le respondió con una amable sonrisa. Zelius miraba a su maestro con menos alegría. Si Astral descubriera lo que intentaba hacer, seguro que le impondría un severo castigo. Pero el aprendiz de Mago no estaba inquieto. Sabía muy bien cómo pasar desapercibido y ejecutaría el hechizo sin que su maestro se diera cuenta.

 

-Hocus Pocus Lotha Par -dijo por lo bajini.

 

Cuando un extraño cosquilleo recorrió el cuerpo de Zelius, el aprendiz de Mago supo que algo había salido mal. Su cara y sus manos se volvieron verdes y su estatura comenzó a menguar. En el momento en que el proceso llegó a su fin, los presentes vieron que Zelius se había transformado en una rana.

 

-¡Croac! -fue todo lo que pudo decir.

 

Astral lanzó una carcajada, se acercó al batracio y lo recogió del suelo. Lo estudió con brevedad y, tras mirar con atención a Elvián y a su hermano, le dijo a Fleck:

 

-Bien, esto es lo que les pasa a quienes intentan hacer trampas en algo tan serio como es la esgrima -se volvió a Elvián-. Príncipe Elvián, vuestro hermano y su verdoso amigo querían hechizaros para que perdierais movilidad, con lo que ganaros sería bastante fácil.

 

-¿Ah, sí? -dijo Elvián, perdiendo su compostura. Una sonrisa locuela se dibujó en sus labios y miró como un demente a su hermano, aunque en realidad estaba fingiendo-. ¿Por qué no seguimos con el combate?

 

-¿No dijiste que tenías que ir a “megillar” o como sea la palabra? -respondió Fleck, tartamudeando.

 

-Eso puede esperar. ¡Venga, levanta la espada!

 

Sabiendo que no tenía otra salida, Fleck alzó su arma y observó detenidamente los movimientos de su hermano ante la atenta mirada de Astral. Un par de orcos de Harssom y un grupo de trolls, embozados en curiosos ropajes de pies a cabeza para protegerse del sol que les convertiría en piedra, se acercaron a contemplar la escena. Entonces Elvián, con un movimiento ágil y veloz, se abalanzó sobre su hermano y lanzó un poderoso y rapidísimo mandoble que no dejó reaccionar al joven y despreciable príncipe. El acero de la espada del heredero a la corona cortó la hebilla del cinturón de Fleck, lo que provocó que la prenda se desprendiese de su cintura y que sus pantalones cayesen al suelo, dejando al descubierto sus calzoncillos de ositos y sus piernas desnudas.

 

Los trolls aplaudieron la destreza del príncipe Elvián, mientras que los orcos se reían y se burlaban de Fleck, que miraba furiosamente para todos los lados. Alguien tendría que pagar por aquella humillación.

 

-¡Vosotros! -gritó, mirando a los dos orcos-. ¿Cómo os atrevéis a reíros de mí? Seréis ejecutados, y vuestras cabezas adornarán mis aposentos. Según las leyes Parmecia nadie se puede reír de un miembro de la familia real.

 

Al oír esto, las carcajadas de los orcos resonaron con más fuerza. En verdad les divertía la situación.

 

-¡Mira, chaval! -gruñó uno de ellos-. Nos importa un pito lo que nos digas. Las leyes de Parmecia prohíben detener a los extranjeros, salvo que cometan un delito grave, y creo que reírse de un estúpido que ha sido humillado no constituye un delito grave, ni siquiera si ese estúpido pertenece a la familia real.

 

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_Pilpintu_
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Al principio se te ha colado un "deberéis" jejeje... a por el IV

...(...) "y porque era el alma mía, alma de las mariposas" R.D.

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Executor Cid
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Salve:

¡Calzoncillos de ositos! XD XD XD

En Taro Adun

"Non nobis, Domine, non nobis; sed Nomini tuo da gloriam."

Milites Christi Templi (Salmos 115, 1)

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