Capítulo X: Combate a muerte

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Décima entrega de Elvián en Las intrigas de la corte

Astral abandonó el castillo esa misma noche. Antes de su partida, Elvián y el hechicero celebraron una pequeña despedida junto a algunos buenos amigos, como Grant y la reina Eranisha, que creía también en la inocencia del joven príncipe. Durante la cena, le dio algunos consejos para triunfar en su cruzada. Así, el viejo Mago le habló de una espada mágica de gran poder que tenía que conseguir para acceder a las ruinas de la antigua civilización. No le contó mucho más, porque no se sabía casi nada sobre la misteriosa espada, como pasaba con muchas de las leyendas de la Primera Edad. Lo único que se sabía sobre ella era que estaba custodiada por unos guerreros de fuego en una cueva, al este del desierto de Kelbo. Pero no sólo hablaron sobre la búsqueda de Elvián. Por expreso deseo de Eranisha, Astral y Elvián aparcaron el tema y se adentraron en amenas conversaciones que les animaron un poco. También durante la cena, hubo tiempo para alguna sorpresa. La reina Eranisha tenía que elegir a un sustituto de Astral como regente de Parmecia, y la madre de Elvián escogió al bueno de Grant. El cuidador de caballos miró atónito a la reina, incapaz de articular palabra. Realmente, le sorprendía su decisión.

 

Pero pronto llegó el momento de la despedida. Una vez acabada la cena, Astral no pudo retrasar más su partida hacia Rondor, aunque antes se despidió con amor y calor del príncipe.

 

Los días posteriores a la marcha del Mago fueron un auténtico tormento para Elvián. Por un lado, deseaba partir hacia el destino señalado por su anciano amigo. Pero, por otro, no quería dejar sola a su madre con Fleck. Se pasaba horas enteras paseando por palacio y meditando las opciones que le quedaban. Desde que había pasado el juicio, los vendedores de la feria fuera del castillo le miraban mal. Incluso era despreciado por visitantes ocasionales como elfos, enanos, trolls y orcos de Gort. A lo más que iba era a las caballerizas para visitar a Trueno y montar un poco sobre él. Únicamente en los establos era bien recibido.

 

Pero todavía conservaba algo de dignidad y se comportaba con unos modales exquisitos. Esto era algo que irritaba profundamente a Fleck, quien en ocasiones tenía que compartir comedor con Elvián durante alguna fiesta real. Aunque el ahora heredero al trono "picaba" a su hermano con el tema del juicio, Elvián no perdía ni la calma ni la compostura y sutilmente cambiaba de tema.

 

Esto resultó ser demasiado para Fleck, por lo que le exigió a Zelius una nueva reunión con Gelian. El asesino accedió y los tres se encontraron en el mismo lugar donde habían planeado el asesinato del rey Brath. Gelian llevaba su habitual traje de camuflaje con la capa ocultando su cara, mientras que Fleck y Zelius apenas disimulaban sus ostentosas ropas de palacio.

 

-Aquí estamos -dijo el asesino-. ¿Para qué me habéis citado ahora? ¿Quién os molesta?

 

-Es Elvián -respondió Fleck-. Me saca de quicio. Además, tiene una posibilidad para descubrirnos. Algo sobre una ciudad perdida o algo por el estilo. Zelius te podrá dar más datos -señaló al aprendiz de Mago con la mano derecha, sin mirarle.

 

Gelian miró al hechicero y esperó a que éste empezase a hablar.

 

-Sí -dijo al fin el Adepto-, la ciudad. En realidad era un reino de la Primera Edad llamado Turán. Dicen los escritos conservados que allí se guardaba un orbe capaz de desvelar la verdad. El hermano de Fleck quizás vaya a buscarlo.

 

-Y queréis que yo le elimine antes de que inicie su viaje, ¿no? -repuso Gelian-. ¿Tenéis pensado algún plan como hicisteis con su padre?

 

-Sólo debes esperar a que se encuentre solo -respondió Zelius-. En estos momentos, hay mucha gente que desea ver muerto a Elvián. Eso nos librará de toda sospecha.

 

Esa misma noche, Elvián recibió la nota de un informador anónimo que decía que tenía información vital sobre la muerte de Brath y que deseaba reunirse con él fuera del castillo, en el pueblo, lejos de miradas y oídos ajenos. El príncipe no lo dudó un solo instante y le dijo al que había traído la nota que le dijese al informador que iba en seguida. Pero el recadero resultó ser Mork y el informador Gelian.

 

Quince minutos después, Mork regresó y guió al príncipe hacia el lugar donde Gelian aguardaba embozado en sus ropajes. Se trataba de una oscura plaza llena de casas abandonadas. Elvián miró detenidamente al hombre, pero sólo vio en él a un soldado de la Guardia Real hasta que se descubrió el rostro y le devolvió la mirada al príncipe.

 

-Me han dicho que tienes información sobre la muerte de mi padre -dijo éste-. ¿Qué sabes? ¡Habla!

 

-Sí, mi señor -respondió Gelian pausadamente-, tengo información. Sé quién ha asesinado al rey Brath, lo he visto.

 

-¿En serio? -exclamó Elvián-. ¿Quién ha sido? ¿Fleck? No, seguro que él no. Ha sido Zelius, ¿verdad?

 

Gelian se despojó de la capa que le cubría el cuello y la tiró al suelo, dejando ver una espada y una daga casi tan larga como la tizona.

 

-No -dijo-. No ha sido ni Fleck ni Zelius, al menos directamente. No, en realidad han contratado a un asesino a sueldo para que les haga el trabajito -sonrió-. Un soldado de la Guardia Real.

 

-¿¿Un soldado de...??

 

Elvián calló de repente y miró el rostro sonriente de Gelian. Entonces, el soldado agarró con la mano derecha la empuñadura de la daga y la desenfundó de un raudo movimiento.

 

-Y ahora he venido a por ti -dijo.

 

El asesino se acercó lentamente y blandiendo la daga con una malévola sonrisa dibujada en sus labios. Elvián se limitaba a retroceder y observar a Gelian, estudiando atentamente sus movimientos. La sonrisa del soldado se hizo más amplia, pues creyó ver miedo en los ojos del príncipe. Fue por esta razón por la que decidió atacar. Se adelantó con un rápido movimiento agitando en el aire la hoja de la daga, pero Elvián se hizo a un lado con facilidad y apresó su puño. Luego, tiró de él con fuerza y le arrebató el arma de las manos. El asesino se apresuró a desenvainar la espada y hacer frente al príncipe, sorprendido por la extraordinaria forma en que le había arrebatado la daga. Había oído hablar de la destreza de Elvián, pero nunca había imaginado que llegara a tales extremos.

 

Elvián contraatacó y Gelian movió con rapidez la espada. Sonaron los aceros y rápidamente el asesino se apartó de la pared con un compás curvo para tener más libertad de movimientos. Entonces, se abalanzó sobre el príncipe y éste se vio obligado a defenderse con la daga. Esta vez, fue Elvián quien se sorprendió de la habilidad de su rival. Paró con atención repentina y cierto esfuerzo las estocadas que le lanzaba el otro, quien acometía a herir a lo bruto, con golpes cortos, retrocediendo a cada golpe, mientras buscaba el momento de irse a la izquierda para sorprender al contrincante. Pero Elvián era un espadachín muy experimentado y no le daba la más mínima oportunidad. Entonces, tiró una cuchillada alta a la vez que pensaba el modo de herir sin matar. Después de todo, lo necesitaba vivo. Gelian retrocedió un poco, pero en seguida volvió al ataque y alcanzó al príncipe en la mejilla. Aunque la sangre manaba con abundancia, el tajo era menos grave de lo que parecía. Elvián hizo ademán de retirarse para confiarle y le envió una cuchillada al brazo, atravesándolo. El asesino apretó los dientes y cambió la espada de mano.

 

-Soy igual de hábil con los dos brazos -gruñó-. Te vas a enterar.

 

Gelian le tiró una estocada recia, buscando el pecho, pero Elvián retrocedió para tener más espacio, paró y se abalanzó en línea recta. El asesino opuso un revés y se alejó para iniciar el contraataque. Golpeó con tanta fuerza que obligó a su rival a retroceder hacia las oscuras casas que tenía detrás. Se lanzó hacia delante y le dio un tajo a Elvián en la pierna, para luego hacerle saltar la daga con la punta de su espada. Entonces alzó la hoja para partirle el cráneo en dos, pero el príncipe se abalanzó sobre él, le agarró por los costados y le empujó hacia atrás. Gelian trastabilló y cayó, lo que pudo aprovechar para coger la daga.

 

El soldado se levantó en seguida y se puso nuevamente en guardia. Entonces sonrió y volvió a atacar como antes, obligando a Elvián a parar las estocadas con rapidez. Pero el príncipe estaba esperando su oportunidad. Gelian se echó hacia atrás para volver a atacar y su adversario lo vio venir en la oscuridad. Elvián le permitió intentar un furioso revés y, a mitad del movimiento, giró la muñeca, movió la daga hacia arriba y le traspasó el pecho de una estocada.

 

Gelian abrió los ojos desmesuradamente y soltó la espada, que cayó al suelo con un ruido metálico. Elvián retiró la hoja del cuerpo del asesino y le vio alejarse a trompicones: cayó junto a una casa y apoyó la espalda en la pared mientras respiraba entrecortadamente.

 

-Parece que has ganado -dijo con esfuerzo mirando de reojo a Elvián-. ¡Miserable gusano! ¿Cómo es posible? Yo te maldigo, Elvián hijo de Brath.

 

Un momento después, murió. El príncipe observó el cadáver. Por detrás de él, Mork había iniciado la fuga.

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Patapalo
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A diferencia de otras entregas, ésta me ha parecido excesivamente embarullada. La escena del combate tiene mucho efecto ping-pong (el hace tal al cual, el cual hace tal al otro, etc.). Creo que hubiera ganado mucho cambiando el enfoque del enfrentamiento desde el principio y narrándolo menos literalmente.

En cualquier caso, sigo con interés la serie, y si no abro la boca es porque no tengo más sugerencias :-)

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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