De un lugar muy lejano

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El sueño de la razón produce monstruos...

 

Suspiros en el viento

 

Cien metros...

Pedro abraza a su hijita y se despide de ella. La ve partir con su mochila a la espalda a reunirse con sus compañeros de colegio. Sonríe y vuelve a preguntarse cómo es posible haber sido capaz de engendrar algo tan bonito. Agita su mano, y su corazón se hincha cuando ella se vuelve y le lanza un último beso.

 

Sesenta metros...

Mira la hora y se da cuenta que se le ha hecho tarde. Si no coge el cercanías a tiempo, llegará tarde y no le conviene volver a tener una bronca con su jefe. La situación en el laboratorio no es buena y se teme que su nombre estará el primero de la lista si tuvieran que prescindir de alguien. Maldita crisis.

 

Treinta metros...

Comprueba que lleva dinero en la cartera. Luisa le ha pedido que a la vuelta compre algo de postre. Esta noche vienen sus suegros a cenar. Le gustaría tener una velada tranquila, ellos solos con la peque, pero sabe que ya son muy mayores, y que únicamente les tienen a ellos para aliviar su soledad. Lástima que él esté tan sordo y se haya vuelto tan huraño, y que ella no le haya tragado nunca.

 

Diez metros...

No puede evitar girarse al paso de la joven. Con aquella melena rubia y aquella minúscula y provocativa faldita es un auténtico bombón. Quién la pillara con veinte años menos, y un montón más de valor, especula entre divertido y nostálgico. Pone un pie sobre el asfalto para bajar la acera y cruzar la calle.

 

Un metro...

Advierte una leve sombra a su izquierda, un estridente frenazo, y de repente todo su cuerpo es violentamente proyectado con un golpe seco contra la calzada. No tiene tiempo de sentir dolor, miedo o, simplemente, de preguntarse qué ha ocurrido.

 

Ya no tendrá que recoger a su hija al colegio. Ni comprar algo de postre. Ni enfrentarse con su iracundo jefe. Se terminaron las cenas con los suegros y las chicas rubias de firmes traseros. Todo se acabó. Y él ni tan siquiera lo sabe aún.

 

Sombras en la oscuridad

 

Despierta dolorido y angustiado. Ha soñado, o al menos cree que ha soñado. Cosas terribles. Pesadillas disparatadas. Observa a su alrededor. Un cuarto blanco, sin apenas muebles. Yace sobre una cama, enchufado a decenas de aparatos eléctricos. Tiene puestas sondas, goteros, vendajes y escayolas. Un hospital. Ha debido tener un percance y está en un hospital. Uno especialmente sucio y que huele muy mal. No recuerda nada, sólo pequeños retazos. Comprende lo que ve, pero no es capaz de referir cuál su nombre, si tiene familia, o en qué trabaja. Es como si su vida se hubiera borrado, y apenas reconociese el escenario donde tuvo lugar.

 

Hay un timbre a su lado. Se siente agobiado y preocupado y lo pulsa para pedir que alguien acuda. Necesita consuelo, calor. Compañía humana. Escucha la puerta de la habitación abrirse y al percatarse de quién entra cree enloquecer.

 

Es el ser más demencial que pudiera imaginar. Espantoso, lleno de bultos y protuberancias. Parece una bestia salvaje, con una boca horrible llena de babas y dientes, y unos ojos feroces y sanguinolentos. Un monstruo, un engendro del averno que se le acerca sin que él pueda hacer nada por evitarlo. Apesta y apenas puede refrenar las nauseas. Grita de terror, se agita y pide auxilio. Pero eso no parece amedrentar a la criatura, que se lanza sobre él y le sujeta, mientras empieza a rugir y lanzar unos ensordecedores bramidos. Para su horror, aparecen nuevos individuos similares y entre todos le inmovilizan, inyectándole alguna especie de sustancia. Mientras nota como pierde la consciencia, no puede apartar de ellos la mirada y se siente perdido. La cena de unos terroríficos ogros.

 

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Luisa llora desconsolada mientras les escucha. Los médicos la contemplan con lástima, pues saben que el diagnóstico que le están dando es escalofriante. Tratan de confortarla, pero no pueden negar la amarga evidencia de su dictamen. Su esposo padece una extraña anomalía patológica, una rareza médica de cuyos síntomas se tienen pocos antecedentes. En el accidente Pedro se golpeó con fuerza en la cabeza y tiene graves lesiones neuronales, que afectan a su lóbulo frontal causándole una grave distorsión en su capacidad para percibir su entorno. Puede incluso que, según las radiografías, previamente ya tuviese algún tipo de tumor subyacente, pues su cerebro muestra evidentes deformidades. El resultado es abrumador: todo lo que ve, lo que oye e incluso lo que huele se encuentra profundamente afectado por ese traumatismo. Su cerebro enfermo lo tergiversa en dios sabe qué. No hay solución ni tratamiento posible. Pedro está condenado a vivir en su propio mundo, sujeto a extrañas y alteradas percepciones. Por sus reacciones, han deducido que no ve a sus semejantes como tales, sino como espeluznantes aberraciones que tratan de hacerle daño. Se siente rodeado de monstruos, tan espantosos y grotescos que no puede siquiera soportar su visión, y menos ser tocado por ellos. Nada ni nadie le podrá convencer que no es así, porque nada ni nadie le puede hacer experimentar otra cosa.

 

Luisa gime desolada mientras abraza a su pequeña. Siente un profundo pesar. Se han quedado solas sin el hombre bueno que les hacia su existencia fácil y grata. Ante la mirada condescendiente de los doctores, se pregunta que será ahora de ellas. Les observa entre lágrimas, percibiendo que tras sus condolencias se oculta una secreta complacencia por la aparición de un nuevo y desconocido síndrome que investigar y del que poder dar conferencias en sus reputados congresos y simposios. Incluso intuye como se regodean internamente ante la posibilidad de poder inmortalizar su nombre cuando deban denominarlo. Aún así no acaba de comprender todo lo que le han contado. Sólo después, cuando asista horripilada a la desaforada reacción de Pedro al verles, y contemple como se asusta y reniega a gritos de su propia y adorada hija, comprenderá que lo que aquellos supuestos hombres sabios le han descrito es el infierno.

 

Lágrimas bajo la lluvia

 

Pedro lleva encerrado en un psiquiátrico más de dos años. Parece un cadáver, de lo demacrado y delgado que está. No aguanta la presencia de nadie a su lado. Permanece aislado de todos y de todo, en constante agitación, sollozando de miedo a cada instante. Se esconde por las esquinas, temblando, sollozando sin parar, preso del terror más atroz. Ninguna medicación le calma. Ningún tratamiento le proporciona el más mínimo alivio. Nada consigue evitar que grite como un loco y trate de huir despavorido en cuanto alguien se le acerca. No entiende nada de lo que se le dice, sólo llora y pide desesperado que todo acabe de una vez. Hasta los celadores más curtidos sienten lástima al verle. Hasta las enfermeras más frías e insensibles no pueden evitar derramar una solitaria lágrima ante semejante sufrimiento.

 

Los doctores que lo atienden, desalentados al comprobar que nada de lo que pautan parece surtir efecto, han tomado la decisión de adoptar medidas desesperadas. Le conducen hasta una sala expresamente preparada al efecto, con los ojos vendados. Durante todo el trayecto no ha parado de convulsionarse y chillar presa del pánico, como siempre. Le sientan en una silla. Tiembla como un flan, y se ha orinado en sus pantalones. Le quitan la venda y esperan. Él guiña los ojos, tratando de acostumbrarse a la luz. Cuando por fin lo hace lo primero que ve es otro de aquellos demenciales seres, agitándose delante de él. Solloza asustado y trata de cubrirse con los brazos para apartar esa visión de sí. Sin embargo algo le llama la atención. A su lado hay diversos objetos, una lámpara, una planta, libros, un cuadro. Y al lado de aquella cosa, que se sacude en su asiento imitando sus movimientos, hay también una lámpara similar, otra planta igual, unos libros... Sus pupilas se contraen mientras su mente poco a poco va comprendiendo y empieza a voltear sus brazos, tratando de probar la aterradora revelación que está sufriendo. Cuando por fin ésta se confirma, queda mudo. Acerca una de sus manos a la superficie pulida del espejo, y rápidamente la contrae, conmocionado. Empieza a llorar, sin poder apartar la vista de su reflejo. Frente a él, aquella monstruosidad llora también.

 

Los psiquiatras están contentos. Parece que el tratamiento de shock ha funcionado, y algo por fin ha cambiado en su estado, después de tantos fracasos. Se reúnen para comentar cuál debe ser el siguiente paso a dar, cuando un grito espeluznante les alerta de que algo no va bien. Cuando se giran, contemplan atónitos a su paciente, que se agita convulso frente a ellos. El cristal está cubierto de salpicaduras rojas, mientras los surcos que dejaban las lágrimas en las mejillas de aquel infeliz se tornan ahora ríos de sangre.

 

Pedro se ha arrancado los ojos.

 

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Consiguen estabilizarle. Ha perdido completamente uno de los globos oculares, y el otro lo han podido salvar a duras penas. Pero se ha desgarrado también ambos párpados y a partir de ese momento su cara queda deformada, con una de sus cuencas vacías, y la otra con un ojo desmesuradamente abierto sin posibilidad de cerrarlo. No saben si puede ver con él, pero continuamente supura algo parecido a lágrimas, que resbalan por sus mejillas empapando las sábanas.

 

Desde entonces, Pedro permanece tumbado en su cama, como si fuera un mero objeto inanimado, sin emociones. Su cerebro ha entrado en cortocircuito, y, a pesar de repetidos intentos, no logran hacerle reaccionar de nuevo. Parece haber entrado en un estado de coma. Discuten durante horas sobre lo sucedido, emiten mil conjeturas y explicaciones, pero a partir de esa fatídica prueba no pueden conseguir que Pedro vuelva a moverse de nuevo, ni hablar, ni nada. Es como si se hubiera quedado vacío, hueco. Al menos ya no sufre como antes, piensan tratando de justificarse.

 

Deciden no someterlo a más ensayos. Pronto su caso cae en el olvido, y pasa a ser una parte más del mobiliario. Un vegetal que se resiste a dejar de respirar, y que apenas emite algunos apagados gemidos por la noche. No recibe visitas, y ya nadie se preocupa por él salvo los encargados de su asistencia rutinaria. Al menos ha dejado de chillar, y el Centro, sus pacientes y sus trabajadores, están más tranquilos. Siempre que no le miren, y contemplen aquel escalofriante ojo perpetuamente abierto, que parece vigilarles desde más allá de la muerte. Su semblante parece reflejar todavía el horror más ancestral, como si se hubiera quedado congelado en un instante de sumo pánico. Por eso muchos cuidadores le suelen tapar con un trapo la cara durante el tiempo que se ven obligados a permanecer con él en la habitación.

 

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Una mañana el dormitorio de Pedro aparece vacío. Ha debido aprovechar la inevitable relajación que su supuesto estado catatónico ha provocado en su custodia, para saltar por la ventana y huir. Rastrean los alrededores, sobre todo el pantano cercano. Allí encuentran parte de su ropa, pero por mucho que registran, no hallan rastro de su cuerpo. Se ha esfumado. No volverán a saber nunca más de él. A estas alturas, ni siquiera les importa. Ya había dejado de ser un fenómeno, una anomalía curiosa y llamativa, para convertirse en el incómodo recuerdo de un comprometido error. Una imagen dantesca que todos desearían poder olvidar. Los trabajadores del hospital ya no tendrán que ver aquel deforme rostro que poblaba sus malos sueños las noches de indigestión y, qué caramba, deja una habitación libre que otro con más esperanzas que él podrá aprovechar.

 

En cuanto a lo que sucedió aquella noche, tras una breve investigación llegan a la conclusión de que ese día, por motivos que se desconocen, salió de su trance y decidió aprovechar la ocasión para fugarse, escapar de aquel mundo de monstruos y pesadillas y buscar un lugar lejos de todo donde refugiarse. Que en su huida, tratando de cobijarse de la enorme tormenta que se había desatado, penetró inconscientemente en la zona de ciénagas que circunda al sur el sanatorio, y que en la oscuridad de la noche y sin conocer el terreno, se fue adentrando incauto en aquellas peligrosas tierras llenas de arenas movedizas y profundas pozas. Que probablemente tropezó y cayó sin remedio en una de ellas, enredándose entre las raíces y hundiéndose en el denso fango. Que notó como poco a poco aquella agua ponzoñosa penetraba en sus pulmones impidiéndole respirar, mientras trataba infructuosamente de mantenerse a flote. Y que, cansado de luchar, sin duda acabó abandonándose para siempre en aquel lecho de légamo y podredumbre, donde su hinchado cadáver se descompondrá lentamente durante decenios, y su atormentada mente hallará por fin la paz.

 

Son sólo conjeturas, pero les tranquilizan. No quieren saber más. Para qué. Su recuerdo únicamente puede traerles amargura. Ni siquiera la viuda y la hija hacen más preguntas. Suspiran y dejan caer una solitaria lágrima, que pronto desaparecerá en la punta de un pañuelo de papel.

 

El fondo de un pantano es un buen lugar para enterrar y olvidar a un ser tan excepcional y perturbador como él. Los distintos, dan miedo. En realidad, prefieren no darse cuenta que probablemente sientan algo parecido a lo que él percibía respecto de ellos. Aunque, claro, ellos no están locos.

 

Estrellas al amanecer

 

“Es verdad que el lecho de légamo de una ciénaga es el mejor sitio para esconder un secreto”, piensa Pedro, o lo que antes era o habitaba en Pedro, mientras observa el espacio profundo lleno de estrellas a través de la escotilla. La Tierra es apenas un puntito de luz en la inmensidad que le rodea.

 

Porque ya no se encuentra en ella, sino a miles de kilómetros de distancia, viajando velozmente a bordo de una resplandeciente nave espacial que atraviesa la galaxia hacia un lugar muy lejano. A su lado dos luminosos seres con forma de medusa le están examinando meticulosamente con sofisticados artilugios mientras le acarician con mimo con sus tentáculos. A pesar de su inhumana y chocante apariencia, a él le parecen muy hermosos, casi ángeles. Entiende perfectamente los dulces trinos que emiten, que le tranquilizan asegurándole que todo ha pasado, que descanse, que ya por fin han acudido a rescatarle. Que lamentan haber tardado tanto. Le dicen que le van a cuidar y a ayudar para que recupere completamente la memoria. Así recordará de una vez cuál es su auténtica identidad, y qué rayos hacía en aquel minúsculo planeta habitado por primitivas y repulsivas criaturas, antes de que aquel absurdo accidente le hiciera perder la memoria y que aflorasen sus larvados sentidos primigenios. Aún tiembla recordando lo asustado y sólo que se sintió en aquellos momentos, sin saber ni quién era ni dónde estaba, rodeado de seres extraños y repugnantes.

 

Y se recuesta arrullado por sus viejos amigos, cayendo poco a poco en un sueño reconfortante, plácido, el primero en mucho tiempo, mientras estos terminan de liberarle de su repugnante disfraz humano y deja por fin de ser un forastero perdido en tierra extranjera. Aunque antes de dormir, mientras se deja llevar por una agradable somnolencia, no puede evitar tatarear una dulce canción de su lejano mundo natal, que habla de estrellas al amanecer y de esperanza.

 

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Patapalo
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Muy bueno el relato, aunque terriblemente macabro. Personalmente, el final de los marcianos me sobra -o lo hubiera cambiado por unas reptantes criaturas del inframundo, supongo que por condicionamientos culturales-, pero el desarrollo me ha encantado.

Me gusta cómo en la primera parte se retrata tan bien la sencilla magia de la vida, y cómo a partir de allí nos adentramos en una espiral sin fin. Un placer leerte. Perturbador, pero un placer.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Sawan
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Mientras lo leía solo esperaba, bastante agobiado, que acabase bien. El final es sorprendente, pues en ningún momento se intuye hasta que ocurre, y quizás por eso cuesta de creer, al principio, pero encaja y me gusta.

 

Me ha encantado.

 

 

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Félix Royo
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A mí lo de los aliens tampoco me termina de gustar; con el final de la ciénaga, tan oscuro y crudo quedaba perfecto ya.

El genio se compone del dos por ciento de talento y del noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación ¦

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Nachob
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Gracias por vuestros comentarios

Puede que revele algo del contenido del relato, así que si no lo has leído no continues...

El relato está estructurado en tres partes (en su última versión se ve más claro, pero me equivoqué al enviarla). Empieza como un relato normal, luego se convierte en un relato de terror, y acaba como un relato de ciencia ficción. Ya sabeis que es el tipo de ejercicio que me gusta hacer.

De hecho es que la idea era que cada parte pudiera funcionar independientemente, incluso como relato independiente. He tratado incluso de darles estructura y lenguaje adaptado al estilo que se trata.

Los que me conoceis sabéis que suelo decir que hay relatos escritos para el cerebro, otros para el corazón, otros para el estomágo e incluso otros para más abajo.

En este caso la primera parte trata de tocar el corazón (la fragilidad de la vida), la segunda va al estomágo (la parte de terror), y por último al final se trata de una historia de CF directa al cerebro (qué pasaría si un alenígena infiltrado....)

Ya en la Hispacón hablaremos de hacia donde va la fantasia (cada vez más mágica y menos épica, como hasta ahora habia sido habitual -se ve que necesitamos soñar-),

hacia donde el terror (cada vez más gore y sin sentido, los monstruos tradicionales han pasado al genero de aventura -los zombies son el nuevo western, y qué decir de los vampiros, que parecen más superheroes que otra cosa-, hoy en terror sobre todo hay locos, psicopatas, violadores, sadicos, tortura, muerte, absurdo y falta de control -no hay siquiera ya ni finales ni explicaciones y eso me apena, porque no querer conocer o prescindir de las causas de lo que sucede es renunciar a querer cambiarlo o vencerlo-)

y adonde la ciencia ficción (en mi opinión la clásica, que es la que me gusta, puro artificio mental, esta cediendo al impulso de ese arrollador, siniestro y tenebroso terror actual)

Vamos, que necesitaremos mucha cerveza para pasar tanta tertulia XDDD

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Raelana
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Como ejercicio resulta curioso, pero el final la verdad es que me descentra totalmente y me saca del relato. Curiosamente el paso de la primera parte a la segunda lo vi normal, pero el de la segunda a la tercera lo veo muy rebuscado y no sé, quizás si hubiera alguna pista antes de que es un alienígena (aunque no sepamos que es una pista hasta leer el final, pero que lo relacionemos de pronto) no se vería un final tan brusco.

Mi blog: http://escritoenagua.blogspot.com/

Perséfone, novela online por entregas: http://universoca

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