La fascinación del espejo

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Un título peregrino para una breve reflexión sobre un problema de escritura que he observado en bastantes ocasiones por esta página y que creo que es conveniente individuar: la pérdida del enfoque por parte del autor a la hora de narrar la historia.

Contar una historia, sea a través del medio que sea, es como poner el espejo de la bruja de Blancanieves y convencer al que lo observa de algo. La narración tendrá un soporte más o menos grosero, desde un libro o una pantalla de televisión a un viejo amigo que te está contando una de indios; el punto mágico, sin embargo, es siempre el mismo: el momento en el cual la historia trasciende el soporte que nos la presenta para adquirir entidad propia.

 

Espero que todos hayáis disfrutado de ese momento en el que las palabras ya no se perciben en el papel, ese instante mágico en el que la decoración de ciervos dorados tras la televisión ya no llama la atención. Ése es el momento en el que la narración, la historia, te ha absorbido plenamente. Es entonces cuando hemos caído bajo la fascinación del espejo.

 

Así, como Alicia, nos sumergimos en los hechos reales o ficticios que el narrador nos presenta, olvidándonos de que ese narrador existe. El autor ha dado paso a su obra y ya no importa quién es. Está en un segundo plano. Como la tramoya en el teatro, todo queda escondido a la vista del espectador, cegado por la propia narración.

 

Y es aquí donde surge el problema.

 

No es que no se deba perseguir la consecución de tal sensación en el lector -en el caso de los escritores-, sino que no se debe olvidar quién es el que cuenta la historia y a quién. Es decir, lo que se debe evitar es la confusión de roles.

 

Una gran parte de los escritos que nos llegan a esta página carece de la fascinación del espejo precisamente porque el propio autor ha sucumbido a ella.

 

El escritor no debe olvidar jamás que, por muy clara que esté la historia en su cabeza, nunca podrá el lector saber nada que él no le cuente. Éste es uno de los principios básicos a la hora de narrar, y es uno de los más sencillos de recordar. Además los fallos en este sentido se solucionan muy fácilmente permitiendo a terceras personas leer el texto: éstas siempre podrán indicar las lagunas que encuentren sin necesidad de ninguna formación literaria.

 

Pero aún existe otro problema mayor en la confusión de roles, y es cuando el escritor se encandila con sus propios personajes e historias hasta el punto de olvidar que es él quien crea la historia.

 

Así, perdido de vista el marco del espejo, el autor acaba describiendo de un modo superficial todo lo que encuentra el protagonista, defendiendo en muchas ocasiones que dicho enfoque sesgado viene determinado por la narración en primera persona. Y hay algo de falacia en esto.

 

Cuando un autor conoce de verdad el marco en el que sitúa su historia, cuando conoce vida y milagros de los personajes que aparecen, principales o secundarios, este conocimiento trasciende en sus líneas aunque no se utilice directamente.

 

Ésta es la maestría a la hora de narrar: presentar unos personajes que tienen cuerpo propio frente al lector, personajes a los que se les puede adivinar un pasado y unas costumbres aunque no hayan sido nunca nombradas en ningún sitio; y, además, situarlos en un entorno que, aunque resulte original, aparezca coherente al lector.

 

No hay nada que rompa más la fascinación ejercida por el espejo que el comenzar a preguntarse cosas del tipo: ¿y éstos de qué viven? ¿Y por qué les da por liarse a espadazos? ¿Y el agua? ¿De dónde sacan el agua? ¿Y por qué lleva un zippo si no le pega ni con cola fumar? ¿Un crucifijo del siglo XII, para un paseo nocturno?

 

Aunque resulte sorprendente, en muchas ocasiones el escritor tiene respuesta a todas estas preguntas, y además es satisfactoria. Sin embargo, los elementos que le hubieran permitido dar la explicación de un modo indirecto han quedado excluidos de la narración porque se ha perdido dentro de su propia historia olvidándose de que es el lector quien debería hacerlo, y no él.

 

No vale ir teniendo ideas brillantes a mitad de narración, y muy en especial si ésta es larga. Se pueden deducir nuevas cosas de los propios personajes y escenarios, pero no se les puede adjudicar una orfandad intempestiva a los primeros, ni la presencia de una nave espacial de última hora en los segundos.

 

Todo tiene que tener una lógica en la trama, pues por muy trepidante que parezca devenir la historia, el lector nunca será mejor director que el autor, pues este último, si juega bien sus cartas, nunca perderá de vista el marco del espejo ni todo lo que tiene alrededor, que es, a fin de cuentas, lo que da solidez al relato.

 

Así que atención cuando narréis, no sea que os perdáis en las brumas de vuestra propia imaginación. En caso de extrema necesidad siempre podéis hacer como John Ford, que durante el rodaje de Tres lanceros bengalíes, ambientada en la India, exigió que le pusieran continuamente un elefante delante para no equivocarse y contar una de indios y vaqueros.

 

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LCS
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En relación a lo que has escrito, yo veo dos errores en los textos primerizos:

1º.- Confusión entre narrador y autor. No es lo mismo quien narra la historia que quien la escribe. Cuando se opta por un narrador, uno tiene que disfrazarse y comportarse como si fuera ese mismo narrador, aunque como persona no se esté de acuerdo con lo que dice el narrador.

2º:- Abuso del narrador omnisciente. El narrador omnisciente es el narrador que lo sabe todo. Más que un narrador parace Dios.  Era muy típico en el siglo XIX. Personalmente me siento estafado cuando me encuentro con él porque, muchas veces, juega contigo, escondiéndote de una forma descarada datos importantes para la trama.

A mí me gusta mucho lo que Hemingway ha llamado la teoría del iceberg. Como el témpano de hielo en el mar, el relato esconde, por lo menos, dos tercios de toda la historia. El narrador sólo muestra una mínima parte, con la que el lector ha de recomponer en su imaginación el resto. Esta teoría, en parte, coincide con el lector activo que reclamaba Cortázar.

Los problemas surgen a la hora de elegir cual es el tercio del iceberg del relato que debemos mostrar. Yo siempre opto por elementos que o bien produzcan extrañamiento (que llamen la atención) o bien con elementos que sirvan para crear una atmósfera.

 

 

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Patapalo
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Un apunte muy interesante. Personalmente, intento variar el narrador que elijo para los textos, intentando, en cualquier caso, adaptarlo a la historia que quiero contar. Suele gustarme el narrador parcial, el que se deja ver indirectamente en lo que cuenta sin pontificar.

Desde luego, hay que andarse con ojo para, como bien dices, tener presente que el narrador no es uno mismo, sin un medio más para llegar al lector.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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nestordarius
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Muy buena reflexión, Patapalo. Excelente para recordar esos principios básicos que parecen sabidos, pero cuya ausencia es frecuente, determinando la calidad de lo que se escribe. Me hiciste acordar del taller Construcción de Universos, dictado por Alejandro Alonso y Eduardo Carletti: me insistieron hasta el hartazgo que debo hacer fichas de los personajes, para saber todo acerca de ellos, aunque sólo vuelque un 10% de esa info en mis relatos. Cuando se atraviesa el umbral que mencionas, el punto mágico, entonces el lector termina por vislumbrar lo que no está mostrado.

Y acerca del uso del narrador, aprendí a los golpes que una buena historia y unos buenos personajes pueden malograrse con un narrador mal elegido. Y por el contrario, una historia mediocre con personajes no del todo fuertes, pueden ser realzados si seleccionamos adecuadamente el punto de vista. Justamente eso comentábamos hoy en la lista de Axxon, acerca de Mundo espejo, la novela de Gibson, que terminé hoy por la tarde. No va de CF y tiene pretensiones realistas, casi del mainstream. Desde ese ángulo, nada del otro mundo. Pero el encanto que tiene. y que la hace , según mi parecer, competir con Neuromante, es el punto de vista: narrador en tercera persona, tiempo presente, no omnisciente, sino acotado a la percepción del prota, pero de una forma tan lograda en lo emocional y subjetivo, que éste adquiere un carnadura increíble. Imposible no identificarse con ella (se trata de Cayce Pollard, una cazadora de tendencias.)

Muy buen artículo. Saludos ;-)

Néstor Darío Figueiras (Stratofan!!)

poeticoprofeticopoliedrico.blogspot.com

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Patapalo
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Muchas gracias, por el apoyo y el comentario. Coincido totalmente contigo en la importancia de la elección del narrador. Creo que, de hecho, es una de las fallas de la literatura prefabricada, que al ceñirse a la "receta mágica" pecan muchas veces de no haber realizado esa búsqueda inexcusable para saber qué conviene más a lo que vas a contar.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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