La muerte en Venecia

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Reseña del clásico de Thomas Mann, autor galardonado con el premio nobel de Literatura de 1929

 

La muerte en Venecia es una de las obras significativas de Thomas Mann, quizá no la más importante (título que probablemente haya que adjudicar a La montaña mágica) pero sí que goza de bastante fama, en parte gracias a la estupenda adaptación al cine, tan notable como difícil de llevar a la gran pantalla, que realizó Luchino Visconti en 1971.

 

Pero como novela no hay duda de que es una lectura singular. Es una historia en apariencia simple, en el sentido de que la acción de su argumento se reduce a unos pocos escenarios, unos mínimos movimientos y menos personajes con importancia. El lector acompaña a Gustavo Von Aschenbach, un famoso escritor alemán, a un viaje a la romántica Venecia en busca de inspiración y descanso. Pero realmente el viaje al que asistimos es al del pensamiento y al de la lucha interior de este personaje, y este es el verdadero motor de la novela y el eje sobre el que gira todo.

 

Con estos mimbres huelga decir que estamos ante una obra intimista, en la que abundan las descripciones, los pasajes filosóficos y los debates metafísicos. Al comienzo asistimos a la presentación del protagonista, con abundante descripción psicológica y en la que damos un recorrido por la obra que ha ido creando con el paso de los años, y se habla sobre el arte, la imperfección y la vacuidad del pensamiento.

 

Pero la historia gira en torno a la obsesión de Aschenbach por un muchacho extranjero que conoce en el hotel donde se hospeda. Este estado se debe a que considera al chico perfecto en su belleza y con las facciones de un dios, como si fuera un adonis de la Antigua Grecia. Mann aprovecha y nos retrotrae a esta esplendorosa época del hombre y aprovecha para hacer un paralelismo entre Aschenbach y su adorado muchacho, con Sócrates y Fedón, su discípulo. El maestro explica que la belleza es la única parte que nos otorgan las divinidades, la única manifestación espiritual de nuestro cuerpo y el camino hacia el espíritu.

 

Es en este punto en el que Mann se recrea en el culto a la belleza, bajo la base de que ésta (sea de la forma que sea) nace, no es posible crearla a posteriori y por eso para un autor es realmente algo difícil de conseguir en su obra. De ahí proviene la crisis de ánimo y el declive que recibe el escritor Aschenbach, aunque también se debe a su lucha interior entre lo que él siente y por los valores que deben mantenerse en la arcaica sociedad de la época de principios del siglo XX. Aunque el observar esta belleza en estado puro (como le sucede a Aschenbach) bien sirve también como inspiración creativa. Con un acentuado simbolismo, asistimos a una progresiva decadencia en varios frentes que el lector descubrirá en la última parte del libro.

 

Se puede hablar largo y tendido del libro, pero como se puede comprobar, contiene abundancia de pensamiento, de peroratas y de citas filosóficas, y en general es una lectura bastante densa y difícil, pero que deja clara la seña de identidad de Thomas Mann y demuestra que es un magnífico prosista. Efectivamente, un escritor no apto para todos los públicos, pero un gran escritor.

 

Autor

 

Thomas Mann nació en Lubeck , Alemania, en 1875, en el seno de una familia burguesa y tradicional, pero ya desde joven decidió dedicarse a la literatura. Su primera novela, Los Buddenbroock, fue un éxito, y narra la historia de una familia a lo largo de tres generaciones. Posteriormente publicó Tonio Kröger (1903), La muerte en Venecia (1912), La montaña mágica (1924), considerada a menudo su obra más importante, Mario y el mago (1930), Carlota en Weimar (1939), Doktor Faustus (1947), El Elegido (1951) y Confesiones del estafador Felix Krull (1954). En 1929 obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Muy afectado por la Primera Guerra Mundial, se mostró inicialmente opuesto a la República de Weimar, aunque más tarde sus simpatías cambiaron. Finalmente, tuvo que exiliarse con la llegada del Nazismo, primero a otros países europeos y luego a Estados Unidos. Volvió a Europa en 1953 y murió en Zurich en 1955.

 

Sinopsis

 

Narra la historia de Gustavo von Aschenbach, destacado escritor alemán de edad madura que ha llegado a Venecia buscando renovar la inspiración exhausta. Ya instalado en el hotel, Aschenbach se interesa por un adolescente polaco de nombre Tadzio, dotado de una belleza extraordinaria, el cual termina convirtiéndose en objeto de silenciosa adoración para el escritor.

 

Edición

 

Editorial Planeta

Colección “Obras selectas de Premios Nobel”

Edición de lujo

Cartoné, cubierta forrada, con marcapáginas de tela y páginas de color dorado.

79 páginas

 

Conclusión

 

Si tuviéramos que comparar el estilo de esta novela con alguna de otro escritor, podríamos citar a Demian, de Herman Hesse. Las dos son lecturas difíciles, alejadas del concepto de novela para pasar el rato que suele ser lo que prima. La muerte en Venecia es un libro que requiere un cierto esfuerzo por parte del lector, sobretodo si no está acostumbrado a estas obras o si es la primera vez que lee una de estas. Pero lo cierto es que es un libro que deja cierta huella simplemente por el hecho de que haya pasajes que hay que releer, comprender y posteriormente pensar en ello. Probablemente no sea una obra maestra y es cierto que tampoco hubiera sobrado alguna que otra situación “mundana” más en la historia para hacer más llevaderos algunos tramos, pero está claro cuál es el objetivo y el estilo del autor.

 

Por otro lado su corta extensión hace que sea asequible con un poco de esfuerzo por parte del lector medio, pero el reto de leer algo tan exigente o simplemente de saber que de vez en cuando es necesario pararse a admirar lecturas como la presente, debería ser suficiente motivación para hacerse con alguna novela como esta.

 

 

Lo mejor: De una u otra forma hace discurrir al lector

Lo peor: Que haya quien salga corriendo al leer las primeras páginas

Nota: 70

 

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LCS
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No tengo suerte con Thomas Mann.

Empecé la Montaña mágica porque le entusiasmaba a Pérez Reverte y no pude acabarla.

Después me decidí por Muerte en Venecia y, aunque la terminé, tampoco me hizo mucha gracia.

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