El árbol y la semilla

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Consejos para la juventud en la prosa.

Hace tiempo, en otro árbol más viejo del que brotó este joven arbusto, escribí un artículo tras sufrir la que probablemente fue la revelación más importante de mi vida creativa. La sufrí leyendo Mientras Escribo, un volumen de Stephen King que jamás dejo de recomendar a cualquiera que haya cruzado, aunque fuera de pasada, por la encrucijada que lleva a las palabras y su secreta melodía. Lo escribí en colores vivos, con la pasión del que ha visto y quiere compartir lo que ha visto.

 

Los años han pasado. No muchos en número, tal vez. Pero sí en experiencia. Han sido profundos. Resonantes. Me han cambiado. Y han cambiado también la viveza de esa pasión por un convencimiento tal vez no tan llamativo, pero creo que más sereno y verdadero.

 

Hoy he sentido la necesidad de volver a aquellas palabras. Y, al releerlas, he visto brotar éstas que ahora escribo.

 

Son palabras para el escritor que haya sentido ya el amargo sabor de la derrota y el derrotismo del aparente estancamiento. Y precisamente sobre ello quiero hablar. Sobre el estancamiento. Porque es falaz e ilusorio. Espejismo. Aparente. Sólo existe en nuestras mentes. Sólo existe si decidimos creer en él.

 

Hay que comprender una verdad fundamental. Este oficio, este arte, esta necesidad tiene un principio pero no tiene fin. Mejor dicho, su fin coincide con el nuestro, así que jamás lo perseguiremos. Escribir dura lo que dure la vida. Y debe comprenderse que es así.

 

Pensemos en un árbol. Es más, sentémonos al solaz de su sombra, recostados sobre su tronco y miremos su mosaico de ojos. Mirémoslo sin pestañear. Mirémoslo minutos, horas, días. ¿Percibimos su cambio? No. Y, sin embargo, ese árbol fue semilla, ese árbol crece a una escala tal vez no perceptible a nuestra mirada, pero no por ello menos existente.

 

Y ahora pensemos en nosotros y el papel. Pensemos en cada página que llenamos día a día. Pensemos en cada frase, en cada palabra. ¿Vemos el cambio? ¿Vemos cómo, de un párrafo a otro, el alma brota de la pluma y la invade de genialidad? No. Porque crecemos, sí. Pero no vemos cómo crecemos.

 

Este año, durante el Festival de Sitges, tuve la oportunidad de entrevistar a Clive Barker, a quien admiro profundamente, y después asistir a una conferencia suya sobre el arte. Al igual que Mientras escribo marcó mi vida sin remedio, Clive reafirmó esa marca, definió los contornos que habían sido ya ligeramente redondeados por el paso del tiempo.

 

Clive dijo dos cosas fundamentales.

 

Una, “hay otras voces”. La creación no consiste en un alarde individual, sino en el vertido a través de un medio, el nuestro, la pluma, de voces que nos son ajenas. El que intente crear la historia perfecta como un ejercicio de voluntad consciente, fracasará. El que escuche, el que siga las notas de la melodía (¡y siempre hay melodía!, y todos la escuchamos si ponemos de nuestra parte), alcanzará, antes o después, la canción que siempre ha sido suya.

 

Dos, “cuando estéis frente al papel, decid siempre la verdad”. Y dijo más: “No importa que os digan que lo que hacéis es una mierda, que vuestra técnica sea mala o que os falte cultura. Lo único que importa es escribir, pintar, crear, una y otra vez. Si supierais el potencial que tenéis (y sus ojos brillaban). Si supierais adónde podéis llegar”. Y aún más: “Si decís la verdad frente al papel, hacéis un acto sagrado”.

 

Las palabras mueven montañas. Pero hay muchos continentes en nuestro interior. Y el más difícil de conquistar en nuestro tiempo, un tiempo, para muchos de los que aquí vivimos, incierto y gris, es la apatía. No es que no podamos hacer grandes cosas. Es que tememos hacerlas. Tememos el esfuerzo.

 

Si queréis escribir, escribid. No hay más.

 

Pero es importante que nos desesperéis. Mil voces os dirán, una y otra vez, que no es posible el triunfo, y no faltaran coletillas: “y menos en España”. Pero no es cierto.

 

James Cameron, ese hombre que triunfa ahora con Avatar a lo largo y ancho del globo, dormía en el frío suelo de cemento de un búnker que un amigo escritor poseía. No tenía un centavo en su bolsillo después de volver de un nefasto rodaje en Roma. Lo único que tenía es una idea y ganas de escribir. Persiguió esa idea. Y esa idea, esa semilla, se transformó en Terminator. No vencieron los cinco estudios que se la rechazaron, no vencieron el frío y las escasas opciones de futuro que ensombrecían el horizonte. Venció la valentía, el amor por encontrar algo en el interior de uno que pueda significar también algo para los demás.

 

Stephen King, antes de publicar su primera novela, se dedicaba a lavar sábanas en una lavandería. Tiró su manuscrito de Carrie a la papelera, cuando sólo llevaba unas decenas de páginas. Su mujer lo encontró y lo leyó. Fue a ver a su marido y le dijo tres palabras que lo cambiaron todo: “Es bueno. Escríbelo”. Meses después, la novela se vendía con 200.000 dólares de adelanto. King se lo dijo a su mujer. Y ella miró la pobre morada en la que vivían, la miró recorriendo cada detalle. Y rompió a llorar.

 

Nadie os asegura el triunfo. Nadie os asegura que vuestro esfuerzo, talento y suerte se aliarán para hacer del sueño realidad. Pero si no morís en el intento de lograr lo que amáis, ¿merece entonces la pena vivir? ¿Vivir sin sueños?

 

Por eso recordad el árbol. Porque sois semilla, pero podéis crecer.

 

No busquéis fama o dinero. Buscad el sol. Buscaos a vosotros mismos. Porque vosotros sois el árbol y el sol. Porque brilláis. Y vuestra luz y color son únicos. Sólo a vosotros pertenecen.

 

Pero para que los demás podamos descubrirlos y deleitarnos con ellos primero debéis encontrarlos. Y para encontrarlos hay que saber crecer —a cada párrafo, a cada frase a cada palabra— como crece la semilla que sueña con ser un árbol.

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Patapalo
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Compañero, eres todo un ejemplo. Y ése es el modo de predicar. Coincido en todo lo que has dicho en el artículo, y no lo hubiera sabido expresar mejor. Muy interesantes las citas de Barker. Tuvo que ser impactante entrevistarle. Bravo.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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jane eyre
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Olé a los ánimos y a las buenas vibraciones. Me ha parecido realmente fantástico.

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emporion218
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Gracias, Manheor, por tu maravilloso manifesto.

He conseguido el audiobook de Stephen King On Writing  (leído por él mismo), lo he escuchado este fin de semana y lo he encontrado fantástico.

De todas maneras recomendaría a todos leer How to Write a Damn Good Novel (Cómo Escribir una Novela Condenadamente Buena) de James N. Frey, ya que este best-seller desciende hasta detalles aún más prácticos, muy en línea con las cosas que comentas. 

 

 

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_Pilpintu_
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Bravo, un discurso estupendo y cargado de positivismo; cada vez que dude creo que me vendré a leerte para animarme y no dejarme hundir.

Un saludo; y gracias por tus ánimos.

...(...) "y porque era el alma mía, alma de las mariposas" R.D.

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Manheor
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Pues me alegra ver que ha servido de algo, errata de ojos incluída :).

Todos necesitamos un empujón, desde el más duro al más inseguro. Y creer en la valía de uno mismo es absolutamente esencial no sólo para escribir, sino para cualquier otra cosa en la vida.

Gracias por los comentarios, chicos.

Podria estar encerrado en una cascara de nuez y sentirme dueño de un espacio infinit

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